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Etiqueta: literatura

Hemingway en su soledad

Manuel Delgado

  Ernest Hemingway es uno de los autores más queridos en el mundo, sobre todo el mundo de habla hispana. En España por sus largas estadías en ese país, en particular en Pamplona, al disfrute de sus toros y sus encierros; en América Latina por esa predilección que mostró siempre por Cuba. De allá, de España, vino “Por quién doblan las campanas”; de aquí, de Cuba, “El viejo y el mar”.

  Sí, lo queremos de verdad. Yo lo disfruto mucho. Pero hay una obra suya que me es particularmente entrañable y que ahora, en mis relecturas, ha vuelto a lograr estatura. Se trata “Nick Adams”, que no es una novela, pero sí es una novela. Es una novela a pesar de ella misma y a pesar de Hemingway.

  “Nick Adams” es la colección de 24 cuentos que el autor fue publicando (algunos dejó inéditos) aquí y allá a partir de 1925, y que fueron reunidos en un libro con un orden particular y publicados como un solo corpus en 1972, once años después de la muerte de su autor.

  Lo fantástico de esta obra es que cada cuento mantiene su carácter autónomo, y por tanto recoge en pocas palabras toda la emoción, el dramatismo y el trauma de su situación que parece única pero que en realidad se entrelaza con las demás situaciones emotivas, dramáticas y traumáticas de los demás cuentos. Cualquiera diría que fue escrito como en realidad no lo fue, como una novela, con un argumento y clímax únicos en desarrollo y no 24 historias que nacen y mueren a cada instante.

  La segunda cosa fantástica es el minimalismo de su estilo, eso que Hemingway llamaba “teoría del iceberg”, que consiste en esconder cosas que son solo supuestas, y que están allí como esas sombras de la música en las sinfonías. Eso lo aprendió del periodismo: no contarlo todo, saber ocultar, que es lo que hace relevante el relato, según decía.

  La tercera es esa relación hombre-naturaleza, entre el nombre y las cosas o con las cosas. Los bosques quemados, los aserraderos destartalados, la trucha que corre sinuosa como el alma del personaje destruido por una guerra que no se menciona, todos esos espejos en que se refleja el drama interior de los personajes.

  El otro inmenso atractivo es el personaje Nick, ese niño nacido y criado en medio de los bosques, igual que el autor, hijo de un médico, igual que el autor, lanzado a la guerra, igual que el autor, y como él destruido por la trágica experiencia del mal y de la muerte.

  El juego de relevos es una tarea imposible. Posiblemente cada quien encontrará sus preferencias. Uno de los cuentos que más se recuerda es “Campamento indio”, una historia autobiográfica donde la vida, la muerte y la impotencia se reúnen en un personaje indígena que termina cortándose el cuello para no escuchar más a su esposa parturienta gritar de dolores de parto. El médico es muy posiblemente el padre del escritor y la experiencia uno de los retos psicológicos de su vida.

  Hay otros dos relatos que se publican seguidos (no nacieron así) y que relacionan a Nick con el río, con la pesca, con un pasado que olvidar y con un futuro que aún no se encuentra. En “El río de dos corazones” pareciera que no sucede nada. Luego del encuentro de Nick con el pueblo de Seney o lo que queda de él, no más que palos renegridos y piedras dañadas por un incendio presumiblemente forestal, el joven se dirige al río al encuentro de su soledad. En ese sitio desierto, ubicado posiblemente en la península norte de Michigan, en las cercanías del Lago Superior, Nick juega a la pesca de trucha. A solas en su carpa, en la cercanía del invierno, quizá juega no más que a olvidar, aunque esa soledad y la relación con la naturaleza no pueden sanar heridas similares a las de Seney, ese cúmulo de cenizas que es su vida.

  El otro, para mí más atrayente, es el siguiente, “El fin de algo”, así de vago como es la vida. Nick en este caso sale con su novia a un viaje de pesca por esos mismos bosques u otros similares, a un pueblo llamado Hortons Bay, hasta hace poco centro maderero y hoy complemente deshabitado (hay un sitio que se llama así en Michigan y que tiene por cierto un “drive” llamado Hemingway). Allí constata que ha perdido el interés por todo, incluso por el amor.

  “Nick Adams” es una de las obras más entrañables de la literatura norteamericana y se las recomiendo.

Alberti bajo la arboleda

Manuel Delgado

  Después de mi reseña sobre el libro de Benjamín Prado acerca de Rafael Alberti, un amigo me preguntó por “La arboleda perdida”. No, no es un libro de poemas, sino sus memorias, escritas a lo largo de varias décadas y publicadas de la misma forma en cuatro tomos en 1942, 1959 y 1987 (los dos últimos).

  Su nombre le viene de un pequeño parquecito o bosquecillo situado cerca de su casa en el Puerto de Santa María de Cádiz que él siempre pasaba en sus correrías a la playa, en sus huidas desde los latines y la matemática hacia el azul imborrable de su mar.

  Cuando él vuelve ya de joven a ese mundo que perdió cuando se trasladó a Madrid (“El mar. La mar. / El mar. ¡Solo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad?”) ya no encontró casi nada.  (“Adiós calle de las Neverías, calle de los sorbetes de colores y los helados veraniegos; vergeles de las orillas del río… esteros y salinas! ¡Adiós infancia libre, pescadora, de patios y bodegas profundos! Serás ya siempre en mis recuerdos como una barca de claveles, con las velas de albahacas, cabeceante por una mar de jazmines perdidos”).

  Hoy es un conjunto de árboles cercados sin más.  Desde entonces el mar y la arboleda lo siguieron. Y creo que también los famosos sorbetes de Santa María, a los que fue siempre tan aficionado.

  Como ha quedado patente en lo transcrito arriba, se trata sin duda alguna, una obra embrujadora, dotada de una prosa de gran altura, aunque él se quejaba del dejo del verso. (“Todo me sale demasiado rítmico. Batallo porque no sea así. Corrijo. Deformo una frase para que no se haga verso”).

  Pero son versos, versos que se hacen prosa, historia, relato, asombro. Por allí desfilan esa infancia de escapadas, de expulsiones de colegios y escuelas, del exilio de la capital, de intentos con la pintura (que nunca deja en realidad) y búsqueda de la literatura. Desfilan las amistades y encuentros que le llenan a uno la boca de agua (Unamuno, Machado, Neruda, Aleixandre, Picasso, Dalí, Buñuel y, sobre todo, el inseparable Federico García Lorca, su gran amigo). Por allí desfila el pueblo, alzado contra la monarquía, armado contra el fascismo y en defensa de la República, exiliado y perseguido como él. Y quizá la más importante de todas sus amistades, María Teresa León, su esposa, uno de los pilares de la literatura española, muerta en un sanatorio, desligada de su marido, el mundo y las letras por la enfermedad de Alzheimer).

  Cuando regresó del exilio, recién caída la dictadura, unos españoles lo aplaudían, otros lo abucheaban. Una vez en una de esas reuniones multitudinarias, una banda fascista entró a parar el acto. La alcaldesa, de origen franquista, quiso entonces dar por terminado el recital. Alberti se paró y le dijo: “Señora, a mí nunca me ha callado nadie, así que el acto continúa”. Y continuó, eso que más que un recital de poesía era un mitin antifascista.

  Rafael Alberti era no solo antifranquista, sino además militante comunista. Por el primer motivo antes y por el segundo después, fue siempre excluido de la vitrina de la cultura oficial. El Premio Cervantes que recibió al final fue producto de una lucha de sus amigos y de la casualidad de que una candidatura fue mal inscrita y quedó un campo vacío, un hueco, por donde se coló el poeta.

  Lo del Nobel (que nunca se le concedió), fue otra historia. Esta la cuenta Prado en el libro que mencioné (“A la sombra del ángel”). La Academia Sueca había decidido que premio de 1977 iba para España, y escogieron a dos poetas, Alberti y Aleixandre. Entonces le enviaron un emisario que le dijo que él tenía que renunciar a la candidatura a diputado por el Partido Comunista que llevaba entonces, de lo contrario debía olvidarse del Nobel. Alberti actuó como siempre: echó a la calle a ese emisario. El premio se le dio a Aleixandre en solitario. Alberti fue electo diputado en un acto que fue algo así como una protesta pues pocos meses después renunció a su curul. Los parlamentos y los versos no se llevan bien.

  Pero bueno, es lástima que no podamos seguir. Les dejo la inquietud y el deseo de leer. Espero.

En la foto, Rafael Alberti joven y su esposa María Teresa León.

EL ÁNGEL ALBERTI

Manuel Delgado

  Cayó hace poco en mis manos el libro “A la sombra del ángel” de Benjamín Prado, el cual, aunque había sido publicado hace dos décadas, nunca se había tropezado conmigo.

  Es uno de esos libros imprescindibles, de esos de los que uno se pregunta por qué no lo había leído antes y que lo hacen sufrir a uno cuando termina su lectura.

  El libro cuenta las andanzas vividas durante 13 años al lado del poeta Rafael Alberti. Benjamín, entonces aprendiz de periodista, de poeta y de novelista, era un benjamín de apenas 20 años; Alberti, para ese entonces, ya pasaba de los ochenta. No obstante, fueron amigos entrañables. Benjamín lo llevaba a todo lado, lo transportaba en su carro ciudad por ciudad, le organizaba encuentros con los grandes escritores, dramaturgos, actores y pintores de la época (además de poeta, Alberti era dramaturgo y pintor). Se distanciaron luego en gran parte por el trabajo del joven escritor, pero sigue siendo aun hoy imperecedero.

  “A la sombra del ángel” muestra esa personalidad apabullante de Alberti, un rebelde, inquieto, rompedor de esquemas, que no podía dejar de sobresalir con su melena blanca y sus camisas hawaianas, pero sobre todo por el encanto de su persona y su poesía que él iba declamando por el mundo. Siempre irreductible con el enemigo (vivió largos años en el exilio) era sin embargo amoroso con sus amigos, incluso con aquellos camaradas suyos de la generación del 27 con el mediaban, además de amores, resquemores y hasta odios.

  Su actividad más vistosa eran los recitales de poesía que repetía por todos los rincones de España a salas llenas. Estas actividades, además de reportarle algunas pesetas que él tanto necesitaba, le permitía un contacto directo con su pueblo, algo que a su espíritu extrovertido y a su consecuencia revolucionaria le era más necesario aun que las pesetas.

  Hay en el libro de Prado momentos especialmente llamativos, no sé si mágicos. Cuento uno de ellos:

  Como todos los grandes escritores de España, Alberti fue silenciado y ninguneado siempre. Fue el gran ausente de los premios, hasta que un día, ya por cansancio, le dieron el Cervantes. Antes de eso, en 1977, fue visitado por un enviado de la academia sueca quien le dijo que lo iban a proponer como ganador del Nobel conjuntamente con Vicente Aleixandre, el otro reconocido poeta, pero que para ello debía renunciar a la candidatura a diputado por el Partido Comunista. Alberti le respondió que nunca iba a traicionar a su partido. Entonces ese representante le hizo ver que si no dejaba ese puesto debía olvidarse del premio. El poeta no renunció a su puesto de candidato comunista y el Nobel se entregó a Aleixandre en solitario.

    Fue viajando con Benjamín en el carro de este, cosa muy corriente, que un chofer borracho los chocó mientras hacían un alto. A Alberti el accidente le cambió la vida. Al chofer ebrio, le costó solo la suspensión de la licencia por dos semanas. Sus múltiples lesiones lo redujeron a una silla de ruedas y esa reducción de su movilidad lo hundió en un hoyo profundo que de una u otra forma lo condujo a la muerte.

  Pero como Federico García Lorca, como Antonio Machado, como Miguel Hernández y como Pablo Neruda, Rafael sigue vivo. Perogrullada, sí, pero en este mundo de muerte y olvido hay que repetirlo siempre.

Los versos del Capitán

Manuel Delgado

En mi artículo “Todo Neruda” cometí la tremenda omisión de no mencionar “Los versos del Capitán”. Pasé olímpicamente del “Canto general” a “Las uvas y el viento”. ¡Vaya lapsus!

Demás está decir que es uno de los libros más leídos de Neruda y uno de los más encantadores. Lo cierto es que por su ubicación, su estilo y su contenido, él reafirma la madurez ha que ha llegado el poeta. Todo formado, como Atenea saliendo de la cabeza de Zeus con todo y armadura, Neruda se muestra en esa doble dimensión del cantor intimista y del luchador social. Esas dos facetas no son dos componentes contrapuestos en el poeta. Son, por el contrario, dos aspectos de su misma esencia humana, de su convicción teórica y práctica de que el mundo interior y el mundo social son uno, que su poesía tan solo acentuará ya un aspecto, ya otro, de esa personalidad dual pero única, sin abandonar ninguna de las dos.

Hay en torno a este poemario una serie de anécdotas que acentúan el furor que sentimos por él. “Los versos del Capitán” fue publicado, en 1952, de manera anónima, porque el poeta estaba terminando su relación con su segunda esposa, Delia del Carril, y comenzando su pasión con Matilde Urrutia, a quien fueron dedicados los poemas. Neruda pensó que ocultando su identidad haría menos daño a la esposa que estaba dejando.

Se publicó en Italia porque allí se habían establecido el poeta y su amada, y la edición solo tuvo 44 ejemplares, numerados y dedicados a algunos de sus amigos, como el novelista brasileño Jorge Amado, a escritores y artistas italianos como Visconti, Quasimodo, el dirigente comunista Palmiro Togliatti y otros. Lo curioso es que el primer ejemplar está dedicado, por supuesto, a Matilde; el tercero, a Pablo Neruda; y el segundo a una persona de apellidos Neruda Urrutia: era el hijo que soñaba tener y que nunca se hizo realidad.

Anónimo se siguió publicando en Argentina y Colombia hasta una década más tarde.

Dice mi cuñado César, dominicano de origen, que durante la dictadura de Trujillo, donde Neruda era visceralmente prohibido, el libro circulaba con toda naturalidad, como un ciudadano más. Claro, era anónimo.

BRINDO POR LA VIDA Y POR LA VIDA

Manuel Delgado

  Hay un libro de Pablo Neruda que no incluye ninguna antología. Fue publicado en Hungría en 1969 y más tarde por la editorial Lumen de Barcelona, sin fecha, aunque presumo que esa edición es el mismo año. Desde entonces se ha editado, sí, pero poco, así que es casi un libro raro y yo me ufano de ser uno de los pocos que lo poseen.

  Fue escrito a cuatro manos con Miguel Ángel Asturias y lleva el delicioso título de “Comiendo en Hungría”.

  No más imagínense a ese par de hartones recorriendo la geografía y la historia de ese país donde se come como en el mejor. Es una orgía de sabores y de poesía.

  Que esos dos escriban a la máxima altura es ya sabido. Lo curioso es que, prosas y versos de ambos, en lo fundamental, Asturias escribe en verso y Neruda lo hace en prosa. El primero demuestra que es un poeta de primera y Neruda hace salir ese exquisito don de prosista que lo acompañó toda la vida.

  Como se desprende del título, los autores hacen en estas páginas una degustación del arte culinario húngaro, muestra sus carnes y sus paprikas, cuenta la historia del asado y de la sopa y, por supuesto, hacen un periplo por sus vinos. Estaría renco si no recogiese de aquí y allá algunas recetas, como esa tan simple que nos indica cómo asar un buey entero. (Dentro del buey se coloca un cordero, dentro de este un ternerito, y dentro del ternerito un gallo capón. Cuando este último esté bien dorado, el buey estará listo para ser servido).

  Todo el libro es exquisito. Resalto de Asturias su “Alegato del buen comer”, una declaración de guerra a la comida chatarra y un canto a la buena mesa, la auténtica y natural. Y de Neruda “La copa grande”, un himno al vino: “Levanto la copa llena con el fulgor de Hungría, bebo en honor del sol y de la nieve, de la tristeza y de la dicha. Bebo por el amor y por el dolor. Bebo por el fuego y por la lluvia.”

TODO NERUDA

Manuel Delgado

Fue en Isla Negra, la última morada del poeta, donde decidí emprender una aventura completamente nueva: leer todo Neruda. Les cuento que fue eso, toda una inigualable aventura.

Generalmente se lee de un libro algunos poemas de manera más o menos desordenada, y los libros se escogen mucho al azar, tomándolos de distintas época o temáticas. Pero leer de corrido es otra cosa.

Lo primero es que leer así, en orden cada libro, página por página, abre ante nosotros la experiencia de una vida entera. Ante nuestros ojos discurre todo el proceso de maduración, de búsqueda incesante, de ir y venir.

Debe ocurrir con todos los poetas, pero con Neruda es más evidente el transcurso del tiempo histórico, el discurrir a los hechos: las guerras, las luchas, los dolores, las victorias populares. Su obra es una enciclopedia del siglo XX, un espejo del tiempo. Esta enciclopedia cubre una producción de dimensiones inmensas, muy desconocida para el común de los lectores, depositaria de un talento inigualable de observador sagaz. Neruda va por el mundo sintiendo el mundo, recobrando en cada nuevo hecho, en cada nuevo puerto, en cada nuevo acontecimiento, esa esencia de sí mismo que viene el sur lluvioso de su patria, de sus hermanos trabajadores en todos los ámbitos, de su naturaleza y del mar, ese amigo inseparable. En ese ir y venir desde el presente hasta el pasado, desde el mundo hacia el alma, desde el testimonio combatiente hasta el corazón enamorado, van surgiendo portento (libro) tras portento (otro libro).

Como Virgilio, nuestro bardo reúne en sí un enorme poderío lírico combinado con sus dotes de gran poeta épico, con sus poemas naturalistas, al estilo de las Geórgicas, y con su voz de profeta, de crítico activo frente al mundo (para no hablar de su talento dramático, género por el que pasó rápidamente, no sin éxito).

La aventura comienza con el furor de sus veinte años, viaje que desemboca en los “Veinte poemas de amor y una canción desesperaba” (perdonen las comillas, pero no hay de otra). Hasta allí la etapa de formación, una mezcla de estética postmodernista y primera vanguardia. Luego viene una transición forzosa, las “Residencias”, que es algo así como la “época azul” de Picasso: encantadoramente difícil, metafísicamente amarga, solipsista, pero que no deja nunca su resaca de madera y bosque chilenos. (Es muy interesante pensar que muchos poetas vanguardistas forjaron su poesía en París y llevan esa impronta. Nuestro poeta no. Él tuvo que batallar el Asia y en su trópico. Por eso en ellos hay un sabor, junto a la lluvia y la madera, a costa y a sal).

De pronto un volcán explota: es la “Tercera residencia”, que a partir de “Reunión bajo las nuevas banderas” va a cambiar la poética, pero también la vida y el destino del poeta. Lo otro nunca dejó de ser grande, pero era embrionario. Con la “Tercera residencia” la crisálida se hizo mariposa, y el niño emergió armado de hombre. Este soldado que nace con esta obra ya no lo abandonará jamás.

Un acontecimiento lo ha marcado como ninguno: la guerra civil española. Estará con los combatientes de la República en vida y en poesía y con ellos marcha primero al exilio francés y luego a México. Este último poemario contiene su “España en el corazón”, que es algo así como el Guernica de la literatura. Nunca abandonará esa causa que lo ha trasformado por completo.

Su vida y su poesía se vuelven a hacer carne en nuestra América en la abarcadora aventura del “Canto general”, un recuento del paisaje continental, de sus piedras y sus bosques, de su fauna y su habitante, del invasor español y de sus libertadores, de sus dictaduras y de la lucha del pueblo. Es el más grande retrato de nuestra historia jamás escrito. Es nuestra Ramáyana y nuestra Ilíada.

“Las uvas y el viento” es un libro apoteósico, un testimonio de ese mundo que nace de la tragedia de la guerra y empieza a levantarse en medio de las dificultades. Es el libro del optimismo posterior a la tragedia y de recobro de la fe. Es un testimonio de la lucha obrera en Europa y del nacimiento del nuevo mundo socialista en Europa oriental y Asia. A través de somos testigos de un mundo que no conocíamos o habíamos olvidado.

Pero pareciera que las cosas no han sido suficientemente bien descritas y hay que volver a ellas. A la rosa y la alcachofa, a la cerca de alambre de púas, a la papa, al maíz, al picaflor. Ese acercamiento tan profundo y tan sensible a las cosas más sencillas se recogen en los tres libros de las “Odas elementales”, uno de los grandes hallazgos de la literatura de todos los tiempos. Después de esos tres libros quedarán muchas cosas o miradas o perspectivas de ellas a las que volverá Neruda en obras posteriores, tanto en “Navegaciones y regresos” como en la mirada ornitológica de “Arte de pájaros” o la voz del geólogo-poeta en “Las piedras de cielo”. Son todas cantos a la naturaleza, pero sobre todo canto al hombre y la mujer desde la naturaleza.

Una cosa evidente en los libros de “Odas” es la constante justificación de su poesía, su arte poética. Como si tuviera algo de qué excusarse este maestro del combate y del compromiso. Pero sí, su poesía “comprometida” fue siempre objeto de rechazo y de burla de parte de muchos, de los academicistas, que se incomodan cuando la poesía se ensucia las manos con el barro del pueblo, pero sobre todo de los reaccionarios, que nunca han perdonado su compromiso revolucionario y su pertenencia al Partido Comunista. Como si el arte no fuera siempre “comprometido”, con la causa del hombre y de su lucha como en el caso de Neruda, con el desapego y el olvido, es decir, con el silencio frente al dolor y el crimen, como la otra poesía.

Con ese mismo “Con permiso” toma un recreo y vuelve a sus cosas, a su vida íntima llena de amores y de recuerdos. De allí surge “Estravagario”, un maravilloso álbum de viajes por sus viejos destinos físicos, por las ciudades y países, y por sus destinos interiores, sus amores y pasiones. Está comenzando su relación con Matilde, y de ella se nutre ahora su poesía.

Pero “cuidad de confundirlo con un místico ardiente” (Oda a Lenin): el poeta no se ha ido, está aquí, sigue con nosotros, en la marcha y en la huelga, se acompaña de las cosas simples y su compromiso político. Son las “Navegaciones y regresos” ya mencionado, que se alterna con los “Cien sonetos de amor” dedicados a su eterna Matilde, y con “Canción de gesta”, también de amor, la primera obra dedicada a Fidel y la naciente revolución cubana.

Arriba en lo alto, en una cordillera o un templo maya o inca, se enciende el fuego de la ceremonia. Es como una vuelta al “Canto general”, pero no en signo narrativo sino en canción litúrgica. “Cantos ceremoniales” es por eso uno de los más misteriosos y más encantadores de sus libros, que empata con “Plenos poderes” y que deriva en “Memorial de Isla Negra”, una especie de rendición de cuentas de una vida entera de aventura y compromiso. Su curriculum vitae escrito en verso. Con su casa a la orilla del mar la única relación que tiene es de ubicuidad, es que fue escrita allí, en los años reposados del poeta a su regreso a Chile. Acerca de esta edificación escribirá por esa misma fecha “Una casa en la arena”, una pieza maestra de la prosa (Neruda era un gran prosista), escrita como homenaje a esa alcahueta de sus sueños, sus versos y sus fiestas.

El poeta frisa los sesenta, y esa edad siempre viene cargada de pensamientos, de búsquedas de balances. De ellos nace una de las piezas más exquisitas, obra de orfebrería: “La barcarola”, donde dialogan los versos de su vida íntima con los que tratan de la historia y las relaciones sociales.

Con este poemario comienza la obra de madurez del poeta, el trabajo que lo acompaña hasta la muerte acaecida diez años después.

Nueve obras va a publicar el poeta en esta última década de su vida. Siete más quedarán sin ser llevadas a la imprenta. Fueron sacadas clandestinamente del Chile pinochetista y publicadas póstumamente en los meses que siguieron a su muerte. Son un total de 16 poemarios, más o menos uno cada siete meses. ¡Una productividad impresionante!

Esos 16 libros son una delicia. No puedo y no quiero decir cuál me gusta más. Cada uno con su característica específica, como si el poeta hubiera decidido siempre renacer de cero. Cada uno lleno de su propia riqueza verbal y rítmica, y un puño de ideas y sentimientos que rescatan y profundizan los temas de 40 años de labor literaria. En todos ellos, sin embargo, está el propósito de brindar una rendición de cuentas, adobadas con la nostalgia que debe producir la certeza de la cercanía de la muerte (ya mucho antes le habían diagnosticado el cáncer y todos sabían que el suyo era mortal).

“Manos del día”, “Fin de mundo”, “Maremoto”, “Aún”, “La espada encendida”, la ya mencionada “Las piedras del cielo”, “Geografía infructuosa”, “La rosa separada”, “Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena”. La penúltima es un bello canto a la Puerto Rico sacrificada en el colonialismo y ensalzada en su lucha. El “nixonicidio” es un libro delicioso. Es el último combate antes del golpe militar, del asesinato de Allende y de su propia muerte y viene a sobresaltar la tranquilidad de esos últimos momentos. “Amor, adiós, hasta mañana, besos!/Corazón mío, agárrate al deber/porque declaro abierto este proceso” (el proceso contra Nixon). Es la voz en tercetos que nos recuerda a Dante justo en las puertas del infierno.

Póstumos quedaron “2000”, “Elegía”, “El corazón amarillo”, “Jardín de invierno”, “Libro de las preguntas”, “Defectos escogidos”, “El mar y las campanas”. Todos son joyas. Algunos me llamaron especialmente la atención (sobre todo “El libro de las preguntas”, llenas de ingenio y furor). Todas cargadas de esa alma clara que, como el cisne, canta con amor al atardecer.

Las Obras Completas de Neruda me las encontré un día en una bodega y, como es de suponer, las hice mías. Leerlas ahora en su totalidad y orden cronológico ha sido toda una aventura que ya estoy pensando repetir con otros poetas. Pero cuidado, tengo un libro más de Neruda que no aparece en esta colección (jo,jo) y que espero reseñar en un próximo articulito.

DAMA DE LAS LETRAS

Por Arnoldo Mora

Julieta Pinto. Foto Anel Kenjekeeva – UCR.

En este año celebramos en el ámbito de la cultura nacional y, de modo particular, en la Academia Costarricense de la Lengua, un evento dedicado a honrar una dama, mejor aún, a la dama de las letras costarricenses. Consideramos, con sobrados argumentos, que si la razón de ser de nuestra corporación es honrar la lengua de Cervantes, hoy hablada por más de quinientos cincuenta millones de personas en los cinco continentes, una de las mejores y más justas maneras de hacerlo es honrando a quienes han dedicado su larga, fecunda y ejemplar vida a cultivar nuestro idioma. Me refiero, en concreto, al merecidísimo homenaje que nuestra Academia ha rendido este año a uno de sus más preclaros miembros como es Julieta Pinto, una de nuestras grandes escritoras, con ocasión de cumplir cien años de vida. Con este homenaje, la Academia, no sólo hace justicia a quien tiene sobrados méritos para ello, sino que se honra a sí misma; porque una institución, más allá de sus objetivos y normativas, es lo que sus miembros han hecho y hacen de ella; si una institución es grande y reconocida, se debe a quienes la han hecho grande a través del tiempo. Debemos ver, por ende, en esta hermosa actividad la realización de este objetivo: honrar a quienes – instituciones o personas- cultivan nuestra mayor riqueza cultural, cual es el idioma.

Valga la pena recalcar que nuestra lengua nunca ha tenido un mayor auge, en sus más de mil años de historia, como actualmente; más de 500 millones de personas hablamos español como lengua materna; en muchos países es el idioma extranjero más estudiado después del inglés; nuestra lengua es hablada en los 5 continentes como último y único vestigio de aquel imperio en cuyos dominios “nunca se ponía el sol”.

Pero no debemos obsesionarnos mirando tan sólo al pasado, ni vernos absorbidos únicamente por la dinámica del presente; es necesario ver al futuro; un idioma es una realidad viva, en permanente transformación; lo que lo hace ser un instrumento idóneo de comunicación entre los pueblos más diversos y dispersos del planeta. Esa homogeneidad se estaría consolidando gracias a la revolución tecnológica, pues la necesidad de comunicarse lleva a usar palabras y expresiones lingüísticas que sean comunes a todos los usuarios. Un idioma es, ante todo, un medio de comunicación que minimiza las distancias geográficas o políticas y étnico-culturales.

 Pero la importancia del idioma va más allá de ser un indispensable instrumento de comunicación y de construcción del pensamiento (no se piensa con palabras sino desde las palabras, como lo intuyó Platón en su diálogo Cratilo). Un idioma es una manera de comprender el mundo, una sensibilidad colectiva que le da sentido a la vida, un acto fundante de cultura que posibilita la identidad de un pueblo; hecho de la máxima importancia en una época como la nuestra, que se caracteriza por la globalización de los mercados, de la política y de la masificación de las grandes expresiones del arte (rock) o el deporte. En todos los campos, pero especialmente en el político, la humanidad actual urge comunicarse porque los desafíos que debe asumir, si quiere sobrevivir, son planetarios.

Nuestra lengua, la de Cervantes y García Márquez, ha logrado reconocimiento a escala universal. Pero igualmente lo ha logrado en el ámbito nacional y regional, como en el caso de la gran dama de las letras costarricenses, Julieta Pinto. Porque nuestro idioma es la mejor herramienta para lograr la comunicación que nos haga a todos los hombres y mujeres del planeta hermanos y nos enriquezca con una cultura variopinta que, sin perder sus raíces locales, nos convierta en ciudadanos del mundo.

 Julieta Pinto ha sido, no sólo una grande y prolífica novelista, sino también una maestra insigne, como lo prueba su condición de fundadora de la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la Universidad Nacional (1975). Sus novelas son un reflejo de nuestra injusta realidad. Julieta ha prestado su pluma y su talento al pueblo humilde; en sus páginas se han tomado la palabra quienes no la han tenido tradicionalmente en nuestra sociedad; hombres y mujeres del pueblo, niños pobres, todos han sido protagonistas gracias a una narrativa que hace de sus obras una denuncia social y una interpelación, humana pero no por ello menos vehemente, a fin de cambiar el rumbo de nuestra desigual sociedad. Julieta ha hecho realidad aquello de que un gran escritor no es más que el portavoz de los que no tienen voz; un auténtico gran escritor no es más, pero tampoco menos, que el amanuense de su pueblo; por su pluma hablan los hombres y mujeres que hicieron la historia de ayer y configuran la sociedad del presente.

 Pero Julieta va más allá o más acá del presente; su inquisitiva pluma escudriña el pasado de nuestra nación, a la manera no de un historiador, aunque con el rigor científico de su método, sino con el afecto de un biógrafo de su propia familia; al indagar los orígenes de su apellido, Julieta busca refocilarse, no sólo como un deleite un tanto narcisista – justificado, por lo demás – sino como una búsqueda de nuestra identidad como nación; lo que mueve a Julieta a bucear en torno a sus antepasados, como es el célebre ”Tata Pinto”, es porque éste configura el imaginario colectivo de nuestra historia patria, por haber sido un personaje que ha sido protagonista de una de las páginas más dramáticas de la vida política costarricense del siglo XIX; todo lo cual lo ha convertido en una auténtica leyenda, formando con ello parte también de nuestra pequeña historia.

 Pero Julieta Pinto nunca perdió su objetivo como destacada cultora de nuestra lengua, como sus múltiples y merecidos premios lo confirman, cual es el de mostrar la belleza de la lengua nacional y la fecundidad y originalidad de los temas que aborda; lo cual no se reñía con las exigencias de la justicia social y reclamo en pro de la dignidad de todo ser humano, en especial de los sectores tradicionalmente marginados en nuestra sociedad. De sus obras pueden hacerse múltiples lecturas; su legado literario sigue siendo un rico manantial de enseñanzas, un delicioso manjar para las sensibilidades más refinadas y un ejemplo a seguir para los escritores de hoy y de siempre. Su legado debe perpetuarse y su autora debe ser honrada. Porque la mejor manera de honrar un bello idioma, como el nuestro, es honrar a quienes lo han cultivado de manera ejemplar y señera.

¡AD MULTOS ANNOS JULIETA¡

Programa Alternativas: «Literatura y Compromiso»

Este 2 de diciembre sea parte del conversatorio «Literatura y Compromiso», con los panelistas invitados: Álvaro Zamora, filósofo, escritor y crítico de arte; Marta Rojas educadora, filóloga y poeta y Adriano Corrales.

Se parte de este programa a partir de las 6:00 p.m. a través de Radio 16, en el programa Alternativas. 

ARTE PARA REPARARNOS EL CORAZON

Por Memo Acuña ( sociólogo y escritor costarricense)

Escuchar durante ya casi 100 jueves ininterrumpidos, las historias de quienes hicieron hacen del arte una trinchera, solo me confirma que a la verdad estética que recrea se le debe sumar su capacidad y potencia reparadora, sanadora dirían algunos. No es solo el mundo de las significancias, de la plasticidad en los colores, es para mi gusto una acción política y performativa por que vuelve vital cualquier sonido, superficie, textura, es decir, transforma.

He oído de bibliotecas mágicas, libros olvidados en un rincón de la casa, zapatillas de ballet que vinieron en un regalo, un violín rasgado, una libreta con sus páginas en blanco. Por allí, por un agujero del tiempo y del espacio, se cuela la posibilidad de que un niño, una niña, pueda expresarse a través del sonido, el color y las formas.

He sido privilegiado conociendo esos momentos primeros, ese «big bang» como les digo a mis entrevistadas y entrevistados cada vez que les invito a recrear el motivo por el que ahora son poetas, músicos, pintores, bailarines, fotógrafos.

Siempre hay un momento de luz, eso sí. Cada conversación que sostengo, recuerdo mi primer acercamiento con el arte. Leí «20 mil leguas de viaje submarino» cuando estaba en mis primeros años de escuela. Un libro maravilloso que mis padres pusieron en mis manos. Julio Verne me parecía entonces un señor mayor, con la magia de escribir cosas portentosas.

Allí empezó todo para mí en el mundo de la literatura. Hasta el día de hoy, que leo (releo, para ser franco) un texto de crónicas sobre la migración de niños y niñas centroamericanas hacia Estados Unidos, llamado irónicamente » Yo tuve un sueño» y cuyo autor, Juan Pablo Villalobos, explora en diez piezas los distintos momentos del proceso de movilidad vistos desde el prisma infantil.

La ironía, dicho sea de paso, estriba en hacer coincidir la frase de Martin Luther King pronunciada en su famoso e histórico discurso en 1963 en Washington, con la promesa de un sueño americano que cada vez se cumple menos para la población migrante centroamericana.

Vivimos tiempos complejos, donde la violencia se ha instalado sin medida en sociedades como la nuestra. Por ello sigo pensando en el arte como un vehículo poderoso para contrarrestar el impacto que la violencia produce. Lo hizo Medellín hace ya casi tres décadas, al apostar por la poesía como vehículo de transformación y mediación de la realidad vivida y experimentada.

Costa Rica atravesó hace pocos días dos circunstancias en las que personas jóvenes perdieron la vida a manos de otras personas jóvenes. El vínculo entonces es directo: a la ausencia de espacios y de posibilidades, se le disputa con estrategias para reivindicar al sujeto y darle su lugar en la sociedad. Y esto puede ser posible si transversalizamos en lo cotidiano el arte, todas sus posibilidades y le brindamos a esa persona joven el espacio para expresarse, no desde la carencia, sino desde la plenitud a la que tiene derecho.

Es momento de repararnos el corazón.

Presentación del libro “Operación comando Viviana”, de Ximena Paz Cedeño De la Cruz

Poiesis Editores y el Instituto Cultural de México, invitan a la presentación del libro “Operación comando Viviana”, de Ximena Paz Cedeño De la Cruz, la cual se llevará a cabo el próximo miércoles 06 de julio a las 3:00 p.m. Se contará con la participación de:

  • Luis Carlos Vásquez Mazzilli, director de teatro
  • Trino Barranes, Asociación Costarricense de Derechos Humanos.
  • Ronald Bonilla, presidente Poesis Editores