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Etiqueta: Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035

Alcances y limitaciones del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional, frente a la realidad de los sistemas agroalimentarios y de la agricultura nacional

German Masís

El Ministerio de Salud presentó el Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035 y su Plan de Acción 2026-2030, un instrumento que orientará las acciones del país durante la próxima década para garantizar que todas las personas tengan acceso a una alimentación saludable, suficiente, inocua y sostenible.

El plan establece una ruta de trabajo interinstitucional para fortalecer la disponibilidad de alimentos, impulsar una producción más sostenible, mejorar la educación alimentaria y nutricional y crear entornos que faciliten decisiones saludables para todas las personas.

De acuerdo con datos nacionales, el 16,4 % de los hogares enfrenta dificultades para acceder a una alimentación saludable y suficiente, situación que evidencia la importancia de contar con una estrategia nacional que articule esfuerzos para reducir estas brechas y proteger el bienestar de la población.

Entre las principales acciones que contempla el plan destacan: el fortalecimiento de la comercialización inclusiva de alimentos, la promoción de circuitos cortos de comercialización entre productores y consumidores, el uso sostenible de los recursos naturales, el fortalecimiento de las capacidades productivas en los territorios, y una mayor participación de las comunidades en la toma de decisiones relacionadas con la seguridad alimentaria.

Asimismo, el Plan reconoce el derecho humano a una alimentación adecuada como un eje central de las políticas públicas y promueve el trabajo conjunto entre instituciones del Estado, gobiernos locales, sector productivo, academia, organizaciones sociales y ciudadanía para alcanzar este objetivo. (Ministeriodesalud.go.cr,9-9-2026).

Para abordar la pertinencia y los alcances del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional, es conveniente efectuar un análisis y valoración de los componentes principales del planteamiento a saber:

I. El enfoque

El enfoque principal del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria es el de los Sistemas Agroalimentarios Sostenibles que es el enfoque que impulsa la FAO a nivel internacional y que la representación de esa entidad ha adoptado en Costa Rica.

En general es un enfoque válido y pertinente, pero que es más una aspiración que una realidad en muchos países, incluyendo el nuestro. La sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios se encuentra amenazada por distintos factores, como los factores climáticos extremos, el avance de plagas y enfermedades, el aumento de los precios de los insumos y de los costos de producción y la reducción de los ingresos y de la rentabilidad de las actividades (Infobae,14-6-2026)

De ahí que la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios en la actualidad es sobre todo un gran desafío hacia su transformación, ya que el país y la región no podrán mantener su rol esencial en estos sistemas, expandiendo las tierras agrícolas o aumentando los insumos. Necesitan generar más valor por hectárea, por unidad de agua, por una unidad de energía, para reducir la presión sobre los bosques, sobre los suelos, el agua y la biodiversidad.

Además, es esencial pasar de producir más, a producir mejor, de exportar materias primas a generar más valor y de contar con casos de éxito aislados, a llevar adelante una transformación más profunda, inclusiva, sostenible y resiliente de estos sistemas. (IICA,19-6-2026)

Para el Plan Nacional de Alimentos presentado es central la disponibilidad de alimentos, que según las orientaciones de la misma FAO, se puede satisfacer mediante varios mecanismos, como la producción local existente, las políticas agroalimentarias que incentive su crecimiento y las importaciones de alimentos de otros países.

No obstante en los últimos años, la disponibilidad de alimentos se ha visto amenazada por el desincentivo de la producción nacional de algunos productos básicos, como el arroz y el frijol y la reducción considerable de la producción de otros productos, como la papa y la cebolla, mientras el país ingresa en una peligrosa tendencia de garantizar la disponibilidad de alimentos, mediante el incremento de las importaciones, justificado por los problemas climáticos y por los bajos precios de esos productos en otros países.

Según el análisis del economista Francisco Esquivel, mientras en el 2021 se importaron $ 170 millones en arroz, cebolla, raíces y tubérculos, carne vacuna y carne porcina, en el 2025, estamos importando $ 370 millones por año, es decir en 3 años ha aumentado $ 200 millones, ese producto importado significa pérdida de mercado para el productor nacional. (SURCOSdigital.com, 2-2026)

La disponibilidad de alimentos debe tener una base sólida en la producción nacional y en políticas que la incentiven y la apoyen y no debe depender de las importaciones baratas de otros países, que generan una competencia desleal con los productos nacionales y que deterioran sus ya vulnerables condiciones de participación en los mercados.

II. Las principales acciones del Plan

El Plan busca impulsar varias acciones estratégicas dirigidas a fortalecer componentes del sistema alimentario del país, no obstante, es importante valorar la situación de cada uno de esos ámbitos de la producción agroalimentaria.

1. La producción sostenible, el uso sostenible de los recursos naturales y el fortalecimiento de las capacidades productivas en los diferentes territorios del país.

La producción sostenible y el uso sostenible de los recursos muestra una realidad amenazada por la alta utilización de insumos externos, especialmente agroquímicos y semillas, por la pérdida de fertilidad de los suelos y por la contaminación de las fuentes de agua por residuos químicos y la escasez de mano de obra nacional y la dependencia de mano de obra extranjera en algunas actividades productivas, aspectos que comprometen seriamente la sostenibilidad ambiental y socioeconómica de los sistemas agroalimentarios.

El tema de la alta utilización de agroquímicos en la agricultura nacional, ha sido ampliamente investigado y documentado por varias fuentes, un estudio reciente determinó que cultivos de Costa Rica utilizan casi el doble de plaguicidas por hectárea, al utilizar en promedio 21.9 kilogramos de plaguicidas por hectárea al año, enfatizando en la distribución de éstos en cultivos, como la piña, el arroz, el tomate, la papa y el banano y las características de peligrosidad de los ingredientes activos. (Delfino.cr,22-10-2026)

Otro aspecto que ha afectado seriamente la sostenibilidad de la actividad y de las comunidades involucradas o cercanas a ella, ha sido la contaminación de las fuentes de agua, que en amplias zonas del Atlántico, la zona Norte y hasta Cipreses de Oreamuno, en las que los ríos y nacientes han sido contaminadas y han salido de servicio, teniendo que ser sustituidas por la provisión institucional móvil del vital líquido.

Otros dos aspectos que afectan la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios son la pérdida de fertilidad y productividad de los suelos en algunas actividades y zonas del país, provocado por el uso excesivo de agroquímicos, las inundaciones o la sequía y la ausencia de medidas de mitigación oportuna que restablezcan la capacidad productiva de los suelos.

El otro aspecto importante de mencionar es la progresiva dependencia de la mano de obra extranjera en actividades como el cultivo, mantenimiento y sobre todo en la cosecha de actividades como los cultivos de piña, banano, sandía, café y caña de azúcar, las cuales dependen de los permisos migratorios para el ingreso de trabajadores y la creación de condiciones para su permanencia.

Este fenómeno del predominio de la mano de obra extranjera, a su vez está asociado al comportamiento de la fuerza de trabajo en el sector, ya que el mismo Boletín estadístico agropecuario del MAG, había señalado que la fuerza de trabajo del sector agropecuario cayó en un 21,9% entre el 2021 y el 2025 y que la población ocupada en agricultura también se contrajo durante ese período, en una reducción del 16,4%. (ElObservador.cr,10-9-2026)

2. Sin embargo, la acción probablemente más crucial en la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios es el de las capacidades productivas en los diferentes territorios del país y el debilitamiento de las economías locales y regionales.

La capacidad productiva agropecuaria nacional, ha descendido y se ha deteriorado considerablemente en los últimos años, aspecto evidenciado por los resultados de las Encuestas Nacionales Agropecuarias (ENA) realizadas por el INEC entre el 2021 y el 2025.

La reducción de las áreas cultivadas tanto de los cultivos para el mercado interno como para exportación, junto a la reducción de los volúmenes producidos para ambos mercados, ha sido la evidencia más contundente del deterioro de las actividades y los sistemas agroalimentarios ligados a ellas.

Las diferencias han sido significativas entre el 2023 y el 2025, sobre todo en el cultivo de arroz, papa y cebolla y el cultivo de banano y café entre esos años. Pero las mayores diferencias se encuentran entre los años 2021(ENA 20021) y 2024(ENA 2025), en la mayoría de los productos mencionados.

En ese período, las diferencias en los cultivos para el mercado interno fueron de alrededor de 19,711 hás menos sembradas y de 511,116 toneladas métricas menos de producción entre esos años, cifras significativas en la disponibilidad de la producción de alimentos para el consumo de la población.

El análisis de los cultivos de exportación no es menos preocupante, ya que las diferencias entre el 2021 y el 2024, señalan una reducción en el área sembrada de 33,634 ha menos y de 829,654 toneladas métricas menos de producción en ese período, un descenso considerable en la producción exportable del país.

Entre las diferencias más significativas, se encuentran la del cultivo del arroz, cuya diferencia en el área cultivada y la producción es considerable, porque entre ambos años la diferencia es de 25.045 ha y de 86,035 Tm de producción menos, evidenciando la salida de una importante cantidad de productores de la actividad y el aumento del volumen importado.

La comparación en la producción de papa entre el 2021 y el 2024, señala una diferencia de 1,137 ha sembradas menos y 17,391 toneladas métricas de producción menos, lo que es una diferencia enorme, que revela una incorporación menor de productores y un aumento considerable de la producción importada

El análisis de la evolución de la producción de banano entre esos años determina una reducción de 8,755 ha y de 250,732 toneladas métricas menos entre ambos años, que muestra una situación complicada de la actividad debida según se ha mencionado por factores climáticos y el retiro de algunas empresas extranjeras.

En la actividad cafetalera, las diferencias en los mismos años son significativas, con la reducción de 8,640 hás sembradas y una producción de 39,540 toneladas métricas menos, que también revela un descenso considerable de la producción de café, atribuido en buena medida a factores climáticos y a cambios en la producción mundial. (SURCOS digital.com, 09-2025, La Encuesta Nacional Agropecuaria 2025, confirma el peligroso descenso de la producción nacional).

Esta reducción en el área y en la producción de las actividades agrícolas, evidencia la reducción de la capacidad productiva en actividades agrícolas y en territorios vinculados a estas actividades en las regiones periféricas del país, en las que son la principal fuente de empleo e ingresos para la población rural. Igualmente, esta reducción de la capacidad productiva tiene implicaciones sobre la disponibilidad interna de alimentos, sobre la seguridad y la soberanía alimentaria del país, sobre el aumento de las importaciones y sobre el decrecimiento de las exportaciones agrícolas y la generación de divisas.

3. Otra de las acciones del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria es el fortalecimiento de la comercialización inclusiva de alimentos y el impulso de los denominados circuitos cortos de comercialización, que buscan reducir intermediarios y generar relaciones más directas entre productores y consumidores.

Esta acción involucra el fortalecimiento de las ferias del agricultor y las ferias locales, frente a uno de los mayores problemas del comercio agrícola, la intervención de los intermediarios como canal de comercialización que coopta buena parte de la producción de los pequeños productores y se apropia de buena parte del valor de esta.

En nuestro país operan más de 50 ferias del agricultor que permiten la participación directa del productor y un cambio en la relación entre productores y consumidores, pero esta opción aún plantea desafíos importantes para su mejoramiento y ampliación hacia zonas en las que éstas tienen poca presencia como los cantones del Sur-Sur y el Norte-Norte.

Un estudio reciente de la FAO indicó que estas ferias son un elemento esencial en los sistemas agroalimentarios, facilitando el acceso a alimentos frescos y saludables a precios justos, al tiempo que dinamizan las economías locales. El estudio analiza los desafíos estructurales y organizacionales que enfrentan las ferias, como la infraestructura deficiente, la competencia con los supermercados y la necesidad de una mayor tecnificación.

También subraya la importancia de mejorar la infraestructura de las ferias, como la creación de estacionamientos y rampas de accesibilidad, para mejorar la experiencia tanto de productores como de consumidores. Además, aborda la necesidad de fortalecer la capacitación de los productores y de fomentar nuevas estrategias de comercialización, como el uso de pagos electrónicos y plataformas digitales para ampliar el alcance de las ventas. Finalmente, se destacan las recomendaciones para fortalecer el rol de las ferias en la economía costarricense, incluyendo la creación de políticas que promuevan la expansión de estos mercados a áreas rurales y costeras, y el desarrollo de estrategias de comunicación que mejoren su visibilidad y atractivo. (FAO.cr,29-3-2026)

4. Esta última recomendación del estudio está ligada a otras de las acciones del Plan, que es la educación alimentaria y nutricional y que requiere fortalecer el consumo de alimentos sanos e inocuos, tanto en los entornos escolares, como familiares y públicos, lo que requiere impulsar campañas de información y concientización de las características y valor nutricional de los alimentos, como también conocer su origen, calidad y trazabilidad, los que muchas veces se desconocen.

El impacto positivo del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035, supone más allá de la correcta ejecución de las acciones planteadas, avanzar hacia una política agropecuaria más sostenible, equitativa e incluyente.

No podemos seguir produciendo de la misma manera, utilizando una alta cantidad de insumos químicos externos, que provoca altos costos, pérdida de suelos, contaminación, sequía, mayor concentración de CO2 y menor soberanía alimentaria, se requiere una transformación productiva, socioeconómica y ambiental de la actividad.

Una transformación que debe garantizar que la producción agroalimentaria sea más sostenible ambientalmente, que la participación de los productores sea más justa y equitativa y tener mayor soberanía alimentaria en los productos alimenticios básicos.

La propuesta debe incluir un sistema de extensión e innovación tecnológica ligado a las condiciones de la pequeña y mediana producción y a opciones de tecnologías apropiadas para el mejoramiento de la productividad y la conservación de la biodiversidad y el fortalecimiento de las alternativas de comercio más justas y de mayor participación de los productores, un mecanismo de seguros agrícolas y protección de riesgos naturales y nuevo modelo de financiamiento justo y accesible a los pequeños y medianos productores.

Un componente adicional, es el impulso de un programa para el desarrollo de agroindustrias rurales de productos con identidad territorial junto a la creación de cadenas cortas de comercio y mercados locales.

La efectividad de las acciones de apoyo a los sistemas agroalimentarios pasa también por la vigencia de una ley de seguridad alimentaria y nutricional, que proteja a los productores y sus unidades productivas de los cambios en las condiciones comerciales internas y externas.

Un Plan Nacional de Seguridad Alimentaria que no mira todo el sistema: El Plan Nacional 2026-2035 ante el desafío de transformar el sistema alimentario costarricense

«Un sistema no es la simple suma de sus componentes, sino el entramado invisible de sus relaciones. Quien fragmenta el suelo, la planta, el alimento y la salud pública en ventanillas aisladas, termina destruyendo el engranaje completo».
— Basado en las ideas de Fritjof Capra (físico y teórico de sistemas).

Cuarta entrega de la serie sobre la transformación de los sistemas agroalimentarios y el Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035

Por Jaime E. García González, Dr. sc. agr.
Profesor catedrático jubilado de la UCR y la UNED
Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina (UCCSNAL)
biodiversidadcr@gmail.com

«La seguridad alimentaria del futuro no se garantizará únicamente con más alimentos. Se garantizará con mejores sistemas alimentarios. Y si el Plan Nacional 2026-2035 pretende estar a la altura de ese desafío, todavía tiene una tarea pendiente: mirar el sistema completo».

El Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035 constituye un instrumento de política pública de enorme importancia para la próxima década. Su objetivo medular es enfrentar uno de los desafíos más complejos de nuestro tiempo: garantizar que toda la población tenga acceso a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos, producidos de manera sostenible.

El Plan contiene elementos positivos que deben reconocerse. Incorpora una visión intersectorial y reconoce el acceso a la comida como un derecho humano. Además, incluye la variable del cambio climático, utiliza herramientas de planificación prospectiva y establece mecanismos institucionales de seguimiento y evaluación.

Precisamente por su relevancia, merece una pregunta incómoda: ¿es suficiente la visión con la que se ha construido este documento para enfrentar los problemas alimentarios que el país afrontará en los próximos diez años? Desde la perspectiva desarrollada en las tres entregas anteriores, la respuesta técnica parece ser un rotundo no todavía.

Una visión todavía demasiado convencional y sin memoria histórica

La principal debilidad del Plan es de carácter conceptual. Aunque utiliza de forma reiterada la expresión «sistemas alimentarios sostenibles», no desarrolla con suficiente profundidad el modelo agrícola capaz de hacer realidad esa meta. La ausencia resulta alarmante cuando se observa lo que queda prácticamente fuera del texto: la degradación biológica de los suelos, la pérdida de materia orgánica y el papel de la biodiversidad edáfica y el microbioma. Tampoco profundiza en alternativas viables como la agricultura regenerativa, la agroecología, la agricultura orgánica y la diversificación productiva.

Asimismo, el documento adolece de una preocupante falta de memoria histórica. El Plan no considera que las condiciones internacionales que en 2008 nos expusieron a una severa crisis mundial de alimentos siguen estando vigentes. Aquellos factores, que obligaron a formular el Plan Nacional de Alimentos de 2008 en Costa Rica, podrían conjugarse de nuevo en cualquier momento como una suerte de «tormenta perfecta». Resulta grave que se ignore este antecedente, especialmente cuando la búsqueda del autoabastecimiento local se encontraba en el centro de la estrategia de 2008 como un mecanismo de defensa país.

No se puede hablar seriamente de seguridad alimentaria para la próxima década sin evaluar qué ocurre con el recurso que hace posible la vida. El suelo no es un simple soporte físico muerto para las plantas; es un ecosistema vivo. Si la política estatal se preocupa por el volumen de alimentos, pero ignora la salud biológica de la tierra que los produce, termina atendiendo el resultado sin proteger su fundamento básico.

Se describen los síntomas, pero no siempre las causas

Una primera deficiencia estructural del Plan radica en que, aunque reconoce diversos problemas alimentarios y nutricionales profundamente arraigados en el país —por ejemplo, la obesidad, las enfermedades crónicas no transmisibles, la pérdida de diversidad dietética y la dependencia de importaciones—, no profundiza suficientemente en las causas estructurales que los originan y reproducen.

En la parte diagnóstica, el Plan identifica explícitamente el bajo autoabastecimiento nacional como un problema grave, evidenciado en los bajísimos porcentajes de producción local de granos básicos como maíz, frijoles y arroz. Aunque este reconocimiento es sumamente valioso viniendo de instancias de Gobierno, la contradicción aparece de inmediato: el problema detectado simplemente no se resuelve con las acciones concretas que la política propone en su matriz operativa.

Quedan también insuficientemente examinados fenómenos masivos como los monocultivos, la concentración empresarial, la agricultura intensiva de alta carga química y la centralización de las cadenas agroalimentarias. En otras palabras, la política estatal describe los síntomas clínicos, pero evita intervenir las estructuras económicas y productivas que los generan.

Esta distorsión se evidencia al analizar el apartado de las frutas. El Plan celebra el supuesto «éxito» de la producción frutícola nacional, pero oculta que este indicador se sostiene casi exclusivamente sobre el banano y la piña. Se trata de dos cultivos destinados masivamente a la exportación corporativa y no al consumo local, los cuales arrastran un severo historial de degradación de suelos, alto uso de agroquímicos sintéticos y cuestionables condiciones laborales.

A esta falta de profundidad se suma una preocupante ausencia de innovación operativa. Al analizar el contenido programático del Plan, queda en evidencia que el documento se limita a proponer una simple acumulación de acciones institucionales que ya se encuentran en ejecución en las diferentes dependencias del Estado. Al carecer de propuestas verdaderamente novedosas o disruptivas, la planificación cae en un peligroso inmovilismo.

En este contexto, aquí aplica con rigurosa sensatez aquella máxima que nos advierte que, si se continúan haciendo exactamente las mismas cosas de siempre, el producto obtenido será inevitablemente idéntico al del pasado.

Desequilibrios en la gobernanza y asfixia burocrática

Gran parte de estas omisiones nacen de un desequilibrio evidente en la gobernanza del proceso. En la dimensión de la disponibilidad alimentaria, el sector institucional agrícola tradicional se encuentra sobrerrepresentado. Esto contrasta de forma dramática con la exclusión y subrepresentación de la academia —particularmente de centros especializados como el CISAN de la UCR o la Maestría en SAN de la UNA—, así como de las organizaciones de productores independientes y los movimientos ambientalistas.

Este sesgo político explica por qué el Ministerio de Salud continúa manteniendo a la Secretaría de la Política Nacional de Alimentación y Nutrición (SEPAN) en un bajísimo perfil. A pesar de que esta entidad existe por mandato legal desde inicios de la década de los 70 en la Ley General de Salud, el Plan actual la reduce a una meta mínima y burocrática: el indicador “O4.AE1.I1. Porcentaje de avance de actualización del Reglamento de Organización y Funcionamiento de la SEPAN” (página 73). Resulta inaceptable que, más de 50 años después de su creación legal, la máxima aspiración del Estado sea apenas actualizar el reglamento de su funcionamiento.

El gran ausente: los plaguicidas

Quizá una de las mayores debilidades del documento sea el tratamiento insuficiente de los plaguicidas. En un país donde su utilización agrícola constituye un asunto ambiental y sanitario de extrema gravedad, resulta incomprensible que un Plan Nacional no otorgue prioridad máxima a este tema.

El texto esquiva cuestiones críticas como los residuos tóxicos en los alimentos, la exposición crónica de la población, la salud ocupacional de los trabajadores del campo, la contaminación de acuíferos y los efectos nocivos sobre los agentes biológicos polinizadores y la biodiversidad en general.

La inocuidad alimentaria no puede limitarse al control microbiológico del producto final o a la higiene del mercado. Debe incorporar la dimensión química y ambiental de todo el tracto productivo. Una política moderna de seguridad alimentaria está obligada a considerar simultáneamente los riesgos biológicos y los químicos, incluyendo contaminantes emergentes como los microplásticos y las sustancias PFAS (perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas).

¿Qué sistema alimentario queremos para el año 2035?

El Plan Nacional 2026-2035 no debe ser descartado. Sus fortalezas ofrecen una base idónea sobre la cual construir una política alimentaria de vanguardia, y la oportunidad histórica consiste en ampliar sus alcances sin desvirtuar sus avances administrativos.

Para alcanzar esta meta, debemos incorporar de forma urgente la salud del suelo, potenciar la agroecología, regular los plaguicidas de forma sistémica y blindar la bioseguridad tecnológica. La seguridad alimentaria del futuro no se garantizará únicamente con producir más cantidad, sino con mejores sistemas alimentarios. Si este instrumento pretende estar a la altura de ese desafío, todavía tiene una tarea pendiente: mirar el sistema completo.

Al plantearnos el horizonte de la próxima década, la pregunta fundamental que debemos hacernos es directa: ¿qué sistema alimentario queremos para el año 2035? ¿Uno sustentado en suelos muertos o en suelos vivos? ¿Uno dominado por monopolios corporativos o capaz de dignificar al productor campesino local? ¿Uno que atienda con parches los síntomas de la enfermedad o que intervenga con valentía sus causas estructurales?

Costa Rica requiere con urgencia un marco político con una visión verdaderamente sistémica, capaz de atender de forma unificada cada componente de nuestra realidad agroalimentaria.

Por lo tanto, evidenciar estas áreas de mejora en la política nacional es solo la mitad del camino. El desafío de nuestra sociedad consiste en avanzar con propuestas concretas que complementen el trabajo de las instituciones públicas. ¿Cómo acelerar esta transición hacia la sostenibilidad integral?

La respuesta radica en enriquecer los procesos de toma de decisiones, articulando de manera decidida el conocimiento y la acción de los diversos actores sociales que operan directamente en los territorios.

Próxima y última entrega: ¿Qué hacer desde los ausentes? El protagonismo de la sociedad civil y la academia en la gobernanza de los sistemas alimentarios hacia el 2035.

La factura biológica de la alimentación moderna: plaguicidas, ultraprocesados y pérdida de integridad de los sistemas alimentarios

«La salud del suelo, de las plantas, de los animales y del ser humano constituye un único e indivisible entramado. Si fragmentamos o envenenamos uno de sus eslabones, la enfermedad se transmitirá inevitablemente a lo largo de toda la cadena».
— Sir Albert Howard (1873-1947, padre de la agricultura orgánica moderna).

Por Jaime E. García González, Dr. sc. agr.
Profesor catedrático jubilado de la UCR y la UNED
Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina (UCCSNAL)
biodiversidadcr@gmail.com

«Cuando un sistema alimentario deteriora los procesos biológicos que hacen posible la vida, la factura termina pagándose con la salud de las personas, la degradación de los ecosistemas y la pérdida de resiliencia de la agricultura».

Tercera de cinco entregas. Las dos primeras entregas de esta saga plantearon el problema de fondo. Además, propusieron un nuevo marco conceptual: la integridad biológica de los sistemas alimentarios. Ahora corresponde examinar la otra cara de la moneda. ¿Qué ocurre cuando esa integridad se deteriora de forma sistémica?

La respuesta no puede reducirse a un único factor aislado. La agricultura contemporánea enfrenta hoy una convergencia de presiones. Estas fuerzas actúan simultáneamente. Al hacerlo, pueden comprometer la capacidad de los agroecosistemas para regenerarse y sostener una producción saludable a largo plazo.

La simplificación biológica del paisaje agrícola

Determinados sistemas agrícolas han evolucionado hacia paisajes severamente simplificados. Están dominados por monocultivos extensivos y sufren una creciente dependencia de insumos externos.

Esta simplificación puede reducir drásticamente la biodiversidad funcional. Además, altera las redes tróficas y afecta a los organismos que proporcionan servicios ecológicos de enorme valor, como los polinizadores y los controladores biológicos.

La investigación agroecológica ha demostrado con claridad las funciones de la biodiversidad. Esta participa activamente en el reciclaje de nutrientes, la regulación biológica y la fertilidad de los agroecosistemas.

Por lo tanto, el dilema no consiste en que la agricultura utilice tecnología o busque una mayor productividad. El peligro aparece cuando la ganancia inmediata se obtiene debilitando las funciones biológicas del futuro. Esa es la primera dimensión de la factura biológica.

La contaminación química como problema sistémico

Durante décadas, los plaguicidas han desempeñado un papel importante en la protección de los cultivos. Sin embargo, su evaluación técnica no puede reducirse a medir la toxicidad aguda de una sustancia aislada.

La discusión formal debe considerar también la exposición humana y ambiental. Esto incluye el análisis de residuos, el impacto en organismos no objetivo, el daño a los suelos, la contaminación de las aguas y la pérdida de biodiversidad.

Por ello, la pregunta relevante no debe limitarse a determinar si existen residuos de agroquímicos tóxicos detectables en los alimentos. También debemos cuestionar qué ocurre con los organismos del suelo, los polinizadores, los ecosistemas acuáticos y las poblaciones humanas expuestas.

La inocuidad alimentaria tampoco puede limitarse al control microbiológico del producto final. Debe incorporar necesariamente la dimensión química y ambiental de todo el proceso que conduce desde el campo hasta la mesa.

La revolución silenciosa del microbioma

Uno de los desarrollos científicos más importantes de las últimas décadas ha sido la comprensión de los microbiomas. En el suelo, las comunidades microbianas participan en procesos fundamentales para el funcionamiento de los agroecosistemas.

De igual forma, en el organismo humano, la microbiota intestinal participa en numerosos procesos fisiológicos vitales. La relación entre ambos ámbitos constituye actualmente un área activa de investigación científica.

La revisión de Banerjee y van der Heijden señala que el suelo es una piedra angular del enfoque global de Una Salud. Los autores analizan las conexiones reales entre los microbiomas del suelo, las plantas, los animales y los seres humanos.

Pero aquí conviene introducir una precisión científica fundamental: no debe afirmarse que existe ya una cadena causal plenamente demostrada desde la salud del suelo hasta una determinada enfermedad humana.

Lo que sí puede sostenerse técnicamente es que los microbiomas ambientales y humanos están relacionados mediante múltiples vías. Bajo esa lógica, la alimentación constituye uno de los principales puentes entre el ambiente y el organismo. La prudencia científica no debilita este argumento; al contrario, lo hace metodológicamente sólido.

Los alimentos ultraprocesados y el nuevo ambiente alimentario

La transformación de nuestro sistema alimentario tampoco termina en el campo. Esta continúa en la formulación industrial de los alimentos, las cadenas de comercialización, la publicidad y los ambientes que condicionan las decisiones de consumo. La clasificación NOVA caracteriza los alimentos según el grado y el propósito de su procesamiento industrial. Es este sistema el que define formalmente la categoría de los alimentos ultraprocesados.

La evidencia epidemiológica reciente exige, sin embargo, una redacción muy precisa. Una revisión paraguas publicada en The BMJ en 2024 analizó 45 asociaciones agrupadas procedentes de metaanálisis. El estudio incluyó a casi 9,9 millones de participantes. Encontró asociaciones claras entre una mayor exposición a alimentos ultraprocesados y diversos resultados adversos para la salud, aunque la calidad de la evidencia varió según el resultado.

Por ello, no corresponde afirmar con ligereza que los ultraprocesados «causan» automáticamente la obesidad, la diabetes o las enfermedades cardiovasculares. La formulación científicamente válida es la siguiente: una mayor exposición a alimentos ultraprocesados se ha asociado con un mayor riesgo de diversos resultados adversos para la salud.

Además, este fenómeno no puede interpretarse de forma exclusiva como un problema de elección individual. Los precios, la disponibilidad real, la publicidad, el mercadeo masivo y las condiciones económicas influyen sobre los patrones de consumo.

La política alimentaria debe ocuparse, por tanto, no solamente de educar al consumidor, sino también de examinar el ambiente alimentario en el que ese ciudadano toma sus decisiones cotidianas.

Bioseguridad e innovación responsable

Las nuevas técnicas de edición génica, la biología sintética y otras innovaciones pueden ofrecer oportunidades importantes para la agricultura. Sin embargo, la novedad tecnológica no elimina por sí misma la incertidumbre científica. La evaluación de riesgos debe ser rigurosa, transparente e independiente. La gobernanza pública debe contar con mecanismos capaces de enfrentar incertidumbres relevantes.

La innovación no constituye por sí misma un problema. El desafío consiste en asegurar que su desarrollo esté acompañado de una evaluación científica rigurosa, transparencia institucional e independencia. También requiere de mecanismos adecuados de participación, seguimiento y capacidad de respuesta ante riesgos emergentes.

En otras palabras, la innovación y la precaución no son conceptos incompatibles. La bioseguridad enlaza directamente con el tema de nuestra cuarta entrega: la capacidad de las instituciones públicas para gobernar sistemas cada vez más complejos.

De la producción al consumo: una sola cadena

La simplificación de los agroecosistemas, la contaminación química, la pérdida de biodiversidad, la transformación industrial de los alimentos y determinados patrones de consumo no deben analizarse como fenómenos independientes. Forman parte de una sola cadena. En ella, las distintas presiones pueden acumularse y retroalimentarse.

La factura no corresponde a un único producto ni a una única práctica aislada. Es la suma de costos ecológicos, biológicos y sanitarios. Lamentablemente, y durante mucho tiempo, estas variables quedaron fuera de la contabilidad convencional de los sistemas alimentarios.

La factura no es inevitable

Reconocer una factura no significa aceptar de forma sumisa que sea inevitable. La ciencia contemporánea proporciona conocimientos importantes para orientar una transición hacia sistemas alimentarios de corte más regenerativos, biodiversos y resilientes. La cuestión de fondo es utilizar ese conocimiento para modificar prácticas, incentivos económicos y políticas públicas.

La pregunta ya no es solamente cuánto produce la agricultura. También importa cuánto suelo fértil conserva, cuánta biodiversidad mantiene, cuánta contaminación evita, qué calidad intrínseca tienen los alimentos que produce y qué capacidad conserva el sistema para recuperarse frente a nuevas perturbaciones climáticas u operativas.

Hacia la cuarta entrega

La agricultura, la transformación de los alimentos y el consumo forman parte de un mismo sistema integral. Por eso, la factura biológica de la alimentación moderna tampoco puede analizarse mediante políticas sectoriales aisladas. Pero esa conclusión plantea una pregunta inevitable: ¿está la política pública costarricense verdaderamente preparada para gestionar esta complejidad?

Ese será el tema de la cuarta entrega: el análisis crítico del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035. Determinaremos hasta qué punto incorpora la salud de los agroecosistemas y la integridad biológica como componentes sustantivos de la seguridad alimentaria en Costa Rica.

Próxima entrega: Un Plan Nacional de Seguridad Alimentaria que no mira todo el sistema: El Plan Nacional 2026-2035 ante el desafío de transformar el sistema alimentario costarricense.