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La herencia y el espectro radioeléctrico, un tema que atañe a la cultura

Por José Luis Amador

Cuando el padre, ya en su lecho de muerte, llamó a sus hijos y a la madre, les dijo con serenidad: “Aquí les dejo esta herencia. Es una finquita; no es la más grande, pero es lo que tenemos. ¿Para qué la van a usar?”

Entonces el hijo mayor, que era empresario dijo: Ah, la podemos vender y hacer negocios. Podemos poner el dinero en la bolsa de valores y capitalizar. ¡¡Sacarle plata!!

Y el menor que era músico y poeta dijo: podemos organizar grandes conciertos, actividades culturales, la finquita podría ser útil para la difusión de la música, la cultura, la poesía y la belleza…

Y así todos los hijos fueron diciendo según su criterio, para qué podía servir la heredad que dejaba el padre.

El sacerdote vio una iglesia y así sucesivamente.

Solo la madre dijo: esta herencia es la única que tenemos y tiene que servir para todos. Para hijos, nietos y bisnietos. Tiene que permitirnos cosechar el pan, tiene que permitirnos convivir, tiene que ser sostenible en el tiempo y también tiene que haber un espacio para el regocijo, la cultura y la alegría, por supuesto. Pero es de todos. No solo de dinero vive el hombre, ni solo de oraciones, o de música y belleza tampoco.

Este patrimonio no será exclusivamente para una cosa, o para las necesidades de uno u otro. Por pequeña que sea, tendrá que servir a todos, porque es patrimonio de todos, mientras estemos aquí.

Y así ocurre con todo.

Una de las características fundamentales del espectro radioeléctrico, es su enorme potencial económico. ¿Cómo no darse cuenta de ello? Es un patrimonio que permite capitalización, que permite generar grandes recursos económicos. Por supuesto que es carne de vaca para los negocios.

El otro aspecto del patrimonio radio eléctrico es que es potencial político. El manejo de la información, las noticias, la comunicación ha sido utilizado como un cuarto poder. Quien posea las ondas hertzianas tendrá participación y acceso al poder.

El otro aspecto que está presente en el espectro radioeléctrico es el campo del entretenimiento. Y cuando hablamos de entretenimiento hablamos de negocios y dinero. Pero hablamos también de identidad y cultura.

La cultura no es una mercancía ordinaria como algunos creen. Sino que está enormemente vinculada a la identidad de los pueblos. La cultura y la forma en que se mercantilizan los recursos culturales, permiten o niegan el manejo de identidad nacional y regional también.

El manejo del espectro radioeléctrico no es solamente un asunto de hacer negocios y de que cada cual pague un derecho y sacar una tajada para las arcas de Hacienda. Esta finquita es de todos, incluyendo los grupos específicos, las comunidades, las universidades, grupos profesionales sindicales, todos necesitan espacio y voz. Además de ser un negocio, las ondas hertzianas deben ser vistas como espacio para la comunicación educativa. Las universidades, los centros culturales tiene que tener un acceso al espectro radioeléctrico.

No todo en la vida puede ser comercializado. Por lo menos no todo debe ser comercializado en la misma medida. No podemos medir el valor de los espacios culturales, regionales y religiosos, con la misma vara de medir las grandes empresas.

Tampoco ganamos con grandes empresas transnacionales enquistadas en nuestro espectro radioeléctrico y en nuestra vida social comunitaria y nacional; si perdemos esta herramienta, este recurso necesario para el ejercicio del arte, la cultura, la acción política, la expresión, el conocimiento, y la ciencia de nuestros hijos y nietos.

Pienso que aquella madre tenía razón a la hora de repartir la finquita. Hay que pensar en todos estos aspectos. El espectro radioeléctrico tiene que ser para todos de acuerdo con sus necesidades, que al final y al cabo, son las necesidades de toda la colectividad.

Aunque viéndolo bien, esto no pasa solo con la finquita radio-eléctrica.

Toda la Finquita Nacional debería tener una repartición más o menos parecida. Porque la gran familia nacional tiene necesidades, no solo los poderosos. No solo los que pueden comprar las acciones en la gran subasta de la vida.

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