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Etiqueta: literatura costarricense

Una mirada al primer tomo del libro Deslindes de Adriano Corrales Arias

Carlos Delgado Rodríguez

Deslindar significa delimitar, demarcar, limitar, señalar, también, aclarar algo. Por eso quiero empezar por algunos aspectos de carácter autobiográfico del autor, aquellos rasgos personales que han marcado su vida pero también su obra literaria y su posicionamiento político, como un luchador de la causa de los pueblos. Adriano combatió en Nicaragua y también fue miembro de una organización revolucionaria en Costa Rica.

En los apuntes autobiográficos que Adriano nos entrega, se muestra una mirada al entorno social en el que transcurriría su niñez, adolescencia y juventud. Su niñez, en Venecia de San Carlos, transcurre en un mundo que estaba siendo colonizado por campesinos y campesinas que eran recién llegados a un paisaje prístino de contornos selváticos. Corrales nos narra que estos contextos sociales, en los que creció, estaban animados por grupos humanos, clases sociales, si se prefiere, como los campesinos y los finqueros; estos hacían su vida en su contexto que era, por un lado, un lugar donde reproducían sus vidas al trabajar la tierra, pero también, un mundo de una belleza extraordinaria; sin embargo, esta belleza escénica exigía un agotador esfuerzo de sus colonizadores para poder lograr el sustento que le arrancaban a la tierra.

Corrales nos relata, en parte, el proceso de construcción de esta sociedad, y muchas comunidades campesinas, que surgieron gracias al trabajo duro y solidario, de hombres y mujeres humildes. Cada logro en aquel escenario, como construir una iglesia, era el fruto de un denodado esfuerzo colectivo, que daba forma a un nuevo mundo en medio de las montañas y planicies de San Carlos. En aquella época, por cierto, aquel mundo era visto desde el Valle Central, como una remotidad enorme e indómita.

En los relatos de Adriano, que dan cuenta de su niñez, se cuelan las imágenes de un mundo de muchas limitaciones, que no era así solamente para el protagonista, sino también para muchos hombres y mujeres que por aquellos años compartían ese entorno: ese era el contexto de la Costa Rica de los años sesenta que se desenvolvía en la periferia del Valle Central. En ese contexto rural, el escritor hace sus primeras incursiones en las luchas sociales, necesarias para construir las condiciones para vivir, trabajar y estudiar, en un mundo precario y en construcción, cuya institucionalidad era percibida por el joven y sus compañeros de lucha como insuficiente para estudiar con dignidad y realizarse profesionalmente. Aprendió en ese proceso que las luchas tienen un precio, que suele ser, en muchas ocasiones, la represión por parte del statu quo y su institucionalidad.

Posiblemente, esas primeras enseñanzas van a marcar profundamente la mirada crítica y rebelde del poeta y del escritor, que no sólo apunta hacia el mundo social, sino que también, abarca el abordaje que Corrales hace de la poesía costarricense. Corrales indica que:

Ha privado una actitud individualista y subjetiva en el bardo criollo, aunada a un sentimiento de soledad existencial ante un mundo caótico e incomprensible, muy cercana a algunas vanguardias europeas como el simbolismo y el surrealismo o la mal denominada “poesía pura” o “purista”.

Eso lo decía para referirse a una poesía que había emergido en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, esto cambia en los años sesenta y setenta del siglo pasado.

No es hasta los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando la presión del ambiente sociocultural y la lucha revolucionaria centroamericana orientan la producción hacia un componente ético/político y se aborda la realidad circundante con formas más concretas y contenidos críticos y humanistas restando importancia a la individualidad

En el abordaje que hace Adriano del mundo literario, el contexto histórico y social, son fundamentales para explicar el transcurrir de la literatura y la poesía. Corrales, al revisar algunos de los grandes poetas y escritores costarricenses como Max Jiménez, Yolanda Oreamuno o Eunice Odio, figuras de la primera mitad del siglo XX, señala que la sociedad costarricense de aquella época fue un lugar inhóspito para aquellos que ejercieron su oficio con creatividad, templanza y criterio propio, en un entorno muy limitado culturalmente, de carácter profundamente conservador y áspero. Esa sociedad no perdonó a quienes, como estos autores, esgrimieron la crítica y denunciaron aspectos culturales o sociales propios de la dominación oligárquica y patriarcal de aquellos años, que eran defendidos rabiosamente por los intelectuales y figuras políticas del statu quo.

La crítica en Corrales suele ser radical, cruzada por criterios que va más allá de lo puramente estético. Cuando se refiere a Jorge Debravo, también lo hace con respecto a la poesía costarricense que lo precede, para decir que:

Debravo es un poeta franco y directo, auténtico y sincero como el Jorge ciudadano: una persona solidaria con los oprimidos, un compañero, un promotor. Precisamente lo que coloca a Debravo como un parteaguas en la lírica nacional es una poesía que apuesta por la comunicabilidad y la cotidianeidad, un lenguaje simplificado y directo frente a una tradición nobiliaria, solipsista y de trascendentalismo lingüístico basado en la metáfora y la alegoría con un trasnochado parnaso/modernismo de formas vacías, salvo serias excepciones: casos de Max Jiménez y Eunice Odio

Asimismo, indica que la poesía de Debravo se levanta con una clara dimensión ética:

Por demás, es un ejemplo ético: no se identificó con una nacionalidad, un grupo literario o agrupación política alguna y se colocó, con plena conciencia y responsabilidad, en el arduo proceso del arte, en la poiesis misma, lo que provoca la poca atención e, incluso, la exclusión, entre poetas y escritores de actitud iconoclasta y frontal de la primera mitad del siglo XX.

Para Corrales, muchos de los autores en los que se enfoca, como Jiménez, Odio o Debravo, son figuras rupturistas, críticas e irreverentes. Esto está también asociado a su propia obra literaria y trayectoria vital. A Debravo, Corrales le confiere un lugar importante en la poesía costarricense, no solamente por su calidad literaria, sino porque la obra de Debravo tiene un impacto social:

La poesía debraviana porta una diáfana y refrescante visión de la realidad con una simplificación excesiva inédita hasta el momento. Sin renunciar completamente a la tradición de la transfiguración metafórica y la simbología, los libros Canciones Cotidianas y Nosotros los Hombres se convierten en los puntos de partida de una nueva sensibilidad que pretende procurar contexto y testimonio histórico al poema. Consigue un considerable arraigo entre los lectores y un entusiasmo inusitado por la poesía, especialmente en un país que ya había encomendado las tareas críticas de develamiento social a la narrativa y al ensayo.

A partir de Jorge Debravo la poesía pasa a ocupar en nuestro país el lugar que los poetas anteriores, aristocratizantes de un yo conflictivo de cenáculo liberal, salvo serias excepciones, habían deseado, pero no habían conseguido… Y los libros de Debravo, impresos manualmente en polígrafos, corrían de mano en mano, ya no en ateneos de señoritas e intelectuales burgueses, sino en el sitio de labor, aulas, casas de trabajadores, estudiantes y gentes sencillas. La poesía costarricense adquiere carta de ciudadanía con un inconfundible acento humanístico y popular, sacudiendo a su vez un entorno aletargado y deplorando un pasado de pálida impasibilidad.

Se trata, en este caso, de una poesía que irrumpe con toda su fuerza en la cotidianeidad de la gente común. El análisis literario, sociológico e histórico se entrelazan, necesariamente, para alcanzar una explicación totalizadora del fenómeno literario en su múltiple dimensionalidad. Debravo es discernido como poeta, como ser humano, pero también, por su pertenencia a una clase social a la que el vate representó y dignificó en su poesía. Corrales reconoce esta condición, que considera propia de un verdadero poeta. Refiriéndose a Debravo señala:

Y a pesar de cierto candor poético (que es siempre honesto porque es consecuencia de una emoción profunda), palpable a veces en una sencillez de sonsonete rural y provinciano, no sucumbió al costumbrismo o folclorismo de antecesores, como Aquileo Echeverría o Arturo Agüero. Mucho menos aplicó la chota a sus congéneres campesinos a quienes reunió con los demás trabajadores en un grupo de sencillos hombres. Eso lo logró debido a los dotes de verdadero poeta.

La lealtad de clase con los oprimidos de la tierra que tenía Debravo, es puesta en la perspectiva de Corrales como una posición virtuosa. La rebeldía, la necesidad de transformación de un orden inaceptable, por ser injusto, son elementos de un hilo conductor de la narrativa de Adriano, que se articulan de forma coherente en todos sus artículos, al lado del análisis literario contextualizado en la historia de la sociedad costarricense. Se trata de una mirada totalizadora y compleja para explicar el fenómeno literario; su análisis es una crítica reiterada a la sociedad costarricense.

Corrales señala que la sociedad costarricense denostó en distintos momentos históricos a grandes y destacados creadores y artistas. En esa lista están Eunice Odio, Yolanda Oreamuno, Max Jiménez y Jorge Debravo, que tuvieron que luchar cada uno de ellos y ellas en contra de un contexto sociocultural hostil que rechazó la propuesta artística de estos y estas figuras del arte costarricense, por considerar que sus obras, y sus personalidades, se salían del canon impuesto oficialmente en sus respectivos campos. Algunos de los personajes en los que se posa la mirada y el análisis de Corrales son gente que va a contracorriente, y paga un precio por eso.

Chavela Vargas también forma parte de ese elenco de rebeldes, incómodos, o rotos, que pasa bajo el escrutinio de Adriano, y que indefectiblemente tienen detrás de sí una sociedad que los orilla, y frente a la cual se produce la rebeldía. Refiriéndose a Chavela Vargas Corrales dice:

Por esas y muchas razones no la despido, sino que le doy la bienvenida a una Costa Rica empobrecida cada vez más, sin embargo, poco a poco deberá acogerla como otra víctima de su aldeanismo y deporte nacional por excelencia: la serruchada de piso y el asesinato simbólico. Los ejemplos nos rebasan.

Ya en otro plano, Adriano se enfoca en la Universidades, lugar en que se desenvolvería su vida laboral como docente, investigador y activista. En su trabajo sobre las universidades se presenta una caracterización del lugar y función que la economía costarricense cumple en la economía mundo, y del papel que las universidades deberían tener frente a esto:

Debemos comprender que la tecnología y la ciencia no son asépticas, ambas se producen y reproducen en el marco de un sistema mundo global; dicho de otra manera, en una economía global donde las micro economías empresariales nacionales, dependientes como la nuestra, son una mediación secundaria de la macroeconomía internacional trasnacionalizada. Esto es de suma importancia puesto que somos países periféricos que transfieren plusvalía en un intercambio a todas luces desigual. Y la universidad debería coadyuvar a la reinvención de países como el nuestro en un mundo multipolar como el de la actual coyuntura bajo esquema neoliberal.

Se trata, entonces, de repensar la labor de las universidades en un contexto dinámico que cambia hacia un orden en gestación, que el autor denomina multipolar, y que requiere de parte de las universidades públicas una actividad correspondiente que contribuya a la compresión crítica de esta nueva realidad en formación, y a la transformación de las estructuras y condiciones socio económicas y políticas que esto eventualmente requiera. Sin embargo, actualmente la universidad se inserta en un contexto dominado por los grandes conglomerados y los organismos internacionales al servicio de estos. Estas condiciones dominantes no sólo han desmantelado la institucionalidad pública, sino que también apuntan a la universidad:

En nuestro país, a partir de los años 80, se inicia una contrarreforma cuyo objetivo principal es el desmantelamiento del Estado Social de Derecho y las conquistas alcanzadas en los años cuarenta del siglo pasado con la reformas e instituciones ulteriores, especialmente el capítulo constitucional de las Garantías Sociales. La universidad pública, como fundamento de este estado de bienestar también está en la mira de los ideólogos y políticos neoliberales, que son quienes lideran la contrarreforma apoyados por los empresarios nacionales y transnacionales, aupados por el poder omnímodo de los conglomerados financieros tipo Organización Mundial del Comercio, Fondo Monetario Internacional o Banco Mundial.

Esto pone a las universidades en una encrucijada, que conduce a la anulación de su carácter/misión. En este caso se da una mirada al mundo social e institucional, para plantear una crítica directa al carácter dependiente del capitalismo costarricense y sus clases dominantes, y a las consecuencias que la ruta neoliberal tiene para la educación superior. Ante el embate del neoliberalismo como política de estado que se constituyó en una contrarreforma Adriano llama a:

El dilema consiste en defender la autonomía universitaria para reforzar su papel de agente de cambio por la justicia social, el desarrollo alternativo y sostenible y el bienestar General

Si esto no se hace las universidades públicas devienen en:

Casas de enseñanza neocoloniales pues concentra élites cognitivas con estudios especializados y, por tanto, disociados; o con la aparición y proliferación de la universidad privadas -nichos básicos para la globalización inducida y el proyecto neoliberal -en garajes-, salvo serias excepciones, donde se venden títulos a granel.

A la par del proceso de reconfiguración del papel de las universidades, Adriano, nos muestra a estudiantes desmovilizados y conformistas que no oponen ninguna resistencia, como en otros momentos, frente a la contrarreforma, y que más bien sancionan positivamente la constitución de una educación superior al servicio de los intereses locales e internacionales del capital. Esto se acompaña del surgimiento de un individualismo feroz portador de una actitud que afirma el sálvese quien pueda. Los aparatos ideológicos al servicio del proyecto dominante reconfiguran no sólo la economía, sino que también al pensamiento de las personas. Esto se expresa en las actitudes del personal docente y los estudiantes de las universidades. Este análisis desemboca en una mirada a las condiciones estructurales de la sociedad costarricense, que golpean social y económicamente a amplias franjas de las mayorías sociales.

Corrales en este texto nos advierte, con ejemplos, de cómo la universidad está siendo transformada en función de intereses empresariales que la reconfiguran, en una dirección que alejan a estas instituciones públicas de la posibilidad de servir a las mayorías sociales. Se trata de una reconfiguración en un sentido unidireccional, que niega el carácter plural y complejo de los intereses sociales a los que supuestamente debería servir. Esta reconfiguración se acompaña de la desactivación del pensamiento crítico:

El pensamiento crítico ha sufrido duros golpes en los mismos campus universitarios. El movimiento estudiantil está desinformado y por ello luce dócil, cooptado en su dirigencia y atomizado; igual los sindicatos.

Igualmente define con claridad cuál debería ser el objetivo político de la lucha sociales:

El objetivo fundamental de la lucha política, desde la perspectiva humanista y popular, es la liberación integral del ser humano así como la consecuente construcción de una sociedad más justa, democrática e inclusiva.

Para Corrales vivimos en una sociedad en crisis; esta crisis surge de la interacción con el mundo global dominado por las grandes corporaciones multinacionales, que son el referente de una oligarquía servil y desafecta, cuyo único criterio es el lucro. Corrales busca en el mundo social los elementos que permiten, de alguna manera, legitimar este proceso en marcha dirigido contra las mayorías sociales:

Ahora bien, los sectores más desprotegidos por la contrarreforma neoliberal que pretende arrasar con el estado benefactor (lo que queda de él), en su precariedad y abandono, se inclinan hacia el fundamentalismo evangélico que les promete paz en un paraíso (populista neoliberal) con una sanación permanente; así, las iglesias “nuevas” pululan por doquier “diezmando” a sus miles de incautos feligreses.

Los factores que intervienen para ir construyendo este escenario son muchos, y, por lo tanto, la perspectiva para enfocar la complejidad de la situación tiene que ser abarcadora. A criterio de Adriano, el pago a los intereses de la deuda se convierte en un factor que ninguna reforma fiscal puede atajar, en vista de que los recursos que se drenan por esta vía alcanzan un alto porcentaje del producto interno bruto:

Se está hablando, prácticamente, de cuatro puntos porcentuales del producto interno bruto (PIB), solamente en pago intereses para este 2018; por tanto, el pago de los intereses demanda cada día, cada 24 horas, una cifra cercana los cuatro mil millones de colones.

Adriano, en este caso, señala el conjunto de problemas que forman parte de un escenario político, económico y social-institucional, cuyo peso asfixia a la sociedad costarricense, pero, particularmente, a la clase trabajadora y aquellos sectores sociales vulnerables y excluidos.

Volviendo a la crítica literaria, Adriano cuando analiza la novela “La Sed de los días”, de Francisco Rodríguez Barrientos (Celso Romano), hace un análisis sobre quién decide qué es literatura nacional o regional. Discute si la obra de Francisco Rodríguez, un novelista sancarleño, es o no un ejemplar nacional o regional marginal de la novela costarricense. En esta dirección pone otros ejemplos de novelas producidas en entornos regionales, por autores cuya procedencia no es el lugar desde donde producen. Esto le permite plantear un conflicto al interior de la crítica literaria:

Es claro entonces que lo regional o particular, indicado en lo nacional implica una tensión entre prácticas residuales y prácticas emergentes: hay una disputa por la autoridad narrativa, por el poder simbólico. El discurso de la autoridad central genera su contingente (su resistencia) porque ella misma, al enunciarlo, se coloca al descubierto como ideología. Así, la “literatura nacional”, o la “cultura nacional” (“la nación” el “estado nación”), pasan de ser un símbolo discursivo al síntoma de un malestar.

Una vez más, el oficio de escritor se vuelca o convierte en un acto de crítica y denuncia de una situación que se expresa en el desarrollo desigual y combinado de la sociedad costarricense; tal cosa, también tiene sus implicaciones en el mundo de la cultura y la literatura. Es una crítica a la cultura hegemónica del valle central (centro político, económico, y sociocultural de la sociedad costarricense). La estructura centro–periferia de la sociedad costarricense, que supone asimetrías e inequidades, también se extiende a la dimensión literaria en el artículo “Literatura de la región norte costarricense; un caso paradigmático”. Allí se plantea el asunto de quién es el que define el carácter nacional o periférico de un texto u obra literaria:

Ahora bien, la cuestión inicial debería ser: ¿existe una literatura nacional? ¿Y si existe? ¿Quién o quiénes la definieron? Plantear que existen literaturas regionales dentro de una literatura nacional implica ya una acción de subalternidad; es un proceso de negación, a pesar de que, es evidente, las regiones culturales existen e interactúan en el plano nacional/internacional. Ciertamente se trata de cuestionar la visión vallecentralista, o vallecentrista, homogénea, horizontal y aclimatar el concepto de literatura nacional; pero implicaría responder a las preguntas: cuál es la literatura nacional, y dónde se encuentra, o dónde se encontraría, ese centro.

El discurso dominante con respecto a la literatura deviene en ciertos contextos en un malestar/molestia por su carácter homogenizante. Podríamos decir, que esto pasa por querer forzar o encajar las obras originales, producidas fuera de los cánones oficiales, en una homogenización improcedente. Esto desnuda la relaciones de fuerza que están presentes en toda sociedad, en este caso entre la oligarquía costarricense y sus respectivos intelectuales, cuyo espacio geográfico es el Valle Central en el que se formaron como clase dominante y constituyeron su estado, sus símbolos y su cultura; frente a otras expresiones regionales, cuyas manifestaciones culturales no necesariamente encajan en los cánones y modelos extendidos de forma arbitraria al conjunto de la nación por los aparatos ideológicos y culturales de la dominación. El tema regional es algo que presenta, para Corrales, un destacado foco de interés. Refiriéndose a este contexto Corrales indica:

Debemos interrogar a las literaturas desde las diferencias identitarias construidas en regiones desiguales y en un país inventado desde la centralidad (la colonización interna partió del centro hacia la periferia, exceptuando las regiones fronterizas o del Guanacaste). Las diferencias persisten y se ensanchan a pesar de la homogenización cultural inducida desde el centro, por los liberales primero, los socialdemócratas después y, en la actual coyuntura, por la globalización bajo esquemas neoliberales.

Como se nota, Adriano engarza el mundo de la literatura con aspectos de orden cultural, y socio político. Los criterios para discernir son diversos. Cuando Corrales busca una respuesta se fórmula otra pregunta ¿existe una literatura nacional? Y a la vez ¿quiénes han definido su canon y su corpus? Corrales entonces apunta en una dirección político cultural, que tiene que ver con la construcción de la hegemonía al interior de una sociedad determinada, y los contextos geográfico espaciales en que tal hegemonía se elabora:

En efecto, se trata de cuestionar la visión vallecentrista, o centralista, homogénea, horizontal y aclimatada bajo el concepto de literatura nacional; pero implica responder a otras preguntas: cuál es su cronotopo. Se trata de indagar si hay un centro en la construcción de literatura nacional y donde se encuentra, o se encontraría, ese centro.

El tema también transcurre por la construcción de un determinado poder y sus expresiones físicas, pero también culturales e institucionales. Igualmente, Corrales insiste en el carácter crítico que debe tener el arte, en un contexto caribeño y latinoamericano que ha sido objeto de un largo proceso colonial. El concepto colonial o decolonial, es fundamental para explicar la articulación entre el centro dominante y la periferia sometida y sus repercusiones. Refiriéndose a la obra de Derek Walcott, nos dice

La herida colonial atraviesa el cuerpo del colonizado, por eso siempre está presente. El teatro entonces es un medio de expresión para mostrar esa herida que se disloca en escena y que sirve como terapia decolonial tanto para el actuante como para el espectador.

Intentando sintetizar algunos aspectos de esta obra, que recoge diversas publicaciones de Adriano Corrales Arias, puedo decir, que la mirada de Adriano nos muestra un mundo social, artístico y literario en el que las corrientes artísticas luchan entre sí; hay continuidades, rupturas, nuevas tendencias que se enfrentan; es la dialéctica del arte y la sociedad; esta característica Adriano la propone como una línea que transversalmente cruza toda su obra. El mundo social, político y literario interactúan, y se explican y condicionan mutuamente.

Igualmente, la realidad social, política y económica es vista por Corrales, para el caso de Costa Rica, como una sociedad de capitalismo periférico, que aún no ha podido desembarazarse de la herencia colonial que está en su origen. Esta sociedad, cruzada por grandes contradicciones de clase e intereses que son irreconciliables, es presa desde hace años de un movimiento de contrarreforma social y económica, dirigida a destruir la reforma social de los años 40 y 50 del siglo pasado, que ha sido impulsada por una alianza entre una oligarquía financiera local, y el gran capital transnacional. Esa contrarreforma se ha instalado en las universidades, el estado y las instituciones públicas en general, pero también, en la forma de ver el mundo del ciudadano común. Es contra esta situación que advierte Corrales en sus trabajos, es un grito contra la modorra y el conformismo de la derrota de los sectores populares, que la oligarquía costarricense quiere convertir en algo definitivo y contundente. Frente a esto, lo que nos queda es la resistencia, suele decir con bastante frecuencia.

La herejía de ser Tatiana

Osvaldo Durán Castro

Sociólogo ITCR, ecologista FECON

En este país nadie conoció más a Pa Blu Presberu que Tatiana Lobo Wiehoff. Eso no es exageración. Es la constatación de que se metió por completo en la historia de Costa Rica desde el lugar más alejado de la banalidad y los simplismos. Escogió para escribir los asuntos incómodos y desconocidos. Hizo algo así como estripar los diviesos de la historia. Presberu es sólo un ejemplo, entre muchísimos, sobre cómo Tatiana desmontó el discurso del poder con sus escritos y verbo meticuloso y puntilloso. Sus argumentos resultaban tan fundamentados como irrebatibles.

Dedicó muchísimo de su tiempo a estudiar las historias oficiales para demolerlas con una incisiva erudición que molestaba a mucha gente. En sus novelas, reeditadas y premiadas, pasó revista por muchos episodios de la historia anclados en las mentiras del imaginario social y del discurso del poder patriarcal, racista y clasista. Desmontó cada ladrillo de la postal puritana del país. Nos dejó también textos abiertos para continuar investigaciones incómodas como “Parientes en venta”, que resultaban de sus interminables búsquedas en los archivos no deseados del país.

A la casta intelectual difusora del discurso del poder, para nada le encantaba que se pintara la Plaza Mayor de Cartago como el principal sitio de venta de esclavos durante la colonia, porque la esclavitud, como un negocio perfectamente instalado, siempre se intentó negar. En esa obra nos dejó una amenazante propuesta de por qué se habla de “hermanitico” en Costa Rica, “parentesco simbólico que pudo haber surgido del esclavo medio-hermano, que no por estar ligado con lazos de sangre a la familia del amo escapaba a su valor principal: el monetario”. Muchos de los papeles amarillentos de la historia oculta de Costa Rica fueron copiados y transcritos por Tatiana en larguísimas jornadas en la Curia Metropolitana, cuyas puertas le fueron cerradas luego de que le regalara al mundo su “Asalto al paraíso”. Pero por dicha ya había escudriñado demasiado como para entregarnos otras grandes obras como “Entre dios y el Diablo. Mujeres de Colonia. Crónicas”.

Muchas veces compartimos sus manuscritos y papeles que luego serían sus libros. Revolcamos sus cajas y torres de letras a la espera de ser revisadas para escurrirles descubrimientos que resultarían indeseables y agrios para las cabezas conservadoras. Nos pasamos muy buenas horas alrededor de otras historias como “La otra historia de Estados Unidos” de Howard Zinn, o las correrías y negocios de Juanito Mora tan alejados de la inmaculada imagen del prócer intachable. En la pluma de Tatiana todos estaban propensos a ser escudriñados y asoleados. En su discurso, con todas las evidencias del caso, cualquier “prócer” intocable, antiguo o moderno, quedaba en la vitrina como el corrupto, mentiroso o demagogo que hubiera sido.

Hablamos mucho de su trabajo cultural en los pueblos originarios, cuyos conflictos siguen vivos por el desconocimiento y no aplicación de sus derechos. Como símbolo, la foto del texto de la sentencia de Pa Blu Presberu, es sin duda un documento cuya fuerza siempre servirá para mantener despierta la lucha por los derechos de esa población. Esos papeles no hay que guardarlos, sino mostrarlos y compartirlos, sobre todo en estos tiempos de “hiperproducción en los que la humanidad se ha olvidado de ser inteligente”, como reclamada Óscar Wilde. En fin, compartimos desaprendiendo las historias oficiales y buscando una comprensión con mente propia del pasado y la actualidad de nuestros países y pueblos. En esa tarea permanente e impostergable, Tatiana nos deja un aporte inconmensurable.

Ojalá que las nuevas y futuras generaciones, con tanta gente distanciada de los libros, se permitan la oportunidad de sumergirse en los libros de Tatiana, y que las personas jóvenes, como su nieto Nicolás Durán Blanco, que tuvo el privilegio de “pasarle” a computadora algunos borradores y ser dedicado junto con Adela Pita en “Asalto al Paraíso”, nunca se cansen de multiplicar su abundante, desafiante y dichosamente hereje legado.

Tatiana, a pesar de haber nacido en Chile, se hizo más costarricense que la mayoría de acá en términos de conocer, desmitificar, criticar y trabajar para mejorar este país al borde del despeñadero. Ella es un ícono de la inteligencia frente a las mentiras oficiales y la estupidización como mecanismo de control social; por eso marcó un cambio de rumbo en la literatura costarricense.

DAMA DE LAS LETRAS

Por Arnoldo Mora

Julieta Pinto. Foto Anel Kenjekeeva – UCR.

En este año celebramos en el ámbito de la cultura nacional y, de modo particular, en la Academia Costarricense de la Lengua, un evento dedicado a honrar una dama, mejor aún, a la dama de las letras costarricenses. Consideramos, con sobrados argumentos, que si la razón de ser de nuestra corporación es honrar la lengua de Cervantes, hoy hablada por más de quinientos cincuenta millones de personas en los cinco continentes, una de las mejores y más justas maneras de hacerlo es honrando a quienes han dedicado su larga, fecunda y ejemplar vida a cultivar nuestro idioma. Me refiero, en concreto, al merecidísimo homenaje que nuestra Academia ha rendido este año a uno de sus más preclaros miembros como es Julieta Pinto, una de nuestras grandes escritoras, con ocasión de cumplir cien años de vida. Con este homenaje, la Academia, no sólo hace justicia a quien tiene sobrados méritos para ello, sino que se honra a sí misma; porque una institución, más allá de sus objetivos y normativas, es lo que sus miembros han hecho y hacen de ella; si una institución es grande y reconocida, se debe a quienes la han hecho grande a través del tiempo. Debemos ver, por ende, en esta hermosa actividad la realización de este objetivo: honrar a quienes – instituciones o personas- cultivan nuestra mayor riqueza cultural, cual es el idioma.

Valga la pena recalcar que nuestra lengua nunca ha tenido un mayor auge, en sus más de mil años de historia, como actualmente; más de 500 millones de personas hablamos español como lengua materna; en muchos países es el idioma extranjero más estudiado después del inglés; nuestra lengua es hablada en los 5 continentes como último y único vestigio de aquel imperio en cuyos dominios “nunca se ponía el sol”.

Pero no debemos obsesionarnos mirando tan sólo al pasado, ni vernos absorbidos únicamente por la dinámica del presente; es necesario ver al futuro; un idioma es una realidad viva, en permanente transformación; lo que lo hace ser un instrumento idóneo de comunicación entre los pueblos más diversos y dispersos del planeta. Esa homogeneidad se estaría consolidando gracias a la revolución tecnológica, pues la necesidad de comunicarse lleva a usar palabras y expresiones lingüísticas que sean comunes a todos los usuarios. Un idioma es, ante todo, un medio de comunicación que minimiza las distancias geográficas o políticas y étnico-culturales.

 Pero la importancia del idioma va más allá de ser un indispensable instrumento de comunicación y de construcción del pensamiento (no se piensa con palabras sino desde las palabras, como lo intuyó Platón en su diálogo Cratilo). Un idioma es una manera de comprender el mundo, una sensibilidad colectiva que le da sentido a la vida, un acto fundante de cultura que posibilita la identidad de un pueblo; hecho de la máxima importancia en una época como la nuestra, que se caracteriza por la globalización de los mercados, de la política y de la masificación de las grandes expresiones del arte (rock) o el deporte. En todos los campos, pero especialmente en el político, la humanidad actual urge comunicarse porque los desafíos que debe asumir, si quiere sobrevivir, son planetarios.

Nuestra lengua, la de Cervantes y García Márquez, ha logrado reconocimiento a escala universal. Pero igualmente lo ha logrado en el ámbito nacional y regional, como en el caso de la gran dama de las letras costarricenses, Julieta Pinto. Porque nuestro idioma es la mejor herramienta para lograr la comunicación que nos haga a todos los hombres y mujeres del planeta hermanos y nos enriquezca con una cultura variopinta que, sin perder sus raíces locales, nos convierta en ciudadanos del mundo.

 Julieta Pinto ha sido, no sólo una grande y prolífica novelista, sino también una maestra insigne, como lo prueba su condición de fundadora de la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la Universidad Nacional (1975). Sus novelas son un reflejo de nuestra injusta realidad. Julieta ha prestado su pluma y su talento al pueblo humilde; en sus páginas se han tomado la palabra quienes no la han tenido tradicionalmente en nuestra sociedad; hombres y mujeres del pueblo, niños pobres, todos han sido protagonistas gracias a una narrativa que hace de sus obras una denuncia social y una interpelación, humana pero no por ello menos vehemente, a fin de cambiar el rumbo de nuestra desigual sociedad. Julieta ha hecho realidad aquello de que un gran escritor no es más que el portavoz de los que no tienen voz; un auténtico gran escritor no es más, pero tampoco menos, que el amanuense de su pueblo; por su pluma hablan los hombres y mujeres que hicieron la historia de ayer y configuran la sociedad del presente.

 Pero Julieta va más allá o más acá del presente; su inquisitiva pluma escudriña el pasado de nuestra nación, a la manera no de un historiador, aunque con el rigor científico de su método, sino con el afecto de un biógrafo de su propia familia; al indagar los orígenes de su apellido, Julieta busca refocilarse, no sólo como un deleite un tanto narcisista – justificado, por lo demás – sino como una búsqueda de nuestra identidad como nación; lo que mueve a Julieta a bucear en torno a sus antepasados, como es el célebre ”Tata Pinto”, es porque éste configura el imaginario colectivo de nuestra historia patria, por haber sido un personaje que ha sido protagonista de una de las páginas más dramáticas de la vida política costarricense del siglo XIX; todo lo cual lo ha convertido en una auténtica leyenda, formando con ello parte también de nuestra pequeña historia.

 Pero Julieta Pinto nunca perdió su objetivo como destacada cultora de nuestra lengua, como sus múltiples y merecidos premios lo confirman, cual es el de mostrar la belleza de la lengua nacional y la fecundidad y originalidad de los temas que aborda; lo cual no se reñía con las exigencias de la justicia social y reclamo en pro de la dignidad de todo ser humano, en especial de los sectores tradicionalmente marginados en nuestra sociedad. De sus obras pueden hacerse múltiples lecturas; su legado literario sigue siendo un rico manantial de enseñanzas, un delicioso manjar para las sensibilidades más refinadas y un ejemplo a seguir para los escritores de hoy y de siempre. Su legado debe perpetuarse y su autora debe ser honrada. Porque la mejor manera de honrar un bello idioma, como el nuestro, es honrar a quienes lo han cultivado de manera ejemplar y señera.

¡AD MULTOS ANNOS JULIETA¡

Regalo del Día del Libro: Microrrelatos covidianos

El Centro de Investigaciones Históricas de América Central nos regala, en el Día del Libro, esta colección de ocho mini relatos referidos a la experiencia que vive el mundo en este momento.

Esta es la lista que nos regala el CIHAC:

Sin una lenta agonía, David Díaz Arias
Desierto, Elizabeth Jiménez Núñez
Chang Yi, Ximena Miranda Garnier
El más solitario de los mundos, Iván Molina Jiménez
El elegido, Uriel Quesada
Impensable, Anacristina Rossi
Higiene extrema, Arabella Salaverry
La casa covidiana de Asterión, Alí Víquez

En el prólogo, Flora Ovares Ramírez dice:

Retorna la peste es el título de este libro y así advierte que nos encontramos ante una realidad que nos pone en contacto no solo con el resto de la humanidad sino con la historia, con los que vivieron esta situación antes que nosotros: nos recuerda nuestra condición de seres humanos.

Las situaciones narradas en este libro se leen como la prolongación de un presente vivido en común. Para el lector, los cuentos van más allá de conjeturar una situación futura, ni siquiera recuerdan hechos ya sucedidos: tienen la marca de la inmediatez, están escritos desde el caos, tratan de entenderlo. Cada cuento imagina una respuesta a una situación presente, apremiante, que desconcierta.

Es seguro también que las respuestas de estos ocho escritores costarricenses hablan de temores, fantasmas, obsesiones que van más allá de la reclusión obligada, el temor y el desconcierto que produce una situación inédita. Como decía Daniel Defoe en la conocida frase citada por Albert Camus en La peste: “Tan razonable como representar una prisión de cierto género por otra diferente es representar algo que existe realmente por algo que no existe”.

Casi todos estos “microrrelatos covidianos” se sitúan en un futuro catastrófico. Se bosquejan escenarios militarizados, represores, desolados. Las marcas que distinguen a los apestados son la soledad, la obsesión, la intolerancia.

Esa peste que retorna se instala definitivamente en la sociedad costarricense en el cuento “Sin una lenta agonía” de David Díaz Arias. Con ello surgen también la rebeldía y la lucha desesperada y suicida contra el poder insolente. “Impensable”, de Anacristina Rossi, narra el colapso económico, social y moral de los Estados Unidos, sometido por la plaga pero también por los mismos muros que ha levantado el sistema.

La sobrevivencia se paga con la incomunicación más profunda en “El más solitario de los mundos” de Iván Molina Jiménez. El narrador de “Desierto”, de Elizabeth Jiménez Núñez, ve convertirse el entorno que contempla en un espejo de su propia soledad y desamparo. “El elegido”, de Uriel Quesada, bosqueja con cierto humor un futuro inminente y apocalíptico, a la vez que contrasta el ambiente de muerte y horror de los humanos con la indiferencia (¿el espejismo?) de una naturaleza espléndida.

“Higiene extrema”, de Arabella Salaverry presenta a una protagonista obsesionada por la limpieza de la casa y que por lo tanto descuida con graves consecuencias el precepto: “¡Lavado de manos y lavado de almas!”. “Chang Yi”, de Ximena Miranda Garnier, sigue por los mercados populares de su comarca los pasos de una científica china, quien además logrará descifrar el misterio y descubrirá el origen del virus. Llegamos al último de los microrrelatos, firmado por Alí Víquez: “La casa covidiana de Asterión”, que como es evidente, rinde homenaje al cuento de Jorge Luis Borges. El libro se cierra entonces con una puerta hacia la otra realidad convocada como vía de salvación momentánea, de efímero escape a la peste: la literatura.

Todos recordamos cuando, a mediados del siglo XIV, un grupo de diez jóvenes, siete mujeres y tres hombres, huían de la plaga para refugiarse en una villa en las afueras de Florencia. ¿Qué podían hacer para conjurar la amenaza? Pues contarse cuentos de amor y tragedia, de ingenio, exaltar la vida y la alegría en medio del miedo ante la amenaza que pendía sobre ellos. Pese a las evidentes distancias entre una y otra situación, algo permanece que une a estos narradores con aquel grupo de jóvenes: seguimos unidos como comunidad lectora, seguimos contándonos cuentos, aferrados a la literatura como escudo contra el desconsuelo, como vía para romper la incomunicación, como ilusión de permanencia en el mundo que nos desordena, tal vez para siempre, la Peste.

Aquí está el regalo del Día del Libro:

Compartido con SURCOS por Rosaura Chinchilla Calderón.