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Etiqueta: intervención militar

El valor de sobrevivir

José A. Amesty Rivera

Después del 3 de enero 2026, comenzó a circular con fuerza, y continúa circulando, una idea que merece ser discutida seriamente desde la izquierda, y es que Venezuela debió responder a la intervención militar de EEUU con una guerra abierta, sin importar el costo, y que, llegado el caso, se debía combatir “hasta la inmolación”.

La frase puede sonar heroica y despertar sentimientos legítimos de dignidad, soberanía y rechazo al imperialismo. Pero una cosa es defender la soberanía de un país, y otra muy distinta confundir soberanía con el sacrificio de su pueblo.

Desde una perspectiva de izquierda latinoamericana seria, hay que decirlo sin rodeos, una guerra convencional entre Venezuela y EEUU habría significado una derrota militar prácticamente segura para Venezuela, y podía haber transformado esa derrota en una catástrofe nacional. No se trata de rendirse ante el imperialismo, sino de distinguir entre resistencia y suicidio político.

El 3 de enero de 2026, EEUU realizó una operación militar en Venezuela, capturaron y secuestraron a Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Reuters informó que EEUU había atacado el país y que Donald Trump incluso habló de que el Estado norteamericano administraría Venezuela durante una transición. La operación provocó condenas internacionales y preocupación en Naciones Unidas por el precedente que representaba.

Pero una cosa es esa agresión y otra declarar una guerra convencional contra EEUU. La pregunta debe hacerse con los pies en la tierra, ¿qué habría ocurrido?

Es conocido que EEUU posee una superioridad militar enorme en aviación, marina, inteligencia satelital, drones, guerra electrónica, logística, armamento de precisión y experiencia militar. Venezuela sencillamente no podría igualar esas capacidades; reconocerlo no es ser “proimperialista”; es reconocer una realidad.

El problema aparece cuando algunos sectores hablan de “resistir hasta la muerte” como si una guerra fuera una escena de película heroica en la que unos pocos se sacrifican y el pueblo finalmente obtiene la victoria. Las guerras reales no funcionan así; mueren también el trabajador, la campesina, el maestro, el jubilado, el niño que necesita un hospital y la familia que simplemente quiere vivir en paz.

Se destruyen hospitales, carreteras e instalaciones eléctricas; se paralizan transportes y empleos; se interrumpe el suministro de alimentos; aumenta la inflación y se producen desplazamientos masivos. Por esto, ante quienes hablan de “inmolación”, habría que hacer una pregunta sencilla, ¿quiénes se inmolan? Casi nunca son quienes pronuncian esta consigna desde un despacho o cualquier otro escenario. Son los hijos de los trabajadores, los jóvenes, los campesinos y los sectores populares, precisamente quienes ya han soportado años de crisis.

Segun una investigación que hicimos, debemos aprender de algunas lecciones de la guerra. La historia reciente ofrece ejemplos que deberían ser obligatorios para cualquier izquierda que quiera hablar seriamente de imperialismo.

En Irak, EEUU ganó rápidamente la guerra convencional de 2003, derrotó al ejército iraquí y ocupó Bagdad. Pero la victoria militar no resolvió el problema. La ocupación, la insurgencia y los conflictos posteriores provocaron enormes costos humanos, económicos y sociales. El proyecto Costs of War de la Universidad Brown, ha estimado más de 940.000 muertes directas asociadas a las guerras posteriores al 11 de septiembre en distintos países, además de las muertes indirectas producidas por la destrucción de sistemas sanitarios, economías e infraestructura. La lección no es que Irak debió rendirse, es otra, una guerra puede derrotar a un ejército y destruir al mismo tiempo a una sociedad.

Libia resulta todavía más relevante para Venezuela, porque ambos países poseen enormes recursos petroleros. Antes de la guerra de 2011, Libia producía alrededor de 1.7 millones de barriles diarios. Durante el conflicto, la producción cayó drásticamente y su economía sufrió una enorme contracción. La caída de Gadafi tampoco significó el final del conflicto, llegaron la fragmentación política, las milicias, los enfrentamientos internos y las disputas por el control del petróleo. El petróleo, por tanto, no protege a un país de la guerra. Puede convertirlo, precisamente, en un objetivo estratégico.

En el caso de Venezuela, ¿Qué habría ocurrido con su petróleo? Venezuela posee algunas de las mayores reservas petroleras del mundo, pero el petróleo no sale de la tierra por sí solo. Para producirlo hacen falta trabajadores especializados, electricidad, oleoductos, carreteras, puertos, refinerías, transporte e infraestructura. Una guerra prolongada habría puesto en peligro todo este sistema. Y la contradicción sería enorme, quienes quisieran defender la soberanía sobre el petróleo podrían terminar destruyendo la capacidad material necesaria para producirlo. Y el petróleo continúa teniendo un enorme valor geopolítico. Reuters ha informado que, después de la operación de enero, Washington buscó ampliar su acceso no solamente al petróleo venezolano, sino también a otros recursos minerales.

Precisamente por esto había que actuar con inteligencia. Los recursos estratégicos deben defenderse, no convertirse innecesariamente en víctimas de una guerra que Venezuela difícilmente podía ganar.

Otro punto fundamental es que una guerra no habría sido una confrontación entre “chavistas y gringos”. Habría ocurrido sobre territorio venezolano, donde viven más de 30 millones de personas, donde hay chavistas, opositores, personas que no votan, ciudadanos cansados de unos y de otros, trabajadores, campesinos, estudiantes, jubilados y familias que simplemente quieren vivir y sacar adelante a sus hijos. ¿Todos ellos tendrían que morir para demostrar una posición política?

Esto no puede ser un programa de izquierda. La izquierda nació, entre otras cosas, para defender la vida y la dignidad de los trabajadores y de los pueblos, no para convertirlos en carne de cañón. Además, una guerra prolongada podría destruir al propio Estado. Y cuando las instituciones pierden el control del territorio, el vacío puede ser ocupado por bandas criminales, milicias, grupos paramilitares, estructuras de narcotráfico o caudillos regionales. Venezuela ya enfrenta problemas relacionados con economías ilegales, grupos armados y fronteras complejas. Una guerra difícilmente habría mejorado esta situación.

La experiencia de Irak y Libia, demuestra además que hay una diferencia entre ganar una batalla y ganar una guerra, y una diferencia todavía mayor entre ganar una guerra y construir un país después de ella.

Asi mismo, supongamos, hipotéticamente, que después del 3 de enero una parte importante de las Fuerzas Armadas y sectores civiles hubieran decidido continuar la lucha. En una primera etapa, las principales capacidades militares venezolanas habrían sido neutralizadas y las instalaciones estratégicas atacadas. La producción petrolera y la economía se habrían reducido, mientras aumentaban los desplazamientos de población. Posteriormente podría haber surgido una resistencia prolongada basada en sabotajes, ataques y enfrentamientos locales. EEUU podría ganar las grandes batallas y, aun así, encontrar dificultades para estabilizar el país. Pero aquí aparece una cuestión que suele olvidarse, Venezuela también se convertiría en un caos. Con el tiempo, una resistencia inicialmente política podría fragmentarse. Aparecerían disputas por territorios, contrabando, combustible, minería ilegal, narcotráfico, armas y control de recursos. Lo que comenzó como una lucha por la soberanía, podría terminar convertido en una lucha por el territorio.

Asi mismo, los países vecinos tendrían fuertes incentivos para buscar una salida. Colombia y Brasil enfrentarían nuevas olas migratorias; otros gobiernos latinoamericanos presionarían por una negociación, mientras potencias como China y Rusia intentarían limitar la expansión de la influencia estadounidense. Finalmente, Venezuela podría encontrarse ante dos caminos, una negociación política con garantías internacionales o una fragmentación mucho más peligrosa, con un Estado debilitado, millones de desplazados y una economía petrolera incapaz de recuperar su capacidad anterior. ¿Sería una victoria? No creemos.

Incluso si una resistencia prolongada obligara finalmente a EEUU a retirarse, habría que preguntar ¿qué quedaría de Venezuela? miles, o potencialmente decenas de miles de muertos, millones de desplazados, infraestructura destruida, hospitales y escuelas deteriorados, una economía devastada y una sociedad más violenta. Y no llamaríamos a esto una victoria revolucionaria.

Por otro lado, si algo debería enseñar la experiencia latinoamericana es que la soberanía no consiste únicamente en tener un ejército. También significa tener comida, hospitales, escuelas, electricidad, industrias, trabajadores, científicos, campesinos produciendo, instituciones funcionales y una economía capaz de sostener al país, y todo esto también es independencia.

Una estrategia que, en nombre de la independencia, terminara destruyendo estas capacidades sería contradictoria. La defensa de Venezuela debería buscar, ante todo, proteger las condiciones que permitan a su pueblo seguir viviendo, organizándose y decidiendo su propio futuro. Para ello, pueden ser necesarias distintas formas de acción: la resistencia popular, la defensa de la soberanía, la denuncia del imperialismo, la solidaridad de otros países y la movilización internacional.

Pero “morir todos antes que ceder” no es un programa político, es una consigna de desesperación. Una revolución que necesita destruir a su propio pueblo para demostrar que es revolucionaria, ha dejado de preguntarse para quién hace la revolución.

Hay una izquierda latinoamericana que conoce profundamente la palabra resistencia. Cuba, Nicaragua, El Salvador, Chile, Colombia y Argentina conocen el significado de enfrentar poderes enormes. Pero precisamente por esto deberíamos saber también que la vida humana tiene un valor político superior, al de cualquier consigna.

Aquí llegamos a una cuestión más incómoda, ¿qué está haciendo hoy el gobierno venezolano después del 3 de enero? ¿Está sobreviviendo? ¿Está resistiendo? ¿Está negociando? ¿Está tratando de ganar tiempo? Probablemente exista un poco de todo. Después de una agresión de semejante magnitud, la política deja de ser una cuestión de consignas, nimiedades y se convierte en una cuestión de supervivencia. Sobrevivir no necesariamente significa rendirse. Resistir no necesariamente significa disparar. Negociar no necesariamente significa traicionar.

Un gobierno puede intentar conservar las instituciones, el territorio, la población, la economía, la industria petrolera y las relaciones internacionales, mientras mantiene abierta la posibilidad de que Venezuela vuelva a decidir su propio destino. Desde esta perspectiva, aquello que algunos consideran “falta de radicalidad” podría ser una forma diferente de resistencia.

Lo fácil habría sido disparar y convertir el país en un campo de batalla. Lo difícil es evitarlo, no destruir las instalaciones petroleras, no provocar una nueva ola gigantesca de migración, no entregar el país al caos de las armas y no permitir que una confrontación política termine transformándose en una guerra entre venezolanos/as. Esto también es resistencia.

Quizás incluso sea una de las formas más difíciles, porque es mucho más fácil pronunciar “hasta la muerte” que asumir la responsabilidad de que millones de personas tengan comida, medicinas, electricidad, empleo y seguridad. Por supuesto, las decisiones del gobierno pueden y deben ser criticadas. Se pueden cuestionar sus errores, negociaciones, silencios y contradicciones. Pero hay que tener cuidado con exigir desde fuera y desde dentro una guerra, cuyos costos pagarían principalmente todos/as los venezolanos/as.

La pregunta no debería ser si un gobierno está dispuesto a morir. La pregunta es si el pueblo tiene posibilidades de seguir viviendo, organizándose y decidiendo su propio futuro. Compañeros y compañeras, no necesitamos mártires, necesitamos futuro. Quizás aquí esté la diferencia entre una izquierda que solamente quiere tener razón y una izquierda que realmente quiere transformar la realidad.

El heroísmo puede producir mártires. La política debería producir futuro. Venezuela no necesita convertirse en una gigantesca tumba antiimperialista. Necesita estar viva, ser soberana y tener capacidad para reconstruirse. Necesita que su petróleo pueda financiar educación, salud, vivienda e infraestructura; que su clase trabajadora tenga futuro; que sus jóvenes puedan quedarse porque quieren, y que la soberanía sea una realidad económica, social y política, no solamente una bandera.

Frente a quienes dicen que Venezuela debió responder al 3 de enero con una guerra hasta la inmolación, la pregunta correcta no es quién tuvo más coraje. Es otra, ¿Qué estrategia habría permitido preservar la soberanía venezolana, proteger a su población y mantener abierta la posibilidad de reconstruir el país? Si una estrategia puede dejar millones de desplazados, destruir la economía, paralizar la producción petrolera, devastar infraestructura y convertir al país en un escenario permanente de guerra, hay que tener el valor de decirlo, esto no es una estrategia revolucionaria; es una apuesta al desastre, al caos.

La izquierda latinoamericana debe ser suficientemente antimperialista para denunciar una intervención extranjera, pero también suficientemente racional para no convertir esa denuncia en una invitación al suicidio colectivo. Porque el objetivo de una revolución debería ser que el pueblo viva mejor, no que muera solamente con una consigna heroica en los labios.

Irak, Libia y las guerras interminables de las últimas décadas nos enseñan que ganar una batalla puede ser relativamente fácil; reconstruir un país después de haberlo destruido puede tomar generaciones.

Venezuela no necesita una generación perdida, necesita sobrevivir. Y sobrevivir, en determinadas circunstancias históricas, también puede ser una forma de resistencia. Por esto, quizá la palabra más importante hoy no sea inmolación, sino paciencia. No se trata de ignorar los problemas ni de justificar cada concesión o cada decisión del gobierno. Se trata de mirar el bosque y no perderse en los árboles; de entender que preservar las fuerzas sociales, económicas y políticas de un país puede ser más importante que satisfacer la necesidad inmediata de demostrar quién es más radical. No necesitamos demostrar quién está dispuesto a morir, necesitamos demostrar quién tiene la capacidad de construir. Venezuela necesita futuro.

Venezuela salió perdiendo

Por Nacho Montes de Oca / pressenza

Tras el ataque militar a Venezuela en enero de este año, Estados Unidos saqueó frenéticamente los recursos estratégicos de Venezuela, como el petróleo y el oro. Estados Unidos compra y vende petróleo venezolano a través de cuentas bancarias controladas por el gobierno estadounidense, fiscalizando por la fuerza los ingresos originalmente destinados a Venezuela y permitiendo que Venezuela utilice solo una pequeña parte para comprar bienes a precios elevados en EEUU como un requisito obligatorio.

Los mecanismos de liquidación y uso de los ingresos por venta de petróleo no son transparentes. El ministro de Energía de EEUU, Chris Wright, declaró públicamente que se vendieron al menos U$S 150 millones de barriles de crudo venezolano desde el 3 de enero. Incluso a un precio medio previo al conflicto en Oriente Medio de U$S 60 por barril, los ingresos por ventas de petróleo deberían haber sido de U$S 9.000 millones. Sin embargo, según informes de los medios, Venezuela solo recibió hasta ahora U$S 500 millones de dólares. Además, el ministro del Interior de EEUU, Doug Burgham, afirmó públicamente que había llegado a los EEUU oro por valor de U$S 100 millones procedentes de Venezuela, pero no se reveló si Estados Unidos le pagó ese monto a Venezuela.

Bajo las sanciones y bloqueos prolongados de Estados Unidos, la inflación de Venezuela se disparó un 475% en 2025, un 71% en lo que va de año y registra un aumento anual esperado del 271,6%. En abril de este año, en términos anuales, el dólar estadounidense subió un 403% frente a la moneda oficial venezolana. El nivel de vida de las clases media y baja, cuyos principales ingresos están en moneda local, fueron afectados gravemente.

Aunque el gobierno venezolano afirma utilizar parte de los ingresos de la venta de petróleo para subvencionar los medios de vida de la población debido al control estricto de parte de Estados Unidos, la actual escasez de divisas es grave y la idea de «sembrar el petróleo» no mostró resultados reales.

En 2026, Venezuela es escenario frecuente de diversas protestas y huelgas, con trabajadores industriales, profesores universitarios y otros grupos que exigen continuamente aumentos gubernamentales en salarios y pensiones. El 9 de abril, algunos sindicatos venezolanos organizaron una marcha de cientos de trabajadores activos y jubilados en la capital, Caracas, exigiendo salarios mínimos y pensiones más altos. Durante el proceso, estallaron enfrentamientos físicos con la policía y los agentes utilizaron gases lacrimógenos y otros medios para hacer cumplir la ley. El día 16, el Sindicato Nacional de Sindicatos de Venezuela organizo otra manifestación en la capital, con varios representantes sindicales presentando peticiones a la Embajada de Estados Unidos en Venezuela respecto a estas demandas, convocando elecciones dentro del año, mayores ingresos de los trabajadores, contención de la inflación y la liberación de presos políticos.

El honor de “tomar Cuba” y el dilema de América Latina

Gilberto Lopes
San José, 24 de mayo de 2026

“Creo que tendré el honor de tomar Cuba”, dijo el presidente Donald Trump, en marzo pasado. “¡Vea el lugar! Se está cayendo a pedazos, es un desastre”. “Podré hacer lo que yo quiera”.

Dos meses después, el pasado 20 de mayo, cuando los cubanos, en Florida, celebran una fiesta de la independencia, el secretario de Estado, Marco Rubio, de ascendencia cubana, difundió en Youtube un mensaje al pueblo cubano. Ofreció cien millones de dólares en alimentos y remedios, distribuidos por la Iglesia Católica u otras organizaciones no gubernamentales, y una nueva relación con Estados Unidos. Lo único que se interponía en ese camino –aseguró– eran “quienes controlan su país”.

El mismo 20 de mayo, el Departamento de Justicia acusaba al expresidente cubano, general Raúl Castro (94), de asesinato y conspiración para asesinar a ciudadanos norteamericanos. Se trata de una vieja historia, de hace 30 años, cuando la fuerza aérea cubana derribó dos avionetas del grupo opositor cubano “Hermanos al Rescate”, que desde hacía meses operaba desde Florida una campaña contra el gobierno.

La medida, similar a la que antecedió el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, contribuyó a reforzar la presión de la administración norteamericana sobre el régimen cubano.

Para el presidente cubano, Miguel Díaz Canel, no era más que “otra maniobra política, carente de todo fundamento legal”.

Gaesa y los miles de millones

Rubio exhibió ante los cubanos el éxito y la riqueza de algunos estadounidenses de origen cubano en los Estados Unidos, haciéndoles soñar que algo parecido podría ocurrir a todos, con el cambio de gobierno. Habló de una nueva Cuba, donde todos los cubanos –y no solo Gaesa, la empresa del ejército y del gobierno, o el Partido Comunista– tuvieran un banco, una gasolinera, un restaurant, una constructora, una estación de televisión. Un régimen democrático, como en Jamaica, Bahamas o República Dominicana, cuyos ejemplos exhibió ante los cubanos.

Gaesa, la empresa creada por el gobierno para manejar los recursos de una economía sometida a un bloqueo durante más de 60 años fue acusada de manejar miles de millones, mientras el pueblo sufre severa escasez.

“Mienten una y otra vez, sin ningún pudor, con una desfachatez alarmante”, dijo Díaz Canel.

“Elegir a GAESA como enemigo principal es un golpe brillante”, estimó Fernando Ravsberg, periodista de origen uruguayo que hizo de Cuba su lugar de vida. Con eso “ya no hay que enfrentarse a la revolución, ni al gobierno, sino a un misterioso grupo empresarial ‘un estado dentro de otro estado’ que esconde su dinero mientras el pueblo pasa necesidades”.

“El problema es que hoy no se podrá frenar esta campaña mediática sin transparencia”, dijo Ravsberg. “GAESA debería poder brindar información al pueblo sin necesidad de exponer sus operaciones comerciales o sus socios en el extranjero”. “Esta sería una buena forma de desmontar esta campaña de comunicación que pretende enfrentar a cubanos contra cubanos, mientras las tropas de EEUU esperan el momento de entrar como salvadores”, agregó Ravsberg, uno de los más lúcidos periodistas cubanos, al que un par de vividores de la revolución (alguno ya fallecido) logró que le prohibieran el ejercicio del periodismo.

En su opinión, “Rubio necesita desesperadamente que los cubanos residentes en Cuba salgan a las calles de forma violenta, que la policía los reprima, que haya presos, heridos en los hospitales y muchos muertos”. Entonces, todas las opciones, incluyendo una intervención militar, se harían mucho más viables.

Apretando las tuercas o la amenaza de una intervención militar

Resulta difícil imaginar el desenlace de una situación provocada por un bloqueo que priva a Cuba de toda fuente de energía, desatando una presión inimaginable sobre la vida de la gente (como ya se vive hoy), sin que desate eso una rebelión contra el gobierno cubano.

Por ahora, Rubio apuesta por el alzamiento de una población agotada, sometida a una escasez insufrible y a una pobreza generalizada. ¡Por ahora!

Como lo contaba el New York Times el pasado 20 de mayo, “la gente se refería a una búsqueda diaria de alimentos, ya que era imposible mantener el refrigerador funcionando el tiempo suficiente para congelar la carne o conservar los alimentos frescos”. “Compraban comida en pequeñas cantidades diarias, a precios asequibles: cinco huevos un día, medio kilo de cerdo al día siguiente, un kilo y medio de pollo al otro”.

“La basura se acumula en las calles porque no hay combustible para que los camiones la recojan. Según informes, hay personas que están muriendo o en muy malas condiciones debido a que los generadores de los hospitales están fallando”, resume Vivian Salama, periodista norteamericana, en entrevista a The Atlantic.

“La trayectoria actual corre el riesgo de desencadenar un período prolongado de deterioro humanitario y un sufrimiento lento, sin cambios reales para la gente”, dijo María José Espinosa, “experta en política exterior y directora ejecutiva del Centro para el Compromiso y la Incidencia en las Américas (CEDA)” a la periodista de origen cubano, Carla Gloria Colomé, que escribe para el diario El País.

Díaz Canel recordó la reiteración de la orden ejecutiva que declara Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de los Estados Unidos. Y la aplicación de “aranceles irracionales” a los países que suministren petróleo a Cuba.

Ni Trump ni Rubio mencionan los efectos del bloqueo económico, que se ha aplicado durante décadas, cada vez más radical, produciendo exactamente lo que Trump señala: un desastre.

Si bien una intervención militar parece improbable, una mayor presión parece segura, mientras Washington trata de obligar el régimen a llegar a un acuerdo, decía la página Gzeromedia, el pasado viernes, 22 de mayo.

El artículo especula con la posibilidad de levantar las sanciones económicas a cambio de la apertura de la economía cubana. Y con un acuerdo que podría implicar la permanencia en el poder de muchos de los mismos gobernantes, “en lugar del cambio radical de régimen que las comunidades cubanas en Miami, e incluso el propio Rubio, podrían desear”.

Una opinión compartida por los académicos norteamericanos William LeoGrande y Peter Kornbluh que, en un artículo en la revista Foreign Affairs, afirman que la administración podría aceptar algo menos que un cambio de régimen.

¿Cómo en Venezuela? Es difícil imaginar algo así en Cuba. Encontrar algún sector del gobierno, o del partido, capaz de reemplazar a las autoridades actuales. Del mismo modo, cuesta imaginar cualquier cambio de gobierno sin que tropas norteamericanas ocupen el país. Y eso es otra cosa. Los cubanos afirman que no podría ocurrir sin un baño de sangre. Y con costos políticos difíciles de imaginar, tanto en Estados Unidos como en América Latina y en el resto del mundo.

Un creyente en el futuro de la isla

No es nueva la aspiración del gobierno norteamericano de ocupar Cuba. Es una vieja historia, de más de un siglo, una aspiración permanente de incorporar la isla como otro estado norteamericano, o como un protectorado, sometido a controles políticos y económicos. Como en el siglo pasado.

La estrategia con respeto a Cuba está definida, además, en documentos como los anunciados por Jorge Mas Santos y la Fundación Cubano-Americana, que él preside.

Hijo de Jorge Mas Canosa (ya fallecido), un histórico dirigente opositor al que se atribuye particular empeño en la promoción de leyes que han radicalizado el embargo norteamericano a la isla, como la Helms-Burton, Mas Santos es un poderoso empresario de la construcción en los Estados Unidos. Y un referente de la oposición, muy cercano al secretario de Estado, al que calificó de “uno de los nuestros aquí en Miami”.

Mas concedió una entrevista a El País desde Miami, un día después de que el director de la CIA, John Ratcliffe, visitara La Habana, para presentar un ultimátum a las autoridades de la isla. La entrevista fue publicada el pasado 16 de mayo, por Iker Seisdedos, a quien Santos había hecho llegar dos documentos: una “Hoja de ruta para una Cuba próspera, democrática y de libre mercado” y un “Proyecto de Ley Fundamental para la transición democrática”.

Mas explica que la Carta “es un marco legal pensado para responder al gran interés de muchos inversores extranjeros que quieren ayudar a reconstruir. Son sugerencias para lo económico, pero también de derechos humanos, que permitan una transición hacia unas elecciones libres y una nueva Constitución”.

“Soy un gran creyente en el futuro de la isla”, afirma Mas a un periodista que (como Colomé y como la línea general de El País), está alineado con la oposición cubana.

Las dimensiones del negocio son enormes. La reconstrucción de Cuba yo la veo “superfácil”. “Hay que propiciar un marco en el que se incentive la inversión extranjera”. “Si hacen falta 40, 50, 60, 70 u 80 mil millones, sea la que sea la cifra, no será un problema”, dice Jorge Mas. Ninguna cifra será un problema.

Esa es la dimensión de los negocios que Mas y sus socios vislumbran en Cuba. Pero ni un centavo para los cubanos que hoy viven en condiciones dramáticas, como las descritas por el New York Times, por The Atlantic, o por el mismo El País, gracias al bloqueo a que tienen sometida la economía de la isla.

Mas está esperanzado. Nunca lo ha visto “tan cerca como ahora”. Gracias al liderazgo del presidente Trump y del secretario Rubio. “Todos esperamos que este sea el tramo final”.

Restablecer su dominio sobre América Latina

Colomé recuerda que Trump ha hablado de restablecer su dominio sobre América Latina, “de la necesidad de controlar lo que pasa en el patio trasero”, como afirmó el profesor de la Universidad de Miami, Michael Bustamante.

Este objetivo está contemplado en la Estrategia de Seguridad Nacional, que la administración norteamericana publicó en noviembre pasado. Un documento público de 29 páginas disponible en inglés para cualquier interesado.

En lo que se refiere al hemisferio occidental, el documento afirma que “tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense”. Este “corolario Trump” de la Doctrina Monroe –afirma– “es una potente restauración del poder y las prioridades norteamericanas, consistente con los intereses de seguridad de los Estados Unidos”.

Es evidente el desafío que esa visión representa para América Latina. Enfrentados a la coyuntura actual, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, advirtió que la región se enfrenta a la amenaza del retorno de una regla colonial. “No es posible que alguien piense que es dueño de otros países. ¿Qué están haciendo ahora con Cuba? ¿Qué hicieron con Venezuela? ¿Acaso eso es democrático?” se preguntó.

La presidente mexicana, Claudia Sheinbaum, calificó de “injustas” las sanciones norteamericanas a Cuba y defendió el derecho de su país a seguir prestando ayuda humanitaria y a mantener relaciones comerciales con la isla. Qué sentido tiene que se acuse a Castro por un hecho que ocurrió hace 30 años, se preguntó. “Es una visión de que pueden influir en otros países. Nosotros no estamos de acuerdo con esa visión”.

El colombiano Gustavo Petro calificó “la agresión militar a Cuba como una agresión contra América Latina”.

¿Qué América latina?

¿A qué América Latina se refiere Petro? A una América Latina donde la derecha privatizadora de hace muchos años hace eco, desde el sur, del tono prevaleciente en Washington.

En cada país prevalece, con las características locales, una lucha política donde es esa derecha la que tiene la voz más clara, que sabe mejor lo que quiere, mientras el esfuerzo por construir una alternativa aparece todavía enredado en los hilos de un pasado relativamente reciente, que le aniquiló cuadros, pero, sobre todo, desarticuló el discurso alternativo.

Hay un escenario al que deberíamos poner atención: ¿Qué dice la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre el ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente? ¿Qué dice sobre el bloqueo a Cuba y la amenaza de invasión? ¡Hay que ver lo activa que está frente a la rebelión popular contra las medidas del gobierno de derecha, de Paz en Bolivia! ¿No sería inútil poner a debate el papel de esa institución para América Latina? Yo creo que sí.

El griterío de los Milei, de los Kast, de los Paz, no revela lucidez. Es muestra del desgaste de un argumento, mientras la falta de una respuesta a la altura alimenta una sensación de desconcierto que sobrevuela el escenario político de América Latina. La única región que parece aun ajena a la búsqueda de su lugar en un nuevo escenario multilateral. Un lugar distinto al que nos amenaza la “regla colonial” a la que hace referencia Lula.

FIN

Halcones de RAND: Cuba y Venezuela como objetivos

José A. Amesty Rivera

En mayo del presente año 2026, la organización estadounidense RAND Corporation publicó un informe que prendió las alarmas en América Latina. El documento, llamado “Multiplicadores de poder en las Américas”, dice que Estados Unidos debe aumentar su presencia militar, política y de inteligencia en la región para frenar el avance de China, Rusia e Irán.

Aunque el texto habla de apoyo a fuerzas de seguridad, lucha contra el narcotráfico y combate a la corrupción, el mensaje de fondo parece otro, Washington quiere recuperar más control e influencia sobre América Latina.

RAND no es cualquier centro de estudios; desde la Guerra Fría ha trabajado muy cerca del Pentágono y de la política exterior de EEUU. Muchas de sus ideas terminan convertidas en decisiones reales del gobierno norteamericano. Por eso, cuando RAND habla de fortalecer operaciones militares, ampliar la cooperación de seguridad y aplicar estrategias de “guerra irregular”, no se siente como simple teoría, suena más bien como una advertencia política.

Además, el informe aparece en un momento delicado; el gobierno de Donald Trump ha endurecido nuevamente su discurso hacia América Latina, retomando ideas muy parecidas a la vieja Doctrina Monroe, América bajo la influencia de Washington.

En discursos recientes, funcionarios estadounidenses han dicho que China representa una amenaza para el continente y que América Latina debería volver a alinearse con EEUU.

Aunque el informe menciona varios países, Cuba y Venezuela aparecen otra vez como objetivos principales, no es casualidad, ambos gobiernos han mantenido relaciones cercanas con Rusia y China, además de buscar mecanismos económicos alternativos al sistema financiero dominado por EEUU.

RAND señala directamente que Rusia mantiene presencia política y militar en Cuba, Nicaragua y Venezuela, mientras China sigue creciendo mediante inversiones, infraestructura y acuerdos estratégicos.

Pero aquí aparece una contradicción clara; mientras Washington acusa a China de expandir su influencia, EEUU lleva décadas teniendo una presencia mucho más grande en la región, bases militares, cooperación militar, presión económica y acuerdos políticos.

En el caso de Cuba, el tema tiene un peso simbólico enorme; desde 1959, la isla ha sido uno de los pocos proyectos políticos latinoamericanos que ha resistido abiertamente la influencia estadounidense. El bloqueo económico ha golpeado fuerte a la población cubana, especialmente en los últimos años, pero aun así Cuba sigue siendo una referencia política para sectores de izquierda en América Latina.

En marzo de 2026, crecieron rumores sobre posibles acciones militares estadounidenses alrededor de la isla, aunque el Comando Sur negó planes de invasión, reconoció que mantiene capacidad militar activa cerca de Cuba y en la base de Guantánamo.

Eso deja claro que, aunque Washington no hable abiertamente de intervención, la presión militar sigue presente.

El caso venezolano es todavía más complicado; durante años, Venezuela fortaleció sus relaciones con China y Rusia en áreas como petróleo, defensa e infraestructura, esto convirtió al país en un punto clave de la disputa global entre Washington y sus rivales.

Medios internacionales reportaron que, después de operaciones estadounidenses realizadas a comienzos de 2026, contra el liderazgo venezolano, aumentó la presión política y militar sobre el país.

El informe de RAND encaja perfectamente en este escenario; el documento dice que hoy las diferencias entre amenazas estatales y grupos criminales son “difusas”, y esta idea preocupa, porque históricamente ese tipo de discurso ha servido para justificar sanciones, operaciones encubiertas e incluso intervenciones militares.

Esto ya pasó antes en América Latina; durante décadas, EEUU utilizó el argumento de la “seguridad nacional” para intervenir directa o indirectamente en países considerados contrarios a sus intereses. Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973, Panamá en 1989 y las guerras en Centroamérica durante los años 80 son ejemplos claros.

Hoy el lenguaje cambió, ya no se habla tanto de comunismo, sino de narcotráfico, terrorismo, corrupción o influencia china o rusa; pero la lógica política se parece bastante, presentar una amenaza para justificar más control y presencia militar.

Otro de los temas centrales del informe es China; RAND deja claro que para EEUU el problema ya no es solamente el narcotráfico, sino también el crecimiento económico chino en América Latina.

Según declaraciones recientes del Comando Sur, Washington vigila puertos, proyectos espaciales e infraestructuras ligadas a empresas chinas en varios países latinoamericanos.

Estados Unidos dice que muchas de esas inversiones podrían tener uso civil y militar al mismo tiempo; este discurso recuerda bastante al que se utilizaba durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética.

Pero para muchos gobiernos latinoamericanos, China representa otra cosa, financiamiento, comercio e inversiones sin las condiciones políticas tradicionales de Washington o del Fondo Monetario Internacional. Países como Brasil, Perú, Argentina, Bolivia y Venezuela han aumentado mucho sus relaciones con Beijing en los últimos años.

Obvio que China busca influencia, recursos y mercados, pero varios gobiernos de la región consideran que tener relaciones con distintas potencias les da más independencia y reduce la dependencia histórica de EEUU.

Aquí aparece otro tema sensible, la desdolarización. El crecimiento de mecanismos comerciales fuera del dólar preocupa mucho a Washington. Los BRICS y otros espacios internacionales impulsan alternativas financieras que podrían reducir el peso mundial de la moneda estadounidense.

Por eso RAND, insiste tanto en que el Pentágono debe responder también frente a la “presión económica” china y rusa. El problema es que esa lógica puede abrir la puerta a justificar acciones políticas o militares por motivos económicos.

Quizás lo más preocupante del informe es su tono; RAND dice que EEUU debe prepararse para actuar en escenarios de competencia, crisis y “guerra irregular”. También propone aumentar el uso de fuerzas especiales, cooperación militar y mecanismos de seguridad regional.

Al mismo tiempo, funcionarios estadounidenses han dicho recientemente que los carteles del narcotráfico solo pueden enfrentarse con fuerza militar.

Este discurso genera preocupación porque América Latina conoce muy bien las consecuencias de la militarización. La llamada “guerra contra las drogas”, impulsada durante décadas, dejó miles de muertos en países como México y Colombia sin resolver realmente el problema del narcotráfico.

Además, usar el crimen organizado como argumento para aumentar presencia militar extranjera puede terminar debilitando la soberanía de los países de la región.

Muchos analistas creen que detrás de todo esto hay una pelea mucho más grande, el control político y estratégico del continente en medio de la competencia mundial entre Estados Unidos y China.

Lo que está pasando se parece cada vez más a una nueva Guerra Fría, ya no entre capitalismo y socialismo, sino entre un mundo dominado por EEUU y otro más multipolar.

En esta disputa, América Latina vuelve a convertirse en una región estratégica; petróleo, minerales, rutas comerciales, telecomunicaciones y mercados hacen que el continente tenga un valor enorme para las grandes potencias.

Cuba y Venezuela aparecen como símbolos de resistencia frente a la influencia estadounidense, mientras China y Rusia aprovechan las tensiones históricas entre Washington y varios gobiernos latinoamericanos para ganar espacio.

La gran pregunta es si América Latina podrá mantener cierta independencia o terminará atrapada otra vez entre potencias mundiales.

El informe de RAND deja claro que sectores del poder estadounidense creen que llegó el momento de recuperar influencia política y estratégica en el continente, pero América Latina ya no es la misma de hace décadas, hoy existen gobiernos, movimientos sociales y alianzas internacionales que buscan más autonomía.

Por eso, cualquier intento de imponer presión extrema o soluciones militares podría aumentar todavía más la tensión y la inestabilidad en la región.

Al final, detrás de términos técnicos como “asistencia de seguridad”, “guerra irregular” o “multiplicadores de poder”, aparece una realidad vieja y conocida, la pelea por el control político y económico de América Latina sigue viva, y Cuba y Venezuela continúan estando en el centro de esa disputa.

El verdadero rostro del imperialismo

Martín Rodríguez Espinoza

Cuando el imperialismo norteamericano afirma abiertamente que su objetivo es apoderarse del uranio enriquecido de Irán, más de 400 kilogramos, queda claro que no estamos, una vez más, frente al viejo y conocido rostro del imperialismo, la codicia por los recursos estratégicos del planeta, al costo que sea necesario, la guerra, la muerte o la destrucción de países enteros.

A lo largo de la historia reciente, Estados Unidos ha invadido, bombardeado o desestabilizado países enteros bajo distintos pretextos, la “democracia”, la “seguridad”, la “lucha contra el terrorismo”, la libertad, el narcotráfico (que ellos mismos manejan en todo el mundo), pero detrás de esos discursos siempre aparece el mismo objetivo, el control de las riquezas naturales. Petróleo, gas, minerales estratégicos, rutas comerciales y ahora también materiales energéticos como el uranio.

No se trata solamente de Irán. La misma lógica depredadora ha marcado la intervención en el Golfo Pérsico, en Medio Oriente, en África, en América Latina y en el Caribe. Donde hay recursos estratégicos, aparece la presión política, las sanciones económicas, las bases militares o, en el peor de los casos, las bombas.

El imperialismo no negocia desde la igualdad entre pueblos; negocia desde la amenaza, el bloqueo y la guerra. Su objetivo no es la paz entre naciones soberanas, sino la subordinación económica y política de los países que poseen riquezas que las grandes corporaciones desean controlar, para ello cuenta con serviles encada rincón.

Por eso cada vez resulta más evidente para los pueblos del mundo que las guerras que promueve el imperialismo no se libran por valores ni principios. Se libran por el dominio de los recursos y por la perpetuación de un sistema que necesita apropiarse de la riqueza ajena para sostener su poder.

Frente a esa realidad, la defensa de la soberanía de los pueblos y de sus recursos naturales se convierte en una causa común de la humanidad. Porque cada pueblo que resiste al saqueo imperialista defiende no solo su territorio, sino el derecho de todos los pueblos del mundo a existir con dignidad, independencia y paz. Cuba es un ejemplo de esa dignidad, pese al criminal bloqueo económico, comercial y financiero, igual Venezuela, Palestina, y todos aquellos que no renuncian pese a las calamidades que los criminales fascistas provocan en su tierra.

La cuestión cubana desde la óptica del humanismo

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Introito

Durante décadas, una abrumadora mayoría de países de todos los continentes ha votado en la Asamblea General de Naciones Unidas exigiendo poner fin al embargo estadounidense contra Cuba. No obstante, Estados Unidos se ha mostrado irreductible y cada vez, pone oídos sordos a la casi totalidad de las naciones del mundo, ha interpuesto el poder de veto en las Naciones Unidas, para sabotear el levantamiento del embargo. Tal pode de veto únicamente lo poseen cinco poderosas naciones de la Tierra. Así las cosas, el poderoso imperio del norte americano, mantiene el arbitrario y cruel bloqueo económico con el que ha pretendido, hasta ahora con infertilidad, someter a Cuba bajo su égida. No lo ha conseguido y cada vez se desprestigia más ante los ojos del mundo, su causa imperial.

O sea que, las múltiples resoluciones de las Naciones Unidas están llenas de un altísimo valor moral y político; pero desdichadamente no son jurídicamente vinculantes.

Con toda seguridad, el actual bloqueo que ha puesto el acento en el impedimento de la entrada de petróleo a Cuba es el más duro de todos, dada la ideología oscurantista del presidente Trump y su espíritu belicista e inhumano. Para Washington el bloqueo funciona, además, como un instrumento de presión política, un símbolo de oposición al modelo cubano, para que surta efecto negativo principalmente sobre los países de América Latina; es una señal hacia otros gobiernos considerados hostiles contra los EE. UU. De ahí que, su eficacia real es discutible, pero sigue teniendo un valor estratégico.

Impacto humanitario

Desde el punto de vista ético y humanitario, el bloqueo afecta principalmente a la población civil, ya que dificulta el acceso a medicamentos, a financiamiento y a la necesidad de obtener alta tecnología. Por lo tanto, el bloqueo limita directamente el desarrollo económico. Es por todas estas razones, que millones de personas en todo el mundo consideran que, el bloqueo contra Cuba es incompatible con los principios de derechos humanos que los Estados Unidos dice defender: una clara contradicción del gobierno estadounidense entre el discurso y su práctica histórica.

Desde una mirada racional y democrática, el mundo pide mayoritariamente el fin del bloqueo, pues como se dijo no ha conseguido los objetivos políticos que se ha propuesto, y más bien aísla moralmente a los EE. UU. Aunque, sí a provocado daños sociales contra la población cubana en general, en especial contra la población de ancianos, personas enfermas, mujeres embarazadas, personas con discapacidad, amén de la niñez. Sin embargo, esa política con toda su crueldad y daño social producido es la que pesa más debido a que la política interna y los intereses estratégicos en particular del gobierno de Trump poseen mucho mayor importancia en el balance interno de la política estadounidense que, el consenso internacional.

Un poco de historia en torno a la política exterior de los EE. UU en América Latina

Es algo sorprendente, desde que los Estados Unidos alcanzó su libertad frente al Imperio colonial británico, en 1776, la nación del norte de América ha invadido o intervenido militarmente en más de cien ocasiones a otros países o territorios fuera de sus fronteras.

Es muy importante observar que antes del comunismo y de Karl Marx, ya los estadounidenses le habían arrebatado a su vecino México, más de la mitad de su actual territorio, entre 1846 y 1848. Nicaragua fue invadida en el siglo XIX, Haití en 1915, Filipinas en 1898, Panamá en 1903 y años subsiguientes, así como los países del Caribe y Centroamérica repetidamente durante el siglo XX. Es decir, el expansionismo estadounidense precede al socialismo y al marxismo. Quiere decir que, la ambición de los EE. UU por extender su imperio por todo el mundo, no nace como una lucha contra el comunismo, sino como una política imperial temprana. Cualquiera que sepa algo de historia reconoce esta realidad palmariamente.

Entre los siglos XX y XXI los Estados Unidos ha intervenido de forma directa o indirecta en América Latina, en casi toda la región. Intervenciones militares directas se produjeron en ese transcurso en México, Nicaragua, Haití, República Dominicana, Panamá y Granada. Mediante golpes y desestabilizaciones la historia del subcontinente latino registra los siguientes países: Guatemala 1954, Chile 1973, Brasil 1964, Argentina 1976, Bolivia más recientemente, Honduras 2009 y Venezuela en varias ocasiones. La última fue la que se acaba de producir en enero de este año. O sea, más de 20 países latinoamericanos se han visto afectados directa o indirectamente por la política imperial estadounidense. En otras palabras, América Latina ha sido conocida como zona de influencia de Los Estados Unidos o como se le llama también despectivamente “su patio trasero”.

La compleja relación de los Estados Unidos con Cuba. ¿Por qué el bloqueo y la invasión?

Desde mi óptica hay cuatro razones principales:

a) La primera estriba en que, desde los inicios del siglo pasado, los gobiernos de Los Estados Unidos consideraron el Caribe como “el mare Nostrum”, un espacio estratégico en su política de desplazar a las potencias europeas de América Latina, tarea que comenzó en realidad, desde mediados del siglo XIX. A la primera independencia de Cuba del colonialismo español, los Estados Unidos hicieron su aporte completamente interesado político, militar y económico. Esta fase culminó con la guerra “hispano estadounidense de 1898, en que Estados Unidos salió victorioso. Como lo acabo de afirmar, su aporte no fue de gratis, sirvió para que en adelante se inmiscuyera dentro de la Isla antillana, un tutelaje a la naciente República mediante la famosa “Enmienda Platt”. Por medio de este “tratado”, los estadounidenses obligan a que la Enmienda se introduzca plenamente en la Constitución cubana, otorgándole al imperio la potestad de intervenir militarmente en la Isla, e inclusive crearon bases navales, como la que todavía mantienen en Guantánamo.

b) La Revolución Cubana de 1959. Cuba llevó adelante tras el triunfo revolucionario de 1959, una reforma en lo político, jurídico, económico y militar de gran calado:

– nacionalizó empresas extranjeras propiedad de inversionistas estadounidenses, Cuba rompió los lazos de dependencia que la ataban a los EE. UU y abrió el camino para consolidar una verdadera independencia del gobierno del Norte imperial. Todas estas políticas quebrantaron las relaciones políticas y diplomáticas entre ambos países, puesto que Washington intentó proteger por todos los medios, los poderosos intereses de las grandes empresas estadounidenses frente a las medidas expropiatorias por parte del gobierno revolucionario.

c) La Invasión de Bahía de Cochinos. Con el propósito de apoyar a la contrarrevolución de los cubanos que habían migrado a Miami huyendo de la Revolución, la CIA estadounidense, preparó una invasión de carácter militar, entrenando y avituallando a las tropas, dándoles armamento y apoyándolos con la aviación. En principio, todo el plan fue aprobado por el gobierno del “demócrata” John F: Kennedy, pese a que en el último momento restringió en gran medida la aviación con la que se pensaba bombardear la Isla. Cuba siempre fue bombardeada, pero no en la intensidad con la que, originalmente se había comprometido Kennedy. La invasión de Bahía de Cochinos terminó en un fracaso total para la contrarrevolución de los cubanos de Miami y para el propio gobierno de los EE. UU.

d) El bloqueo impuesto por los Estados Unidos a Cuba. Con el bloqueo se pretendía desanimar a la población de la Isla y provocar una rebelión interna. Esto fue reconocido por documentos oficiales desclasificados de la CIA de los Estados Unidos.

Hoy el bloqueo impuesto por Trump se concentra con prioridad en impedir el ingreso de petróleo, con lo que, Cuba se encuentra seriamente desabastecida para alimentar la flotilla vehicular, se ha paralizado gran parte de la industria, los hospitales y la población está experimentando una gran escasez, privación de medicinas, ropa, alimentos, etc. El golpe principal se ha orientado a paralizar el Transporte, la Electricidad, los Hospitales y la producción; una forma moderna de asfixia económica inhumana porque está afectando a la población civil, antes que nada.

Conclusión

El castigo que desde principios de los sesenta la ha impuesto el gobierno de los Estados Unidos a Cuba, por todo lo expresado no es únicamente contra el gobierno, es contra toda la población. Por lo consiguiente, aunque es un tema ideológico, es por encima de todo una cuestión humanitaria.

No obstante, todo el inmenso historial represivo e inhumano de los Estados Unidos, desde que adquirió el estatus de República al independizarse del imperio colonial británico en 1776, hay todavía gente que se atreve a proponer con cinismo que, la culpa de todos los efectos ampliamente demostrados del bloqueo contra el pueblo y el gobierno de Cuba no proviene únicamente de los diferentes gobiernos estadounidenses, sino que es responsabilidad del régimen cubano.

Se pretende de esta manera como se dice coloquialmente, “tapar el sol con un dedo”, lo que como sabemos solo le ocurre a la persona que interpone su dedo entre sí misma y el astro que nos ilumina y nos da calor. Absolutamente a nadie más que esté dispuesto a conocer la verdad del magnicidio que se viene cometiendo contra Cuba y que hoy endurece el desgobierno de Trump, se le puede engañar.

Pregunto, solo para efecto de demostración, cuántos países que tengan el tamaño y una población parecida a los 11 millones de personas que habitan la Isla cubana, podrían soportar un embargo tan cruel y avasallador como el que desde la década sesenta del siglo pasado, viene imponiendo el gobierno estadounidense. ¿Alguno lo podría soportar? Aún más, ¿Cuántos países podrían mantenerse de pie, y con la dignidad que ha tenido el pueblo cubano ante una intervención tan intensa e inhumana como la que perpetra Trump contra Cuba?

Debe tenerse presente además que, el intervencionismo estadounidense alcanza hoy, aparte de Cuba, a todo aquel país, sea el que sea, que intente auxiliar a la Isla proporcionándole petróleo, medicamentos, comida, ropa y un largo etcétera. Al país que haya deseado brindar solidaridad a Cuba, se le recetan castigos económicos, y puede ser que hasta de carácter militar. O sea, que Trump y sus acompañantes oligarcas, con harta irresponsabilidad frente a toda la humanidad estarían dispuestos a desatar una guerra de carácter universal, si la ayuda proviniese de una potencia como China o Rusia. Ya Trump ha lanzado estas amenazas contra China, Rusia, México y la misma Venezuela. La humanidad decide a quien le brinda solidaridad.

Sean Conner: “Venezuela representa un cambio de las tácticas de la guerra con consecuencias inconmensurables”

Por Pablo Ruiz*

El ataque a Venezuela por parte de los Estados Unidos y una seguidilla de amenazas, de la aplicación de sanciones y castigos, mediante bloqueos o el alza de aranceles, contra México, Cuba, Colombia, Irán, Canadá, Groenlandia, entre otros, representan una clara amenaza a la Ley Internacional volviendo a la ley del más fuerte.

Por otro lado, sigue la militarización en Europa y se cumplirán cuatro años de la guerra en Ucrania donde se siguen haciendo esfuerzos por continuar este conflicto enviando más armas y militarizando la misma Europa.

Sobre estos temas, a continuación, una entrevista con Sean Conner quien es director ejecutivo de la International Peace Bureau (IPB). Conner es licenciado en Estudios de Comunicación Intercultural y Crítica por la Universidad Estatal de Nueva York en Geneseo y tiene una Maestría en Gestión de Conflictos Interculturales.

El IPB, que en español significa “Oficina Internacional por la Paz”, es una red global, con más de 400 organizaciones, de unos 100 países, que trabajan contra la guerra, contra el gasto militar, y por el desarme. La IPB, también es parte de la Red Internacional No a la Guerra, No a la OTAN.

– ¿Qué opinión le merece que Chile venda a Alemania carros de combate y estos puedan ser enviados posteriormente a la guerra en Ucrania? ¿Qué posición debemos tener frente a la guerra? ¿participación, neutralidad?

Es muy preocupante si esto es verdad. Igual de preocupante es la falta de confirmación, de transparencia, si se enviaron o no y el secreto del trato. Si el gobierno chileno envió los carros de combate sabiendo que irían a Ucrania, eso representaría una escalada del conflicto que abriría las puertas a más participación en el futuro. Enviar armas a una zona de guerra contribuye a su continuación en vez de una resolución pacífica.

Por otro lado, Chile es Estado Parte del Tratado sobre el Comercio de Armas, que restringe la venta o la transferencia de armas en zonas de conflicto. El ministro de Relaciones Exteriores, Alberto van Klaveren, negó tal información y ha declarado que la venta sería contra de las leyes de transferencia de armas.

En vez de enviar armas, los países neutrales tienen un papel importante que jugar como apoyar negociaciones para buscar la paz y poner fin a las guerras. De no ser participantes, de un lado ni del otro, y ayudar en la búsqueda de una resolución pacífica.

Naturalmente, cualquier solución se debe basar en la ley internacional y el respeto a la seguridad humana. Cualquier acuerdo requiere un compromiso entre las partes y los países neutrales, no deben tener intereses directos, estar únicamente preparados para mediar y buscar una solución.

Si los países fuera de Europa, y más que todo del Sur Global, tomarán más responsabilidad en promover y apoyar la mediación, me podría imaginar mejores soluciones que las ya propuesta por la administración de Trump.

– ¿Cuál es la opinión del IPB sobre el ataque a Venezuela y el secuestro del presidente Maduro?

Son actos ilegales bajo la ley internacional y muy provocativos para la seguridad y la paz de toda Latinoamérica. El régimen de Trump ha dejado claro sus intenciones imperialistas de saqueo, que quiere los recursos naturales de Venezuela y, más allá, sus aspiraciones de controlar a la fuerza cualquier país del continente que se atreva a expresar su soberanía e independencia. Es una amenaza a la paz y a la seguridad mundial.

El ataque contra Venezuela también representa un cambio de las tácticas de la guerra con consecuencias inconmensurables. El secuestro de un jefe de estado y su esposa pone en duda todo lo que se conoce entre las relaciones entre estados, las leyes de guerra, y la inmunidad diplomática. Parece que esto será el último clavo del ataúd, de la muerte, de la ley internacional y de las instituciones internacionales. En su lugar, entramos en un periodo basado en dinámicas de poder.

Muchos ya hablan de que las acciones de Trump podrían ser reproducidas por otros estados como China y Rusia. Por supuesto tenemos esas dudas, pero en mi opinión aún más dudoso es que los aliados de EEUU no pueden ni siquiera condenar estas acciones sin mencionar a sus ‘enemigos’. ¿No es suficiente malo que un aliado haga algo tan ilegal?

También es muy preocupante el uso de nuevas tecnologías de armas por EEUU en el ataque contra Venezuela; en particular, el uso del “discombobulator”. Estos nuevos medios de guerra crean más incertidumbre y confusión. Así mismo, marcan también la nueva etapa de las guerras y de la dominación.

Desde el ataque, hemos visto la continuación de la presión de EEUU contra Venezuela y los tratos sobre el petróleo. Todas las razones que previamente usaba EEUU para justificar su agresión contra Venezuela desaparecieron. Lo que no ha desaparecido son las amenazas contra cualquier país de la región que se atreva a ir en contra de Trump. Lo que sí es cierto, es que no han terminado sus acciones imperialistas contra los países de Latinoamérica.

Ahora es el tiempo de la solidaridad entre todos los pueblos del continente, contra la guerra, reforzando la Proclama de la CELAC del 2014 que América Latina y el Caribe es una Zona de Paz, que las tensiones y desacuerdos se resuelven a través del diálogo y la diplomacia, y que no se tolerará saqueos de recursos naturales ni cambios de régimen impulsados desde afuera.

En los EEUU es muy importante apoyar y empoderar al movimiento contra la nueva doctrina Monroe y el corolario Trump. Y en todo el mundo empujar y presionar a gobiernos para que condenen las acciones del régimen de Trump. Solo así podemos preservar algún tipo de ley internacional.

– El presidente Trump también ha amenazado a Groenlandia, Colombia, Cuba y México. ¿Cuál es su opinión? ¿Tiene Estados Unidos derecho a imponer su voluntad a estas y otras naciones?

Los EEUU no tiene ningún derecho de amenazar a estos países del continente, ni a los países de otras partes del mundo como ha hecho en Nigeria, Irán, Somalia, etcétera. Trump y su régimen operan bajo la visión del mundo donde son los EEUU el poder militar más fuerte y así pueden hacer y tomar lo que quieran del resto del mundo.

La estrategia nacional de EEUU, publicada en noviembre de 2025, esboza claramente la visión que tiene para utilizar todos los métodos que quiera dispuestos a expandir su influencia, más que todo en las Américas.

Hay una vinculación muy clara identificada en la estrategia entre la militarización de la región y sus intereses económicos. Los ataques en Venezuela son el primer ejemplo de esto, y sin duda lo utilizará el régimen de Trump para coaccionar a los otros países que ya ha amenazado.

Hay distintos intereses dentro del régimen de Trump sobre estos países. En Groenlandia, por ejemplo, hay intereses por los recursos naturales, en particular la riqueza mineral que necesita Estados Unidos para continuar su competencia contra China, para mantener su proceso de militarización, y para enriquecer la oligarquía estadounidense. En el caso de Cuba, México, y Colombia, al otro lado, representan una resistencia a la coacción estadounidense, una alternativa, una resistencia, en términos económicos, geopolíticos, y sociales. Figuras como Marco Rubio, el secretario de estado, en particular tienen razones ideológicas basadas en falsas historias sobre Cuba.

Básicamente, están convencidos de que pueden dominar el hemisferio y el mundo a través de una mezcla de acciones provocativas, de amenazas, y en este proceso han puesto a toda América en riesgo de guerra y violencia física, económica, y sistemática. Esto lo tenemos que rechazar por completo y sin reserva.

A la misma vez, parece que este régimen no entiende la historia de resistencia y resiliencia de América Latina y El Caribe. Tengo esperanza de que los pueblos americanos no dejen que esta coacción tenga éxito. Pero frente al poder militar de EEUU, será muy importante que la solidaridad internacional acompañe a los pueblos en su resistencia, utilizando métodos no violentos y variados. Eso incluye por supuesto resistencia dentro de los EEUU, que ya existe y que sigue creciendo como respuesta a las recientes acciones de Trump.

– Francia está preocupada por el rearme de Alemania. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Hay una competencia ocurriendo, actualmente, entre Francia y Alemania en Europa por quién será el poder militar dominante del continente. Francia tiene en su memoria la Alemania de los años 1930 y 1940 y, naturalmente, tiene preocupaciones que Alemania sea nuevamente dominante. A la vez Alemania ahora se cree reformada y que hoy en día está en el lado correcto de la historia y de los derechos humanos.

La realidad nos enseña lo contrario, Alemania ha sido el socio económico y militar más fuerte de Israel, aparte de los EEUU, durante el genocidio en Gaza. Y no olvidemos tampoco la historia de colonización y abusos de derechos humanos de Francia. Los dos han utilizado sus militares para crímenes de lesa humanidad en el pasado y también en recientes décadas, incluso el apoyo de las intervenciones de la OTAN en Afganistán, Irak, Libia, etc.

Por otro lado, la competencia entre Alemania y Francia, las fuerzas económicas más dominantes de Europa, es por la dominación de Europa y de sus relaciones externas. Pero, por otro lado, es una distracción. Los dos países están profundamente involucrados en el proceso de integración militar en Europa y la militarización completa de la Unión Europea. Todos los países de la OTAN, menos España, están ya comprometidos a subir su gasto militar al 5% de su PIB y a invertir en la integración de la industria militar de los países de la Unión.

En marzo del 2025 la Comisión Europea publicó su informe “Readiness 2030” esbozando el camino hacia más militarización mientras cortan los programas sociales, ayuda internacional al desarrollo, y más.

Ellos dicen que tienen que ampliar su militarización debido a las amenazas de Rusia tras la invasión a Ucrania, que quieren defender los derechos humanos, el orden basado en reglas, y que no quieren guerras. Al mismo tiempo, no hablan en contra de las acciones de Trump en Venezuela. Es pura contradicción. En mi opinión, los países de Europa ya han aceptado que el orden del mundo ha cambiado y ahora están tratando de mantener su propia dominación económica a través de la militarización.

No olvidemos que, en Alemania, Francia, y muchos países de Europa los partidos de ultraderecha siguen creciendo en popularidad, y si consiguen el poder podemos esperar más apoyo por Trump y sus intervenciones y amenazas militares, incluso más violaciones de derechos humanos y la destrucción de la ley internacional.

– En este mundo tan turbulento, el IPB sigue promoviendo la propuesta de construir una «seguridad común». ¿Por qué? ¿En qué consiste esta propuesta en resumen?

En estos momentos de incertidumbre y de miedo, el mundo necesita alternativas frente a la militarización y la guerra. Mientras muchos líderes mundiales parecen haberse olvidado de la característica destructiva e inhumana de la guerra y están dispuestos a abandonar la ley y las instituciones internacionales, nosotros no olvidamos. Nos quieren convencer de que la militarización y la disuasión son las únicas maneras de evitar la guerra. Al contrario, la historia nos enseña que, si nos preparamos para la guerra, tarde o temprano tendremos guerra.

Entonces, en nuestro trabajo, argumentamos por alternativas, las que históricamente han sido utilizadas. La “seguridad común”, como concepto, fue creado durante la Guerra Fría, en los años 80, cuando las tensiones entre los poderes nucleares de Estados Unidos y la Unión Soviética habían llegado a un punto insostenible.

El primer ministro de Suecia, Olof Palme, reunió a los líderes de los bloques oriental y occidental para encontrar modos de reducir las tensiones para todos. Así emergió el concepto de la “seguridad común” y la clave, para sentirse más seguro, fue crearla junto al “enemigo”. En otras palabras, un país o un pueblo no pueden crear su seguridad en contra de otro país o pueblo y la tienen que crear juntos a través de la desmilitarización, el desarme, el diálogo, y la diplomacia.

Más recientemente, publicamos un nuevo informe elaborado sobre la relevancia de la “seguridad común” para el siglo XXI. Ya no vivimos en la Guerra Fría y las realidades de estos tiempos son distintas. Sin embargo, consideramos que el concepto sigue siendo importante, sino aún más que antes, dado al clima internacional. Tenemos que reencontrar cómo vivir juntos, como pueblos, en este planeta. Basado en nuestro análisis de la seguridad humana, no la de gobiernos, concluimos que la militarización actual no nos ha hecho más seguro en ningún sentido, sino nos ha puesto a todos en más peligro, al punto de una guerra mundial donde las armas nucleares, la inteligencia artificial, metida en nuevas tecnologías militares, y mucho más hoy amenazan la vida del mundo entero.

La mayoría de los gobiernos del mundo no entienden esto y es nuestro trabajo, como sociedad civil, como voces por la paz y la justicia, empujar alternativas. Es un gran trabajo que requiere mucha coordinación, muchas conversaciones difíciles, y mucho trabajo. Pero si no cambiamos nuestro entendimiento de la definición real de seguridad, veremos una continuación o empeoramiento de la situación global. No sólo de guerras, sino cambio climático, desigualdades económicas, y mucho más.

* Pablo Ruiz es periodista, editor de la Revista El Derecho de Vivir en Paz, y coordinador del Observatorio por el Cierre de la Escuela de las Américas en Chile.

En la derecha, Sean Conner. Foto Gentileza de IPB

Un Nerón moderno en Minneapolis vs. «La Isla que somos»

Jiddu Rojas Jiménez

Empecemos por el final, y en tierras lejanas.

Escuchamos conmovidos a un Congresista Norteamericano Demócrata, describiendo la guantera del carro llena de juguetes infantiles de los tres huérfanos, hijos de la joven Madre ciudadana norteamericana, de 37 años, brutalmente asesinada por un perturbado oficial del temido ICE y fanático del movimiento MAGA de Trump. Ella era viuda de un soldado norteamericano.

Hemos escuchado en sus videos, a la bella Renee Nicole Good, QEPD., hablando español con dulce acento norteamericano, y expresándose en toda su humanidad y con amable calidez, confesando su solidaridad para con la Comunidad Latina.

Hemos visto a una ciudad, Minneapolis, junto a Chicago y New York y otras ciudades, levantarse en justa ira frente al vil asesinato de esta bella, –bella por dentro y por fuera–, nueva madre mártir norteamericana. Su ejemplo se televisó internacionalmente. Estoy seguro que muchos hemos llorado de rabia, de indignación, de dolor, de compasión, viendo este cruel asesinato. Las apologías del crimen de los personajes de la Administración Trump son aún más lamentables. La tipa encargada de Seguridad del Gabinete, Kristi Noem, vestida casi como vedette barata tipo «Cowgirl», Vaquerita, despotrica, y la tilda de un caso de «terrorismo doméstico”, etcétera.

En una variante orwelliana, hablan de que ella trató de atropellar (lástima que no lo hizo) al exsoldado MAGA contratado por el ICE. Trump mismo habla de una supuesta defensa propia del soldado ICE. El vicepresidente Vance lo secunda, etc. Crean un mundo paralelo como el de las «fake news». Lo que usted ve en los videos, es otra cosa. Es lo que es… No estamos locos. Sencillamente Trump sigue mintiendo. ¿Cómo llegó EEUU a esto?

Pareciera que EEUU es una poderosa superpotencia, pero muy enferma y en una profunda y sistémica crisis…

Recordemos ahora, el contexto global y nacional de Estados Unidos y como esto nos atañe inevitablemente como la Isla que ya no somos: Volvamos a nuestra insularidad de montañas.

El Gobierno Trump en pleno nuevo escándalo de pedofilia de Epstein, y en búsqueda de distracciones domésticas, vuelve a ver hacia su «Patio Trasero» y resucita a la Doctrina Monroe en una peligrosa versión imperialista.

Dentro de esta nueva variante de la lógica imperial, sobre América Latina y el resto del Mundo, la Embajada Norteamericana local apostó, y posiblemente tratará de imponernos en Costa Rica, al continuismo autoritario de nuestro Gobierno «Ja-Guaro».

Digámoslo claro. Rodrigo Chaves es una versión de bolsillo local y cipaya de Trump; claro, con los límites todavía, de la institucionalidad democrática costarricense.

No sin la ayuda del otro déspota tropical de Bukele, y de su pequeña tiranía, en el país hermano centroamericano. Todo mientras el Gobierno costarricense, firma un TLC con el Israel de Netanyahu, acusado internacionalmente de Crímenes de Lesa Humanidad y de Crímenes de Guerra, por el actual Genocidio en Gaza financiado también por Trump.

Mientras tanto Trump y el pequeño, «Liittle» Marco Rubio, imponen una suerte de Protectorado Neocolonial, sobre todo el Gran Caribe, ahora so pretexto de ser los «paladines de la Libertad» y combatir al Narcotráfico. (A pesar de haber indultado recientemente al expresidente Narco de Honduras JOH condenado a 45 años en EEUU.)

El escenario bélico es el Mar Caribe, que deviene en una especie de «Mare Nostrum» al estilo de la Antigua Roma Imperial, pero con un Emperador en franca decadencia política y moral. Digamos que estamos frente a un moderno Nerón romano, sólo que armado de letales armas nucleares y de última tecnología.

Para EEUU., con Republicanos o Demócratas con matices, en realidad tanto la disputa económica con China Popular, así como la rivalidad geoestratégica militar con Rusia, implica la necesidad de una inyección de nuevos recursos y rutas comerciales. Nada nuevo. Lo nuevo es la intensidad de la violencia, en el cómo reclamar el monopolio sobre los mismos.

En este nuevo capítulo del histórico Intervencionismo Norteamericano, se trata ahora de la apropiación ilegal del petróleo, de las tierras raras, y de los recursos naturales de Venezuela y del Caribe. Colombia, México, Cuba y Nicaragua, y el resto de Centroamérica, son amenazados públicamente.

El discurso del nuevo Nerón no respeta viejos aliados, ni grandes ni mucho menos pequeños, Canadá, Dinamarca, Groenlandia, la Unión Europea, Costa Rica…

Volvamos a Costa Rica, nuestra «Isla» montañosa en la pluma irónica de Isaac Felipe Azofeifa, ahora polarizada, y enfrentando una nueva Elección Presidencial. Por un lado, la versión criolla de trumpismo, el oficialismo de Rodrigo Chaves, y por otro lado, una oposición variopinta y dispersa, que apela al rescate abstracto de la democracia.

Pero aquí nace el dilema político y ahora geopolítico, de nuestra «casta» política.

Pues sorprende, como los políticos digamos de vocación democrática de Costa Rica, –justo cuando tenemos que unirnos frente a la amenaza del continuismo autoritario local–, primero se distraen sectariamente, y no concretan la posible unidad para una necesaria segunda ronda.

Y segundo lugar, –en otro sorprendente y craso error geopolítico–, tenemos que los y las candidatos y candidatas (con la honorable excepción del Frente Amplio que posiblemente tendrá que pagar un precio electoral), corren a rendirle pleitesía neocolonial, al matonismo internacional e ilegal de Trump. Justo cuando Nerón quiere incendiar la zona (incluida Costa Rica) y rediseñarla a su antojo, o peor aún, al antojo de las necesidades de un moderno imperio en franca decadencia.

Entendemos que las elecciones nacionales son por definición, un disfrazado «campo heteronómico» de fuerzas, donde las condiciones para la autonomía de la voluntad Racional e Informada de Kant brillan por su ausencia. Es un tema estructural e incluso colectivo. Adiós Kant.

Pero atención. Los fines vienen contenidos en los medios, parodiando a Kant. Y eso tiene consecuencias prácticas. No se trata como decía McLuhan de que los medios son los fines. No tampoco, esto no es comunicación solamente. Es que, si se escoge una ruta política, un determinado camino, este en consecuencia sólo llevará a determinados resultados y variables.

Así es nuestra opinión que esta actitud cipaya de varios políticos democráticos costarricenses es reprochable, no sólo moralmente, sino políticamente, y en términos prácticos.

¿Pero primero preguntémonos por qué actuar de forma tan timorata y servil? Quizá por evidente cálculo, acaso por un razonable temor, acaso por prudencia romana digamos, o acaso por «malicia indígena», o por lo que sea. Pero lejos de ser pragmático, esto es suicida no sólo para la Democracia costarricense, sino para la misma existencia de la República, y lo que reste de nuestra Soberanía. ¿O ellos no entenderán que la Administración Trump huele el temor de la presa cazada y no perdona? Demostrar demasiada debilidad tampoco ayuda necesariamente. Al contrario.

Tampoco creamos que estas aventuras imperiales de Trump en el Caribe nos son ajenas. Jamás. Razonemos. Costa Rica no es evidentemente una isla, aunque algunos la imaginen o desean así, y aunque su maravillosa Biodiversidad conecte estratégicamente dos Océanos, Atlántico y Pacífico. Si lo fuese, sería peor el control externo. Así, aunque lo deseemos, no estamos aislados, y menos después de la Globalización.

Aprovechamos para recordar y citar al genial Ensayo del Isaac Felipe Azofeifa (1909-1997): «La isla que somos». Y como la ontología de la actual Geopolítica, nos devora y regurgita a su antojo. Hay cierta ingenuidad colectiva consensuada en el imaginarse como una Isla. Nerón y Rubio llegaron al Camelot centroamericano, como elefantes en una cristalería… Y están apenas rompiendo lo mínimo, apenas se asoman. Es un periodo electoral bastante «sui generis.»

Irónicamente será el Gobierno Trump el que posiblemente financiará y dibujará la estrategia local del miedo, para entronizar electoralmente a un nuevo régimen de vocación Autoritaria, y cuyo referente político es precisamente el régimen de Bukele. No hay que asustarse, Hitler también ganó Elecciones al principio.

Del Ja-Guaro y su Candidata Títere locales, no esperamos nada. O nada decente. Pero acaso, será los políticos costarricenses de Oposición, no se instruyen más y no estudian Geopolítica. Será que están en lo pequeño, distraídos por el discurso Tecnocrático. Acaso ven el árbol, sin la complejidad del bosque. Mejor escuchar, observar y razonar más…

Acaso más bien, no se han dado cuenta de que hubo una mutación en las reglas de la gran geopolítica global: Las «viejas formas» de perdieron. Pero como dice el sabio refrán: «en política, la forma es el fondo». Efectivamente así es. O como proclamó el Embajador Norteamericano en la deslucida ONU: […] «Quitémonos las máscaras…»

Siendo así, está muy claro que hacen muy mal los Candidatos costarricenses de vocación Democrática y de Oposición, en apoyar y avalar sin más y en coro, la agresión militar ilegal de Trump en Venezuela.

Esto último en mi modesta opinión, implica sinceramente, o un total desconocimiento de la Geopolítica o una vocación de sumisión qué avergonzaría a nuestros héroes de la Campaña Nacional de 1856-1857 contra los Filibusteros Norteamericanos esclavistas. Ojalá y puedan recapacitar, la Patria se los agradecería.

Advertencia final:

No se vale saltar hipócritamente, mecánicamente, al epíteto de acusar al Suscrito de apologeta del régimen de Maduro y Diosdado, sólo por estar en contra de una invasión ilegal imperialista a un país latinoamericano hermano. La aclaración no sobra, en el entendido de que a Trump y Rubio y su Gabinete, nunca le han interesado ni los Derechos Humanos, ni la Democracia, ni la Libertad de ningún Pueblo. Veremos hasta dónde llega Trump y su vocación de moderno Nerón adentro de EEUU.y fuera de su país.

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Sobre el encuentro Petro – Trump

Por Carlos Meneses Reyes

De rifirrafe, es decir, de contienda bulliciosa, pasajera y sin consecuencias, algunos obtusos calificaron el enfrentamiento verbal entre el presidente de Colombia y el de los Estados Unidos, en lo corrido de semanas anteriores. Pero no ha habido tal.

Las acusaciones de D. Trump contra G. Petro elevaron al clímax de graves. Lo acusó de ser un presidente ilegitimo y en tal sentido desconoció el proceso electoral democrático en el que resultó elegido y de contera interviene en política interna colombiana, ad portas de un proceso electoral presidencial en Colombia, con el interés de influir en el mismo; tal como ha sucedido recientemente con Honduras. Donald Trump acusa al presidente Gustavo Petro de tener vínculos con el narcotráfico. De ser narco. De poseer fábricas de cocaína para inundar a estados Unidos del polvo blanco y envenenar al pueblo estadounidense. Lo tilda de loco y de enfermo. Lo acusa de narcotraficante pese a la ingente labor del presidente colombiano en la lucha contra el narcotráfico y los resultados favorables en comparación con gobiernos anteriores. Ante tales ofensivas acusaciones, el presidente G. Petro le responde a D. Trump: “no soy ilegitimo, ni soy narco”; rechazando cada una de las acusaciones; defendiendo su política antidrogas y le reprocha: “Deje de calumniarme señor Trump”. Estas réplicas y contrarréplicas han generado un ambiente de crecientes tensiones diplomáticas entre Colombia y los Estados Unidos. Pero el injurioso presidente D. Trump no se limita a las acusaciones. Acude a las amenazas de intervención directa al país colombiano. “Suena bien”, aseguró Donald Trump cuando le preguntaron en rueda de prensa si pensaría hacer una operación militar en Colombia. Luego del ataque invasor a la República Bolivariana de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros y su esposa y la actual reclusión de ellos en cárcel neoyorkina, el presidente D. Trump se encuentra, cada vez, más libre de cortapisas, para actuar contra otros gobiernos, teniendo entre sus miras primordiales la intervención militar en Colombia. En la Sala Este de la Casa Blanca, durante sus últimas reuniones, se sienta al centro como un emperador, rodeado de sus áulicos y halcones de la guerra, en su corte medieval. Se mimetiza bajo una autocracia imperial, como la que dominaba en Europa cuando colonizaron el continente americano y que hoy se erige para disputar la hegemonía global y de América Latina, con Rusia y China. Lo hace como un imperio que domina a ultramar. Las naciones débiles esperan que las naciones fuertes respeten la ley. Pero nos encontramos, no ante el desconocimiento de los principios del derecho internacional, sino ante su física derogatoria y la revocatoria palpable de las Convenciones y Tratados internacionales…

El hijo del presidente secuestrado por USA, Nicolás Maduro Guerra, ha expresado: «Si normalizamos el secuestro a un jefe de Estado, ningún país está a salvo» «Hoy es Venezuela, mañana puede ser cualquier nación que no decida someterse», advirtió el también diputado a la Asamblea Nacional. «El derecho internacional existe para frenar imperios y sin derecho internacional el mundo vuelve a la ley de la selva», expresó el legislador. Rige «una amenaza directa a la estabilidad política global, a la humanidad y a la igualdad soberana de las naciones».

Se puede afirmar que Donald Trump desvaría, lo cual significa delirar, decir o hacer locuras, disparates o cosas incoherentes, que se salen de la regla de un orden dado. No alienta diferencia en amenazar a cada uno de los países citados; como si fuera tan fácil invadir a un enorme territorio casi desértico; que a un país tropical complicadísimo por su variedad geográfica y con tradición de intensa lucha guerrillera como en Colombia.

Las reacciones a las altisonantes acusaciones y amenazas de Donald Trump, no solo contra G. Petro y contra Colombia, sino también contra México, Groenlandia, Cuba, Nicaragua, han sido múltiples en el mundo, tanto por presidentes como por países como Rusia y China que han alertado sobre el peligro de una intervención militar en Colombia y en los países citados. Un directo pronunciamiento lo emitió el Grupo de Puebla y varios líderes mundiales condenando las amenazas contra el presidente de Colombia y contra la presidenta Sheinbaum de México. “Estos hechos constituyen una grave violación del derecho internacional, de la Carta de las Naciones Unidas y del principio de prohibición del uso de la fuerza”, según el texto de la declaración. Gabriel Boric – de Chile-crítica a quienes «rinden pleitesía» a Donald Trump. Boric señaló que aquellos dirigentes que buscan ganarse el favor de Trump “solo se humillan”.

De las conversaciones entre Gustavo Petro y Donald Trump

El escenario escabroso y borrascoso de las relaciones entre el presidente de los estados Unidos y el presidente de Colombia pareciera amainar, luego que los dos mandatarios mantuvieron una extensa conversación telefónica el pasado 07 de enero. Sobre todo, para el presidente colombiano el equilibrio político es difícil de mantener, buscando una postura crítica hacia Estados Unidos, luego de las ofensas al pueblo colombiano por las múltiples amenazas que Donald Trump le hiciera como mandatario de todos los colombianos y colombianas.

No se puede decir que haya habido una reconciliación, puesto que esta se predica de volver a tener una buena relación o amistad tras un conflicto, superando rupturas, agravios o enemistades, restaurando la armonía y el entendimiento.

En el aspecto político interno, el nuevo acercamiento entre G. Petro y D. Trump llevará a la derecha a buscar nuevos argumentos de controversias ante el debilitamiento de sus propuestas contra el líder progresista y la proyección política del país. En tanto que Donald Trump amenazaba con una operación militar, que conllevaría a derrocar al mandatario progresista quien con el apoyo de la izquierda enunciaba estar listo para retomar las armas. Esto obviamente generaba tensión política en el electorado. Y a verdad sabida las fatídicas amenazas contra Colombia aún no están del todo despejadas.

Del escenario internacional actual

Conforme a lo anotado el escenario de postura respetuosa al derecho internacional, la diplomacia y las relaciones internacionales deja mucho que desear.

En los actuales momentos la Casa Blanca no es vista como un socio sino como una amenaza. Se subraya que Estados Unidos puede imponer sus reglas, si así lo desea. También la actuación imperial de invasión y fuerza del imperio contra el presidente constitucional de la república Bolivariana de Venezuela ha emulado en otras dimensiones. El Secretario de Defensa británico, John Healey, dice que le gustaría secuestrar a Putin. La vocera del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, tachó la declaración de «fantasías húmedas de los pervertidos británicos». Por su parte, Israel analiza si la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro podría sentar un precedente aplicable a Irán. Que EE.UU. debería secuestrar a Netanyahu en lugar de Maduro, dice el ministro de Defensa de Pakistán Khawaja Asif, quien condenó el reciente ataque estadounidense contra Venezuela, pero opinó que tal acción estaría justificada si se llevara a cabo contra Israel, señalando las acciones del país hebreo en la Franja de Gaza. Las amenazas de Trump contra la pareja presidencial de Nicaragua dejan ver una forma sospechosa y para conjeturar intenciones similares en un futuro posible. Las reglas que desea imponer a Cuba son claras y manifiestas. Ante ese panorama ¿qué garantías cubren a nuestro presidente ante su eventual encuentro con Donald Trump en la Casa Blanca? Sabiéndose de la forma temperamental como trató a su súbdito ucraniano, ¿cómo reaccionará ante la postura no sumisa ni arrodillada de nuestro presidente, genuino ejemplar de leopardo? ¿Qué compromiso garantiza que no sea detenido en USA? De manera que aquí se contradicen las razones y las buenas intenciones. Sobrepasa los presupuestos de las libres y buenas maneras de la diplomacia. Como requisito sine quanon se impone que previo a la aceptación de fechas de un encuentro en la Casa Blanca, al presidente Petro se le elimine de la tenebrosa “lista Clinton” y se le reconozca su visado de entrada y salida al país norteamericano. Se restablezca la certificación unilateral de lucha contra las drogas. No olvidar que las acusaciones de narcotraficante; de propietario (ni siquiera supuestos) de fábricas de cocaína en Colombia, para enviar a Estados Unidos y el llamado a la desobediencia a las fuerzas militares de desconocer la orden del presidente R. Trump para violar los derechos humanos en palestina está vigente y requeriría de una renuncia expresa a incoar querella por tan espinoso tema. Amanecerá y veremos.

La extrema derecha no sabe cómo colocarse ante la agresión de Trump en Venezuela y el imperialismo de EEUU

Javier Biosca de elDiario.es

La agresión de Trump en Venezuela, el secuestro de Maduro y el imperialismo yankee en acción ha descolocado a la extrema derecha europea, evidenciando tensiones y contradicciones evidentes. ¿Qué es más importante, la soberanía nacional por encima de todas las cosas (normalmente definida por oposición al globalismo y entidades supranacionales que minan el poder de las naciones) —uno de los pilares sobre los que se levanta esa extrema derecha, junto con el racismo, por supuesto— o la eliminación de Nicolás Maduro, retratado durante años como el villano internacional de la derecha y la encarnación de todos los males del pérfido socialismo?

Muchos salieron rápidamente a celebrar la intervención estadounidense. “Debemos alegrarnos por ello y apoyar la restauración de la democracia en Venezuela”, decía un Abascal exultante (aunque eso está por ver. Primero, el petróleo). “La caída de Maduro es un golpe para la mafia sanchista”, añadía estirando el chicle un poquito de más. Geert Wilders, su colega en Países Bajos, también rebosaba alegría: “Bang Boom Maduro gone”.

Dentro del mismo partido europeo, Patriots, hay posiciones mucho más duras que priman con la soberanía, como la de los Le Pen y Bardella en Francia y otros que ni siquiera quieren opinar para no meterse en problemas con papi Trump.

“Hay una razón fundamental para oponerse al cambio de régimen que Estados Unidos acaba de provocar en Venezuela. La soberanía de los Estados nunca es negociable, independientemente de su tamaño, su poder o el continente al que pertenezcan. Es inviolable y sagrada. Renunciar hoy a este principio por Venezuela, por cualquier Estado, equivaldría a aceptar mañana nuestra propia servidumbre”, declaraba Le Pen.

Su línea es la más coherente con el programa de Patriots, del que Abascal, por cierto, es presidente. Dicho programa concluye con esta frase: “Dar prioridad a la soberanía sobre el federalismo, a la libertad sobre los dictados y a la paz”.

Matteo Salvini, vice primer ministro italiano y líder de Lega, invocaba incluso al Papa: “La principal vía para resolver las disputas internacionales y poner fin a los conflictos en curso debe retornar a la diplomacia, respetando el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro. Las palabras del Santo Padre son esclarecedoras en este sentido, al instar a la soberanía nacional de Venezuela”.

Otros se encuentran tan descolocados o divididos, que prefieren no pronunciare, como ha sido el caso de la AfD alemana, con una rama más trumpista y otra más prorrusa. Su líder, Alice Weidel, ha tuiteado mucho estos días, pero nada de Venezuela. Su portavoz de exteriores, Markus Frohnmaier, dice que no es su tarea comentar estos asuntos, añadiendo que “el derecho internacional no es una ley natural, sino una herramienta interpretativa política. Lo apruebes o no, lo que cuenta en la escena internacional es la fuerza, no la ética académica”.

Ni siquiera el todopoderoso Viktor Orbán, primer ministro húngaro, lo tenía claro: “Ha sucedido, y estamos considerando si esto es bueno o malo para Hungría”. Hungría fue el único Estado miembro de la UE que se negó a firmar un comunicado conjunto al respecto pidiendo calma, contención y respeto por el derecho internacional.

En una rueda de prensa dos días después, dijo: “2025 fue un año en el que quedó claro para todos que una era en la política internacional había llegado a su fin, con la toma de posesión del presidente Trump dando el golpe final. Como resultado, en 2026 ya estamos viviendo en una nueva era. Por ahora seguimos utilizando el sencillo enfoque de llamar a la era que terminó en 2025 ‘el orden mundial liberal’. Esta tenía sus propias reglas que ya no son válidas; y en 2026 los húngaros tendrán que avanzar en un mundo que funciona según nuevas reglas. Llamamos a la era en la que hemos entrado ‘la era de las naciones’ y, con la debida humildad y modestia, nos consideramos los heraldos de esta era desde 2010”.

Tras varios días de silencio, el FPO austríaco, primera fuerza política en su país, reaccionó a través de su portavoz de Exteriores, Susanne Fürst, que con mucho cuidado trató de no celebrar o criticar la acción: “Austria es un país pequeño y neutral con muchos problemas propios. En política exterior la prioridad es proteger a la propia población, lo que significa, sobre todo, mantenerse al margen de conflictos y guerras que no son nuestros. Eso se aplica tanto a Venezuela como a Ucrania”.

Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, intentaba cuadrar el círculo soplando y sorbiendo a la vez: “La acción militar exterior no es la vía a recorrer para poner fin a regímenes totalitarios, pero al mismo tiempo, el Gobierno considera legítima una intervención de naturaleza defensiva contra ataques híbridos a su propia seguridad, como el caso de entidades estatales que alimentan y favorecen el narcotráfico”.

El peso de Trump

Hablando del tema con Franco Delle Donne, autor de Epidemia Ultra, me decía: “Hay un bloque más proatlantista y pro-Trump, como Vox y Milei, que ha articulado mucho su discurso en contra del régimen venezolano desde lo ideológico y lo simbólico. Luego hay posiciones más moderadas como Meloni, que busca cierta independencia de MAGA para no quedar como una suerte de sirviente, aunque en líneas generales apoya. Pero llama la atención las contradicciones que se ven en los partidos más relacionados con Rusia. Al mismo tiempo que defienden a Rusia, o que al menos no se posicionan muy en contra de la misma respecto a Ucrania, condenan esto de Trump”.

Todas estas formaciones tienen, al menos en la práctica, la soberanía sagrada de las naciones como uno de sus pilares (por eso su oposición frontal a una UE centralizada y supranacional). Pero eso se matiza cuando la violación viene por parte de Donald Trump, erigido líder de la internacional reaccionaria. En su reciente Estrategia de Seguridad Nacional, Trump, adoptando la teoría del Gran Reemplazo, el otro gran pilar de estos partidos, ha prometido apoyar a las formaciones «patriotas» para salvar a Europa mientras declara la guerra al continente. Sin embargo, la colisión entre el ‘America First’ y el ‘España First’, ‘Francia First’ o ‘Alemania First’ es cuestión de tiempo, como vimos con los aranceles.

“Que no haya un punto de acuerdo demuestra que no hay una internacional ultraderechista orgánica y organizada, sino que hay espacios y foros en los cuales se discuten y trafican narrativas y fuentes de financiación, pero hay intereses propios en cada uno de esos partidos que en ocasiones no obedecen a alineamientos estratégicos e ideológicos congruentes”, dice Delle Donne.

Trump no solo ha transformado para siempre el Partido Republicano de EEUU, sino también la red de partidos ultraderechistas de Europa.

Una última reflexión evidente, pero necesaria: oponerte a un ataque militar ilegal en Venezuela no te convierte en amante de Maduro, igual que oponerte a la invasión de Irak no te convertía entonces en seguidor de Sadam Husein.