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Etiqueta: homofobia

La reinvención de Cartago

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

En los años setenta, el dramaturgo chileno Oscar Castro escribió la pieza teatral La Guerra, referida con un poco de humor y sorna a los eventos que predominaron en buena parte de países latinoamericanos en aquel tiempo. Escrita en tiempos de dictadura chilena, en reclusión y bajo acoso, el dramaturgo haría de la puesta en escena un acto de resistencia contra la barbarie y la represión.

Tiempo después, en mi querido Conservatorio de Castella, semillero de artistas a escala mundial, montaríamos esa obra bajo otro nombre: ¿Y dónde está el enemigo? El espectáculo incluía música, coreografía, interacción con el público, en una verdadera maniobra desde el arte para desnudar el sinsentido de los conflictos y la guerra como su máxima expresión.

He pensado todos estos días, a propósito del escenario de crispación social construido por el actual gobierno en Costa Rica, sobre las formas en las que se produce el enemigo, se le nombra y se le ataca.

Particularmente, me ha llamado la atención dos ejes discursivos que con fuerza producen ese enemigo, en especial en redes sociales: la denominación de “zurdo”, idea que fue colocada justamente por algunos representantes del Poder Ejecutivo en alocuciones públicas, para hacer referencia a adversarios o personas distantes de las ideas del gobierno y la utilización del insulto con tintes homofóbicos, proferidos también desde las más altas vocerías gubernamentales. Sobre esto último, no se me ocurre pensar en otra denominación que no sea la de las masculinidades tóxicas que predominan hoy el entorno político que lidera hoy los destinos (¿destinos?) del país.

Ahí está el enemigo. En esas ideas vanas y superficiales a través de las cuales se ha construido esa otredad política, en un peligroso juego narrativo que podría desencadenar en acciones de violencia que lesionen la integridad de las personas, solo por definirse contrarias al pensamiento hegemónico instalado desde hace más de cuatro años.

Lo vimos este 14 de setiembre en Cartago, lugar donde año con año se realizan las celebraciones oficiales vinculadas con la llegada de la antorcha de la independencia al país. La movilización extrema de fuerzas de seguridad, el anillado perimetral para separar al público asistente de las autoridades, la revisión de “material peligroso” como faroles y pancartas, la solicitud de identificación y otros desvaríos, complementaron lo que denominaría como “La Reinvención de Cartago” ahora convertida en esa espacialidad simbólica en la que el gobierno de la república (ahora con minúscula) hizo una demostración de fuerza, prepotencia y autoritarismo.

Las peligrosas acciones en contra de manifestantes, producidas por simpatizantes del oficialismo, no deben ser leídas como parte del calor del momento. La escalada de violencia podría llevarnos a otro nivel en esto que pareciera ser, sin lugar a dudas, el momento del fin de la excepcionalidad en Costa Rica. Así parece y así fuimos leídos por la prensa internacional que cubrió los bochornosos actos del gobierno costarricense esa noche.

¿Dónde está el enemigo? ¿Contra quién es la guerra? Pareciera que ya fueron dadas las condiciones discursivas y ahora podrían empezar a presentarse, esperemos que no, acciones de otra naturaleza. Ya varias personas que han sido abiertamente perseguidas por su desafección política con el oficialismo han tenido que salir del país en busca de refugio. Esto no es ni más ni menos que un escenario de excepcionales rasgos que debemos mirar con atención. Que la reinvención de Cartago no termine siendo un modelo para implementar en el resto del país. Quienes creemos en la libertad, la democracia y el diálogo, aún podemos impedirlo.

Un correo electrónico EXTRAÑO e inesperado

Por: Luis Paulino Vargas Solís

Hace 15 o 18 años para mí aquello era frecuente. Eran tiempos en que las redes sociales, cuya influencia hoy es determinante, apenas nacían. El correo electrónico era, por entonces, el medio más expedito de comunicación y por esa vía –de alguna manera conseguían mi dirección– me hacían llegar sus mensajes.

El caso es que no me había vuelto a ocurrir. Las redes sociales sustituyeron al correo y amplificaron exponencialmente el efecto, convirtiéndolo en algo mucho más tóxico y de muchos mayores alcances.

Cierto: no me había vuelto a ocurrir. Pero hace pocos días, después de años, me ocurrió de nuevo. No es en absoluto casualidad puesto que vivimos los tiempos del chavesato.

El correo electrónico viene de un hombre de apellidos Céspedes. Incluye copia a un grupo de más de 20 destinatarios incluido un expresidente de la República y actual ministro y una exdiputada y actual asesora presidencial.

El contenido no da margen a la interpretación. Es intencionada y directamente homofóbico. El objetivo es igualmente claro: insultar y herir.

No me había vuelto a ocurrir en el correo electrónico, pero en las redes sociales es cosa de todos los días. En Twitter –que no volví a utilizarlo– era realmente brutal. En Facebook es pertinaz. Aparece en los comentarios públicos a mis publicaciones y, con multiplicada furia e incrementada frecuencia, en los mensajes privados por Messenger.

Yo, en general, veo pasar esas como veo pasar la lluvia.

Sé que no es conveniente decir que “me he acostumbrado” pero tampoco es asunto de tomarse a la tremenda cada ataque que recibo. Que, si así lo hiciese, ya probablemente estaría yo en un manicomio…

Hay que saber blindarse y establecer distancias para poder sobrevivir.

A lo largo de los años lo he vivido como siguiendo un patrón cíclico, o sea, con momentos de relativo apaciguamiento y momentos más violentos e intensos.

Recuerdo, por ejemplo, cuando, en 2010, las jerarquías religiosas se aliaron con algunos sectores políticos para impulsar un referendo que pretendía cerrar todas las puertas a la regularización de las relaciones de parejas del mismo sexo. Aunque las redes sociales solo ocupaban entonces un lugar muy marginal, la cuestión fue muy intensa.

La Sala Constitucional puso fin a aquel violento pugilato con una sabia resolución: “los derechos de las minorías no pueden ser decididos por las mayorías”, fue, en lo esencial, su dictamen. Y, por cierto, era la misma Sala que, durante los 10 años anteriores, desde inicios del nuevo siglo, una y otra vez negó a las parejas del mismo sexo el acceso incluso a los más elementales derechos.

En los años siguientes continuó la lucha. Hasta llegar a 2018. La opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos cambió todo de un plumazo y la reacción subsiguiente, por parte de los sectores conservadores, fue absolutamente feroz.

De nuevo fui parte de esa pelea. Aporté lo mejor que estuvo a mi alcance, según mis posibilidades, y aguanté la artillería que me tocó en suerte recibir.

La Sala Constitucional quedó atrapada en un zapato. Su propia jurisprudencia reconocía el carácter vinculante de las resoluciones de la Corte Interamericana, lo que la obligaba a pronunciarse a favor de algo que, a lo largo de tantos años, había sentenciado negativamente en forma reiterada.

El matrimonio igualitario –igual para parejas heterosexuales que para parejas del mismo sexo– se hizo realidad. Aunque rodeados de ácidas polémicas y frases infamantes, luego vinieron diversos avances a favor de las personas trans.

Y, entonces, el chavesato.

El boicot contra la marcha del orgullo, la supresión de los programas de educación para la sexualidad y la afectividad y la eliminación de los protocolos contra el acoso en ambientes escolares, son el signo de los nuevos tiempos. Empezó con Chaves y es evidente que encuentra “continuismo” con Fernández, al extremo, realmente ridículo, de tomarlo como pretexto para desbordarse en infundios contra la Agenda 20-30.

Todo esto ha propiciado que el discurso contra las minorías LGBTIQ escale y se vuelva mucho más purulento.

Chaves y Fernández comparten muchísimas características con los gobiernos de ultraderecha que hoy infestan el mundo. Construyen una narrativa alimentada por el odio y, por insólito que resulte, es el odio el que les proporciona el combustible que les energiza. De ahí que su signo sea el signo fascista.

Uno de los rasgos, comunes a todos esos gobiernos y proyectos políticos, es la agenda anti-LGBTIQ+.

Una agenda virulenta y encarnizada.

Los colectivos LGBTIQ+ deben tenerlo presente. Es nuestra obligación tenerlo presente.

El silencio no es opción. Decir “presente” y levantar la voz, con respeto, pero con energía, es algo absolutamente ineludible.

Racismo y homofobia en el fútbol

Luis Paulino Vargas Solís

En los últimos meses ha habido dos casos que han levantado polémica en relación con el racismo en el fútbol. En el primero se vio involucrado Justin Campos, en aquel momento técnico del Saprissa. En el segundo está implicado un jugador de este mismo equipo.

El debate sobre el racismo en el futbol costarricense viene de años atrás. Y en buena hora que así sea. El tema es importante en sí mismo, y lo es adicionalmente en cuanto muchos muchachos negros participan en nuestro fútbol, incluso algunos que se cuentan entre los más destacados jugadores.

Por otra parte, pregunto: ¿cuándo se va a conversar acerca de la homofobia en el fútbol? Uno bien podría decir que es una cuestión tan profundamente arraigada, y a tal punto normalizada, que ni siquiera se la menciona.

Eso sí, conviene reconocer que no es un rasgo exclusivo del fútbol: está presente en prácticamente todos los deportes. Pero presente en la rama masculina, ya que, entre las mujeres, las cosas dichosamente funcionan de otra manera. En el futbol femenino hay muchas chicas lesbianas, que no necesitan, ni mucho menos, disimular lo que son. Otro ejemplo es el tenis: no sé de ningún jugador de élite -ni actual ni del pasado- que sea reconocido como gay. En cambio, entre las mujeres, incluso algunas de las más grandes tenistas de todos los tiempos, son abiertamente lesbianas.

En el futbol masculino de Europa hay por ahí algún jugador gay. Son tan poquititos, que se hace obligatorio reconocer que, incluso en Europa, el tema es muy espinoso.

Hace muchos años no voy a ningún estadio, pero tengo presente que los insultos homofóbicos eran pan de todos los días ¿Ha cambiado eso? La verdad, lo dudo. El chiste sobre “los princesos”, que tiempo atrás circulaba profusamente, tiene esa connotación, pero está a tal punto naturalizada, que ni siquiera se capta.

Es asimismo conocido que cuando un equipo tico -incluida “La Sele”- viaja a otros países centroamericanos, los “cariñitos” que reciben desde las graderías habitualmente tienen un subido tono homofóbico, lo cual refleja un estereotipo bien arraigado en los otros países del área en relación con los hombres costarricenses (también hay sus estereotipos sobre las mujeres).

Téngase presente que el talento está distribuido entre la población, de forma totalmente independiente de su orientación sexual. O sea: si aproximadamente un 5% de los hombres somos homosexuales, ¿no debería haber aproximadamente un 5% de futbolistas talentosos que también lo sean? Pero, curiosamente, no hay ni uno solo.

Un grito excluyente, otra vez

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

En la anterior columna sobre la región Centroamérica hablábamos sobre el grito de los excluidos en los procesos de resistencia popular. Es un grito fuerte, claro, directo.

Hoy lamentablemente debemos referirnos a otro tipo de grito: el grito excluyente.

Es ya lugar común que una parte de la afición mexicana que acude a ver a su selección de futbol, una y otra vez recurra a la emisión de un sonido claramente dedicado a insultar de forma homofóbica, al contrario. Por ello, la organización del fútbol mexicano ha recibido apercibimientos, multas, órdenes para parar ese flagelo.

De nada ha servido. Lo han vuelto a hacer. Esta vez en el último partido contra la selección de Honduras.

Los estadios donde se juega fútbol y en general los reductos que reciben afluencia importante de aficionados, son espacios que condensan una radiografía de sus sociedades, amparada en un anonimato oficializado. Ocurrió hace poco en un estadio costarricense, esa vez con insultos xenofóbicos de por medio hacia un jugador nicaragüense.

No hace mucho, en los años ochenta, cuando equipos o selecciones centroamericanas venían a jugar al estadio nacional costarricense, eran recibidos con gritos y sonidos parecidos a los que identificaban a los personajes indígenas de las películas estadounidenses de aquellos años. Todo el estadio. Al unísono.

Recordemos que esos aires de superioridad racial costarricense fueron construidos en la época de consolidación del proyecto liberal donde blancura y excepcionalidad conformaron los ejes temáticos del discurso hegemónico.

Aún queda mucho por trabajar en estos temas. México, su selección, está a las puertas de una fuerte sanción que le impediría inclusive jugar la Copa América. En Costa Rica la investigación de un nuevo caso de racismo de un jugador hacia otro nos recuerda la permanente tarea pedagógica, pero sobre todo humana, que debemos realizar todos y todas en esta sociedad para acallar esas voces, esos gritos excluyentes de una buena vez.

Con la mecha corta

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Lo señalaron. Claramente. Tardó unos minutos en reaccionar y tomó la decisión de salir del estadio, o más bien lo invitaron a salir, que es lo que dicta el protocolo. Minutos antes había soltado un insulto racista hacia Pablo César Wanchope que todo el país escuchó.

Pese a que la acción correctiva está bien y es válida para trabajar el momento, al igual que el veto a una cancha hace unos días, pienso que esta epidemia inagotable de racismo, xenofobia, homofobia, discriminación y discursos de odio que estamos transitando, no se soluciona sacando a la gente, imponiéndole multa, vetando los estadios.

Considero que la acción debe ser más ejemplarizante. Así como a aquellos que infringen la ley de tránsito se les imponen multas y castigos con puntos y acciones formativas que deben cursar, a estas personas que un día sí y otro también se escudan tras un envalentonamiento patriarcal y agresivo, se les debiera invitar a recibir procesos de formación, hacer horas comunitarias, reparar el daño de alguna manera ahí sí, ejemplarizante.

En menos de una semana el país ha expuesto su mecha corta en materia sociocultural. Este aficionado que prefirió insultar a Wanchope por su color de piel, una diputada oficialista que sugiere comprar el número de homicidios registrados en el país (que ronda ya la cifra de 660) en lotería, como la gran gracia de humor pesado y chabacano y un ¿periodista? deportivo que invita en sus redes sociales al ataque y la provocación contra Joel Campbell, un jugador de fútbol que recién llegado al país luego de varios años en el exterior, empieza a sentir el ácido de la siempre lacónica Costa Rica bendita, amante de la paz y la democracia.

La mecha, si, es demasiado corta. El contrato social habrá expirado hace algunos años y las vías de integración horizontal se esfumaron incluso antes de la época pandémica. Por eso la violencia, por eso los poderes fácticos, por eso el insulto racista, por eso las muertes en carretera. Por eso estamos a minutos de pasar de las palabras, los insultos, las provocaciones, a los hechos.

Debemos detenernos. Exigirnos entrar en un reseteo de forma y fondo. Formarnos en educación intercultural, hacer válida desde la convivencia y el acto trascendental del respeto a las diferencias, la expresión de ese dichoso artículo 1 de nuestra Constitución Política, que por el momento no es más que una declaración de interés jurídico.

Debemos parar esto. Ya.

ANEP: Acerca de la violencia política de los simpatizantes de Chaves

El día 16 de junio de 2023 la Junta Directiva de ANEP responde a los ataques recibidos el lunes 12 de junio de 2023 por parte de los seguidores del presidente Chaves, asimismo responde a los miles de muestras de solidaridad que han recibido.

Albino hace un llamado al diálogo social y movilización cívica pacífica. A su vez, se dirige al presidente Chaves resaltando que sus discursos de odio, confrontativos ha generado xenofobia, misoginia, violencia de género, homofobia, aporofobia y ha satanizado y vulgarizado a las dirigencias sindicales del país.

Para escuchar el mensaje de Albino Vargas ingrese al siguiente enlace:

Un gesto cobarde

Por Memo Acuña (sociólogo y escritor costarricense)

La lucha contra la discriminación es continua y no se detiene. Plantea desafíos improrrogables y la tarea pareciera no concluir, dados los acontecimientos que lo confirman en lo cotidiano.

En Costa Rica esa disputa contra discursos y prácticas discriminatorias no cesa. Son cientos de ejemplos de cómo nacionalidad, género, color de piel, preferencia sexual y clase resultan categorías definitorias de un proceso irreversible, en franco deterioro en las interrelaciones sociales y la convivencia.

Hemos dicho en esta columna que toca refundarnos. Volver a redactar la letra menuda de un contrato social que debiera integrarnos a todos y todas. Esa actitud debe pasar justamente por un ajuste en el que debiéramos empezar por el principio.

Convendría entonces revisar nuestros vínculos. Asumirnos como comunidad de distintos en la diversidad. Eso es justamente lo que nos falta. La ausencia declarada de horizontalidad.

Un reciente juego de futbol de primera división desarrollado en el Pacífico costarricense tuvo que ser intervenido dos veces con el protocolo indicado por actos de homofobia y racismo. Dos veces.

La implicación social de este acontecimiento no es menor si se considera la asistencia de niños, niñas y jóvenes al evento. Irán naturalizando estas prácticas y del acto simbólico al físico sólo habrá un paso.

Un grito homofóbico y un insulto racista en un juego de fútbol sólo expresan la decadencia a la que asistimos. El contexto también es importante ya que la zona pacífica del país es objeto en la actualidad de una violencia generalizada propiciada por grupos criminales que pugnan por el control de sus territorios. Pobreza, desigualdad y fractura social son rasgos que caracterizan esa región.

Pero un grito homofóbico y un insulto racista también señala la cobardía de un gesto que escudado en el anonimato del colectivo encuentra su mejor forma para desarrollarse.

Es necesario no solo parar un partido de fútbol por estos actos. Es necesario detenerlos y cambiarlos por acciones formativas en materia sociocultural.

La tarea sigue siendo necesaria.

La ira incontenible

Por Memo Acuña (sociólogo y escritor costarricense)

“Igualiticos nunca hemos sido”, decía con humor e ironía el querido y recordado Carlos Sojo en su obra “La construcción social de la desigualdad” (PNUD-FLACSO, 2012).

En este análisis, falto ahora de un complemento de cómo en los últimos 10 años los procesos de deterioro social y la imposibilidad de cumplir un contrato social de integración horizontal, Sojo desmenuzaba la matriz sociocultural e institucional que crea la base de la desigualdad en el país: componentes sociales, raciales, económicos y geográficos alimentan esa Costa Rica que las visiones hegemónicas insisten en borrar bajo el candor de un aparente idilio que nos crea como comunidad de iguales.

Nada más alejado de una realidad que nos golpea hoy más que nunca. Pero no solo ese tema debe leerse críticamente.

Junto a la igualdad como mito fundacional de una colectividad desagregada, otro gran referente discursivo e ideológico en la construcción de esa Costa Rica hegemónica, ha sido el de la paz como núcleo que vertebra las relaciones sociales de los costarricenses.

Recién concluí la lectura de “El año de la ira”, novela ficcional de corte histórico escrita por Carlos Cortés y publicada por Ediciones Alfaguara en 2019.

En esta obra Cortés propone con detalle una lectura al pasado militar y violento de la sociedad costarricense, basado en los acontecimientos sucedidos entre 1917, año en que el presidente Alfredo González Flores es derrocado por su Secretario de Guerra y Marina, Federico Tinoco Granados y 1919, cuando se produce el asesinato de José Joaquín, hermano de Federico y la caída del régimen dictatorial que ambos labraron por aquellos años.

A menudo se suele caricaturizar la abolición del ejército en Costa Rica, otorgándole una dimensión simbólica que no permite dimensionar el eje histórico de la violencia que ha marcado el desarrollo de la sociedad costarricense en su conjunto. La ausencia de institucionalidad no significa necesariamente que el ADN de la violencia siga operando como marcador en la sociedad costarricense.

Ni igualiticos ni pacíficos hemos sido. Ambas son narrativas sedimentadas en la necesidad de alimentar momentos devocionales a nivel colectivo.

Por ello, el origen de lo que ha ocurrido desde 2022 en cuanto a asesinatos y la violencia generalizada en el país, debe ser buscado en las bases históricas de lo que hasta hace muy poco (70 años) constituía un ejercicio social e institucionalmente naturalizado, basado en la aplicación de métodos violentos para construir democracia. Esta lectura crítica complementaría la predominante que ubica las violencias en una conflictividad de actores y poderes fácticos que prácticamente se han repartido el país y lo administran a su antojo.

La ira del tico bien podría dar cabida a otros análisis sobre sus formas expresas y veladas de comportamiento. La descarga discursiva en redes sociales, la xenofobia, la homofobia, la aporofobia se vinculan con todo tipo de violencias físicas hacia niños, niñas, personas adultas mayores, poblaciones indígenas, entre otros ejemplos cotidianos.

No es una ira solapada, sino abierta e incontenible. Para detenerla hay que asumirla. Trabajar sobre sus orígenes y desde allí empezar su desmontaje. Esta tarea es necesaria para la construcción de una experiencia colectiva en la que nos reconozcamos todos y todas.

Cinco minutos antes de la cuenta atrás

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Una de las características de los procesos de globalización, es que posiciona en el tiempo y en el espacio las diversas problemáticas. Las hace coexistir y dan la impresión entonces de constituir y provenir de una misma matriz, una misma causa estructural.

A los buenos deseos y propósitos que se desparraman de forma viral con el cambio epocal, se le suma la esperanza de que ahora si conseguiremos ser mejores seres humanos.

Lo hemos dicho varias veces.

Si de algo debió servirnos la crisis civilizatoria instalada durante 2020 en el plano sanitario, que luego se amplió al cultural, social, institucional y ambiental, fue para que consideráramos también una transformación en las formas de convivencia.

No lo hemos logrado y vamos hacia atrás, como la vieja cuenta de Mecano.

En el plano mundial la cosa no mejora y la intolerancia campea por la libre. El jugador brasileño del Club Real Madrid Vinicius, denunció haber sido objeto de insultos racistas en un juego en Valladolid al finalizar 2022.

Al iniciar 2023 una turba escudada en el anonimato del colectivo, le dedicó tremendos cánticos homófobos al entrenador y exjugador inglés Frank Lampard, en un duelo entre su club Everton y el Manchester United.

La gigante FIFA con toda y su transnacionalidad multimillonaria a cuestas, de vez en cuando se acuerda de su Responsabilidad Social Empresarial y volvió a multar a México, su Federación, por los cánticos homófobos y despectivos de su afición en el recién pasado mundial en Catar.

En el plano doméstico tampoco hay buenas noticias.

En lo que llevamos de 2023 en Costa Rica ya sobrepasamos el promedio de femicidios mensual y han fallecido asesinadas 10 mujeres del total de 26 homicidios que han recibido el año, hasta el momento que se escribe esta columna, en una cifra que aumenta día con día.

También en nuestro país y estos primeros días de 2023, una persona joven negra denuncia haber sufrido discriminación al prohibírsele la entrada a una discoteca, en apariencia por su color de piel.

Al tiempo que escándalos de comunicación política de nueva generación y los salpicones provenientes de la industria cultural global dominan la agenda mediática criolla, la colonización se sigue ciñendo sobre las comunidades originarias y de eso la audiencia no se da por enterada.

Como si fuera una excursión turística de temporada y en plan “curiosidad”, fue denunciada recientemente una irrespetuosa visita a un sitio sagrado en la comunidad de San José Cabécar, violando el significado místico y originario para sus pueblos.

No.

No aprendimos mayor cosa y este 2023 empieza de nueva cuenta, “al revés”. Estamos a tiempo y sé que es una fantasía, pero podríamos ser mejores. En el fondo de nuestras programaciones violentas, discriminatorias, irrespetuosas, hay un ser humano que quisiera ser reconocido.

Dejémoslo salir.