Más allá de quién forme gobierno en Israel: un sistema que vota mucho y decide poco sobre Palestina
Las elecciones israelíes dejaron un Parlamento bloqueado, una participación récord y a los partidos palestinos con ciudadanía como árbitros que nadie quiere admitir como socios. La pregunta de fondo no es si Netanyahu sigue o cae, sino si alguno de los que aspiran a sucederlo está dispuesto a desmontar el régimen de ocupación y desigualdad que todos administran.
Juan Carlos Cruz Barrientos para SURCOS
Las elecciones del 27 de octubre debilitaron a Benjamin Netanyahu, pero no pusieron en discusión lo esencial. Su coalición actual no logra reproducirse sin cambios, y aun así ninguna de las alternativas que compitieron en las urnas propuso cuestionar de fondo la ocupación ni reconocer la autodeterminación del pueblo palestino. El debate público israelí, y el internacional que lo replica, se concentra en una sola pregunta: ¿seguirá Netanyahu en el poder? Para los palestinos hay otra, mucho más incómoda: ¿qué cambiaría realmente si dejara de gobernar?
Daniel Lobato, en un artículo publicado en Diario Red antes de la votación, preguntaba quién quería manejar el «timón israelí». Más allá de sus conclusiones, la metáfora sirve: una cosa es cambiar al conductor y otra, muy distinta, cambiar el rumbo. Los resultados, y la manera en que fueron contados y comentados, confirman que lo que estuvo en disputa fue lo primero.
Un empate que no sacude al sistema
Con el escrutinio aún abierto, el recuento más reciente de medios israelíes ubica al bloque de Netanyahu entre 53 y 54 escaños y al de Eisenkot entre 48 y 49, con las listas árabes entre 17 y 19. Nadie llega a los 61. El Likud sigue siendo la primera fuerza, aunque cae respecto de los 32 escaños de 2022, y Netanyahu conserva la ventaja de su posición: sigue gobernando en funciones mientras se negocia. Como señaló el programa La Base (Canal Red), le basta con que nadie lo derrote. El bloqueo, que ya le sirvió entre 2019 y 2022, es su mejor aliado.
A ello se suma un dato que mantiene abierto el cuadro: faltan los llamados «dobles sobres», los votos de soldados en servicio, diplomáticos y personas hospitalizadas o desplazadas. Según La Base, son entre 600.000 y 650.000 sufragios, equivalentes a unos 15 escaños, que históricamente favorecen a los partidos sionistas. La foto de hoy puede moverse, y el resultado oficial no llegará hasta el viernes.
El otro dato central es la participación. Según la Comisión Central de Elecciones, citada por La Base, alcanzó el 77,7 %, la más alta desde 1999. Entre los ciudadanos palestinos de Israel habría rondado el 80 %, casi treinta puntos más que en 2022. No es un fenómeno espontáneo. Durante la jornada, Netanyahu acusó a los ciudadanos árabes de «robar las elecciones» por ir a votar, un discurso que movilizó a su base, pero todavía más a quienes señalaba. Es una movilización defensiva, frente a un sistema que los trata como una amenaza demográfica cuando votan.
La llave que el sistema fue diseñado para no usar
Con una oposición sionista que no llega a 61, los diputados palestinos de Israel quedan como la llave de cualquier alternativa. Lo revelador es que casi nadie en el sistema político quiere girarla. Netanyahu ya advirtió que un gobierno que dependa de partidos árabes sería inadmisible, y tampoco Eisenkot ni sus socios han dado señales de aceptarlos como parte de una coalición.
No es una improvisación de campaña, sino la consecuencia de un diseño institucional. Hasta 2014 el umbral para entrar a la Knéset era del 2 %. Una ley impulsada por Avigdor Liberman lo elevó al 3,25 %, con el propósito explícito de dejar fuera a los pequeños partidos árabes. La medida salió a medias, porque esos partidos se unieron en la Lista Conjunta y en 2015 fueron la tercera fuerza. En 2018 llegó la Ley del Estado-nación, que reserva el derecho a la autodeterminación al pueblo judío, rebaja el árabe de idioma oficial a lengua con «estatus especial» y declara el asentamiento judío un valor nacional. En setenta y ocho años, un partido árabe formó parte de un gobierno una sola vez: Ra’am, con la coalición de Bennett y Lapid en 2021, que duró apenas un año. Itzhak Rabin aprobó Oslo con apoyo árabe desde fuera, pero nunca dentro del gobierno.
La aritmética de la investidura lo vuelve explícito. Según el análisis de La Base, ni Netanyahu con 56 diputados ni Eisenkot con 48 pueden asegurarse el voto de confianza, porque la investidura exige más votos a favor que en contra, y los bloques sionistas rivales se cancelan entre sí. Eisenkot necesitaría no solo la abstención, sino el voto favorable de la Lista Conjunta, lo cual choca con sus promesas de no depender de ella. Cuando los políticos israelíes hablan de una «mayoría sionista», no están describiendo un deseo. Están describiendo cómo funciona el sistema.
La pregunta se impone: ¿qué clase de democracia es aquella en que una quinta parte de la ciudadanía puede votar, puede incluso decidir la mayoría, y a la vez su participación en el gobierno se considera ilegítima de antemano? Como se señaló en el debate del programa, pedirle el voto a un palestino es un «escándalo nacional» en Israel, mientras que bombardear Gaza se ha convertido en un consenso. Esa asimetría es el verdadero termómetro de la democracia israelí.
El «moderado» y el espejismo de la alternancia
Buena parte de la prensa occidental presentó estas elecciones como un ejercicio de normalidad democrática y a Gadi Eisenkot como la esperanza de devolver a Israel a la cordura. El perfil insiste en su discreción, su honestidad y la tragedia personal de haber perdido un hijo en la guerra. Lo que suele quedar al final, como dato circunstancial, es que él también rechaza un Estado palestino y respalda las campañas militares en Gaza, el Líbano e Irán.
La Base repasó el historial del exjefe del Estado Mayor. En 2008, al frente del mando norte, formuló la llamada doctrina Dahiya, que justifica la destrucción deliberada de barrios civiles como método de disuasión, aplicada primero en un distrito de Beirut. Entre octubre de 2023 y junio de 2024 formó parte del gabinete de guerra de Netanyahu, es decir, durante los primeros ocho meses de la ofensiva sobre Gaza. Su crítica a Netanyahu es de gestión: los rehenes, la comisión de investigación sobre el 7 de octubre, el servicio militar de los ultraortodoxos. No cuestiona la lógica de la ocupación.
No es una excepción dentro de su bloque. Naftali Bennett presidió el Consejo Yesha, la organización de los colonos, y sigue rechazando un Estado palestino. Liberman rompió con Netanyahu para exigir más mano dura en Gaza, no menos. El periodista Mehdi Hasan, en una columna citada por el programa, recordó además declaraciones de otros supuestos moderados: Benny Gantz, que presumió de haber devuelto partes de Gaza a «la edad de piedra», y Yair Golán, el «izquierdista» de la prensa occidental, que habría justificado impedir la entrada de ayuda humanitaria. Solo los Demócratas, con ocho escaños, defienden dos Estados y la derogación de la Ley del Estado-nación, y son la cuarta fuerza dentro del propio bloque opositor.
La advertencia de Hasan es la más inquietante: el peligro de Eisenkot es que sea un villano que proyecta moderación y por ello neutralice buena parte de las críticas liberales a Israel, mientras el ejército y los colonos continúan las mismas políticas de expansión y destrucción. En ese sentido, la alternancia puede cumplir una función de legitimación. Un genocida con rostro amable, o dicho con menos retórica, el mismo proyecto con mejor prensa, es funcional a un orden que necesita seguir pareciendo democrático ante el mundo. Es lo que el pensamiento gramsciano llamaría el trabajo de consenso de un bloque dominante que se renueva sin cambiar su naturaleza.
Esto no significa que las diferencias sean irrelevantes. Importan para el Poder Judicial, para el peso de los ultraortodoxos y de la extrema derecha, para la política militar y para las condiciones concretas de vida de los palestinos. Pero son diferencias dentro de un mismo marco. La oposición a un Estado palestino independiente y soberano ya no es patrimonio de Netanyahu, Smotrich o Ben-Gvir: está extendida en casi todo el espectro político judío israelí. Durante la campaña, fueron las fuerzas palestinas las que defendieron de manera explícita el fin de la ocupación y la autodeterminación.
Gaza: alivio inmediato, continuidad política
La salida de Netanyahu podría facilitar decisiones enormes para la población gazatí: más ayuda humanitaria, reconstrucción, apertura de pasos, reducción de las operaciones militares, retirada parcial de tropas o nuevos mecanismos de administración. Nada de eso debe minimizarse. Para una población devastada por la guerra, el desplazamiento y el hambre, una reducción efectiva de la violencia significa vidas salvadas. Debe decirse también, sin embargo, que la violencia no se ha detenido bajo el actual alto el fuego: La Base informó de un ataque en Jan Yunis, con varios muertos, horas antes de la votación, y de ataques de artillería continuos en el sur del Líbano, donde el número de víctimas en 2026 superaría las 4.400 personas, según la corresponsal Irene Zugasti. Son afirmaciones del programa que conviene contrastar, pero describen el escenario en que se vota.
Hay que distinguir entre cambio humanitario y cambio político. Puede mejorar sustancialmente la vida inmediata en Gaza sin que Israel reconozca el derecho palestino a decidir su futuro. Puede bajar la intensidad militar sin que termine la ocupación, y puede comenzar la reconstrucción sin reconocerse la soberanía. Un gobierno israelí menos extremo puede hacer una diferencia real en la vida cotidiana y dejar intacta la estructura que produce la subordinación. Tampoco debe olvidarse que las elecciones se celebraron un día después de que una comisión de la ONU concluyera, según recordó La Base, que Israel sigue cometiendo genocidio en Gaza. Ninguna de las fuerzas con opción real de gobernar convirtió ese hecho en eje de la campaña.
Cisjordania: el termómetro verdadero
Si hay un lugar donde medir un cambio de rumbo es Cisjordania. La expansión de los asentamientos, la confiscación de tierras, la violencia de los colonos, la fragmentación territorial y los avances hacia distintas formas de anexión son tan profundos que ya no pueden leerse como excesos de unos pocos ministros. Según el programa, la base de Sionismo Religioso son los colonos mesiánicos de Cisjordania, y su plataforma incluye anexar los asentamientos. Smotrich ha reivindicado, incluso tras las elecciones, la «revolución» de los asentamientos.
Una eventual salida de Smotrich y Ben-Gvir del gobierno sería significativa. Podría reducir la velocidad de ciertos proyectos de anexión, limitar el respaldo institucional a los colonos más radicales y aliviar algunos mecanismos de presión sobre la población palestina. Pero la prueba será otra: ¿se detendrá la colonización?, ¿se devolverán las tierras confiscadas?, ¿se reconocerá la continuidad territorial palestina?, ¿se aceptará, por fin, un Estado soberano? Si las respuestas siguen siendo negativas, habrá cambiado el gobierno, pero no el rumbo.
Jerusalén Este: democracia para unos, decisiones para otros
Jerusalén Este muestra la contradicción con crudeza. Cientos de miles de palestinos residentes allí no participaron en estas elecciones, aunque las decisiones del próximo gobierno afectarán sus viviendas, sus permisos de residencia, la planificación urbana, las demoliciones y su futuro político. Israel elige, mediante elecciones, un gobierno que ejerce un poder enorme sobre una población que no participa, en igualdad de condiciones, en esa elección.
Se puede discutir sobre la independencia judicial, la corrupción de Netanyahu, el servicio militar de los ultraortodoxos o el carácter secular del Estado. Son conflictos reales, y fueron los que ocuparon la campaña. Pero hay un problema democrático anterior que quedó fuera de la discusión: millones de personas viven bajo decisiones fundamentales del Estado israelí sin disponer de los mismos derechos políticos que quienes toman esas decisiones. La lectura colonial que propone Lobato adquiere aquí todo su sentido. Las elecciones pueden expresar conflictos profundos dentro de la sociedad dominante sin que se someta a votación la relación de dominación.
Lo que dicen quienes viven bajo ese régimen
Desde el sur del Líbano, Irene Zugasti recogió el pulso de las organizaciones palestinas, entre ellas el Frente Popular para la Liberación de Palestina. Su lectura es que el resultado despierta poco interés: votar entre «un genocida en general y un general genocida» no cambia sustancialmente el panorama. Valoran la movilización masiva del electorado palestino dentro de Israel, un electorado deshumanizado y señalado, que hoy debe oír en la televisión pública que se discute su eliminación política, pero consideran que ello no modifica la estructura de opresión. Para ellos, el fin de la ocupación no vendrá de una fractura interna del régimen, sino de la pérdida de legitimidad internacional, la solidaridad y el trabajo de la resistencia.
Es una advertencia que debería escucharse con atención, en especial en el momento en que la política europea celebra una eventual caída de Netanyahu. En campos de refugiados donde unas 100.000 personas viven en dos kilómetros cuadrados, con un solo hospital y sin derecho a poseer propiedad, la discusión sobre quién será primer ministro se vuelve secundaria frente a una pregunta mucho más antigua: cuándo, cómo y quién articulará el derecho al retorno.
Tres escenarios, un mismo dilema
Un nuevo gobierno de Netanyahu, otra vez aliado con la extrema derecha, significaría probablemente la continuidad, e incluso la profundización, de la colonización de Cisjordania, de la anexión de facto y de la presión sobre Gaza.
Un gobierno opositor sostenido directa o indirectamente por los partidos palestinos podría traer cambios concretos: reducir el poder de Smotrich y Ben-Gvir, frenar ciertos proyectos de anexión y adoptar otra política hacia Gaza. Serían cambios importantes, pero distan de ser el reconocimiento de un Estado soberano. Y habría que ver cuánto está dispuesta a ceder una Lista Conjunta que, según La Base, condiciona su apoyo al fin del genocidio en Gaza, o un Ra’am que ya aceptó reconocer a Israel como Estado judío y democrático.
Si ninguno de los bloques acepta depender de los representantes palestinos, Israel entraría en un nuevo período de bloqueo y, eventualmente, de elecciones repetidas, como ya ocurrió entre 2019 y 2022. Sería la señal más clara de que, para amplios sectores del sistema político, es preferible la parálisis a compartir el poder con los palestinos.
Cambiar el conductor o cambiar el rumbo
Sería erróneo afirmar que Netanyahu, Eisenkot, Bennett, Smotrich y Ben-Gvir representan exactamente lo mismo. Sus diferencias pueden traducirse en menos violencia, más ayuda humanitaria o menor expansión de ciertos asentamientos, y para quien vive bajo las bombas, pierde su tierra o teme la demolición de su casa, esas diferencias no son insignificantes. Pero tampoco debe confundirse el alivio con la justicia.
La cuestión de fondo permanece intacta: ocupación, colonización, desigualdad de derechos y negación de la autodeterminación palestina. Estas elecciones decidirán quién maneja el timón israelí en los próximos años; lo que no se votó, y que ninguna de las alternativas con posibilidades reales de gobierno parece dispuesta a someter a votación, es el rumbo. Hasta que esa pregunta tenga respuesta, cualquier cambio de gobierno israelí debe juzgarse menos por el nombre de quien ocupe la oficina del primer ministro que por hechos concretos: el fin de la ofensiva contra Gaza, la reconstrucción y el retorno de su población, la paralización y reversión de los asentamientos, el fin de la ocupación, la igualdad de derechos y el reconocimiento efectivo del derecho del pueblo palestino a decidir su propio futuro.
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