Silencio por dignidad: la otra cara de la autocensura
Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y Periodista
La Universidad de Costa Rica publicó un estudio titulado “Autopercepciones sobre libertad de expresión y desigualdades”, y sus resultados inquietan: más de la mitad de las personas siente que hoy hay censura o límites para hablar, y casi la mitad admite que ha preferido callar en redes por miedo a las consecuencias.
En el último caso, lo verdaderamente revelador no es el miedo. Es lo que lo provoca. La conversación pública —ese espacio donde la ciudadanía piensa en voz alta expresa desacuerdos, comparte preocupaciones y discute lo que afecta a la vida común— dejó de ser “conversación”. Opinar equivale a exponerse a un linchamiento exprés: burlas, etiquetas y la presión inmediata de tomar partido. Apenas formulamos una idea y ya alguien está listo para descalificar sin más. Ese ambiente no solo inhibe; también expulsa a quienes tienen criterio y no están dispuestos a malgastar sus fuerzas en peleas que se reducen a un pantano emocional.
Por eso me atrevo a decir que la autocensura, a veces, no es cobardía. Es una forma discreta —y perfectamente legítima— de protesta. Un modo de marcar distancia cuando el ambiente se volvió tóxico. No es rendirse; es decir “hasta aquí” sin necesidad de montar un drama.
En este sentido, el silencio puede, también, ser una forma de autocuidado: negarse a un desgaste inútil y reservar la palabra para quienes realmente sepan respetarla. Porque, seamos francos, mientras la discusión siga reducida a empujones, zancadillas y bofetadas dialécticas, muchos optarán por callar… no por temor, sino por dignidad. Es el límite que uno traza cuando el entorno dejó de permitir un intercambio decente. Y ahí conviene recordar una frase sencilla del papa Francisco: “Nada se gana con la violencia y tanto se pierde.” Tu furia no me arrastra; la calma es mi poder.
Este matiz es crucial. La autocensura que hoy observamos tiene un componente moral. Es un “no gracias” frente a la brutalidad del intercambio público. No es timidez: es salud emocional. No es silencio impuesto: es silencio elegido. Y en esa elección hay un reclamo implícito hacia quienes han vaciado los espacios de diálogo y los han convertido en arenas donde lo importante no es pensar, sino doblegar.
Por eso es posible entender la autocensura como un acto de resistencia. Ese silencio selectivo revela que todavía hay quienes saben que conversar es un acto profundamente humano, que exige respeto, escucha y un mínimo de sensatez compartida.
Paradójicamente, ese silencio termina diciendo más que mil publicaciones. Dice: “Así no”. Dice: “La conversación merece algo mejor”. Y ese decir, aunque parezca modesto, mantiene viva la esperanza de un espacio público más digno.
Entiendo que cada silencio deja más cancha libre a quienes imponen su hegemonía a gritos. Pero también sé que la energía personal es un bien finito. Prefiero dedicarla a espacios más dignos, donde aún sea posible pensar, construir y escuchar. Lo otro sería desperdiciarla.
Por eso me atrevo a afirmar que, en ciertos contextos, la autocensura no apaga la libertad de expresión; más bien la resguarda del ambiente que la degrada. A veces callar no es renunciar: es ejercer la forma más adulta de cordura.
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