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El significado del 7 de noviembre de 1889

Dr. Óscar Aguilar Bulgarelli
Instituto Sindical de Formación Democrática

Al acercarse los años finales del siglo XIX, los costarricenses habíamos desarrollado una mentalidad que nos ha distinguido a través de nuestra Historia Patria: somos un pueblo pacífico, pero no cobarde, individualista pero no egoísta, respetuoso del derecho, pero no sojuzgado a la voluntad del Estado; se forjaron hombres libres que, en definitiva, comprendieron que la democracia es algo más que un acto electoral que se repite cada cierto tiempo y con una determinada periodicidad. Lo anterior lo escribí en 1989, a raíz de la conmemoración del centenario de aquella fecha gloriosa.

Sin embargo, aquel 7 de noviembre de 1889 algo faltaba para depurar los procesos electorales, pues hasta ese momento, el país había vivido una etapa de políticos personalistas que habían impuesto su impronta en la vida política nacional y de la mano de la naciente oligarquía cafetalera, que los impuso, bien fuera por medio de procesos electorales o golpes de Estado, como el ejecutado el 27 de abril de 1870 por don Tomás Guardia quien, al negarse a entregar el poder a don Mariano Montealegre, uno de los más relevantes personajes de aquella oligarquía, instauró un periodo de dictadura que, singularmente, empieza con la aprobación de la Constitución de 1871, la más liberal y longeva de nuestra historia a tal punto, que nuestra actual Constitución de 1949 se fundamenta en ella. Guardia no solo nos heredó la Constitución, o el inicio de la construcción del ferrocarril al Atlántico, sino que abrió el periodo que podríamos llamar «liberal» que se incrementa a su muerte durante el gobierno de Próspero Fernández (1882-88 su yerno) y el de Bernardo Soto (1886-1890 el yerno de este), con lo cual se culminan veinte años de dominio de la familia Guardia.

Así llegamos a las elecciones de 1889 para las que, como bien lo señala don Rodrigo Facio en su libro Estudio sobre economía costarricense, la oligarquía cafetalera había comprendido que los golpes de Estado y una política personalista, no eran el mejor medio para llegar al poder o estar cerca de él y que era necesario buscar otro camino y reforzar los sistemas electorales y para ello, era necesario la organización de partidos políticos como los instrumentos que en una democracia, median entre el poder y la gente. Por ello, en aquellas elecciones del año 89 aparecen los dos primeros partidos políticos en la escena electoral: el Partido Constitucional Democrático que postula al Lic. José Joaquín Rodríguez, expresidente de la Corte Suprema de Justicia, conservador y opositor a las reformas liberales que se habían aprobado en 1886 y 1888. Por otra parte, surge del Liberal Progresista, con el apoyo oficial pues era el designado a la Presidencia de la República y liberal, que desde el principio gozó, como era de esperar, del apoyo del presidente Bernardo Soto quien llegó al extremo, pocos meses antes de las elecciones de traspasarle el poder, ante la obvia reacción del partido opositor.

Las elecciones, bajo el sistema de voto indirecto, se realizan en un ambiente de tensión, como era de esperar. El triunfo fue del Partido Constitucional Democrático en las votaciones efectuadas el 3 de noviembre, lo que provocó que el 5 de noviembre policías se lanzaran a la calle en una manifestación a favor de Esquivel, lo que produjo la consecuente consternación en la oposición. Ahí surge la figura de don Rafael Yglesias, yerno de don José Joaquín Rodríguez, que organiza a los vecinos de diferentes poblaciones, sitia la ciudad de San José y se lanza a las calles a defender el derecho al voto y a la voluntad popular. Ante la presión popular aquel 7 de noviembre, don Bernardo Soto renuncia a la presidencia y nombra al Dr. Carlos Durán, quien era el tercer designado, para ocupar el cargo y hacer la transición al nuevo gobierno de José Joaquín Rodríguez.

En aquella ocasión, por primera vez, el pueblo defendió uno de los más sagrados derechos en una democracia: la elección libre de sus gobernantes y el respeto a la pureza del sufragio. Pero el proceso de purificación electoral y consolidación democrática apenas comenzaba fundamentándose en los valores cívicos y espíritu de libertad que desde la independencia en 1821 se venían forjando lentamente, en el seno de nuestra cultura, patrimonio y mentalidad costarricense, unas veces cayendo y levantándose de nuevo, pero siempre con la mirada puesta en conquistar y defender el derecho a ser hombres y mujeres libres.

Esa herencia bendita está en sumo peligro, y no podemos terminar estas líneas sin advertirlo. Si en 1856 Juan Rafael Mora Porras calificó a los filibusteros como tiranos y falange impía, hoy son aspirantes a neofascistas, igualmente impíos irrespetuosos de nuestros valores y democracia, queriendo ser tiranos y negarnos lo que tanto nos ha costado: el derecho a ser libres. Por eso no podemos ni debemos los costarricenses seguir con la irresponsable actitud de la indiferencia, de volver la mirada hacia otro lado mientras nos roban la Patria. ¡No!, es la hora de indignarse y como lo hicieron los héroes del 56 y los ciudadanos del 7 de noviembre, tomar calles y ciudades, porque la democracia es nuestra, no de unos pocos advenedizos y forajidos creadores de odio contra las instituciones que fueron creadas por nuestros antepasados, para que pudiéramos tener un Estado Social de Derecho, que nos garantice prosperidad y paz; esa herencia, no la podemos dilapidar por una minoría que se ha dejado engañar y no supo elegir.

San José, 4 de noviembre de 2026

7 de noviembre de 1889, defensa de la democracia, democracia, historia política, ISFODE, movilización ciudadana, neofascismo, oligarquía cafetalera, Óscar Aguilar Bulgarelli, sufragio