El Movimiento Poético Mundial invita al público general a formar parte de la actividad: “Acción Poética por Gaza” este martes 10 de junio a las 7:00 p.m. en el restaurante Lobo Mestizo ubicado en San José.
Escribo este texto con un propósito claro y necesario: denunciar un episodio de violencia simbólica y cibernética que trasciende lo personal y pone en evidencia una práctica ilegítima para el pensamiento crítico, la ética literaria y la integridad de los espacios culturales en Costa Rica.
El 30 de mayo de 2025 fui agredida, a través de las redes sociales de Facebook, por el poeta Ignacio Aru (José Ignacio Arias Ruiz). En una intervención pública, a propósito de un comentario propio al poeta Randall Roque —sin haberme dirigido a él ni provocar su reacción— Aru me respondió con un ataque verbal cargado de desprecio. Entre más de 25 personas que conformamos el “Movimiento Transparencia”, eligió señalarme directamente con expresiones denigrantes: “Paola Valverde, a usted el ácido le espumea hasta en las sienes”. Posteriormente: “usted ni con tres libros medianamente iguales se gana un premio. Debe ser frustrante, lo entiendo”.
¿Qué prácticas permitimos cuando toleramos este tipo de violencia simbólica y cibernética en nombre del accionar literario? ¿Qué implicaciones legales y éticas existen para una comunidad de escritores y lectores cuando la palabra se utiliza para lesionar y deslegitimar en lugar de construir y argumentar con presentación de hechos y pruebas? Estas preguntas no solo interpelan mi caso personal, sino el contexto más amplio del campo literario costarricense, en donde los premios, los afectos, las redes de poder y los silencios se entrelazan en formas que muchas veces excluyen, violentan y corrompen mediante padrinazgos.
No hablo desde el anonimato, ni desde el rencor. Denuncio desde una trayectoria de más de veinte años, construida con libros, talleres en cárceles y escuelas, acciones y compromiso con la poesía como oficio y forma de vida. Nunca he utilizado perfiles falsos, ni he manipulado los márgenes de legalidad de las bases de concursos literarios. Cada vez que he alzado la voz, lo he hecho de frente, con documentos en mano, con publicaciones reales, con registros verificables. La equidad le exige, a quien denuncia, hacerlo con la misma integridad.
En estos años he participado en concursos literarios porque representan una oportunidad, no una consigna. Por eso, he sido finalista, he obtenido menciones honoríficas y un premio. Todo ello bajo medidas éticas y profesionales. Mis libros existen. Están publicados. Tienen trayectoria editorial, crítica y lectora.
Lo que se espera de cualquier certamen literario financiado con fondos públicos es claridad en sus bases, transparencia en su aplicación y respeto a quienes compiten con honestidad. No es suficiente cumplir con la letra: también hay que sostener el espíritu ético de lo que hacemos. Y en eso, muchos de los que callan han fracasado. Si quienes escribimos desde la ética callamos, el campo será cada vez más hostil para quienes no aceptamos ni el amiguismo ni la humillación como norma.
Ignacio Aru no solo me insultó a través de un espacio cibernético público: desplegó un mecanismo de deslegitimación que apunta a una tendencia más amplia, la de castigar a quienes no callan, a quienes no se alinean con las redes de privilegio, a quienes creen que la poesía no se debe a los favores sino al lenguaje.
Escribo esto no para competir, sino para ejercer mi derecho a responder con dignidad y profundidad a un acto injusto. Porque si uno de los premios estatales más significativos que tenemos los escritores —el Aquileo J. Echeverría— se entrega en un entorno donde la trampa es tolerada y la denuncia es castigada, estamos frente a un problema estructural.
Siempre he trabajado por la poesía y lo seguiré haciendo. La palabra tiene historia. Y la historia tiene peso. Mi conclusión no es amarga, sino lógica: si permitimos que la agresión suplante al argumento, la literatura pierde su poder transformador y se vuelve arma para quienes se sienten impunes. Y eso, como comunidad, no lo podemos permitir.
Estoy donde está mi corazón. Y mi corazón está con la poesía que no negocia su dignidad.
Costa Rica, junio de 2025
SURCOS comparte la biografía de la escritora:
Paola Valverde Alier (Costa Rica 1984).
Poeta y gestora cultural. Dictó el taller literario del centro penal C.A.I. La Reforma (2002-2006). Fue productora general del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica (2015-2016). En 2019, dentro del marco de la Feria del Libro de Costa Rica, fue directora de los encuentros Canto a la Semilla y Fuego Cruzado, organizados por la UNESCO y la Cooperación Española. Actualmente es productora general de las lecturas de poesía que se llevan a cabo en el Teatro Nacional de Costa Rica a través del movimiento Palabra y Punto. Ha publicado: La quinta esquina del cuadrilátero (Ed. Cartonera Tuanis, Costa Rica 2010, Ed. Arlekin, Costa Rica 2013, Ed. Lápices de Luna, España 2016 y Ed. Cartonera Tica, Costa Rica 2019 y Ed. Nueva York Poetry Press, EEUU 2025); Bartender (Ed. Perro Azul, Costa Rica 2015); Las Direcciones Estelares (Ed. Amargord, España 2017); Cuando florecen los cactus (Ed. Amargord, España 2019); El Entrenador de Palomas (Costa Rica, 2019); Yesca para el fuego (Ed. Perro Azul, Costa Rica 2024).
El Ministerio de Cultura y Juventud, mediante la Benemérita Biblioteca Nacional y Poetas y Medio Ambiente le invitan al recital virtual de poetas nacionales e internacionales Poetas y Medio Ambiente, con la participación de Guillermo Acuña (Costa Rica), Leticia Luna (México), Christianne M. Tablada (Nicaragua), Arabella Salaverry (Costa Rica), Blanca Emmi (Uruguay), Mia Gallegos (Costa Rica), Brenda Solis (Guatemala), Minor Arias (Costa Rica), Miguel Fajardo (Costa Rica), Carlos M. Castro (Estados Unidos), Juan Mata (Costa Rica), Alejandro Madriz (Costa Rica) y Mario Alberto Marín (Costa Rica)
Esta actividad es parte del VII Encuentro Internacional Poetas y Medio Ambiente.
El Ministerio de Cultura y Juventud, la Academia Costarricense de la Lengua y el Teatro Nacional organizan la actividad denominada “Miércoles de literatura, poesía y diálogo”.
La actividad será desarrollada en el Teatro Nacional el 4 de junio a las 6:30 de la tarde. Además, contará con la participación del Dr. Arnoldo Mora Rodríguez. El espacio presenta el tema “El Boom de la novela latinoamericana”.
La actividad busca reconocer los aportes de la literatura y la poesía latinoamericana en el fomento de la cultura en la región.
La Embajada de Guatemala en Costa Rica y el Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Benemérita Biblioteca Nacional, se complacen en invitarle a la presentación del libro Exento de poesía 116 dedazos de una vida del escritor guatemalteco Fran Lepe.
La actividad será presencial el miércoles 30 de abril a las 4:00 p.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional. También se transmitirá por el Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/
Marco Aguilar, declamando. Cortesía: Roberto Barahona.
Hace apenas un mes, el 1° de marzo, nos reunimos en Turrialba, en una sala de la casa del amigo Roberto Barahona Camacho —que fuera un aposento del antiguo restaurante La Feria—, para presentar de manera oficial, de parte de la Revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Costa Rica, el dosier o suplemento Un tributo a Marco Aguilar, poeta tan turrialbeño como universal.
A dos años exactos de su partida —ocurrida el 3 de marzo de 2023—, ese fue un convivio al que concurrimos varios miembros de su familia y amigos cercanos, más algunos poetas, gestores culturales e intelectuales de la localidad. En él, de manera distendida y espontánea, esa hermosa tarde de sábado evocamos la amada memoria de Marco, al narrar anécdotas, declamar sus poemas, o conversar acerca de su vida y su obra, cuyos aspectos esenciales conforman el citado dosier.
Mientras escuchaba las numerosas intervenciones que hubo, se me ocurrió que hay una dimensión poco o nada conocida de Marco, como lo es su profundo y sentido interés, con visos de veneración, por aquellos hombres y mujeres que hace 169 años —de marzo de 1856 a abril de 1857— empuñaron las armas cuando la patria se vio amenazada por las hordas filibusteras que, lideradas por William Walker, deseaban implantar la esclavitud en Centroamérica y anexar nuestros países a EE. UU. Y es por eso que, pocos días después, me di a la grata tarea de recopilar lo que Marco escribió al respecto —que no se limitó a la poesía, como se verá pronto—, y que aparece a continuación.
Dos poemas de la juventud
Al hurgar en su acervo poético, se percibe que, aunque quizás haya algunos materiales inéditos, escribió tres poemas directamente relacionados con la llamada Campaña Nacional contra los filibusteros. Eso sí, el primero y el segundo de ellos no figuraron en ninguno de sus poemarios, aunque fueron compilados en el libro Otra reunida de Marco Aguilar (EUNED, 2009).
El primero corresponde a un soneto, intitulado 56, el cual data de 1964. Se centra en la figura del héroe nacional Juan Santamaría, a quien de manera acertada llama Juan de Fuego, por el osado y valeroso acto en el que, durante la batalla de Rivas, Nicaragua, tea en mano y al precio de su vida, quemó el mesón o albergue donde se guarecían los altos mandos del ejército filibustero, incluido Walker, quien pudo escapar después, en la madrugada.
Por su parte, el segundo, denominado La ruta de la pólvora, es mucho más extenso, pues consta de seis estrofas. En él se retrata el apacible país que éramos, de maizales y cacaotales, así como de cálidas y fragantes panaderías, antes de ser agredido por el invasor Walker, al igual que describe la bravía y gallarda respuesta de sus hijos para ir a defender la patria, a la vez que advierte que el filibusterismo, aunque agazapado, sigue vivo por aquí, entre tanto entreguista. Dicho poema está fechado el 1° de mayo de 1966, al conmemorarse el 109 aniversario de la rendición de Walker; circuló en el semanario Libertad, órgano del Partido Vanguardia Popular, para el cual Marco —en sus años de militancia en la izquierda— trabajaba como corrector de estilo, según me lo contó una vez.
Esos poemas dicen así:
56
Eran tiempos de sangre y agonía. La pólvora quemaba, se quemaba, y por quinientos mares navegaba el trapo negro de la piratería.
Como siempre, del Norte nos venía una jauría de filibusteros. Pero a quemar sus huesos traicioneros ¡llegó el incendio con Santamaría!
Llegaste, Juan de Fuego, con la muerte y con los tigres y con las panteras ¡y entonces no pudieron detenerte!
Los enterraste bajo las banderas, te dieron plomo y plomo hasta la muerte ¡y tu muerte impidió que te murieras!
Busto de Juan Santamaría. Foto: Luko Hilje
La ruta de la pólvora
1
¿Qué queréis? ¿Que repita la simple ocupación de aquellos tiempos? Los maizales temblando tiernamente bajo el azote de los aguaceros; los cacaotales habitados de reptiles profundos. ¿Queréis que os diga cómo eran las ciudades sobre todo en la noche, cuando todas las puertas se cerraban? Sólo los hornos de las panaderías, entonces, conservaban la luz, la calentaban. Había un olor a pan en todas las esquinas.
2
Y entonces vino Walker. Sus soldados conocían el sonido de la sangre, la conocían humedeciendo el polvo, enrojeciendo libros, documentos. Los soldados de Walker se conocían la sangre de memoria.
3
Pero desde los oscuros cacaotales, de los hondos talleres ciudadanos fue saliendo un ejército, creciendo, y dejaron de oler a pan las calles.
4
¡Maldito el hombre por cuya culpa las panaderías cierran sus puertas anchas y sus hornos, los niños se nos ponen pensativos, profundos, las campanas se vuelven alarmantes y las muchachas niegan a las calles la luz altiva de su adolescencia! ¡Maldito William Walker!
5
Luego fue lo demás: el camino durísimo, las piedras, los rifles que aún no pronunciaban su palabra mortal, definitiva. Y aquella angustia, al fin, de la batalla. Ver al vecino doblarse suavemente a la tierra humillada. Y de inmediato se incendió la tea, porque a los pueblos nunca les faltará un Santamaría. No era sólo la tea. ¡Era el brazo también, que se quemaba! ¡Era la patria en pie sobre las llamas quemando al invasor, dándole fuego con un brazo tenaz, desesperado!
6
Muchos dicen que ya no quedan más filibusteros. Sin embargo, yo los veo diariamente buscando empréstitos, zalameros, hipócritas, disfrazados tal vez de embajadores. Y comprendo que un día volverán con la metralla; nuevamente los niños en las calles cesarán de jugar y entonces todos cerraremos las casas, los talleres, y andaremos la ruta de la pólvora, andaremos de noche un camino de teas incendiarias ¡para reconquistar lo que nos han quitado!
Un poema de la madurez
Ahora bien, el tercer poema de Marco tiene una génesis muy diferente de los dos previos, y sumamente grata, de la cual puedo dar plena fe.
Esto es así porque, aunque durante mis años de residencia en Turrialba nunca dialogamos acerca de los hechos y los personajes de la inmarcesible Campaña Nacional, una vez que me jubilé y pude dedicar tiempo a estudiar esta gesta —tan determinante y significativa en la historia patria—, era una cuestión recurrente en nuestras conversaciones en el ahora añorado restaurante La Feria, en mis visitas a Turrialba.
En efecto, como lo narro en el artículo Seis poetas le cantan a don Juanito Mora (Nuestro País, 30-IX-22), hace unos 15 años le propuse a la dirección de la Revista Comunicación que publicáramos un número dedicado a los tres principales líderes de la Campaña Nacional: don Juanito, su hermano el general José Joaquín Mora Porras, y el general José María Cañas Escamilla. Me comprometí a coordinarlo y, con la ayuda de varios compañeros del grupo cívico La Tertulia del 56 y otros patriotas, en 2010 culminamos con éxito ese proyecto, plasmado en el número monográfico Héroes del 56, mártires del 60: los hermanos Mora y el general Cañas.
Cabe destacar que en esa ocasión, al compilar los poemas existentes, me percaté de que tanto Jorge Debravo como Alfonso Chase habían publicado sendos poemas, intitulados Invocación a Juanito Mora y Don Juan Rafael Mora, respectivamente. Por tanto, se me ocurrió que para mi artículo Un manojo de poemas para los tres próceres, sería lindo incluir un poema de cada uno de los principales miembros del célebre e innovador Círculo de Poetas Costarricenses, que en el decenio de 1960 socolloneara los cimientos de la lírica nacional.
Eso sí, me faltaban cuatro de ellos: Laureano Albán, Julieta Dobles Yzaguirre, Arabella Salaverry y Marco. Por fortuna, como los conocía a todos, no tuve pena ni reparo en abordarlos, para solicitarles su ayuda en esta causa patriótica.
Asimismo, como en ese momento no había tanta urgencia, y la inspiración poética no puede ser forzada, sino que es un acto totalmente espontáneo, les di el tiempo necesario para concebir sus poemas. Al final, llegaron a mis manos los respectivos poemas, que se intitularon Juanito desconocido, Invocación a don Juanito, Juanito Mora esperanza, y Hamacas y cañones. Por tanto, las voces de estos cuatro poetas y dos poetisas quedaron fusionadas con las de Graciliano Chaverri, Román Mayorga Rivas, Jenaro Cardona, Carlos Gagini, Carlomagno Araya y Arturo Echeverría Loría, quienes mucho antes habían cantado a nuestros próceres.
Don Juanito y José Joaquín Mora, más el general Cañas. Autor: Carlos Aguilar Durán
En fin, ese fue el origen de este poderoso poema de Marco, el cual aparece a continuación:
Hamacas y cañones
Solo los de la casa podían decirle Juan, quiero decir sus padres y unos pocos parientes. Nosotros no pudimos, sencillamente porque no nos salía. Viéndolo por la calle, viéndolo detrás de un mostrador o inclusive detrás del escritorio de la Presidencia, para nosotros era siempre Juanito, no tanto por su mínimo tamaño sino por el cariño que todos le teníamos. Le tenemos. No podemos negar que era bajito, tal vez de la estatura de Bolívar. Todos supimos siempre de sus cosas, su ser ligeramente deshonesto en cosas de negocios, esa mala costumbre de favorecer en algo a sus parientes como era lo habitual en esos tiempos. Pero pasó algo extraño con Juanito: que comenzó a crecer siendo ya adulto. ¡Qué curioso! Todos nos sorprendimos al mirarlo unos cuantos centímetros más alto el formidable día de la Proclama, y se mantuvo así hasta la hora en que echó a caminar con sus soldados en el seco verano de ese año, ese viaje impensable para otros. De inmediato vimos que había crecido nuevamente y estuvimos hablando del asunto. Pero hubo muchos que se quedaron cómodos sorteando en sus hamacas los calores y soñando en la muerte de Juanito. Siempre han estado allí, siempre a la sombra pero de vez en cuando se levantan de sus sueños malditos viendo cómo lo ensucian, ellos, los que nunca supieron defender con un rifle las fronteras amadas que cuidan de sus hijos, haciendas y mujeres. Los que no merecían ni merecen tener hijos, esposas, mucho menos que los sepulten en esta misma tierra. Y todavía se levantan de nuevo después de tantos años los mismos descastados, los mentirosos llenos de lagañas, los que nunca pudieron ni pueden ni podrán reducir un milímetro la altura de Juanito ni borrarle ese brillo de los ojos. Porque nadie, nadie puede negar que fue valiente. ¡Ah, cómo soñaría William Walker acertarle aunque fuera un balazo, un único balazo, un solitario balazo en la cabeza y observar su cerebro destrozado, su sangre irreprochable en media calle! Pero ese no era el destino de Juanito y por cada balazo que lo erraba crecía por lo menos dos milímetros. Parecía indestructible: no se ahogaba, no caía del caballo ni lo mataba el cólera. ¡Era enorme! Pero él y sus soldados derrotaron a un enemigo sólido, tangible, y más tarde perdieron la batalla frente a alguien tan pequeño que no pudieron ver jamás pero que los mataba: una bacteria. Y sin saberlo, le traían la peste a sus familias como un regalo trágico del viaje. Nunca hubo en la historia de los pueblos desfile victorioso más lleno de tristeza, con las carretas llenas de cadáveres, patrióticos cadáveres que nunca más levantarían un rifle, sostendrían un arado, cosecharían los frutos de la tierra. Con todos ellos se devolvió Juanito y por todos lloraba. Al poco tiempo tuvo que exiliarse, cuando sus enemigos se fortalecieron; pero no soportaba vivir lejos y pronto regresó, creyéndoles a los traidores, a los mentirosos. Muy tarde comprendió lo que pasaba y entonces fue más alto que ninguno: no suplicó, no se puso a temblar cuando escribió las cartas, no maldijo. Lo fusilaron y él aceptó su muerte como aceptó su vida: de pie frente a las balas. Por desgracia esas balas sí acertaron. Todas, todas. Ni una sola falló. Pero como eran nuestras, las recibió con gusto.
Marco como prosista
Aunque menos conocida esa faceta suya, Marco también escribió prosa —bastante de ella inédita—, entre la que figuran numerosos artículos de opiniónpublicados en la hoy extinta Revista Lectores, fundada y dirigida por el periodista turrialbeño Luis Alejandro Romero Zúñiga; posteriormente se le bautizaría como Turrialba Desarrollo.
En cuanto a la Campaña Nacional, ahí él escribió un artículo intitulado Los hijos de las peñas,en el cual argumentaba lo siguiente:
“Decía el maestro Joaquín García Monge que «no somos hijos de las peñas», para significar que tenemos arraigo en esta tierra; quiero decir, padres, abuelos y bisabuelos enterrados aquí. El apego, que llaman. Pero, por desgracia, algunos compatriotas desnaturalizados no lo entienden así. De las maneras más cobardes y sucias, pretenden apearse a Juanito y compañía del justo pedestal en que los hemos puesto. Con mentiras, con “bromas” y chistes desafortunados intentan desprestigiarlos, ensuciarlos, demeritar su hazaña y su grandeza. Incluso se han atrevido a meterse con Juan Santamaría, negando su existencia o ridiculizando su muerte heroica. Dios los perdone”.
Antes de continuar, es pertinente indicar que Marco inició dicho artículo con la siguiente advertencia: “Hace tiempo he tenido la curiosidad de preguntarle a alguno de mis amigos historiadores cuáles son los hechos más detestables en nuestra vida como nación. Sería bonito levantar una lista de lo más sucio y lo más cobarde que hemos hecho los costarricenses. Esas cosas por las cuales se nos cae la cara de vergüenza, a pesar de los años transcurridos. Aunque, viéndolo bien, no tendría nada de bonito, pero sí sería muy instructivo. Porque de eso se trata: de aprender”.
Y, tras referirse a otros hechos deleznables, relataba que “En estos días se cumplen 150 años de un fusilamiento muy diferente: el de don Juanito Mora y el general José María Cañas en Puntarenas, uno de los acontecimientos más asquerosos de nuestra historia. Perdón, asquerosos no es la palabra, pero en este momento no se me ocurre una más dura. Más insultante. Los valientes patriotas que condujeron a nuestras tropas en su hora más brillante, los que derrotaron a William Walker, esclavista maldito. Los que nos llenaron de orgullo y dejaron con la boca abierta a los filibusteros, que jamás esperaban encontrar combatientes tan dispuestos a morir por la patria. Nuestros mejores líderes fusilados por sus mismos soldados. ¡Vergüenza, deshonor! No hay abrasivo, detergente ni ácido que borre esa mancha. No habrá perdón para los asesinos”. Y, a continuación, afirmaba: “Pero a los que piensan que estas son cosas de otros tiempos, les tengo una noticia: estamos llenos de filibusteros y partidarios de filibusteros. Por desgracia nacidos en Costa Rica, con cédula y a veces pasaporte costarricense”.
Y, para concluir, de manera contundente, señalaba: “La historia debe servir para mejorar, para corregir los errores del pasado. La historia no debe ser arqueología, sino lección de vida. Tanto las cosas que nos enorgullecen, como las que nos llenan de oprobio, deben ayudarnos a corregir el presente y alumbrarnos el camino futuro. Pero esto no siempre funciona así: me cuentan que en un colegio privado de San José no conmemoran el 11 de abril, pero el 4 de julio hacen una Asamblea para explicar a los alumnos el significado de esa y otras fechas importantes para Estados Unidos. Al parecer, algunos profesores llaman a nuestra celebración «el día del empujón», en relación con el cuento de que el soldado Juan no fue voluntario, sino empujado por algún bromista, uno de esos chistes que solo les pueden hacer gracia a los que no tienen patria. Y solo ellos se ríen, los descastados, como se hubiera reído William Walker. Estos especímenes no merecen llamarse costarricenses”.
El Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Benemérita Biblioteca Nacional y World Graphics, se complacen en invitarle a la presentación del libro Animal difícil/Difficult Animal poemas de Víctor Hugo Fernández con transversiones al inglés de Michel Pharand. Participan en la actividad Álvaro Mata Guille, Guillermo Fernández y Víctor Hugo Fernández.
La actividad será presencial el lunes 31 de marzo a las 4:00 p.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional. También se transmitirá por el Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/
El pequeño Teo cruza sigiloso por donde estamos tallereando. En ese momento hablábamos de las dimensiones críticas en los procesos de movilidad humana en la región centroamericana.
Teo transita. Entre jaguares. Entre cabezas de jaguar. Su movilidad es otra: es la de la certeza de un espacio seguro, resistente, lleno de color. Estos si son jaguares de verdad y no los de la ignominia comercialoide y esquizoide de cierta figura presidencial centroamericana.
“Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos, sería el tenue faro buscado por mi niebla”.
Fueron dos días. 48 horas de una intensidad que no había experimentado en años. Abrazado por ese fuego profundo de la organización cultural salvadoreña denominada Cabezas de Jaguar, caracterizada por el ritual, la solidaridad, la colectividad, me dispuse a dejar sentir en mi cuerpo todas las emociones que se pueden experimentar, cuando arte y encuentro son una misma cosa.
Llegué a un país con muchas dimensiones y aristas durante estos días.
Converso entonces con un buen café en la mano, con mi querida amiga, poeta y artista plástica salvadoreña Liza Alas Posada sobre su trabajo desde el arteterapia como forma de acompañar subjetividades e historias.
Pero también miro otras preocupaciones durante mi breve estancia en este país. La discusión sobre la minería metálica está presente. Observo carteles con el “ No a la minería” y pienso en el destino común de nuestros pueblos, su defensa por el medio ambiente y la autonomía. Los negocios con los recursos de todos están a la orden del día.
Pienso en la minería metálica. Pienso en la defensa del Refugio de Vida Silvestre mixto Jairo Mora-Gandoca Manzanillo en el Caribe costarricense. Los intereses espurios son los mismos: solo cambian de territorio y de ropaje. Se vienen tiempos aún más duros en ésta Centro América que somos.
Y en ésta Centroamérica que somos cooperamos con el horror. En esas horas breves, altas horas de la noche vividas en ese pequeño país del mundo, escuché la indignación en la voz de Tania, que junto con Moisés pregonan la necesidad de juntarnos y abrazarnos en colectividad. Ellos empujan Cabezas de Jaguar con todo lo que tienen, que es poco pero mucho al mismo tiempo. Por eso el pequeño Teo es feliz. Y lo sabe.
Su indignación es la de muchos: los vuelos de la vergüenza con venezolanos deportados aterrizando El Salvador, la transacción de vidas, el alto precio con tan poco de dignidad. De eso, precisamente de eso mismo tuvimos nuestra ración en Costa Rica hace tan solo unas pocas semanas.
Que poco somos. Que desvergonzados.
Yo el iluso. Pensaba que viajaba solo por 48 horas, a presentar mi nuevo poemario publicado por el proyecto cultural y editorial salvadoreño “La chifurnia”. Pensaba yo que iba a buscar mis “Almas pequeñas” y lo que traje fueron palabras e imágenes grandes, detonadoras, epidérmicas.
Me traje el abrazo de Otoniel, que sigue creyendo en mi poesía, de Kike, de Alfonso. Con ellos, hermanos en la palabra, he crecido como poeta. Como cultivador de la palabra. Me traje el afecto de Melvyn, atrapasueños con su cámara y su particular forma de mirar la vida. Con él he crecido como comunicador. Me traje un nuevo amigo centroamericano en la calidez de Abrego y su servicial forma de mostrarse ante este poeta.
“Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio”
En el taller, aquel cruzado por el pequeño Teo, pregunto por la despedida. Qué hacer si me dicen que debo dejar mi hogar forzadamente. Diego Josué escribe. Escribe Amparo. Jaime piensa y escribe, Joel se contrae y escribe. La colega socióloga Remy lo mismo hace.
Luego de seis años de percutir músculos de sensibilidad a través del taller que ahora denomino “Hacia una pedagogía del yo migrante”, llegué a una estación fronteriza bizagra. Porque lo que ellos me dieron en una hora y media de conversación, poesía, lectura y reflexión ha sido de las cosas más conmovedoras que registra mi corazón al compartir este ejercicio.
Lo llevo, lo llevaré conmigo. Para siempre. Por si acaso, valgan las palabras de Diego Josué, que empezó a temblar no más empezado el taller:
“… esta carta no busca ser una despedida. Más bien un hasta pronto pues hago esto con el fin de volver con ustedes una vez me encuentre bien económicamente para ser yo, quien se supone que debo ser. Tengo poco tiempo pero mucho corazón, un corazón que late para ustedes”.
Este taller, espacio de emociones me confirma el camino correcto, trazado luego de 25 años de academia a la que empiezo a agregarle el arte como color para que sea útil, ayude a cruzar en los cuerpos y las racionalidades este tema que no se contiene en las estadísticas y las teorías.
El arte es ciertamente ese espacio que mueve, afina, desagrega, construye. Por eso la intensidad de 48 horas compartidas con el artista plástico costarricense Juan Carlos Chavarría, quien desarrolla un mensaje de paz a través de sus obras hechas a base de armas incautadas al crimen organizado en Costa Rica.
De Juan Carlos pertenece la obra de portada de nuestras “Almas pequeñas” denominada “plegaria con Luna” y tuvimos la posibilidad de hacer sinergia con nuestras creaciones. Con él viene pronto una maravillosa alegría de coincidir en la que piezas plásticas y textos tomaran distintos escenarios. Emocionados por eso. El arte hermana. Junto a Juan Carlos su compañera Jannid, la “macha” cómplice de todo cuanto crea, piensa e impulsa. Con ella vivimos esos momentos de profunda conexión.
Por eso también abracé la posibilidad de escuchar y unir trabajo durante esas pocas horas, con el cantautor salvadoreño Gilber Cáceres, creador de una de las piezas de culto en aquel país llamada “Sencilla y Frágil”. En su voz he escuchado una de las mejores versiones musicalizadas de “Poema de amor”, ese himno profundo que Roque Dalton le dedicara a sus compatriotas en exilio.
Casi en las últimos momentos de nuestro periplo, vivimos con intensidad absoluta una presentación de Gilber en San José de Verapaz, pueblo ubicado a dos horas de San Salvador. Previo a este concierto, Aldo y los muchachos y muchachas del proyecto cultural “Chavorrucos” organizaron un conversatorio sobre la experiencia creativa, en el que pusimos nuestra caja de herramientas a disposición de los asistentes. Fue un intercambio franco, distendido, con el corazón.
Al cierre de la actividad conocí a la artista salvadoreña Ana Miriam García, pintora, que desarrolla un proyecto taller con niños y jóvenes en su comunidad, San Vicente. Quédate con quien te mueva el corazón de la forma que ella lo hace con sus estudiantes. Allí donde el color llega y hace su trabajo, allí es.
En medio del concierto, Gilber me invita a leer el texto que da título al libro presentado. Al terminar, Aldo me acerca una de las tantas publicaciones hechas a la poesía de Dalton y me solicita, página abierta, que lea “Alta hora de la noche”.
Me conmueve la solicitud pero lo hago con respeto y devoción. Ese mismo respeto y devoción que siento por aquellos y aquellas que hacen del arte una militancia activa, profunda y honesta.
ALTA HORA DE LA NOCHE
Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre, porque se detendrá la muerte y el reposo. Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos, sería el tenue faro buscado por mi niebla. Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas. Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta. No dejes que tus labios hallen mis once letras. Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio. No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto, desde la oscura tierra vendría por tu voz. No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre, Cuando sepas que he muerto, no pronuncies mi nombre.
Dejo esa lectura de la misma forma que la hice esa noche. Dejo tantos desafíos por hacer, por impulsar. A eso quiero dedicar mis altas horas.
Hasta pronto y hasta siempre, querido El Salvador.
El Ministerio de Cultura y Juventud, mediante la Benemérita Biblioteca Nacional, se complace en invitarle a la conferencia Espirales y esferas: Poesía especular, una propuesta poética por el Profesor Dr. César Galán, de la Universidad de Extremadura, España, y como presentadora la escritora Marianella Sáenz.