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Etiqueta: Manuel Delgado

Hemingway en su soledad

Manuel Delgado

  Ernest Hemingway es uno de los autores más queridos en el mundo, sobre todo el mundo de habla hispana. En España por sus largas estadías en ese país, en particular en Pamplona, al disfrute de sus toros y sus encierros; en América Latina por esa predilección que mostró siempre por Cuba. De allá, de España, vino “Por quién doblan las campanas”; de aquí, de Cuba, “El viejo y el mar”.

  Sí, lo queremos de verdad. Yo lo disfruto mucho. Pero hay una obra suya que me es particularmente entrañable y que ahora, en mis relecturas, ha vuelto a lograr estatura. Se trata “Nick Adams”, que no es una novela, pero sí es una novela. Es una novela a pesar de ella misma y a pesar de Hemingway.

  “Nick Adams” es la colección de 24 cuentos que el autor fue publicando (algunos dejó inéditos) aquí y allá a partir de 1925, y que fueron reunidos en un libro con un orden particular y publicados como un solo corpus en 1972, once años después de la muerte de su autor.

  Lo fantástico de esta obra es que cada cuento mantiene su carácter autónomo, y por tanto recoge en pocas palabras toda la emoción, el dramatismo y el trauma de su situación que parece única pero que en realidad se entrelaza con las demás situaciones emotivas, dramáticas y traumáticas de los demás cuentos. Cualquiera diría que fue escrito como en realidad no lo fue, como una novela, con un argumento y clímax únicos en desarrollo y no 24 historias que nacen y mueren a cada instante.

  La segunda cosa fantástica es el minimalismo de su estilo, eso que Hemingway llamaba “teoría del iceberg”, que consiste en esconder cosas que son solo supuestas, y que están allí como esas sombras de la música en las sinfonías. Eso lo aprendió del periodismo: no contarlo todo, saber ocultar, que es lo que hace relevante el relato, según decía.

  La tercera es esa relación hombre-naturaleza, entre el nombre y las cosas o con las cosas. Los bosques quemados, los aserraderos destartalados, la trucha que corre sinuosa como el alma del personaje destruido por una guerra que no se menciona, todos esos espejos en que se refleja el drama interior de los personajes.

  El otro inmenso atractivo es el personaje Nick, ese niño nacido y criado en medio de los bosques, igual que el autor, hijo de un médico, igual que el autor, lanzado a la guerra, igual que el autor, y como él destruido por la trágica experiencia del mal y de la muerte.

  El juego de relevos es una tarea imposible. Posiblemente cada quien encontrará sus preferencias. Uno de los cuentos que más se recuerda es “Campamento indio”, una historia autobiográfica donde la vida, la muerte y la impotencia se reúnen en un personaje indígena que termina cortándose el cuello para no escuchar más a su esposa parturienta gritar de dolores de parto. El médico es muy posiblemente el padre del escritor y la experiencia uno de los retos psicológicos de su vida.

  Hay otros dos relatos que se publican seguidos (no nacieron así) y que relacionan a Nick con el río, con la pesca, con un pasado que olvidar y con un futuro que aún no se encuentra. En “El río de dos corazones” pareciera que no sucede nada. Luego del encuentro de Nick con el pueblo de Seney o lo que queda de él, no más que palos renegridos y piedras dañadas por un incendio presumiblemente forestal, el joven se dirige al río al encuentro de su soledad. En ese sitio desierto, ubicado posiblemente en la península norte de Michigan, en las cercanías del Lago Superior, Nick juega a la pesca de trucha. A solas en su carpa, en la cercanía del invierno, quizá juega no más que a olvidar, aunque esa soledad y la relación con la naturaleza no pueden sanar heridas similares a las de Seney, ese cúmulo de cenizas que es su vida.

  El otro, para mí más atrayente, es el siguiente, “El fin de algo”, así de vago como es la vida. Nick en este caso sale con su novia a un viaje de pesca por esos mismos bosques u otros similares, a un pueblo llamado Hortons Bay, hasta hace poco centro maderero y hoy complemente deshabitado (hay un sitio que se llama así en Michigan y que tiene por cierto un “drive” llamado Hemingway). Allí constata que ha perdido el interés por todo, incluso por el amor.

  “Nick Adams” es una de las obras más entrañables de la literatura norteamericana y se las recomiendo.

Alberti bajo la arboleda

Manuel Delgado

  Después de mi reseña sobre el libro de Benjamín Prado acerca de Rafael Alberti, un amigo me preguntó por “La arboleda perdida”. No, no es un libro de poemas, sino sus memorias, escritas a lo largo de varias décadas y publicadas de la misma forma en cuatro tomos en 1942, 1959 y 1987 (los dos últimos).

  Su nombre le viene de un pequeño parquecito o bosquecillo situado cerca de su casa en el Puerto de Santa María de Cádiz que él siempre pasaba en sus correrías a la playa, en sus huidas desde los latines y la matemática hacia el azul imborrable de su mar.

  Cuando él vuelve ya de joven a ese mundo que perdió cuando se trasladó a Madrid (“El mar. La mar. / El mar. ¡Solo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad?”) ya no encontró casi nada.  (“Adiós calle de las Neverías, calle de los sorbetes de colores y los helados veraniegos; vergeles de las orillas del río… esteros y salinas! ¡Adiós infancia libre, pescadora, de patios y bodegas profundos! Serás ya siempre en mis recuerdos como una barca de claveles, con las velas de albahacas, cabeceante por una mar de jazmines perdidos”).

  Hoy es un conjunto de árboles cercados sin más.  Desde entonces el mar y la arboleda lo siguieron. Y creo que también los famosos sorbetes de Santa María, a los que fue siempre tan aficionado.

  Como ha quedado patente en lo transcrito arriba, se trata sin duda alguna, una obra embrujadora, dotada de una prosa de gran altura, aunque él se quejaba del dejo del verso. (“Todo me sale demasiado rítmico. Batallo porque no sea así. Corrijo. Deformo una frase para que no se haga verso”).

  Pero son versos, versos que se hacen prosa, historia, relato, asombro. Por allí desfilan esa infancia de escapadas, de expulsiones de colegios y escuelas, del exilio de la capital, de intentos con la pintura (que nunca deja en realidad) y búsqueda de la literatura. Desfilan las amistades y encuentros que le llenan a uno la boca de agua (Unamuno, Machado, Neruda, Aleixandre, Picasso, Dalí, Buñuel y, sobre todo, el inseparable Federico García Lorca, su gran amigo). Por allí desfila el pueblo, alzado contra la monarquía, armado contra el fascismo y en defensa de la República, exiliado y perseguido como él. Y quizá la más importante de todas sus amistades, María Teresa León, su esposa, uno de los pilares de la literatura española, muerta en un sanatorio, desligada de su marido, el mundo y las letras por la enfermedad de Alzheimer).

  Cuando regresó del exilio, recién caída la dictadura, unos españoles lo aplaudían, otros lo abucheaban. Una vez en una de esas reuniones multitudinarias, una banda fascista entró a parar el acto. La alcaldesa, de origen franquista, quiso entonces dar por terminado el recital. Alberti se paró y le dijo: “Señora, a mí nunca me ha callado nadie, así que el acto continúa”. Y continuó, eso que más que un recital de poesía era un mitin antifascista.

  Rafael Alberti era no solo antifranquista, sino además militante comunista. Por el primer motivo antes y por el segundo después, fue siempre excluido de la vitrina de la cultura oficial. El Premio Cervantes que recibió al final fue producto de una lucha de sus amigos y de la casualidad de que una candidatura fue mal inscrita y quedó un campo vacío, un hueco, por donde se coló el poeta.

  Lo del Nobel (que nunca se le concedió), fue otra historia. Esta la cuenta Prado en el libro que mencioné (“A la sombra del ángel”). La Academia Sueca había decidido que premio de 1977 iba para España, y escogieron a dos poetas, Alberti y Aleixandre. Entonces le enviaron un emisario que le dijo que él tenía que renunciar a la candidatura a diputado por el Partido Comunista que llevaba entonces, de lo contrario debía olvidarse del Nobel. Alberti actuó como siempre: echó a la calle a ese emisario. El premio se le dio a Aleixandre en solitario. Alberti fue electo diputado en un acto que fue algo así como una protesta pues pocos meses después renunció a su curul. Los parlamentos y los versos no se llevan bien.

  Pero bueno, es lástima que no podamos seguir. Les dejo la inquietud y el deseo de leer. Espero.

En la foto, Rafael Alberti joven y su esposa María Teresa León.

EL ÁNGEL ALBERTI

Manuel Delgado

  Cayó hace poco en mis manos el libro “A la sombra del ángel” de Benjamín Prado, el cual, aunque había sido publicado hace dos décadas, nunca se había tropezado conmigo.

  Es uno de esos libros imprescindibles, de esos de los que uno se pregunta por qué no lo había leído antes y que lo hacen sufrir a uno cuando termina su lectura.

  El libro cuenta las andanzas vividas durante 13 años al lado del poeta Rafael Alberti. Benjamín, entonces aprendiz de periodista, de poeta y de novelista, era un benjamín de apenas 20 años; Alberti, para ese entonces, ya pasaba de los ochenta. No obstante, fueron amigos entrañables. Benjamín lo llevaba a todo lado, lo transportaba en su carro ciudad por ciudad, le organizaba encuentros con los grandes escritores, dramaturgos, actores y pintores de la época (además de poeta, Alberti era dramaturgo y pintor). Se distanciaron luego en gran parte por el trabajo del joven escritor, pero sigue siendo aun hoy imperecedero.

  “A la sombra del ángel” muestra esa personalidad apabullante de Alberti, un rebelde, inquieto, rompedor de esquemas, que no podía dejar de sobresalir con su melena blanca y sus camisas hawaianas, pero sobre todo por el encanto de su persona y su poesía que él iba declamando por el mundo. Siempre irreductible con el enemigo (vivió largos años en el exilio) era sin embargo amoroso con sus amigos, incluso con aquellos camaradas suyos de la generación del 27 con el mediaban, además de amores, resquemores y hasta odios.

  Su actividad más vistosa eran los recitales de poesía que repetía por todos los rincones de España a salas llenas. Estas actividades, además de reportarle algunas pesetas que él tanto necesitaba, le permitía un contacto directo con su pueblo, algo que a su espíritu extrovertido y a su consecuencia revolucionaria le era más necesario aun que las pesetas.

  Hay en el libro de Prado momentos especialmente llamativos, no sé si mágicos. Cuento uno de ellos:

  Como todos los grandes escritores de España, Alberti fue silenciado y ninguneado siempre. Fue el gran ausente de los premios, hasta que un día, ya por cansancio, le dieron el Cervantes. Antes de eso, en 1977, fue visitado por un enviado de la academia sueca quien le dijo que lo iban a proponer como ganador del Nobel conjuntamente con Vicente Aleixandre, el otro reconocido poeta, pero que para ello debía renunciar a la candidatura a diputado por el Partido Comunista. Alberti le respondió que nunca iba a traicionar a su partido. Entonces ese representante le hizo ver que si no dejaba ese puesto debía olvidarse del premio. El poeta no renunció a su puesto de candidato comunista y el Nobel se entregó a Aleixandre en solitario.

    Fue viajando con Benjamín en el carro de este, cosa muy corriente, que un chofer borracho los chocó mientras hacían un alto. A Alberti el accidente le cambió la vida. Al chofer ebrio, le costó solo la suspensión de la licencia por dos semanas. Sus múltiples lesiones lo redujeron a una silla de ruedas y esa reducción de su movilidad lo hundió en un hoyo profundo que de una u otra forma lo condujo a la muerte.

  Pero como Federico García Lorca, como Antonio Machado, como Miguel Hernández y como Pablo Neruda, Rafael sigue vivo. Perogrullada, sí, pero en este mundo de muerte y olvido hay que repetirlo siempre.

Los versos del Capitán

Manuel Delgado

En mi artículo “Todo Neruda” cometí la tremenda omisión de no mencionar “Los versos del Capitán”. Pasé olímpicamente del “Canto general” a “Las uvas y el viento”. ¡Vaya lapsus!

Demás está decir que es uno de los libros más leídos de Neruda y uno de los más encantadores. Lo cierto es que por su ubicación, su estilo y su contenido, él reafirma la madurez ha que ha llegado el poeta. Todo formado, como Atenea saliendo de la cabeza de Zeus con todo y armadura, Neruda se muestra en esa doble dimensión del cantor intimista y del luchador social. Esas dos facetas no son dos componentes contrapuestos en el poeta. Son, por el contrario, dos aspectos de su misma esencia humana, de su convicción teórica y práctica de que el mundo interior y el mundo social son uno, que su poesía tan solo acentuará ya un aspecto, ya otro, de esa personalidad dual pero única, sin abandonar ninguna de las dos.

Hay en torno a este poemario una serie de anécdotas que acentúan el furor que sentimos por él. “Los versos del Capitán” fue publicado, en 1952, de manera anónima, porque el poeta estaba terminando su relación con su segunda esposa, Delia del Carril, y comenzando su pasión con Matilde Urrutia, a quien fueron dedicados los poemas. Neruda pensó que ocultando su identidad haría menos daño a la esposa que estaba dejando.

Se publicó en Italia porque allí se habían establecido el poeta y su amada, y la edición solo tuvo 44 ejemplares, numerados y dedicados a algunos de sus amigos, como el novelista brasileño Jorge Amado, a escritores y artistas italianos como Visconti, Quasimodo, el dirigente comunista Palmiro Togliatti y otros. Lo curioso es que el primer ejemplar está dedicado, por supuesto, a Matilde; el tercero, a Pablo Neruda; y el segundo a una persona de apellidos Neruda Urrutia: era el hijo que soñaba tener y que nunca se hizo realidad.

Anónimo se siguió publicando en Argentina y Colombia hasta una década más tarde.

Dice mi cuñado César, dominicano de origen, que durante la dictadura de Trujillo, donde Neruda era visceralmente prohibido, el libro circulaba con toda naturalidad, como un ciudadano más. Claro, era anónimo.

BRINDO POR LA VIDA Y POR LA VIDA

Manuel Delgado

  Hay un libro de Pablo Neruda que no incluye ninguna antología. Fue publicado en Hungría en 1969 y más tarde por la editorial Lumen de Barcelona, sin fecha, aunque presumo que esa edición es el mismo año. Desde entonces se ha editado, sí, pero poco, así que es casi un libro raro y yo me ufano de ser uno de los pocos que lo poseen.

  Fue escrito a cuatro manos con Miguel Ángel Asturias y lleva el delicioso título de “Comiendo en Hungría”.

  No más imagínense a ese par de hartones recorriendo la geografía y la historia de ese país donde se come como en el mejor. Es una orgía de sabores y de poesía.

  Que esos dos escriban a la máxima altura es ya sabido. Lo curioso es que, prosas y versos de ambos, en lo fundamental, Asturias escribe en verso y Neruda lo hace en prosa. El primero demuestra que es un poeta de primera y Neruda hace salir ese exquisito don de prosista que lo acompañó toda la vida.

  Como se desprende del título, los autores hacen en estas páginas una degustación del arte culinario húngaro, muestra sus carnes y sus paprikas, cuenta la historia del asado y de la sopa y, por supuesto, hacen un periplo por sus vinos. Estaría renco si no recogiese de aquí y allá algunas recetas, como esa tan simple que nos indica cómo asar un buey entero. (Dentro del buey se coloca un cordero, dentro de este un ternerito, y dentro del ternerito un gallo capón. Cuando este último esté bien dorado, el buey estará listo para ser servido).

  Todo el libro es exquisito. Resalto de Asturias su “Alegato del buen comer”, una declaración de guerra a la comida chatarra y un canto a la buena mesa, la auténtica y natural. Y de Neruda “La copa grande”, un himno al vino: “Levanto la copa llena con el fulgor de Hungría, bebo en honor del sol y de la nieve, de la tristeza y de la dicha. Bebo por el amor y por el dolor. Bebo por el fuego y por la lluvia.”

TODO NERUDA

Manuel Delgado

Fue en Isla Negra, la última morada del poeta, donde decidí emprender una aventura completamente nueva: leer todo Neruda. Les cuento que fue eso, toda una inigualable aventura.

Generalmente se lee de un libro algunos poemas de manera más o menos desordenada, y los libros se escogen mucho al azar, tomándolos de distintas época o temáticas. Pero leer de corrido es otra cosa.

Lo primero es que leer así, en orden cada libro, página por página, abre ante nosotros la experiencia de una vida entera. Ante nuestros ojos discurre todo el proceso de maduración, de búsqueda incesante, de ir y venir.

Debe ocurrir con todos los poetas, pero con Neruda es más evidente el transcurso del tiempo histórico, el discurrir a los hechos: las guerras, las luchas, los dolores, las victorias populares. Su obra es una enciclopedia del siglo XX, un espejo del tiempo. Esta enciclopedia cubre una producción de dimensiones inmensas, muy desconocida para el común de los lectores, depositaria de un talento inigualable de observador sagaz. Neruda va por el mundo sintiendo el mundo, recobrando en cada nuevo hecho, en cada nuevo puerto, en cada nuevo acontecimiento, esa esencia de sí mismo que viene el sur lluvioso de su patria, de sus hermanos trabajadores en todos los ámbitos, de su naturaleza y del mar, ese amigo inseparable. En ese ir y venir desde el presente hasta el pasado, desde el mundo hacia el alma, desde el testimonio combatiente hasta el corazón enamorado, van surgiendo portento (libro) tras portento (otro libro).

Como Virgilio, nuestro bardo reúne en sí un enorme poderío lírico combinado con sus dotes de gran poeta épico, con sus poemas naturalistas, al estilo de las Geórgicas, y con su voz de profeta, de crítico activo frente al mundo (para no hablar de su talento dramático, género por el que pasó rápidamente, no sin éxito).

La aventura comienza con el furor de sus veinte años, viaje que desemboca en los “Veinte poemas de amor y una canción desesperaba” (perdonen las comillas, pero no hay de otra). Hasta allí la etapa de formación, una mezcla de estética postmodernista y primera vanguardia. Luego viene una transición forzosa, las “Residencias”, que es algo así como la “época azul” de Picasso: encantadoramente difícil, metafísicamente amarga, solipsista, pero que no deja nunca su resaca de madera y bosque chilenos. (Es muy interesante pensar que muchos poetas vanguardistas forjaron su poesía en París y llevan esa impronta. Nuestro poeta no. Él tuvo que batallar el Asia y en su trópico. Por eso en ellos hay un sabor, junto a la lluvia y la madera, a costa y a sal).

De pronto un volcán explota: es la “Tercera residencia”, que a partir de “Reunión bajo las nuevas banderas” va a cambiar la poética, pero también la vida y el destino del poeta. Lo otro nunca dejó de ser grande, pero era embrionario. Con la “Tercera residencia” la crisálida se hizo mariposa, y el niño emergió armado de hombre. Este soldado que nace con esta obra ya no lo abandonará jamás.

Un acontecimiento lo ha marcado como ninguno: la guerra civil española. Estará con los combatientes de la República en vida y en poesía y con ellos marcha primero al exilio francés y luego a México. Este último poemario contiene su “España en el corazón”, que es algo así como el Guernica de la literatura. Nunca abandonará esa causa que lo ha trasformado por completo.

Su vida y su poesía se vuelven a hacer carne en nuestra América en la abarcadora aventura del “Canto general”, un recuento del paisaje continental, de sus piedras y sus bosques, de su fauna y su habitante, del invasor español y de sus libertadores, de sus dictaduras y de la lucha del pueblo. Es el más grande retrato de nuestra historia jamás escrito. Es nuestra Ramáyana y nuestra Ilíada.

“Las uvas y el viento” es un libro apoteósico, un testimonio de ese mundo que nace de la tragedia de la guerra y empieza a levantarse en medio de las dificultades. Es el libro del optimismo posterior a la tragedia y de recobro de la fe. Es un testimonio de la lucha obrera en Europa y del nacimiento del nuevo mundo socialista en Europa oriental y Asia. A través de somos testigos de un mundo que no conocíamos o habíamos olvidado.

Pero pareciera que las cosas no han sido suficientemente bien descritas y hay que volver a ellas. A la rosa y la alcachofa, a la cerca de alambre de púas, a la papa, al maíz, al picaflor. Ese acercamiento tan profundo y tan sensible a las cosas más sencillas se recogen en los tres libros de las “Odas elementales”, uno de los grandes hallazgos de la literatura de todos los tiempos. Después de esos tres libros quedarán muchas cosas o miradas o perspectivas de ellas a las que volverá Neruda en obras posteriores, tanto en “Navegaciones y regresos” como en la mirada ornitológica de “Arte de pájaros” o la voz del geólogo-poeta en “Las piedras de cielo”. Son todas cantos a la naturaleza, pero sobre todo canto al hombre y la mujer desde la naturaleza.

Una cosa evidente en los libros de “Odas” es la constante justificación de su poesía, su arte poética. Como si tuviera algo de qué excusarse este maestro del combate y del compromiso. Pero sí, su poesía “comprometida” fue siempre objeto de rechazo y de burla de parte de muchos, de los academicistas, que se incomodan cuando la poesía se ensucia las manos con el barro del pueblo, pero sobre todo de los reaccionarios, que nunca han perdonado su compromiso revolucionario y su pertenencia al Partido Comunista. Como si el arte no fuera siempre “comprometido”, con la causa del hombre y de su lucha como en el caso de Neruda, con el desapego y el olvido, es decir, con el silencio frente al dolor y el crimen, como la otra poesía.

Con ese mismo “Con permiso” toma un recreo y vuelve a sus cosas, a su vida íntima llena de amores y de recuerdos. De allí surge “Estravagario”, un maravilloso álbum de viajes por sus viejos destinos físicos, por las ciudades y países, y por sus destinos interiores, sus amores y pasiones. Está comenzando su relación con Matilde, y de ella se nutre ahora su poesía.

Pero “cuidad de confundirlo con un místico ardiente” (Oda a Lenin): el poeta no se ha ido, está aquí, sigue con nosotros, en la marcha y en la huelga, se acompaña de las cosas simples y su compromiso político. Son las “Navegaciones y regresos” ya mencionado, que se alterna con los “Cien sonetos de amor” dedicados a su eterna Matilde, y con “Canción de gesta”, también de amor, la primera obra dedicada a Fidel y la naciente revolución cubana.

Arriba en lo alto, en una cordillera o un templo maya o inca, se enciende el fuego de la ceremonia. Es como una vuelta al “Canto general”, pero no en signo narrativo sino en canción litúrgica. “Cantos ceremoniales” es por eso uno de los más misteriosos y más encantadores de sus libros, que empata con “Plenos poderes” y que deriva en “Memorial de Isla Negra”, una especie de rendición de cuentas de una vida entera de aventura y compromiso. Su curriculum vitae escrito en verso. Con su casa a la orilla del mar la única relación que tiene es de ubicuidad, es que fue escrita allí, en los años reposados del poeta a su regreso a Chile. Acerca de esta edificación escribirá por esa misma fecha “Una casa en la arena”, una pieza maestra de la prosa (Neruda era un gran prosista), escrita como homenaje a esa alcahueta de sus sueños, sus versos y sus fiestas.

El poeta frisa los sesenta, y esa edad siempre viene cargada de pensamientos, de búsquedas de balances. De ellos nace una de las piezas más exquisitas, obra de orfebrería: “La barcarola”, donde dialogan los versos de su vida íntima con los que tratan de la historia y las relaciones sociales.

Con este poemario comienza la obra de madurez del poeta, el trabajo que lo acompaña hasta la muerte acaecida diez años después.

Nueve obras va a publicar el poeta en esta última década de su vida. Siete más quedarán sin ser llevadas a la imprenta. Fueron sacadas clandestinamente del Chile pinochetista y publicadas póstumamente en los meses que siguieron a su muerte. Son un total de 16 poemarios, más o menos uno cada siete meses. ¡Una productividad impresionante!

Esos 16 libros son una delicia. No puedo y no quiero decir cuál me gusta más. Cada uno con su característica específica, como si el poeta hubiera decidido siempre renacer de cero. Cada uno lleno de su propia riqueza verbal y rítmica, y un puño de ideas y sentimientos que rescatan y profundizan los temas de 40 años de labor literaria. En todos ellos, sin embargo, está el propósito de brindar una rendición de cuentas, adobadas con la nostalgia que debe producir la certeza de la cercanía de la muerte (ya mucho antes le habían diagnosticado el cáncer y todos sabían que el suyo era mortal).

“Manos del día”, “Fin de mundo”, “Maremoto”, “Aún”, “La espada encendida”, la ya mencionada “Las piedras del cielo”, “Geografía infructuosa”, “La rosa separada”, “Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena”. La penúltima es un bello canto a la Puerto Rico sacrificada en el colonialismo y ensalzada en su lucha. El “nixonicidio” es un libro delicioso. Es el último combate antes del golpe militar, del asesinato de Allende y de su propia muerte y viene a sobresaltar la tranquilidad de esos últimos momentos. “Amor, adiós, hasta mañana, besos!/Corazón mío, agárrate al deber/porque declaro abierto este proceso” (el proceso contra Nixon). Es la voz en tercetos que nos recuerda a Dante justo en las puertas del infierno.

Póstumos quedaron “2000”, “Elegía”, “El corazón amarillo”, “Jardín de invierno”, “Libro de las preguntas”, “Defectos escogidos”, “El mar y las campanas”. Todos son joyas. Algunos me llamaron especialmente la atención (sobre todo “El libro de las preguntas”, llenas de ingenio y furor). Todas cargadas de esa alma clara que, como el cisne, canta con amor al atardecer.

Las Obras Completas de Neruda me las encontré un día en una bodega y, como es de suponer, las hice mías. Leerlas ahora en su totalidad y orden cronológico ha sido toda una aventura que ya estoy pensando repetir con otros poetas. Pero cuidado, tengo un libro más de Neruda que no aparece en esta colección (jo,jo) y que espero reseñar en un próximo articulito.

A propósito del lenguaje inclusivo

Manuel Delgado

En esto de lenguaje inclusivo hay que cortar con bisturí muy fino. La cosa no es sencilla. Primero, porque la lengua es un ser vivo, y cosas que hoy nos parecen disparate se convertirán a la vuelta de algunos años en formas corrientes y normales de la comunicación humana.

Siempre que veo purismos yo me río. Yo detesto la RAE, primero por ser “Real” y yo odio la monarquía, segundo por ser una caverna de ayatolas inamovibles. Pero ni modo, hay que recurrir a ella. Recuerdo que la Gramática de la RAE de 1927 (que era una reproducción casi intacta de otra edición anterior) condenaba galicismos que hoy usamos lindamente. Garaje, avalancha, banalidad, bisutería, son algunos de ellos.

Me hace mucha gracia también los que levantan armas contra abreviaturas como q’ (qué o que), xq (porque o por qué) y otras. Lo curioso es que la Real Academia Española recoge muchísimos otros garabatos por el estilo, tales como Uds, Q.d.D.g., P.D., Sr., Sra., pág., FF.AA. y cientos más. Es muy posible que dentro algunos años aquellas u otras formas abreviadas de escritura sean perfectamente aceptadas y aceptables. Las modificaciones de la ortografía caduca de nuestra lengua es un anhelo de muchos desde hace mucho. Y esa ortografía, encadenada a la roca a hierro y fuego, cambiará, sin duda alguna.

Lo del lenguaje inclusivo es una demanda social que proviene de los cambios sociales que se están produciendo en el rol de los géneros en los últimos años. La lengua es un reflejo de las relaciones sociales y como tal los idiomas modernos, unos más, otros menos, reflejan en sus formas y estructuras las relaciones desiguales, de discriminación y de opresión, que se dan en la sociedad. El lenguaje estándar (“Real”) es inadecuado para expresar las relaciones sociales modernas. Lo he vivido en carne propia. Una vez la maestra de mis nietas envió una instrucción para los niños, y mi hija no sabía si mis pequeñas debían cumplirlas. Mi modo, la maestra tuvo que corregir: los niños y las niñas. En su abolición de la esclavitud, el padre Hidalgo tuvo que decir “esclavos y esclavas”, para asegurarse de que las mujeres no quedaran por fuera.

Lo mismo ocurre con los títulos académicos. Mi esposa tiene que protestar en cada conferencia. “Yo no soy ingeniero”, dice, y todos ponen los ojos en blanco. “Yo soy ingeniera”. Tengo médicas en mi familia que siguen llamándose a sí mismas “médicos”, como si ese problema no estuviera resuelto desde ya hace muchos años. (Sigue pasando con las maestrías y no oigo que nadie levante la voz. Las mujeres se siguen graduando de “master” o “máster”, es decir, de maestros. Deberíamos exigir que les otorgue el título de “magistra”, así en femenino). Hay quienes se molestan conmigo porque digo que Cervantes era un feminista. Pues bien, él usa el término “huéspeda”, femenino de huésped. Luego leí por ahí que en la Edad Media esas formas del lenguaje inclusivo eran normales en la lengua castellana.

Pero el problema no es lingüístico. Los enemigos del lenguaje inclusivo no protestan porque quieren defender el idioma. Si se tratara del sexo de las bacterias ni se enterarían. Su “lucha” no es por la lengua, es por su posición dominadora en la sociedad. Luchan en defensa del lenguaje sexista porque temen perder los ancestrales privilegios que les otorga la sociedad machista.

Y para ello se valen de algunos extremos del lenguaje inclusivo que son muy dudosos. Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, reconoce que la lucha por el lenguaje inclusivo es la “manifestación de una realidad que es la desigualdad del sexo femenino que se refleja en muchas cosas. Las herramientas de esa lucha son varias y una de ellas se ha centrado en el lenguaje”. Pero se refiere a esos “extremos” como “tonterías”.

Uno de ellos es el uso de la “e” como terminación de adjetivos y sustantivos: les muchaches, les trabajadores, etc. Acabo de estar en un concierto en Chile y la animadora, una persona muy seria, decía: “Amigos, amigas y amigues”. No me sonó nada ortodoxo y me puso en duda. Luego pensé que hay seres humanos masculinos, seres humanos femeninos y seres humanos que no pertenecen a ninguno de esos dos grupos. Eso está ya claramente aceptado por la ciencia. Los tres grupos estábamos representados en la audiencia de esa noche. Y a estos últimos, ¿cómo los vamos a llamar?

La lucha por la igualdad de género y los cambios que ella suscita no están ni muchos menos terminados. Entonces no se pueden pedir soluciones definitivas al lenguaje. Hay que tener tolerancia y paciencia. El idioma se irá adaptando a las nuevas realidades sociales y a las nuevas necesidades comunicativas. Y esto es una buena noticia.

Los Revueltas

Manuel Delgado

Mencioné en otra ocasión al poeta Santiago Papasquiaro, integrante del movimiento mexicano del infrarrealismo. En realidad, ese era su pseudónimo, que él toma de una pequeña ciudad del estado de Durango.

Infrarrealistas aparte, la ciudad es famosa por haber sido cuna de una familia única, la familia de los Revueltas. Fueron ocho hijos, pero allí nacieron solo los primeros. De esa retahíla, son muy famosos cuatro.

El primero es Silvestre. Muy jovencito, y para huir de la leva obligatoria provocada por la Revolución Mexicana, fue enviado por su padre a Estados Unidos, donde se convirtió en un compositor de renombre. Al volver a México a los 21 años se encontró con el vacío más insultante. Su obra, inspirada en el nacionalismo y basada en las tradiciones populares de su país, pudo permanecer viva solo por obra de un cuñado suyo, alemán de dinero, que promovió lo que nadie quería: la interpretación de sus sinfonías, ballet, piezas de cámara y demás. Hoy Silvestre es considerado uno de los grandes renovadores de nuestra música sinfónica. Murió a los 41 años, en 1940, solo, olvidado, pobre y alcoholizado.

El segundo hermano fue Fermín, un poco menor, que se fue al norte junto con su hermano buscando su sueño de ser pintor. A su regreso se convirtió en uno de los iniciadores del muralismo, con una temática, forma y recursos visuales similares a los de sus contemporáneos Rivera, Orozco y Siqueiros, que siempre lo consideraron un maestro. Fermín murió antes que Silvestre a la edad de 32 víctima del alcoholismo.

Como fue más larga, la vida de José fue más dolorosa. A los 17 años fue llevado a la terrible prisión de La Tres Marías por su rebeldía política. A partir de entonces si vida la pasó entre prisión y presión. En 1968 fue detenido acusado de la rebelión estudiantil y condenado a un cachimbo de años en la tenebrosa prisión de Lecumberri. Fue liberado después de una huelga de hambre que minó irremediablemente su salud. Murió en 1976.

José Revueltas es uno de los grandes escritores de México y Latinoamérica. La colección Archivos de la UNESCO, que escoge a un autor por país (García Monge representa a Costa Rica) lo escogió a él en el puesto de México con su novela “Los días terrenales”.

La cuarta joya es Rosaura, una muchachita de un talento que a todos nos deja con la boca abierta. Sin haber estudiado nunca para actriz, fue elegida para protagoniza la película norteamericana “La sal de la tierra”, basada en la historia de una huelga de mineros chicanos en EE.UU. Esa película se rodó con unos cuantos actores profesionales, pero el resto, en cuenta el actor principal, eran los mismos mineros, la gente del pueblo.

Antes de terminar la filmación, Rosaura y sus amigos fueron detenidos por el FBI. Ella fue deportada, otros terminaron en la cárcel, la película fue prohibida.

Una vez en México, terminaron lo que faltaba de la filmación, así como la edición, de manera clandestina. De contrabando la película fue metida en Estados Unidos, donde causó un inmenso revuelo. Terminó de hecho prohibida. Lo mismo ocurrió en México. Después de múltiples gestiones y campañas de prensa, se logró que un valiente dueño de una sala accediera a proyectarla por cinco días. Nunca más de volvió a poner. Pero la obra se convirtió en un hito mundial. Ganó premios de mejor película y mejor actriz en al festival de Karlovy Vary, uno de los más prestigiosos de esa época, y Rosaura recibió un premio especial de la Academia Cinematográfica de Francia.

Esta obra cosechó un éxito apoteósico en la República Democrática Alemana, donde Rosaura fue recibida como una heroína por las multitudes. Allí conoció de Bertolt Brecht, quien la invitó a trabajar en su teatro, el Berliner Ensamble. Terminó convirtiéndose en actriz principal de esa compañía (ella hablaba alemán perfectamente; lo había aprendido siendo adolescente sola en México) hasta la muerte de Brecht. La película puede verse en Youtube.

Pero en México la cubrió el silencio, el ninguneo, la desaprobación. Nunca más fue invitada a participar en una película y su teatro fue boicoteado. Ella, sin miedo alguno, dedicó sus esfuerzos a otro de sus talentos, la danza, y se convirtió en una de las renovadoras de la danza moderna en su país.

Alguien me hizo el inmenso favor de dejar en una compraventa un ejemplar de libro de Rosaura titulado “Los Revueltas” que es una delicia por todos lo ángulos. Le doy gracias a la vida por ese reglado. (El libro estuvo a la venta de Amazon pero creo que ya se agotó. Inténtenlo).

México lindo y querido, tan solidario con los perseguidos y los desamparados de otras naciones, ¿por qué fuiste tan cruel con estos cuatro genios de tu arte? (En la foto, Rosaura en “La sal de la tierra”).

Hasta siempre, Chepeleón

José León Sánchez.

Manuel Delgado

“M’hijito”, nos decía a todos. Parecía mentira que un hombre que llevaba tras de sí tanto dolor y tanta injusticia pudiera guardar (y expresar) tanta dulzura, tanta humildad y, sobre todo, tanto amor por la vida. A mí siempre me intrigó por qué Chepeleón me mostraba tanto aprecio. Luego llegué a la convicción de que era su forma normal de ser y de vivir, siempre y con todo el mundo.

Chepeleón es un símbolo, primero, de nosotros mismos, del fanatismo y falta de tolerancia que nos caracteriza, de nuestra poca solidaridad hacia el caído, hacia el más vulnerable. Fue sentenciado en un juicio dudosísimo siendo casi un niño, solo porque era pobre, huérfano, analfabeto, indígena. Cuando salió de la cárcel en 1980 tuvo que huir, porque aquí se moría de hambre. Esa inquina lo persiguió siempre. Una vez en México le ofrecieron trabajo, pero le demandaban un aval de una institución de enseñanza costarricense. Nadie acudió en su ayuda. Fue entonces que Alfonso Reyes, el gran intelectual mexicano, le tendió la mano y logró que el trabajo se le diera así no más, como se le da a un expatriado o a un huérfano.

Allí en México alcanzó la cúspide de su victoria. Ya era grande, pero allí empezó a peinar sus greñas con las nubes, como hacen los gigantes. Él se decía “un mexicano nacido en el país más bello del mundo”. En esa nación solidaria y acogedora produjo lo mejor de su obra. Allí publicó en 1986 “Tenochtitlan” (perdonen las comillas), en mi opinión una de las mejores novelas costarricenses, digna de compartir mesa con los grandes latinoamericanos.

Esa obra se convirtió un icono en México. Dice una anécdota que una vez Chepeleón andaba paseando por la Ciudad de México y oyó a una joven guía turística explicando a un grupo de visitantes cómo había sido la toma de la ciudad por parte de Hernán Cortés. El escritor se le acercó y le dijo:

— M’hijita, permítame decirle que eso no fue así.

Ella respondió:

— No, señor, así fue como lo digo. Yo lo leí en el libro de José León Sánchez.

Allí en México publicó otras obras célebres, como “Campanas para llamar al viento”, ambientada en Baja California, y “Mujer, aún la noche es joven”, acerca de la vida de Agustín Lara. Esta último, por cierto, se publicó llena de faltas de tipografía, tantas que la editorial recogió toda la edición y tuvo de hacerla de nuevo. Le pregunté qué había pasado a su correctora, una profesional maravillosa en todo sentido, y ella me dijo que lo que había pasado es que José León había mandado el casete equivocado. ¡Vaya error!

Lo visité varias veces en su casa de San Rafael de Heredia. Tenía allí, en el fondo de la finca un cuartito, su biblioteca y estudio, al que su hijo llamaba la Egoteca, y donde guardaba sus trofeos, entre ellos una botella de un tequila que llevaba su nombre. Lo más curioso es que en la pared del fondo él tenía sus libros fijados a la pared con un gran clavo cada uno. ¡Genio y figura…!

Tengo varios autógrafos de él que guardo como el tesoro que son. Uno de ellos se emocionó siempre mucho. Dice: “A Manuel, el amigo de mis tiempos malos”. Cuánto hubiera deseado haberle dado más. Él y yo sabemos que hice lo que pude, sobre todo que lo llevaré siempre en mi corazón.

Hasta siempre, Chepeleón. No olvides que te amamos.

EUROBONOS

Manuel Delgado

En la era del Thanksgiving, lo patriótico es comer pavo y estar a favor de los eurobonos. O al revés, estar contra los eurobonos es ser antipatriota. Como me ha ocurrido tantas veces en mi vida, resulta que he terminado cayendo en las fosas oscuras de este último partido. Antipatriota, antieurobonos, suenan como a hereje, impío. Masón decía mi abuelita.

La derecha nos ha metido en su lógica, y su visión del mundo es la única verdadera, educada, digna de mostrarse en público.

La discusión se ha desviado a cuánto (¿3.000 millones? ¿Y por qué no 2.500, o 3.275, etc.)? Se olvida el fondo del asunto: más deuda es más carga fiscal, que al fin y al cabo será pagada con los impuestos que pagan ya sabemos quién.

En la discusión, se ha dejado de lado el fondo del problema, que consiste en una vulgaridad de miles y miles de millones (2.400 millones de millones) que se evaden cada año, amén del contrabando y el lavado. Ya de eso nadie habla. Hasta el día de hoy no se ha avanzado ni un centímetro en la meta de acabar con ese robo descarado.

Por último, si los bonos son ya irremediables (como tomar Coca-Cola e ir el estadio los domingos), entonces debería condicionarse: eurobonos para pagar deuda con la CCSS, eurobonos a cambio de reducir la evasión, eurobonos a cambio de aumentos de salarios al trabajador, eurobonos para aligerar esta carga que ya no aguantamos, y no cheque el blanco para que los de arriba sigan comiendo pavo tan tranquilos.