El Movimiento Magisterial por una Pensión Digna, en su campaña de denuncia de los alcances del proyecto de ley 22.179, ha recogido más de mil quinientas firmas entre personas cotizantes del Fondo de Pensiones del Magisterio Nacional. En la misiva, se señala que el proyecto en discusión legislativa no establece la garantía, proceso de recuperación de las inversiones, proyección de la rentabilidad, ni los responsables de las inversiones con dichos fondos. Así mismo, advertimos que se trata de un proyecto que no está dentro del marco constitucional, ya que violenta los artículos 9, 11 y 73 de nuestra Carta Magna. Aquí abajo, contamos algunos aspectos desarrollados por nuestra campaña de firmas. Mayor participación de cotizantes en toma de decisiones A través de la consulta a diputadas y diputados y sus asesores, hemos venido promoviendo distintas mociones sobre métodos de consulta dentro de JUPEMA, y sobre las inversiones. Sobre la Asamblea de cotizantes, se trata de una figura compuesta por los cotizantes activos y pensionados del RCC. Esta iniciativa tiene la intención de ser un ente para la rendición de cuentas por parte de la Junta Directiva, quienes toman decisiones en muchos casos inconsultas. En cuanto a portafolio de inversión, este se debe ampliar para la reactivación económica del país facilitando el crédito con intereses más bajos y competitivos en el mercado. Además, consideramos que el fondo debe impulsar proyectos como la construcción de un albergue para docentes jubilados solos y proyectos de emprendimiento, entre otras iniciativas. No queremos escándalos tipo ALDESA con los fondos de JUPEMA Urge poner un freno a las intenciones de abrir el portafolio de inversiones de JUPEMA a la especulación financiera en mercados internacionales. Recordemos que el proyecto 22.179 llegó a la Comisión de Gobierno y Administración, fue dictaminado positivo y recientemente, el martes 24 de agosto “se quemó” el segundo día de mociones. Es particularmente grave que muchas mociones en discusión amplían el porcentaje de inversiones en el extranjero, y reducen el componente de préstamos a cotizantes. Teniendo presente que en el pasado reciente los capitales financieros han protagonizado escándalos como el de ALDESA, en el cual se esfumaron millones en los vaivenes del mercado especulativo, nos alarma que nuestro fondo de pensiones corra el mismo destino. Proponemos, en el sentido de contribuir con la reactivación económica nacional, que los fondos de pensiones financien proyectos de obra pública, con garantía del Estado, y otros proyectos que mejoren la calidad de vida en nuestro país.
Para atender la crisis sanitaria y social en la que se encuentra el país
Comunicado de prensa
La Mesa Patriótica Unidos por la Vida y la Defensoría de los Habitantes unen voces para exigir al gobierno cumplir con el esquema completo de vacunación para atender la crisis sanitaria y social en la que se encuentra el país
La Mesa Patriótica, Unidos por la Vida, solicitó una valoración sobre el manejo de la pandemia por parte de las autoridades del Gobierno a la Defensoría de los Habitantes, con base en las denuncias de los ciudadanos en el territorio nacional.
Sectores que integran la Mesa Patriótica formalizaron denuncias ante la Defensoría por la falta de atención y respuesta de las autoridades del Gobierno en las gestiones realizadas.
La Mesa Patriótica reconoció la labor abnegada del personal sanitario, abogó por una tercera dosis de vacuna para dicho personal y mejores condiciones laborales. Asimismo, externó su solidaridad con las familias que han perdido un ser querido a consecuencia del coronavirus.
La Mesa Patriótica pidió apoyo y asesoría legal a la Defensoría de los Habitantes para la presentación formal en la Oficina de Iniciativa Popular de la Asamblea Legislativa de un proyecto de ley para el Manejo Nacional de la Pandemia por COVID-19.
La mesa Patriótica Unidos por la Vida, que integra la Iglesia Católica, sectores sociales, cooperativos, sindicales, solidaristas, empresariales, agrícolas; colegios profesionales; universidades; agrupaciones ciudadanas, comunales y otros, realizó este miércoles 22 de setiembre un encuentro con la Defensoría de los Habitantes para conocer la valoración sobre el manejo de la pandemia y el proceso de vacunación contra el COVID-19, por parte de las autoridades del Gobierno con base en las denuncias de los ciudadanos en el territorio nacional.
En el encuentro se concluyó que Costa Rica ha avanzado tímidamente en la inoculación de la población en comparación con países de la región como Canadá, Chile o Uruguay. Asimismo, se detalló que la atención de la pandemia ha sido deficiente debido a que no hay una estrategia articulada y no existe interés del Gobierno de gestionar acciones conjuntas con algunos sectores integrantes de la Mesa Patriótica. Ante dicha situación la Mesa Patriótica indicó:
Los sectores que conforman la Mesa Patriótica Unidos por la vida comparten un profundo respeto y admiración por el trabajo comprometido del personal sanitario costarricense. Se debe priorizar la protección del personal de salud con las medidas de prevención pertinentes, especialmente con la aplicación de la tercera dosis de la vacuna. Asimismo, urge la atención del desgaste físico y mental que sufre en la actualidad el personal, mejorando las condiciones laborales que protejan la vida y la salud de los funcionarios que se han comprometido en la atención de la pandemia.
La Mesa Patriótica también externó la solidaridad a los familiares y amigos de quienes han fallecido a consecuencia del virus. Algunos de ellos vacunados con la primera dosis y en espera de la segunda inoculación.
Es preocupante el colapso hospitalario que compromete no sólo la vida de los portadores del SARS-CoV-2, sino también de los costarricenses que requieren de la atención de servicios médicos y hospitalarios a favor de su salud.
Llama la atención de la Mesa Patriótica la falta de criterio de urgencia en la vacunación de la población en el país y del manejo de un plan de vacunación, que carece de rigor técnico-científico para asegurar la protección de las personas más vulnerables. Asimismo, la omisión de escucha activa a las recomendaciones en esta materia hechas por sectores de la sociedad civil y diversas instituciones, para que se aplique la segunda dosis a las personas que están a la espera y que tienen más de cuatro semanas de haber recibido la primera inoculación.
La Mesa Patriótica Unidos por la vida una vez más manifestó su disposición de colaborar con el Gobierno de la República para juntos atender una campaña masiva de vacunación. Lo anterior supone la voluntad política de las autoridades de Gobierno y el rompimiento del monopolio en la toma de decisiones.
En la Mesa Patriótica Unidos por la vida se precisó que es momento de que el Gobierno acepte que no tiene capacidad para afrontar esta crisis, y que solamente a través de la articulación con diversos sectores sociales, académicos y productivos, en diálogo activo con la ciudadanía, podrá tomar las decisiones correctas para atender de mejor manera la dramática crisis sanitaria y social que atraviesa nuestro país.
Vocería: Padre Edwin Aguiluz Milla – Contacto: 8400 3435.
El pasado 15 de septiembre, el Grupo Pesquisa Derecho y Sustentabilidad, realizó la conferencia: «El Acuerdo de Escazú: perspectivas y desafíos para su ratificación en Costa Rica». Se contó con la participación de:
Dr. Nicolás Boeglin Naumovic
Se le invita a visualizar la conferencia completa accediendo al siguiente enlace:
El Programa Alternativas invita a su programa con el tema “El gigante dormido, la lucha de clases en Brasil” este 1 de octubre del 2021 a las 6:00 pm hora Costa Rica, contará con la participación de:
Éricka Andreassy
Roberto Herrera
El programa se podrá sintonizar por Facebook Live o por Radio16 1590 AM.
El Partido Socialdemócrata está a la cabeza con un 1% o menos sobre la Unión Demócrata Cristiana.
Así, la carrera está muy cerrada como para asegurar un ganador pues el que ocupe el 1er lugar aún deberá asociarse con otros partidos para formar un gobierno. Y en la compleja ecuación que tiene Alemania, es posible que si el partido ganador no logra que otros se sumen, el que quedó segundo podría terminar liderando el país. Sin embargo, con las encuestas a boca de urna, poco tiempo después, los socialdemócratas izquierdistas aplaudieron y corearon “¡Olaf! ¡Olaf! » cuando Olaf Scholz apareció en un escenario. Sin embargo, el candidato conservador, Amin Laschet, declaró en la sede de su partido que el resultado era “poco claro” y prometiendo intentar formar un gobierno aunque su partido quedara en segundo lugar. En dos platos, todavía NO se sabe quién será el sucesor de Ángela Merkel, si el conservador apoyado por ella o el socialdemócrata. Si ganara la izquierda, Alemania estaría siguiendo el camino que ya han tomado los cinco países nórdicos (Suecia, Noruega, Dinamarca, Islandia y Finlandia) que podría inspirar a otros pueblos como los latinoamericanos.
La Asociación de Iniciativas Populares Ditso, junto con el Foro Centroamérica Vulnerable Unida por la Vida, la Fundación Heinrich Böll y la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES), presentarán el próximo viernes 17 de setiembre a las 5:00 p.m. el libro “Justicia Climática: Una Mirada feminista desde Centroamérica” de la feminista comunitaria e investigadora costarricense Mariana Gutiérrez. En la presentación estarán participando Ingrid Hausinger de Kafie, Coordinadora del Componente Ecología de la Fundación Heinrich Böll Oficina San Salvador, y Andrea Padilla, activista de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES), quienes presentarán y comentarán la publicación junto con la autora. Este texto es un esfuerzo por incluir una mirada feminisita en las luchas por justicia climática en la región centroamericana, así como posicionar el problema de la crisis climática como un eje clave de la agenda feminista actual. “Creemos que es importante abordar desde los feminismos el tema de la crisis climática porque tanto en las causas de la crisis como en los efectos que estamos viviendo hay un reforzamiento y un rol fundamental del sistema patriarcal”, explica la autora. A su vez se pretende explicar de manera más accesible como afecta la crisis climática a Centroamérica y en particular a las mujeres de la región, ya que como comenta la autora, mucho de lo que se habla de la crisis climática tiene un lenguaje técnico y científico que no facilita que se posicione el tema en la agenda pública y política. La presentación del libro se llevará a cabo en el Colegio de Profesionales en Trabajo Social y también será transmitido por Facebook Live desde la página de Ditso.
Se les invita a escuchar la canción “La ternura”, a cargo de Sinfonía Confinada. Esta canción tuvo la participación de más de 45 músicos y cantantes, fue producida durante la pandemia de COVID-19; la dirección artística estuvo a cargo de Valentín Vander y el montaje a cargo de Julia Vander.
Mucho se ha discutido y se discute sobre la supuesta excepcionalidad de la nación costarricense y de sus habitantes en el concierto de países centroamericanos y, en general, en el amplio mundo hispanoamericano y de más allá. Desde la leyenda blanca de la “Suiza centroamericana” hasta el bocadillo cotidiano de país democrático, pacífico, culto, ecológico, igualitario, se ha tejido una telaraña ideológica “tica” que muchas veces alcanza alarmantes decibeles de chauvinismo y xenofobia rayanos en fórmulas neofascistas. Esa telaraña extiende un enorme velo sobre la gran noche precolombina y esconde con cinismo la invasión europea que reconfigura con brutalidad un continente luego rebautizado como América. El violento machetazo de la conquista y la colonia europeas hizo desaparecer miles de años de historia cultural de nuestros habitantes primigenios. Algunos estudiosos consideran que a la llegada de los españoles, el territorio de lo que hoy se conoce como Costa Rica, estuvo poblado por una cifra cercana a los cuatrocientos mil o medio millón de indígenas. A la vuelta de cien años quedaban alrededor del cinco por ciento. La mayoría pereció en los terribles viajes hacia el trabajo forzado de las minas del sur del continente, por enfermedades y epidemias transmitidas a través de virus desconocidos hasta entonces o por la violencia directa de la cruz y la espada. Por ello Costa Rica es un país nuevo, en todo caso repoblado por un flujo constante de conquistadores, imigrantes, visitantes y hasta aventureros en su breve y tumultuosa historia.
Al interior de la misma nación hay defensores y detractores de esas líneas ideológicas que potencian la excepción hasta el mito o desnudan a la reina de la democracia criolla, la cual, según estos, deambula inmaculada por calles y avenidas políticamente incorrectas. Dichas disputas se realizan tanto a nivel académico, como a nivel político/publicitario y popular rayano en un folclor lastimero donde se mezclan la exclusividad religiosa, geográfica, telúrica, “racial” y hasta deportiva, como si de un paraíso alterno se tratase. Incluso se habla de la descendencia o ascendencia de una suerte de Atlántida caribeña o del tardío emerger del istmo costarricense/panameño, lo que le confiere a estas tierras lozanía y juventud americanas y terráqueas, pero también riqueza agro ecológica y paisajística. Y algo de ello ha de haber puesto que en el pequeño territorio se aloja el cinco por ciento de la biodiversidad del planeta. Por demás, es bueno subrayar que ese pequeño territorio, desde la extensa profundidad prehispánica, ha servido de puente entre las dos grandes masas continentales: la influencia Náhuatl/Mayense llega hasta el Guanacaste (la Gran Nicoya, donde acaba lo que hoy se conoce como Mesoamérica) y el centro, caribe norte y zona sur estaban bajo la influencia sudamericana de signo Chibcha. Dicho de otro modo, ya desde entonces era este un territorio de encuentros, confluencias y resistencias; un área de frontera con un intenso intercambio sociocultural, un “país” multiétmico, plurilingüe y multicultural. Hoy, en especial desde los años setenta del siglo pasado (durante el siglo XIX y principios del XX, fueron poblaciones prusianas/alemanas, chinas, jamaiquinas, italianas, francesas, libanesas, entre muchas más, las que enriquecieron el paisaje sociocultural con alimentos, bebidas, artes, ciencias, tecnologías, religiones, creencias, ideas políticas, en fin, formas distintas de comprender el mundo), sigue siendo un país receptor de migrantes pero, además, expulsor de nacionales y plataforma de tránsito para muchos que buscan la vida en sitios más propicios allá en “el norte brutal y revuelto”, según denominación de José Martí.
De tal modo que el constructo de la nación costarricense no ha estado exento de tensiones, alegorías, contradicciones, disputas, impugnaciones y excesos. Y de importantes aportes e injertos de otras latitudes y formaciones culturales. Aunque debemos aceptar que ya desde los inicios de su vida republicana, el incipiente estado/nación fue alejándose con lentitud del conglomerado centroamericano, cuyas élites criollas se debatían entre las asimetrías de un entramado colonial impuesto sobre el racismo y la explotación multiseculares a base de una arquitectura política y socioeconómica diferenciada. Costa Rica firmó su acta de independencia el 29 de octubre de 1821 y muy temprano se dio su propio ordenamiento con el “Pacto de Concordia”, primera constitución provisional entre 1821 y 1823, denominada “Pacto Social Fundamental Interino de la Provincia de Costa Rica”. Más tarde la “nueva provincia” se adhiere a la República Federal Centroamericana, sin embargo, el Pacto Federal se disuelve de facto entre 1838/1839 y cada provincia declara su independencia. Es en ese contexto de dispersión que Costa Rica se convierte en República en 1848.
No obstante lo anterior, para algunos historiadores y estudiosos la verdadera independencia de Costa Rica se firma con sangre y fuego en las jornadas por la soberanía de 1856/1860. Junto con otros países centroamericanos y bajo el liderazgo del libertador Juan Rafael Mora Porras, para entonces presidente de la joven república, y su hermano Joaquín, Jefe Supremo de los ejércitos centroamericanos, Costa Rica se lanza a la guerra contra los esclavistas usamericanos que pretendían anexarse la región al mando del filibustero William Walker. El Ejército Expedicionario Costarricense fue la vanguardia que permitió la victoria ante las huestes del naciente imperio estadounidense; la batalla de Santa Rosa en Moracia, hoy Guanacaste, fue la primera derrota militar que sufre la política usamericana del “Destino Manifiesto”. Después de esas heroicas jornadas y, a pesar del golpe de estado y del fusilamiento del héroe de las mismas don “Juanito” Mora Porras, junto a su mano derecha y concuño, el General salvadoreño José María Cañas Escamilla, el país, maltrecho por la epidemia del cólera, en la cual pereció más menos el diez por ciento de su población, y por la división interna, logra erigir un estado nacional que se expande por casi todo su territorio. Desde muy temprano se adopta una política a favor de la educación con el objetivo de garantizar la perennidad de las instituciones democráticas. La enseñanza gratuita y obligatoria se instaura en 1869. El militarismo no prospera y el funcionamiento del estado se funda con solidez sobre tres poderes claramente definidos.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el país también conoce una transformación económica y social gracias a la expansión de las exportaciones de café y a la institución del “sufragio universal” en 1889, aunque todavía sin el voto femenino y el de la población afrodescendiente. Los dirigentes liberales inician una reforma educativa de influencia europea que toca a todos los costarricenses, lo cual en mucho permite afianzar los pilares democráticos y el alcance de una cultura de convivencia pacífica, sin que para nada olvidemos las grandes injusticias que el régimen liberal impone a grandes sectores de la población, tanto por el modelo agroexportador como por la cada vez mayor presencia del capitalismo norteamericano con la construcción de los ferrocarriles y las nacientes plantaciones de banano y la minería como enclaves imperiales. Pero hay un gran esfuerzo desde ya, a través del proyecto educativo liberal, para dotar a la nación de las instituciones, mitos, héroes, cultos y leyendas necesarios para alimentar el sentimiento de unidad y de comunidad nacionales. Ese proyecto, de paso, invisibiliza a los grandes héroes de 1856/1860, los hermanos Mora Porras y sus crímenes de estado (“Juanito” Mora y Cañas Escamilla), a la vez que reinventa a un “héroe nacional” tipo “soldado desconocido”: el tamborcillo de Alajuela, Juan Santamaría. Dicho héroe proviene del símbolo o imagen del “labriego sencillo”, prototipo o personaje central del mito de una democracia agraria acuñado ya durante la colonia. Como nos lo recuerda Anne-Marie Thiesse estudiando el caso europeo, “para que nazcan estas ‘comunidades imaginadas’ que son las naciones, fue necesario dar una historia, un idioma, una cultura común. Fue una gigantesca empresa que movilizó durante decenios sabios, escritores y artistas”. (Thiesse, 2004; citada por Soto Quirós, Ronald en “Imaginando una nación de raza blanca en Costa Rica: 1821-1914”, en Amérique Latine. Histoire & Mémoire, 15 / 2008. https://journals.openedition.org/alhim/2930 (05-05-2020).
Los años cuarenta del siglo pasado, al igual que la heroica gesta de 1856-1860, son claves para comprender el actual estado de cosas. El liberalismo inicia su declive con la Primera Guerra Mundial la cual genera el cierre de los mercados europeos para el café costarricense. La crisis del régimen liberal se prolonga durante varias décadas y no será hasta los años cuarenta cuando empiece a perfilarse un nuevo modelo o régimen de “convivencia nacional”. En ese contexto se genera un clima de inestabilidad política con golpes de estado y revueltas de diversa índole. La dictadura militar liderada por Federico Alberto Tinoco Granados como presidente de facto, y su hermano José Joaquín Tinoco Granados como ministro de Guerra, tras el Golpe de Estado de 1917 al presidente Alfredo González Flores que culmina con la salida del dictador Tinoco hacia Francia tres días después del ajusticiamiento de su hermano y tras una serie de insurrecciones armadas y masivas protestas civiles conocidas como la Revolución de Sapoá, donde asesinan al intelectual y patriota Rogelio Fernández Güell junto a cinco de sus compañeros, así como el Movimiento Cívico Estudiantil de 1919, son unas de las páginas más sangrientas pero heroicas de la “historia patria”. Se asiste a un ascenso de la organización y de las luchas populares, así como al surgimiento de nuevos movimientos sociales y políticos para canalizar las inquietudes y demandas de los sectores marginados por el modelo de “patria” liberal, especialmente la fundación del Partido Comunista en 1931. En 1940 llega al poder el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia en medio de una ola de popularidad muy elevada y con el beneplácito de la oligarquía gobernante. Casi de inmediato dicha oligarquía lo abandona y, en alianza inédita con la Iglesia Católica y el Partido Comunista Costarricense, el “doctor” inicia una serie de medidas que mejorarán las condiciones de los trabajadores costarricenses: promulga entre otros, el Código de Trabajo, el capítulo constitucional de las Garantías Sociales y funda la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y la Universidad de Costa Rica, ambas instituciones en mucho responsables de los buenos índices de desarrollo humano del cual goza el país hoy día. Sin embargo, la época era difícil y compleja en el marco de la Segunda Guerra Mundial y la popularidad de Calderón Guardia fue descendiendo debido a rumores sobre corrupción de su gobierno y sus funcionarios. Sin ser una figura política al momento de los hechos, José Figueres Ferrer (posterior Presidente de la República durante tres períodos) denuncia, el 8 de julio de 1942, actos irregulares y de corrupción por parte del gobierno, en un discurso radiofónico. Antes de concluir el discurso, autoridades oficiales toman la radioemisora y Figueres Ferrer es apresado y encarcelado. Cuatro días después es exiliado a El Salvador. Un año después se le permite la entrada al país.
En 1944 accede a la presidencia el maestro Teodoro Picado Michalski, miembro del Partido Republicano Nacional que había llevado al poder al Dr. Calderón Guardia, quien lo promueve en el cargo, pero en medio de elecciones cuestionadas por la oposición. Picado Michalski promulga una serie de garantías electorales para las elecciones de medio periodo en 1946, lo que produjo que la oposición aumentara su representación en el Congreso. El Partido Acción Demócrata de Figueres Ferrer se une a las fuerzas opositoras y continúa las duras críticas al gobierno argumentando ya no solo los actos de corrupción y mal manejo de los fondos públicos por parte del Gobierno, sino la impureza electoral. En las elecciones del 8 de febrero de 1948 se obtienen resultados favorables para el candidato de oposición Otilio Ulate Blanco, basados en los resultados enviados por telegrama, debido a un incendio en el actual Colegio Superior de Señoritas que destruye parte del material electoral, hecho nunca esclarecido. Esta es una de las razones por las cuales el Congreso Constitucional, de mayoría oficialista, anula las elecciones presidenciales ya que las mismas habían sido impugnadas por el Dr Rafael Ángel Calderón Guardia, lo cual significaba una seria violación a los acuerdos que habían puesto fin a la Huelga de Brazos Caídos de julio-agosto de 1947, mismos que expresaban, en el punto dos, que los resultados de las elecciones no podrían impugnarse.
En 1948, tras la anulación de las elecciones por parte del Congreso, los partidarios del candidato opositor Otilio Ulate Blanco se levantan en armas y lanzan una impetuosa ofensiva, pues se consideran los vencedores legítimos de la elección. La confrontación civil estalla entre los partidarios de Ulate Blanco, dirigidos por José Figueres Ferrer, y el grupo que apoya al expresidente Calderón Guardia, fundamentalmente los comunistas quienes defendían las Garantías Sociales. Los enfrentamientos se extienden pocas semanas entre marzo y abril, pero marcan a fondo un país con una guerra fratricida que, aunque breve, ocasiona profundas heridas. Los partidarios de Ulate vencen y Figueres Ferrer toma el mando al frente de una Junta Militar que ostenta el poder durante dieciocho meses. Al final de ese período entrega el poder a Otilio Ulate Blanco, considerado como el vencedor de las elecciones anuladas en 1948. Durante el período de la Junta Militar se promulga una nueva Constitución, misma que conserva la normativa social del período de Calderón Guardia (1940-1944). Esto da nacimiento a la “Segunda República”, aún vigente. Esta nueva Constitución crea un poder electoral independiente (Tribunal Supremo de Elecciones), responsable de garantizar la transparencia de las elecciones futuras. Por otra parte, José Figueres Ferrer decide abolir el ejército, estimando que éste implicaba gastos inútiles y que no garantizaba la estabilidad del país. El último acontecimiento es altamente significativo pues no solo se borra de la historia la institución castrense y sus gastos se dirigen hacia la seguridad social, la educación, la infraestructura, electricidad, telecomunicaciones, vivienda y cultura; sino que permite la eclosión de una cultura de paz donde la ausencia de militares es un elemento central en la actual cosmovisión del costarricense con las condiciones de atmósfera sociocultural y vida ciudadana que ello significa. Debe precisarse, sin embargo, que los perdedores fueron perseguidos, reprimidos y exiliados. El Partido Comunista fue proscrito y el naciente Partido Liberación Nacional (procedente de Ación Demócrata y del “Ejército de Liberación Nacional” de Figueres Ferrer) se convierte en la fuerza política hegemónica con postulados socialdemócratas y con un evidente anticomunismo bajo el cual se perpetran infames crímenes como el de El Codo del diablo (18 de diciembre de 1948) donde perecieron seis personas, cuatro dirigentes sindicales y dos civiles, fusiladas. Es significativo, no obstante, el hecho de que Costa Rica, desde los años sesenta del siglo pasado, no haya padecido el horror de las dictaduras militares ni deba buscar todavía, como en países de la región centroamericana o del sur, desparecidos o haber experimentado el ominoso fenómeno del exilio en masa.
Las medidas que estableció la Junta de Gobierno dejaron en claro que había un proyecto político de reforma estatal y modernización del país. La nacionalización bancaria decretada por la Junta otorgó un papel decisivo al Estado en el crecimiento económico. También se creó el Instituto Costarricense de Electricidad para impulsar la producción de energía eléctrica y el desarrollo de las telecomunicaciones. Posteriormente, en la Constitución de 1949, se establece, además de la abolición del ejército como institución permanente, el derecho al voto de la mujer y de la población afrodescendiente y su movilización por todo el territorio nacional (hasta ese momento sólo se le permitía habitar en la región Caribe, no podían traspasar la frontera del apartheid ubicada en Turrialba de Cartago), la eliminación de la reelección de diputados y la disminución de atribuciones del Poder Ejecutivo. Además, se establecen el régimen de instituciones autónomas, la Contraloría General de la República y el Servicio Civil. De esa manera el sistema político costarricense profundiza su carácter civilista con la creación de instituciones para evitar el fraude electoral y asegurar la estabilidad política, proceso que se acompañará de la consolidación del papel protagónico del Estado en diversos aspectos de la vida económica y social del país. En otras palabras, se erige un robusto Estado Social de Derecho.
Como han señalado varios historiadores, hubo una etapa en que para explicar las diferenciaciones del país se recurría a las supuestas diferencias raciales, es decir, a la idea de que “Costa Rica es diferente, porque Costa Rica es blanca”. Pero con el desarrollo y profesionalización de las ciencias sociales, especialmente de la “nueva” historia, mucho se ha avanzado hacia una crítica denodada sobre ese tipo de “explicaciones”, siendo que somos una sociedad mestiza. La nueva historia destaca que, si bien toda Centroamérica desarrolló economías agroexportadoras, mientras la mayoría implementaba sistemas de peonaje por deudas u otras formas de coerción de la mano de obra, Costa Rica lo hizo basada en pequeños y medianos productores de café. Y que mientras en toda Centroamérica hay una prevalencia de regímenes presidencialistas, Costa Rica, a finales del siglo XIX y principios del XX, transita hacia una democracia más efectiva y funcional, lo cual, probablemente, explica por qué es el único país de la región en donde la mayoría de la población dice no estar dispuesta a aceptar un gobierno no democrático aunque este resolviera sus problemas. Sin embargo, para muchos estudiosos, el ejemplo más claro de por qué Costa Rica es “diferente” consiste en la inversión casi cinco veces mayoritaria en la educación de sus habitantes que sus vecinos centroamericanos. Entonces puede observarse una diferencia sustantiva en cuanto a la percepción costarricense del “desarrollo” en comparación con el resto de países del istmo. Sin duda, la mejor situación de Costa Rica está correlacionada con la educación; el sistema educativo costarricense ha logrado alfabetizar de primero a toda su población y ello no tiene nada que ver con la raza o con explicaciones metafísicas tales como el supuesto pacifismo del “tico”. Debe aceptarse, eso sí, que dicha alfabetización y democratización educativa ha estandarizado la cosmovisión del costarricense, a la vez que ha exacerbado la idelogización de lo mitos fundacionales a la vez que ha cooptado la iniciativa social potenciando un individualismo feroz y una plasticidad muy “a la tica”.
Por cierto, permítaseme una digresión: una cosa es ser costarricense y otra ser o considerarse “tico”. Desde hace más de cien años los costarricenses comenzamos a usar el “tico” no sólo como apócope sino como intensificador: si decimos que no entendemos nada, es normal, no entendemos nada; pero si decimos que no entendemos naditica, es mucho lo que no podemos entender. Si decimos que algo es negro o negrito, pasa por castellano estándar, pero si decimos que algo es negrititico, es una forma propia para decir que es “muy” negro o negrísimo. Este rasgo fue observado por nuestros vecinos y de esa forma empezaron a llamarnos “ticos”. En principio lo asumimos como un apelativo positivo, usándolo cual fórmula familiar, de cercanía, para identificarnos frente a la solemnidad y el formalismo atrabiliarios. Así, lo tico, ciertamente, no tiene que ver tanto con diminutivos, como con aumentativos. De modo tal que pasamos de costarricenses a “ticos” de una manera, digamos, acentuada. Ahora bien, he venido subrayando que el ser costarricense es un constructo histórico que involucra y hace suya una línea identitaria propia (fueron costarricenses quienes marcharon a pelear contra los filibusteros en 1856-1857, no ticos; por ejemplo) y el tico, como vimos, es un apelativo surgido de la tendencia del costarricense a apocopar o aumentarse en “chiquitico” o “chiquititico”. Pienso que esa versión, a pesar de la función aumentativa, en mucho paradójica, empequeñeció al costarricense, tanto desde su visión propia (autopercepción) como desde lo externo (los nicaragüenses nos llaman “los tiquillos”, despectivamente) y el tico devino, cada vez más, especialmente en la época globalizada por el capital transnacionalizado, en un ser ambiguo, aculturado e influenciable por todas las esquinas, convirtiéndose en una categoría cuya “identidad”, para decir lo menos, es porosa, plástica, moldeable. El costarricense puede vivir diez años fuera y regresa ustedeando y voceando sin haber perdido su “acento”, su prosodia; el tico, en cambio, va tres días a España – es un ejemplo – y regresa tuteando y hablando (imitando) tal como los españoles. Y aunque la identidad, o más bien, las identidades – porque no hay un costarricense único ni medio, tampoco un “tico” esencializado – son dinámicas y se transforman constantemente en cosmovisiones, actitudes y estilos de vida cambiantes, tengo para mí que, en general, el costarricense es una persona auténtica y sin poses; el tico una cacatúa. Por eso prefiero lo costarricense, no lo “tico”.
Regreso: la nueva historia considera que ciertamente es posible encontrar, desde la primera mitad del siglo XIX, tanto en documentos oficiales como en crónicas de viajeros y textos periodísticos, una tendencia a caracterizar a los costarricenses como pacíficos. Sin embargo, considera que el acento puesto en la índole pacífica de la sociedad costarricense podría reflejar una particularidad propia, pero también, a la vez, un dispositivo que opera como discurso civilizador cuyo fin era encauzar tanto el descontento social como la competencia por el poder por vías legales e institucionales. (Iván Molina Jiménez, “Paz social e identidad nacional en Costa Rica durante los siglos XIX y XX. Una introducción al problema”, en Istmo, revista de estudios literarios y culturales centroamericanos, n° 11, julio-diciembre 2005, http://collaborations.deninson.edu /istmo/n11/proyectos/paz.html; 05/05/2020). También el deseo implícito de “blanquear” tenía probablemente ese sentido de “igualar” como elemento ideológico para la contención de la protesta social. Por eso, de la mano del historiador estadounidense Howard Zim, podemos afirmar que no puede aceptarse la memoria de los estados como cosa propia; las naciones no son comunidades y nunca lo han sido. La historia de cualquier país, si nos la presentan como tradicionalmente se estila, como la de la gran “familia nacional”, disimula terribles conflictos de intereses (lo más explosivo, lo casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza, sexo, género u orientación sexual.
No debe olvidarse que el estado está constituido por “el pueblo estatal” (Staatsvolk), dentro del cual, según Mao Tse Tung, por citar un dirigente clásico del socialismo histórico no ortodoxo, habría contradicciones socioeconómicas y, por lo tanto, culturales. La nación, en cambio y según el filósofo costarricense Alexander Jiménez, “designaría, en principio, una comunidad de procedencia, lengua, cultura e historia” (El imposible país de los filósofos, Ediciones Perro Azul, 2002: 96). En otras palabras, el ámbito político es el del “pueblo del estado” (de los ciudadanos: la ciudad estado), y el cultural el de la nación. El pueblo del estado es el conjunto de sus ciudadanos, compartan o no la comunidad de procedencia, cultura e historia. Dicho en palabras de Foucault y con ribetes marxistas, deben tenerse muy en cuenta las relaciones de poder históricamente constituidas dentro de una formación discursiva que obedece a determinada formación social. Como plantea Jiménez, las sociedades actuales necesariamente son heterogéneas, plurales, y no debe obviarse la historia en tanto las víctimas sigan presentes en la memoria popular y los victimarios vivos y actuando (1860/1918-19/1948). Discurrimos sobre las luchas que pretenden el reconocimiento y la reivindicación ante la discriminación y la desigualdad, pero también por la soberanía. Por eso hay que acudir a las “imaginaciones generosas” para concebir nuevos espacios de cooperación entre individuos, grupos y pueblos distintos, pero no necesariamente desiguales, lo cual, debe subrayarse, no implica transacción y olvido.
Alexander Jiménez logra desactivar el discurso legitimador de la filosofía institucional costarricense que denomina “nacional étnico metafísico” (o “nacionalismo étnico metafísico”), el cual nos narra una Costa Rica idílica, “blanca”, homogénea, de pobreza igualitaria, con destino democrático, geografía sin excesos y un pasado colonial sin mayores contradicciones, casi “primitiva socialista”. Un país ciertamente imaginario. Se trata entonces de revisar algunas tradiciones narrativas que han construido un discurso nacional ahistórico y alejado de las luchas sociales y culturales, es decir, un discurso que topa con límites fácticos y conceptuales. Debe decirse, sin embargo, que a pesar del aporte que hace Jiménez por descodificar, o desconstruir, las “metáforas nacionales” y sus elementos metafísicos, se percibe en su texto una especie de “mea culpa” puesto que los filósofos hasta ahora no han acudido a la plaza pública, sino que han sido simples “espectadores del naufragio” desde sus aireados gabinetes en la academia y el “pensamiento”. Y, agrego yo, con métodos y sistemas de pensamiento eurocéntricos, es decir, con el pesado lastre de la colonialidad del saber y del poder. El “mea culpa” parecería oportuno siempre y cuando se rectifique y se opte por un pensamiento más apegado a los mercados y paredes de la ciudad, a las calles de polvo y barro del campo; siempre y cuando se busquen las otras metáforas escritas en las paredes de la propiedad privada exigiendo lo imposible con prácticas contraculturales y desmitificadoras: la contracorriente del discurso nacionalista étnico metafísico. Por lo demás, de alguna manera, el discurso de Jiménez descuida el patio trasero histórico, al sospechar, lúcidamente es cierto, de un país imaginario que al final queda desnudo conceptual y políticamente, por lo que, en la actual etapa de globalización bajo esquema neoliberal, podría ser objeto de reelaboración y arbitraje para un nuevo mapa internacional. Dicho de manera más clara: podría ser subsumido por los voraces apetitos transnacionales del imperio y sus nuevas reconfiguraciones geopolíticas. Si el país es imaginario, no existe, y, como no existe, nos lo pueden birlar. Así, la incitación justificaría el contrasentido: lo que no existe no se incauta.
Me tomo la libertad de una nueva digresión: es probable que al filósofo, al académico, al estudioso, al artista, en fin, al intelectual costarricense, le convenga integrarse a la plaza pública para que se empape del realismo fresco y provocador de las culturas populares con sus narraciones hiperbólicas y desinhibidas; para que se alimente con las imágenes de arcilla, madera y cartón piedra, con la música de guitarras, tambores, marimbas, acordeones y chirimías; para que pruebe y saboree bebidas fuertes y se embriague con las carnestolendas del carnaval multicolor o de la feria comunal sin vanidades; para que aprenda a desconstruir y desacralizar los discursos perennes de la superficie y hurgar en la profundidad del sueño y de la poesía; para que se entusiasme con las visiones de pueblos indígenas y mestizos que resisten con renovación cíclica y con el delirio vital para burlar a la muerte con la vida, para agonizar haciendo el amor, procreando nuevos mundos, otras utopías. En fin, para que reconsidere su labor en comunidad, para que re/piense su escenario frente a los otros, esos de la voz extraña y ajena que resisten y sobreviven diariamente en su ciudad y más allá, en los campos, los bosques y montañas, en las costas, en el mar. Los que conformaron una nación imaginada, nunca realizada. Aquéllos de antes, éstos de ahora, los olvidados de siempre. He allí el reto del intelectual periférico contemporáneo, hoy casi programado por la falsa globalidad. Debe subrayarse, eso sí, que duda cabe, que para la investigación, la reflexión, el trabajo teórico y la creación, siempre es importante cierto distanciamiento, así como espacios, tiempos e insumos propicios.
De tal manera que debemos repensarnos desde todas las perspectivas y aristas para comprendernos en la dialéctica del “ellos y nosotros/nosotros y ellos” y tratar de suprimir las ambivalencias para la cohesión del grupo: cerca/lejos; más como yo/menos como yo. Metáforas y percepciones tales como las del idílico “vallecentrismo” que niega o minimiza las periferias del país, o afirmaciones como “los ticos compartimos el mismo destino, nos enriqueceremos o caeremos en la misma desgracia juntos; pero ellos se aprovechan de nuestras calamidades y se resienten por nuestros triunfos”, deben ser superadas definitivamente. O “nosotros nos ayudamos mutuamente mientras ellos aprovechan nuestros fallos”; “nosotros nos entendemos, pensamos y sentimos lo mismo; ellos son extraños, impenetrables, taimados, siniestros, primitivos.” Así es como se fija nuestra seguridad intelectual y emocional y se establecen lealtades, derechos y deberes, pero también crudas exclusiones. Adentro hay un orden conocido y predecible; afuera caos, oscuridad, peligro. Pero, ¿quiénes son ellos? En principio, los de “más allá”, los venidos “del otro lado”, los “raros”, los eternamente sospechosos. Lo sorprendente es que cualquier grupo de “nosotros” necesita de “ellos”, por eso, si no existen se les inventa, ya con tintes de xenofobia, ya con grotescos rasgos de aporofobia. Porque en la etapa neoliberal del capitalismo colonial globalizado hay millones de marginales y condenados: foráneos interiores o desadaptados (“outsiders”, perturbadores, desleales); esos “chivos expiatorios” cuyo nombre se pluraliza y varía delincuencialmente en las discontinuidades de la historia: indios, negros, cholos, chinos o “amarillos”, emigrantes, brujas, hechiceros, agnósticos, locos, ateos, “judíos errantes”, gitanos, putas, drogadictos, espías, anarquistas, comunistas, afeminados, homo(trans)sexuales, “terroristas”… Muchas veces se les considera “agentes de un poder extranjero”, en todo caso antipatriotas, traidores, enemigos del pueblo (rojos o reaccionarios), etc. Aunque, y esto es de suyo interesante y paradójico, siempre hay una gran admiración o fascinación por los “agentes dobles” y por los extranjeros blancos, “cultos”, poderosos, “civilizados”, inversores; es decir, solventes. Por ello muchos costarricenses parecen excusarse ante ciertos extranjeros cuando se les acusa de “excepcionalidad”. Más bien son algunos extranjeros quienes reconocen esas diferencias y bondades: un reconocido escritor salvadoreño ha catalogado al país como el “buen samaritano” de Centroamérica debido a sus expresiones solidarias históricamente constatadas en la recepción de migrantes, por ejemplo. Al contrario, algunos de nuestros intelectuales tratan de suavizar las diferencias, parecen ofrecer disculpas: al guardar el polvo debajo de los muebles se tornan hipercríticos hacia adentro, pero timoratos, mansos, resignados, hacia afuera; así evitan controversias y escándalos con los “hermanos vecinos”. El “tico” es reacio a la polémica, por eso evita a toda costa la posibilidad de que se mal interprete su singularidad aunque defienda grotescamente sus “valores típicos”; por indolencia o ignorancia no es capaz de justificar sus auténticas ventajas comparativas, casi que se avergüenza; su chauvinismo de pacotilla no le permite la contemplación sosegada y objetiva. Por su parte, en una actitud un tanto contradictoria, muchos extranjeros blancos, “civilizados”, “cultos”, sobre todo “intelectuales” – los oscuros, indocumentados y pobres son explotados, tienen bajos salarios y trabajos precarios o desprestigiados, es decir, poco calificados, y, sin saberlo quizás, desplazan mano de obra nativa pues no reparan en la ausencia de garantías sociales, por tanto no pueden organizarse ni protestar – que conviven con nosotros, muchas veces encuentran mayores “oportunidades” profesionales y laborales que los nacionales, e incluso no saben lidiar con cierta “tolerancia”, liviandad o desidia aldeanas, sobrepasándose con críticas ácidas al experimentar cierta licencia e inmunidad. Los inmigrantes de Estados Unidos o de Europa, que vienen en busca de “paz y tranquilidad”, sobre todo los jubilados, no participan de la vida nacional, se aíslan en sus amplias residencias por playas y montes, siguen con sus prácticas socioculturales y de consumo importador, y no se preocupan, siquiera, por aprender el castellano. Los otros inmigrantes, los oscuros, son sus servidores.
Ellos son pues el extraño, el raro, el “extranjero de dentro”, el “interno foráneo”; son quienes nos perturban y nos hacen cerrar filas en situaciones límites. Su mayor característica es la vulnerabilidad, por eso se les asigna un nicho particular en las historias retorcidas y en el inconsciente colectivo. Se crea cierto apartheid metafísico/cultural y virtual que pronto puede adquirir grotescas características en la realidad. El extraño/otro es perturbador porque desacredita o afea lo ética y estéticamente establecido; es un iconoclasta, pero sobre todo un sacrílego. Su mayor ofensa consiste en poner en cuestión casi todo lo que parecía incuestionable; desafía lo normal o la normalidad; desafía las distinciones, las diferencias, los prejuicios y estereotipos de los mitos del “ser nacional” y racional. El extraño o el “extranjero” también pueden convertirse en un “francotirador” (intelectual) que desenmascara, devela y revela mentiras e ideologías, relativiza el pensamiento único. Generalmente el francotirador es un artista, intelectual o escritor; por eso se le silencia “bajándole el piso”, como bien señalaba nuestra vilipendiada Yolanda Oreamuno, es decir, causándole una muerte simbólica. Pero cuando es un extranjero “oscuro”, pobre y en busca de subsistencia (un des/asalariado posmoderno: neoesclavo), entonces se convierte en el sospechoso perenne y en el portador de nuestras desgracias, por tanto, debe suprimírsele puesto que significa peligro y degradación; no existe. Hasta 1992 los indigenas Ngöbe Buglé (castellanizados como “Guaymíes”) que habitan la frontera costarricense/panameña y se desplazan por la zona sur hasta la “zona de los Santos” haciendo labores de recolección y construcción, recibieron cédulas de identidad; hasta entonces se les consideró ciudadanos. No obstante, en Talamanca y en el sur del país ellos, junto a Borucas, Bribris y Cabécares, siguen acosados por finqueros “blancos” que usurpan y roban sus tierras asesinando a dirigentes con total impunidad. Los indígenas, los primeros habitantes de este territorio, nunca han existido para la cosmovisión costarricense blanqueada e intoxicada por la historia oficial. Lo mismo sucede con los centroamericanos, en especial los trabajadores nicaragüenses. En el imaginario de esas fronteras físicas y mentales, el sistema/mundo, integrado por heterarquías de complejas redes en una modernidad colonial, se ha globalizado en nombre de una supuesta posmodernidad donde priva la colonialidad del poder, del saber y del ser, en nombre de supuestos universales localizados en Europa y Estados Unidos, es decir, en Occidente. Así, en nuestros países periféricos se resiente, con sumo dolor, las más de las veces con rabia e impotencia, la extensa y violenta herida colonial.
Sí, Costa Rica es un país nuevo y de inmigrantes, multiétnico y plurilingüístico, que ha logrado diferenciarse en el orbe centroamericano no por razones discursivas metafísicas o raciales, sino por acciones colectivas que potenciaron la consecución de un pacto social que, a su vez, propició la construcción de un singular Estado Social de Derecho. Ello no es óbice para reconocer graves consecuencias en su idiosincracia como lastres nacionalistas y coloniales; tales el racismo, la soberbia democrática e incluso cierta prepotencia criolla teñida de superioridad, sobre todo en las clases medias y en los “nuevos ricos”, debido a mitos y constructos ideológicos ya señalados, pero en especial por el desconocimiento de la historia y cultura propias como efecto del galopante deterioro educativo y sociocultural, así como por la intoxicación ideológica inducida por el discurso único y fundamentalista político, económico y religioso (“La negrita” católica, Virgen de los Ángeles, “patrona nacional”, que no “matrona”, desplazada por el mercado pentecostal) materializado por los medios corporativos de masas y las mal llamadas “redes sociales” con sus secuelas de templos e improvisados predicadores. Las luchas sociales y la vida de miles de costarricenses empujaron reformas y transformaciones para conseguir un país relativamente estable en los últimos setenta años. Hoy, con la contrarreforma neoliberal de las élites corporativas, tanto a nivel nacional como internacional, aquel pacto y el Estado Social de Derecho están en entredicho, mejor dicho, seriamente debilitados. De la ratificación de dicho pacto y de la defensa y profundización de ese estado, dependerá en mucho el que las ventajas comparativas alcanzadas se mantengan o que también ingresemos a la vorágine centro y latinoamericana como un país altamente desigual, asimétrico y condenado por la impagable deuda externa y la expoliación imperial; en otras palabras, un país sumido en la anomia y la violencia estructural. Para ello se impone un cambio radical en las reglas de la conversación, tanto en su forma como, por supuesto, en su contenido. Se precisa de un giro epistémico que propicie un saber fronterizo donde lo europeo/occidental se armonice con los saberes locales, tanto americanos como procedentes de otros continentes hasta ahora periféricos y coloniales: África, Asia, Oceanía. Y, claro está, con nuestra singular y profunda historia en sus principales logros económicos, políticos, científicos y socioculturales, así como los debidos reconocimientos e inclusiones de minorías y periferias, para garantizar una “Tercera República” más solidaria, incluyente, justa y equitativa, con una conciencia ecológica y con una comprensión planetaria de la buena vecindad, por ende, con relaciones internacionales amistosas, tolerantes, cooperativas. Una nueva visión de colonial, fraterna y cósmica desde el centro del continente para un renacimiento americano y pluriversal.
San José, Costa Rica, diciembre 2019/noviembre 2020.
ADRIANO CORRALES ARIAS. Escritor y Profesor Catedrático del Instituto Tecnológico de Costa Rica en el Campus de San José.
A pesar del énfasis dado a la producción de ensamblaje, la vocación agraria del país se mantuvo en la estructura productiva. La producción agrícola, la agroindustria y la ganadería atienden una parte importante de la demanda agregada que se produce en la economía. El 13% de la demanda es generada por el mercado interno y el mercado externo es producido por este segmento productivo. (Esquivel, F.,2021, p.115)
German Masís Morales
El libro recientemente publicado por el economista Francisco Esquivel, denominado “Análisis de la estrategia de desarrollo costarricense: macroeconomía de un modelo desequilibrado”, muestra con claridad el papel del sector agrícola y del mercado interno en las sucesivas etapas del crecimiento económico del país, conocidas como las etapas del proceso exportador.
El libro del investigador Esquivel, revela muy bien la participación o exclusión de la producción agrícola en particular la que era dirigida al mercado interno en las diferentes etapas, su aporte al desarrollo productivo, la relación con las importaciones del país, su importancia en la generación de encadenamientos productivos y su papel en una eventual IV etapa como parte del proceso de gestión de ventajas competitivas hacia un desarrollo más equilibrado.
La controversia y la falsa disyuntiva entre ambos sectores, como lo plantea el autor, inicia en la etapa II, en la que “asumiendo que en esta etapa había sido un período gobernado por la expansión del mercado interno, deprimiendo al sector exportador, se planteaba que debía olvidarse el papel del mercado interno y volver a la esencia de una economía pequeña que debía ser la exportación.
(Por el contrario, afirma), existió un funcionamiento articulado entre lo externo y lo interno, que permitió un mejor desarrollo nacional y una etapa de inclusión social. (Esta etapa dice) generó más desarrollo productivo, superando la obsoleta visión oligárquica de la ventaja exclusiva del proceso exportador.
Lo adecuado era plantearse cómo revitalizar el proceso exportador para mantener y ampliar lo alcanzado en la etapa II, mediante la reconstitución del mercado interno, sobre una base de eficiencia económica y una profundización de los mecanismos de inclusión. Pero se hizo lo contrario, la falacia del dogma liberal-conservador permitía desacreditar el papel del mercado interno, como el causante de la crisis, llamando a maximizar la exportación, (con lo que) se tendrían los ingresos para comprar “lo necesario”, que no debe producirse en el país porque resulta ineficiente”. (Esquivel, F.,2021, p.80)
Ante la crisis de inicios de la década de los 80, fue necesario empezar a definir una nueva estrategia de desarrollo que va a tomar la forma de un desarrollo orientado hacia el exterior; las exportaciones son el centro de la nueva estrategia de desarrollo.
A nivel del sector agropecuario, la transformación se materializa en la llamada “Agricultura de Cambio”, que consiste en la diversificación y complementación de la estructura productiva tradicional, con la incorporación de nuevos cultivos no tradicionales para exportación. (Cambronero y Monge, Universidad Nacional, 1992, p.201)
De esta manera, “se generó la etapa III del proceso exportador, en la que la estructura productiva de esta nueva etapa exportadora basó su dinamismo en una reorganización de la industria y en una nueva participación de la agricultura. El surgimiento de las nuevas áreas de producción se produjo de manera dispersa, atendiendo a las oportunidades de cada momento. (…), la industria y la agricultura se reorganizaron para atender nuevos nichos de mercados que ofrecía el mercado mundial.
Mientras, la parte del sector agrícola que producía para el mercado local fue atacada sistemáticamente, por lo que varios productos experimentaron reducciones significativas. Por esta razón, el sector agrícola continuó perdiendo importancia relativa en el total de la producción.
La estrategia que impulsó la etapa III no tenía interés en la producción para el mercado local. Lo que se buscaba era el crecimiento basado en la exportación, sin importar los efectos desestimulantes sobre amplios sectores productivos nacionales, en particular las pequeñas y medianas empresas. Desde el punto de vista microeconómico, el perdedor fue el empresario que producía para el mercado local, dado que no existió una estrategia de reconversión productiva”. (Esquivel, F.,2021, p.97)
Una de las medidas de política implementadas junto al impulso de la exportación agrícola no tradicional, fue el desestimulo a la producción de granos básicos, expresada en la reducción de los programas de investigación, transferencia y asistencia técnica y la disminución del crédito a esa actividad.
De manera deliberada, se realizó el desmantelamiento paulatino de la infraestructura institucional de los entes que habían apoyado al productor nacional, entre cuyas instituciones estaban el CNP, el MAG y el IDA. (Masís, G., revista Ambientico N°176, 2008).
Durante esta III etapa, la producción exportadora había crecido más rápido que la producción para el mercado local, sin embargo su crecimiento sólo llegó a alcanzar un máximo del 30% en las exportaciones en el período entre 1992 y el 2019, lo que se explica según el texto, “porque el sector agrícola, aunque exportó nunca fue una prioridad de la estrategia de crecimiento, que si lo fue la expansión industrial para exportación desarrollada como un nuevo proceso de ensamblaje, cuyos casos más representativos han sido la producción de componentes para la tecnología de la información, la producción de equipo médico, sectores que generan crecimiento y empleo, pero reducido al ámbito cercano a su producción; no generan encadenamientos relevantes hacia el conjunto de la estructura productiva.
Las actividades de ensamblaje, por la dificultad de lograr en el país un abastecimiento amplio de materias primas e insumos, han producido una dependencia de las materias primas, los insumos y los servicios importados hasta en un 38% (2017); como consecuencia de esta dependencia de las importaciones, las industrias de ensamblaje generan la menor cantidad de encadenamientos siendo uno de los factores más importantes de la aceleración de las importaciones en esta etapa.
En tanto, el segmento más dinámico de la agricultura y la agroindustria es el menos dependiente de las importaciones, ya que solo el 8% de su valor corresponde de insumos traídos del exterior; por eso se convierte en el área productiva que produce más encadenamientos. En este segmento se encuentran la producción de diversos tipos de carne, así como la producción de café y azúcar; se trata de procesos productivos que compran la mayor parte de sus materias primas e insumos adentro de la economía, por lo que necesitan un nivel bajo de importaciones (Esquivel, F., p.88).
De manera similar, el resto de la agricultura y la agroindustria, así como la ganadería, adquieren mucho de sus materias primas a lo interno de la economía, pero necesitan un nivel un tanto más elevado de importaciones, llegando a adquirir el 17% de su valor en importaciones”.
Por su parte, observando la capacidad de generación de encadenamientos de los principales sectores productivos y utilizando un multiplicador (cuantos colones adicionales se generan por cada 100 colones producidos), se confirma que “los mejores encadenamientos se producen en la agricultura y la agroindustria, generando 104 colones adicionales.
Mientras las nuevas actividades impulsadas por la etapa III muestran una capacidad limitada de generación de encadenamientos, con un multiplicador de 20, esto se debe a que se trata de un ensamblaje altamente dependiente de las importaciones de materia prima”. (Esquivel, F, p.120).
Frente a las limitaciones estructurales de la III etapa del proceso exportador, el documento propone una IV Etapa, fundamentada en los siguientes elementos:
“Costa Rica debe superar los problemas de desarticulación de las cadenas productivas con el aparato productivo interno y que disminuyan las importaciones, impulsando una estrategia exportadora basada en áreas productivas con capacidad de generar encadenamientos relevantes.
La optimización del crecimiento necesita combinar los estímulos a la exportación y a la expansión del mercado interno; con esto se producirá un proceso de expansión en donde el mercado externo crezca en armonía con el mercado interno. En ese sentido, la producción local debería ser generada con estándares de eficiencia y de calidad mundial.
En un enfoque alternativo, la necesidad de participar activamente en el comercio internacional, mediante una estrategia de gestión de ventajas competitivas sustentada en el avance tecnológico y en la inclusión social. En esta estrategia se trata de un proceso gradual y selectivo, que posibilite un proceso de preparación de permita el cambio de las empresas y de su entorno sectorial y nacional. (Esquivel, F., p.194).
“Es indispensable que la apertura de la economía se haga de tal modo que no involucre la destrucción de la capacidad instalada existente y que permita una efectiva reconversión de las actividades productivas. En un enfoque de reconversión productiva, la ventaja competitiva se construye mediante un proceso de preparación, con el que se busca resolver los rezagos de una estructura productiva heterogénea y aprovechando las condiciones naturales y la experiencia productiva del país.
La estrategia impulsaría un modelo productivo que incremente la producción exportadora aprovechando el potencial que tiene el país para generar encadenamientos productivos, utilizando los recursos naturales, la biodiversidad, la mano de obra y la experiencia productiva de las diferentes regiones. En ese sentido la prioridad la tendrían sectores como la agroindustria, el turismo que genera encadenamientos y la producción de servicios de alto valor.” (Esquivel, F., p.199)
En la década de los 90, varios economistas centroamericanos prepararon propuestas para impulsar el desarrollo de la región con base en la agroindustria, la actividad pesquera y la producción forestal. La articulación sinérgica entre agricultura e industria se planteaba como el camino idóneo para lograr procesos acumulativos de valorización de la producción que sea crecientemente competitiva en el marco regional e internacional;
La estructura productiva polivalente se componía de cadenas productivas capaces de fabricar bienes diversos de manera simultánea y alterna; una capacidad agroindustrial de múltiples salidas en sus cadenas productivas que formarían una red integrada transversalmente, la abundancia de su fuerza de trabajo y una diversificación productiva de bienes finales e intermedios, fundamentalmente a partir de su estructura productiva agroindustrial. (Esquivel, F., p.204).
En el caso de Costa Rica, la propuesta de desarrollo agroindustrial elaborada tenía como prioridades los productos lácteos, la producción de dulce y otros derivados de la caña de azúcar, el beneficio del café y el cacao en pequeña escala, la elaboración de bocadillos y frutas deshidratadas, desarrollo de productos a base de yuca y el procesamiento de especias, dentro de un proceso de incorporación de tecnología e innovación, dirigido a elevar la calidad y competitividad de los productos agroindustriales en los mercados locales y regionales. (Masís,G.,1993,p.63).
En el planteamiento de Esquivel para la IV Etapa, el sector exportador crecería de manera armónica con la producción para el mercado local; (propone) “se logre una nueva articulación de lo externo con lo interno y pueda generarse un período de crecimiento donde la expansión del mercado externo esté en armonía con la expansión del mercado interno. (Esquivel, F., p.210).
La idea del desarrollo complementario de los sectores externo e interno y del impulso de los “dos motores” de la economía, ha sido mencionada por organizaciones de productores e investigadores de las Universidades, sin embargo, ha tenido poca acogida entre los grupos políticos del país, en su mayoría indiferentes al potencial del agro y la agroindustria, pero matriculados con la atracción de inversión extranjera directa hacia la industria de ensamblaje y de servicios tecnológicos.
Centroamérica y Costa Rica celebran la independencia de España. Existen muchas valoraciones sobre este hito histórico, ocurrido en 1821. Entre algunos de estos aspectos se encuentran el modo mediante el cual se dio esta independencia. A diferencia de los países sudamericanos que tuvieron que enfrentar cruentas guerras, en las que sobresalieron caudillos criollos como Simón Bolívar o Francisco Pizarro; a Centroamérica la independencia del imperio español le llegó sin derramamiento de sangre. Esto se debió a que España era un imperio en acelerada decadencia y centraba sus fuerzas en las guerras religiosas europeas, más que en sus dominios del mar, donde era superada por Inglaterra, y de las colonias en América.
Después de la independencia de España, Costa Rica afrontó importantes gestas para conservar su independencia; entre ellas, guerras civiles para decidir si se anexaba o no al imperio mexicano de Iturbide y la defensa de la patria, liderada por Juanito Mora en 1856, en contra de los filibusteros, liderados por William Walker.
Debido a estas gestas y la historia no contada de Costa Rica, es importante recalcar que la libertad y la independencia no es algo que se tiene, sino que se trabaja y se materializa.
Desde antes de la independencia de España, en Costa Rica se generó una casta de familias criollas adineradas que querían independizarse de España para no pagar impuestos a la Corona. De esta misma casta surgieron los principales grupos de poder que se disputaron el poder, durante los siglos XVIII y XIX, en medio de golpes de estado, fusilamientos y la implementación de algunas ideas progresistas, traídas por criollos estudiados en Europa, principalmente del liberalismo inglés de Charles James Fox y Leonard Hobhouse, un liberalismo que era muy distinto de como se entiende este término hoy en día en la política nacional. Entre estas políticas progresistas se encuentra el acceso a la educación, la secularización de los cementerios y la mejora de ciertas condiciones sociales para las personas más necesitadas.
Gran parte de esta influencia liberal inglesa, que como dijimos, se inspiraba en el pensamiento de Leonard Hobhouse (pensador que consideraba que la evolución era una fuerza natural que conducía las dinámicas de la vida, pero que la racionalidad humana intervenía en esta dinámica para aportar a la conformación de mejores condiciones humanas, motivo por el cual, a diferencia de como pensaban Spencer y Burke, entre otros, el Estado debía intervenir en la economía y generar reformas sociales que logren mejores condiciones de vida para los más necesitados), generó una división en el seno mismo de las familias adineradas costarricenses, ya que algunas conservaron ese sentimiento criollo de no querer pagarle impuestos ni a la corona ni al Estado costarricense y otras consideraron que invertir en salud y educación era fundamental para tener un mejor país para todas y todos.
Durante la primera mitad del siglo XX, en Costa Rica confluyó una gran diversidad de pensamientos políticos que comprendía el conservadurismo, el social-cristianismo, el liberalismo, el reformismo y el comunismo. Esta amalgama de discursos y un contexto donde la educación adquiere mucha importancia, propició las condiciones para la creación de las garantías sociales como el Código de Trabajo, universidades públicas, la CCSS, del ICE, el INA entre otras instituciones que pretendían hacer que el país saliera adelante, mejorando las condiciones de vida de toda la población.
Sin embargo, para la creación de estas instituciones que tanto bien social han generado a Costa Rica, debía pagarse impuestos y no debemos olvidar que los sectores conservadores de las familias adineradas del país siempre se han opuesto a los impuestos y es así como siempre han visto con cierto odio y desprecio el papel que cumplen estas instituciones en nuestras sociedades.
Durante la segunda mitad del siglo XX, se establecieron las condiciones de la Guerra Fría y Estados Unidos comenzó a ejercer una fuerte influencia para satanizar a los movimientos comunistas en América Latina, así como la aplicación de políticas progresistas en la región. Sin embargo, en Costa Rica se estableció y consolidó, después de la gesta de 1948, un modelo social-democrático, gracias al afianzamiento de las instituciones públicas y de una clase media que se fortalecía a través del acceso a la salud, la educación y el trabajo. El Estado intervenía en la economía, a través de impuestos, para financiar los programas de reformas sociales que brindaban las condiciones materiales para que el pueblo costarricense pudiera salir adelante. Se partía de los principios del liberalismo de la primera mitad del siglo XX, de acuerdo con el cual, el mercado promueve la libertad, pero a la misma vez genera injusticias, motivo por el cual, el Estado debe intervenir en la economía y obtener una parte del pozo de la riqueza del mercado, para generar igualdad social.
Todo lo anterior era un trago amargo para las familias conservadoras de este país, las cuales fueron afianzándose tanto en el PLN como en el PUSC, a lo largo del periodo del bipartidismo y posteriormente en el rejuntado del PAC, Sin embargo, desde la década de 1970, estas familias encontraron un respiro en los discursos neoliberales que promovía Estados Unidos, principalmente a partir del gobierno de Ronald Regan. De acuerdo con estos discursos, tal y como lo hemos venido estudiando en entregas anteriores, el mercado es una entidad racional que es capaz de colocar cada una de sus fuerzas donde generen una mayor productividad; por lo tanto, nada, ni el Estado, puede regular el mercado y si el Estado interviene en el mercado, mediante la aplicación de impuestos, comete una injusticia en contra del mercado y atenta en contra del modelo de democracia yanqui.
Este modelo neoliberal se fue imponiendo en nuestro país, con la aplicación de Programas de Ajuste Estructural (PAEs), durante las décadas de 1980 y 1990 y con la privatización de un conglomerado de empresas estatales que intervenía en el sector productivo nacional (CODESA), en la década de 1990. Estas mismas políticas fueron las que predominaron en el intento de Miguel Ángel Rodríguez de privatizar el ICE en 2001 y la promoción, impulso y aprobación del TLC por parte de Óscar Arias, entre 2004 y 2007,
Paralelo a este proceso, en Costa Rica se había consolidado una democracia participativa con un importante poder político. El contar con clases medias educadas y dispuestas a defender el estado social de derecho y todas sus instituciones, a través de sindicatos y movimientos sociales, logró frenar las intenciones de Miguel Ángel Rodríguez de privatizar el ICE y generó una fuerte oposición en contra del TLC que al final se manifestó en el Movimiento del NO, en el desafortunado Referéndum de Óscar Arias, con memorándum del miedo de Kevin Casas y Fernando Sánchez incluido.
Sin embargo, el ataque mediático de las familias conservadoras y neoliberales del país a las instituciones públicas; ya no solo para no pagar impuestos, sino también para aumentar su pecunio al incorporar a sus negocios sectores de la economía que el Estado regula para generar igualdad social (como lo es la salud, la educación, el agua, la electricidad, los seguros y las telecomunicaciones); se ha caracterizado por aplicar una misma fórmula, diseñada globalmente por la inteligencia de Estados Unidos: a. escándalos de corrupción e impunidad para los políticos que saquean las instituciones; b. presentar ante los ojos de las audiencias los servicios públicos como servicios de baja calidad; c. generar normas y reglamentos que traban el buen funcionamiento de las instituciones; d. hacer ver a la y el empleado público como vagos con privilegios; e. tercerizar, que es lo mismo que privatizar, los servicios, comenzado por seguridad, mantenimiento general y limpieza y llegando progresivamente a los servicios esenciales como salud y educación; e, desfinanciar las instituciones públicas y las arcas del estado a como dé lugar; f. quebrar las instituciones públicas; g. venderlas al mejor postor, o sea a los miembros de las élites nacionales y a los consorcios trasnacionales.
Durante este gobierno, las políticas promovidas por las familias adineradas, conservadoras y neoliberales, se han afianzado con mayor fuerza en este país. El desprestigio que habían sufrido durante los últimos años los sindicatos, los movimientos sociales y sobre todo el derecho a huelga, que garantizaban una clara democracia participativa, han sido un golpe duro para la oposición popular. Por otra parte, las políticas de impuestos se han ceñido en contra de las personas pobres y han exonerado y generado condiciones cada vez mejores para los ricos. En síntesis, este gobierno ha debilitado con mayor fuerza la clase media de nuestro país y tiene como excusa la pandemia, como si esta fuera la única causa de la crisis general de Costa Rica.
Los contrastes son más que evidentes. Mientras la clase política se impone en la Junta Directiva de la CCSS y modifica la Ley de Pensiones, bajando los montos que recibirán las personas trabajadoras y aumentando la edad de pensión y mientras la SUPEN, conducida por el ojo perverso de Rocío Aguilar, busca reducir o eliminar las pensiones mínimas; en la Asamblea Legislativa se promueve proyectos de ley para condonar la deuda que tienen con la CCSS, no solo las y los trabajadores independientes, como lo quieren hacer ver algunos medios de comunicación, sino las deudas de compañías con casos de corrupción pendientes como ALDESA e incluso las deudas de algunos diputados. El descaro no puede ser más grande y la realidad no puede ser más evidente.
Es en medio de este contexto que el Gobierno de la República celebra el Bicentenario. Un Bicentenario que no pasa de la etiqueta y el protocolo, porque en acciones materiales, la independencia actual de las clases pobre y media de Costa Rica se está yendo por el drenaje del neoliberalismo, al igual que la democracia participativa y en general, nuestra libertad.
Estimadas y Estimados Afiliados de SITRAINA. Estimadas y Estimados Compatriotas. La independencia no debe ser celebrada simplemente como “la” independencia. El 15 de setiembre se celebra la independencia de España, pero debe servirnos la fecha no solo para conmemorar esto, sino para hacer memoria histórica sobre nuestro pasado y valorar desde ahí nuestra situación presente: ¿qué tan independientes somos en Costa Rica, sino pertenecemos a las familias históricamente más ricas, conservadoras y neoliberales?