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Etiqueta: Memo Acuña

UNA reflexión necesaria

Por Memo Acuña (sociólogo y escritor costarricense)

Todos los inicios marcan épocas, decisiones, rutas a seguir. He recordado por estos días, -que se anuncian las primeras actividades relativas al 50 aniversario de la Universidad Nacional-, mi incursión en esta institución.

Para empezar este recuento, no debo obviar que, durante toda mi etapa universitaria, que realicé en la Universidad de Costa Rica, mis mañanas transcurrían en la Biblioteca Joaquín García Monge. Allí pasé largas horas de estudio antes de trasladarme hacia San Pedro.

Luego llegaría la posibilidad de trabajar como docente e investigador. En el primer caso, tuve la enorme experiencia de acompañar varios grupos de estudiantes en cursos como el de formulación de proyectos para la Cooperación Internacional de la Escuela de Relaciones Internacionales o el taller de análisis de contenido en la Escuela de Sociología, ambos de la Facultad de Ciencias Sociales.

Tuve la oportunidad de impartir otros cursos en escuelas como la de Planificación y Promoción Social, sus maestrías o el posgrado en Derechos Humanos del Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA).

De esta experiencia sin embargo, el recuerdo más vivido que tengo es mi primera participación como docente ad honorem en un curso de la Escuela de Sociología, donde llegué a solicitud de mi querido y recordado Carlos Sojo, Director en aquel entonces de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y en la que desarrollaba labores de investigación. A Carlos le consultaron por un docente para un curso sobre política social en Costa Rica y no dudó en sugerir mi nombre. Sentados en la cocina de FLACSO con café en mano me animaba a asumir la experiencia, que luego sería clave en mi desarrollo profesional en la UNA. Le agradezco por siempre a él por ese gesto.

Justamente en investigación llegué a IDESPO a colaborar con su eje referido a temas migratorios. Años después tendría el honor de dirigir el Instituto por cinco años y aportar en ese momento de consolidación y expansión con que celebramos su 40 aniversario.

También en IDESPO desarrollé una de las experiencias docentes más gratificantes al reelaborar e impartir el curso optativo sobre Migraciones en Costa Rica. Aún hay personas estudiantes que me recuerdan sus contenidos, pero más importante, la sensibilidad que logramos despertar sobre ese tema tan importante en nuestro país.

En la actualidad mi labor es otra en la Universidad, con la que sigo contribuyendo a su desarrollo, pero sin despegar el dedo del renglón del ejercicio académico que es mi identidad natural.

Son muchas las etapas transcurridas en esta querida universidad, tal vez pocas comparadas con las de personas académicas de experiencia en esta institución. Este año de celebración debiera encontrarnos a quiénes trabajamos en la UNA en una reflexión profunda sobre nuestro quehacer, lo que hemos aportado y lo que la institución requiere para seguir siendo necesaria y solidaria con la sociedad costarricense en su conjunto.

El miedo en el viento

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Las tomas eran elocuentes. Invitaban a la zozobra, la desconfianza, el rechazo. Un periodista de la sección de sucesos de un noticiero estelar seguía las huellas de quienes intentaban cruzar la frontera entre Nicaragua y Costa Rica para protegerse. Casi que al mismo tiempo que las autoridades fronterizas, intentaba atrapar él mismo con sus propias manos a quienes osaran cruzar a territorio costarricense y devolverlos hacia su país.

Eran tiempos de incertidumbre, de resguardo, de puertas adentro. La amenaza sobre el cuerpo blanco y sanitizado costarricense campeaba y una vez más era ubicada lejos de sus fronteras. En Nicaragua, el abordaje de las autoridades locales sobre la emergencia sanitaria no era el más adecuado y el manejo y la gestión de la información sobre la casuística, así como las medidas de prevención hacia la población, no garantizaban el cuido que por entonces sugerían las autoridades de salud global.

Eran las primeras semanas, los primeros meses desde que en marzo de 2020 se hubiera declarado por primera vez en décadas una pandemia de proporciones planetarias. Sus alcances, conforme avanzaban las horas, eran más amplios en términos de población afectada, territorios cubiertos e impactos a nivel social y económico.

La actitud del periodista costarricense, en realidad, reproducía lo que a nivel colectivo se experimentaba y se impulsaba como voz y prácticas sociales: había que endosarle a alguien, cual chivo expiatorio, la responsabilidad por el aumento de casos que a nivel local, y durante un largo periodo, había registrado una admirable estabilidad hacia la baja y el número de personas fallecidas se había mantenido en un mismo nivel durante semanas.

Todo cambió al registrarse una de las primeras olas pandémicas, denominadas así por las autoridades de salud pública del país. Entonces vinieron las medidas restrictivas y junto con ellas, el aumento de las percepciones colectivas sobre el cuerpo extranjero “que había venido a enfermar al nacional”.

Desde dentro, las familias nicaragüenses residentes o no, conformadas muchas de ellas con un carácter binacional, experimentaron uno de los periodos de discriminación y xenofobia que se recuerden a nivel contemporáneo, quizá solamente anticipado por una odiosa marcha nacionalista convocada en agosto de 2018 en la ciudad capital y que terminó con varias personas detenidas, armas de fabricación casera incautadas y una reacción de descontento de parte de varias personas sobre ese hecho, que indicaba una creciente construcción de discriminación en contra de dichas poblaciones.

Eran tiempos donde el miedo se acrecentaba y las estrategias de invisibilización, mimetización e integración se manifestaban como formas obligadas de contender el rechazo que circundaba en medios de comunicación, espacios públicos y redes sociales.

De sobre la forma en la cual las familias extranjeras, particularmente nicaragüenses vivieron este periodo en la sociedad costarricense, sus preocupaciones, sus afectos, anhelos y esperanzas, habla la novela Polen en el Viento, publicada el mismo 2020 por Uruk Editores, escrita por Rafael Cuevas, escritor y académico guatemalteco radicado hace ya varios años en Costa Rica.

Con una secuencia donde las subjetividades de los distintos personajes desarrollan la historia familiar de migración, inserción, acoplamiento social y laboral en la sociedad costarricense, la trama desarrolla como eje narrativo, los distintos momentos de construcción de la diferencia, el miedo como director de orquesta (al decir del poeta costarricense Ricardo Marín) y los desenlaces que seguramente experimentaron en realidad cientos de personas extranjeras en el país durante aquel periodo.

Uno de los principales argumentos esbozados por Cuevas es el del peso de la institucionalidad al momento de visibilizar con datos a la población extranjera. Algunas veces, muchas veces, por omisión e invisibilización a propósito; algunas veces, muchas veces, porque el peso de la exageración determina percepciones y acciones de política pública, como aquella infeliz directriz en los tempranos días de pandemia que obligaba a las personas extranjeras indocumentadas a recibir atención médica, acompañada de elementos de seguridad.

Es enero de 2023 y es una época de transición hacia lo que ciertamente podría denominarse “nueva normalidad”. Con una preocupante carga de casos en aumento por nuevos brotes, situación que seguramente permanecerá por años, continúa latente el registro, el sedimento del chivo expiatorio en la opinión pública costarricense. Por ello, novelas como la de Rafael Cuevas deben ser consultadas permanentemente como ejercicio de construcción de la memoria colectiva de este momento de la historia, para que la discriminación y la barbarie de creer que la blancura de la población nacional es señal de superioridad biológica y social, sea desterrada para siempre.

Cinco minutos antes de la cuenta atrás

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Una de las características de los procesos de globalización, es que posiciona en el tiempo y en el espacio las diversas problemáticas. Las hace coexistir y dan la impresión entonces de constituir y provenir de una misma matriz, una misma causa estructural.

A los buenos deseos y propósitos que se desparraman de forma viral con el cambio epocal, se le suma la esperanza de que ahora si conseguiremos ser mejores seres humanos.

Lo hemos dicho varias veces.

Si de algo debió servirnos la crisis civilizatoria instalada durante 2020 en el plano sanitario, que luego se amplió al cultural, social, institucional y ambiental, fue para que consideráramos también una transformación en las formas de convivencia.

No lo hemos logrado y vamos hacia atrás, como la vieja cuenta de Mecano.

En el plano mundial la cosa no mejora y la intolerancia campea por la libre. El jugador brasileño del Club Real Madrid Vinicius, denunció haber sido objeto de insultos racistas en un juego en Valladolid al finalizar 2022.

Al iniciar 2023 una turba escudada en el anonimato del colectivo, le dedicó tremendos cánticos homófobos al entrenador y exjugador inglés Frank Lampard, en un duelo entre su club Everton y el Manchester United.

La gigante FIFA con toda y su transnacionalidad multimillonaria a cuestas, de vez en cuando se acuerda de su Responsabilidad Social Empresarial y volvió a multar a México, su Federación, por los cánticos homófobos y despectivos de su afición en el recién pasado mundial en Catar.

En el plano doméstico tampoco hay buenas noticias.

En lo que llevamos de 2023 en Costa Rica ya sobrepasamos el promedio de femicidios mensual y han fallecido asesinadas 10 mujeres del total de 26 homicidios que han recibido el año, hasta el momento que se escribe esta columna, en una cifra que aumenta día con día.

También en nuestro país y estos primeros días de 2023, una persona joven negra denuncia haber sufrido discriminación al prohibírsele la entrada a una discoteca, en apariencia por su color de piel.

Al tiempo que escándalos de comunicación política de nueva generación y los salpicones provenientes de la industria cultural global dominan la agenda mediática criolla, la colonización se sigue ciñendo sobre las comunidades originarias y de eso la audiencia no se da por enterada.

Como si fuera una excursión turística de temporada y en plan “curiosidad”, fue denunciada recientemente una irrespetuosa visita a un sitio sagrado en la comunidad de San José Cabécar, violando el significado místico y originario para sus pueblos.

No.

No aprendimos mayor cosa y este 2023 empieza de nueva cuenta, “al revés”. Estamos a tiempo y sé que es una fantasía, pero podríamos ser mejores. En el fondo de nuestras programaciones violentas, discriminatorias, irrespetuosas, hay un ser humano que quisiera ser reconocido.

Dejémoslo salir.

No solo son un número en el PIB

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Por décadas, en Costa Rica, nos hemos acostumbrado a observar camiones repletos de trabajadores recolectores de café.

Hemos naturalizado las condiciones deplorables en las que estas personas trabajadoras son transportadas, quizá porque las incorporamos en el paisaje de temporada de fin e inicio de año y no reparamos en las consecuencias que estas formas de llevarlos y traerlos de las fincas cafetaleras podrían acarrear.

Tal vez en el fondo y parafraseando a Judith Butler, nuestra actitud se deba a que en la mayoría de los casos representan “cuerpos que no importan” o cuerpos descartables, por representar a ese otro extranjerizado, la mayoría de las veces ubicado en la periferia de los procesos socioculturales del país.

Hace muchos años en un trabajo de campo sobre las condiciones laborales de personas migrantes nicaragüenses en la actividad de la caña de azúcar, una entrevista con una mujer trabajadora me había impactado de forma profunda.

Al referirme su afectación en los riñones debido al calor de las quemas que se producen en los cañales y ante la falta de seguro (estaba en condiciones de irregularidad migratoria) me comentaba que la auto medicación y los puños de sal que consumía eran el remedio que utilizaba para calmar el dolor.

Hace pocos días el accidente en una finca cafetalera en el occidente del país en la que más de 30 personas trabajadoras recolectoras sufrieron heridas y una persona perdió la vida, pasó casi desapercibido en medio de la polifonía de fin y principio de año y los escándalos de comunicación política que han salpicado el ambiente nacional.

La contribución a las cuentas nacionales de este contingente de personas trabajadoras, que no es menor dicho sea de paso, no debiera ser el principal punto de interés de una sociedad que se nutre de sus aportes.

Antes bien, deberíamos reparar en sus condiciones laborales y exigir su mejora, sea cual sea su nacionalidad y su permanencia jurídica en el país.

Antes que un número en el PIB, son seres humanos con todos sus derechos inherentes. No olvidemos ese pequeño gran detalle.

ELLIOT

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Una vez más como tantas temporadas de fin y principio de año, Estados Unidos ha sufrido los embates de un invierno arrasador que se agudiza conforme los impactos del cambio climático se hacen más evidentes.

Miles de vuelos cancelados, carreteras interestatales clausuradas, personas heridas, atrapadas y fallecidas, es el saldo de un conteo que aún no termina.

El enfoque con el que se analicen estas coyunturas debe hacer conciencia en la necesidad de buscar un equilibrio en la coexistencia entre el hombre y su ambiente. Uno de los mitos que justamente trajo la pandemia es que debido a la inactividad, la clausura y el confinamiento de millones de seres humanos, la ecología buscaría cómo restablecerse, los animales regresarían a su hábitat cotidiano y el canto de los pájaros se escucharía aún más claro en todo el planeta.

Ahora sabemos que esta fue solo una esperanza y que el hombre (en plural y masculino) sigue dominando a su antojo el planeta, llevándolo a los últimos cinco minutos de su historia, al decir de Leonardo Boff.

El estilo de consumo depredador, la inconsciencia rampante y la práctica de dominarlo todo con violencia y saña, ha llevado una vez más a la humanidad y particularmente a una sociedad como la estadounidense, a sus extremos.

Por eso no son de extrañar las declaraciones de una funcionaria de un gobierno estatal de aquel país, que palabras más palabra menos dijo “estamos en guerra contra la naturaleza” al referirse del recuento que ha dejado la tormenta Elliot a su paso.

Nada más cierto, pero al mismo tiempo más expresivo de una matriz sociocultural predominante que le hace creer a ciertas sociedades que todo lo que le circunda es un potencial enemigo, naturaleza incluida y que la única manera de dominarla es destruyéndola.

Hoy es Elliot el “enemigo” potencial que se ha esmerado en recordarle a la sociedad estadounidense lo pequeña y frágil que es. Sin embargo, el enemigo de la naturaleza realmente está entre nosotros.

Revirtamos sus impactos y acciones aniquiladoras antes que sea demasiado tarde y el último segundo de vida se instale sobre el planeta. La guerra en todos sus extremos debe ser desterrada. Empecemos por sacarla de nuestros pensamientos. Ahora.

En busca del fuego

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Una reacción en pólvora seca sobre un texto de Vladimir Amaya

En 1981 pocas cosas eran ciertas. Corría el rumor de una década perdida y el breakdance ya daba tumbos en las tranzetas urbanas, las medias eran blancas y los cepillos o peines se exhibían como símbolos de guerra en la bolsa de atrás del pantalón.

Mientras eso sucedía con mucho color y polifonía masterizada, una producción cinematográfica francófona batía todas las posibilidades de éxito basada en la terquedad de ir a los inicios, encontrarse con la noche, acinturarse en todas las formas decorosas de la búsqueda.

Llamada en español “En busca del fuego”, aquella producción se encargaría de retratarnos a las generaciones adolescentes de la época, cómo fueron los primeros pasos, el primer sexo, la batalla primera del hombre (o sus ancestros) sobre la tierra.

Sin mediar diálogo alguno, la película relata el principio tal como fue: sin consenso, sin epifanía, pero con mucha claridad estratégica: había que pelear hasta el final por poseer la luz.

Ambientada en el pleistoceno superior hace unos 70.000 años, reza una de tantas sinopsis perdidas en el internet profundo, una horda de Neanderthales mantienen el fuego, pero no saben cómo crearlo. Sufren los embates de un clan homínido que acaba con la única fogata conocida entonces. Así surge la búsqueda, el barro primero, cuando tres jóvenes de la tribu original son enviados por el fuego y encargados a regresar con él si o si, a toda costa.

Pienso en el “Atonal entrado en años, imparable contra toda fuerza enemiga” con que Vladimir Amaya inicia su demoledor texto (como no concebirlo de otra forma) sobre una figura mítica, casi lírica, construida sobre los cimientos de una lucha permanente entre el conquistador y los conquistados, el colonizador y los colonizados.

Vladimir se pregunta si acaso la emblemática figura existió. Pero es que de esas preguntas están hechos los tejidos de las subalternidades que requieren de un personaje, cierto o no, que les guíe sus pasos, que salga como los primeros hombres y mujeres sobre la tierra, a buscar el fuego por ellos.

Atonal, el compañero en jerga revolucionaria de barrio, tiene consigo la verdad, el saber y el conocimiento. Amaya le pone pólvora en sus manos, la llama y la luz con la que va quemando todo a su paso.

Con ese saber ancestral les ha ganado la partida a las maras, se ha granjeado el mito de la humanidad a cuestas, ha sido solemne con las muchachas del Pasaje. Atonal fue condecorado con el Trofeo de los silbadores, aquel que proviene de la fricción entre dos piedras o en su defecto, entre dos corazones. De esa mecánica del tacto brota el fuego, el primero, el puesto en las manos del luchador.

En este texto Amaya recupera al mismo tiempo la gesta y la paradoja.

La gesta del hombre-mito, su inscripción en libros contables y efímeros en los que se produce la geografía del amor, la ética del avance, el ensayo del triunfo mil veces conseguido. La paradoja de los finales que no se esperan: así como el fuego de aquellos primeros hombres fue apagado para que renaciera la lucha y la búsqueda, la pulsión de Atonal fue lentamente silenciada por la fuerza de un agua homínida y criminal, acaso la expresión de una región que lentamente se hunde entre los resultados de una acumulación por despojo de sus élites más bárbaras, que le quiebran las rodillas a sus territorios y la acción bíblica de un cambio climático que se lo lleva todo a su paso, hasta la pólvora.

Este diciembre no habrá triunfos en la guerra de los silbadores. Los compas de Atonal siguen en su búsqueda y del fuego que latía en sus manos. Su existencia en los barrios se comenta: no hay duda alguna, Atonal existió y eso en un país como este, ya es más que suficiente.

Heredia, 11 de noviembre de 2022

Publicada en El Escarabajo (El Salvador), compartida con SURCOS por el autor.

Sobre pertinencias y empatías

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Hace unas semanas asistí a un taller organizado por el Consejo Nacional de Rectores (CONARE) de Costa Rica, sobre el tema de la pertinencia de las carreras que se ofrecen en la educación superior pública del país.

Sobre la discusión desarrollada y el concepto discutido, debo decir que intuyo que las instituciones de Educación superior pública del país hemos caído en la trampa de la racionalidad del mercado y la búsqueda del éxito económico, sobre cualquier saber o conocimiento compartido.

Me preocupó que ninguna carrera relacionada con el arte fuera referenciada porque en el fondo “no produce”. De igual manera las Ciencias Sociales fueron exiguamente visibilizadas, dada su escasa relación con la competitividad y eso que casi míticamente ha empezado a llamarse la cultura (o la religión) STEAM.

Esta reflexión la comparto hoy que debemos preguntarnos qué es lo verdaderamente pertinente en una sociedad que aún a tientas trata de sobreponerse a una de sus peores crisis civilizatorias de la historia. Pareciera que esa racionalidad instrumental que antepone los criterios mercantilistas a lo demás se ha impuesto como proceso sociocultural.

Y en esa imposición pulveriza la empatía como acción humana fundamental.

Leo con estupor en los diarios costarricenses una noticia de la cual no termino de asombrarme: la ex ministra de educación costarricense Sonia Marta Mora fue condenada al pago de una multa por haber autorizado a una funcionaria de su Ministerio a tomar una licencia para cuidar a su esposo enfermo en fase terminal. Eso pasó hace unos años.

El criterio institucional, la racionalidad administrativista que ha supuesto la gestión de lo público en los últimos 40 años, consideró improcedente el actuar de la exjerarca y la condenó al pago de una multa.

Excesivo.

Increíble y excesiva la forma como la institucionalidad salda sus cuentas dejando en segundos planos lo verdaderamente importante en su accionar: los seres humanos. De esta entronización de la racionalidad capitalista en las esferas estatales ya había dado cuenta la economista costarricense María Eugenia Trejos en un agudo análisis sobre el tránsito de la racionalidad neoliberal en el marco del estado costarricense.

Entre lo que el pensamiento racional considera como pertinente y la ausencia de empatía ante el dolor, se nos muestra el lado más odioso de la promesa neoliberal.

Dicho esto, se impone urgentemente humanizar las políticas públicas, dotarlas de nuevas formas de sensibilidad, de nuevo músculo en el que el ser humano retorne a su centro, pensarlas con el corazón, actuarlas con el corazón.

Nuestro mundial

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Imagen tomada de Semanario Universidad “Barrios cobran protagonismo en calendario de Colección” 18 de febrero de 2020.

Jimmy era talabartero y ahora pienso que vivió en nuestro barrio, el histórico Pirro que anuncia el ingreso a la ciudad de Heredia, porque cerca quedaba una famosa fábrica de preparación de cuero que aún subsiste, a pesar del paso del tiempo, ahora combinada con nuevas actividades como un pequeño café y una venta de productos asociados.

Jimmy era un porteño enorme, mulato cuya figura contrastaba con su pequeña casa que olía a insumos para reparar zapatos, clavos, cuero puro. Su casa era una de las de madera, también históricas, que se “repiten” de dos en dos (diría Humberto Vargas en una de sus canciones) en ese mítico barrio Pirro, nombrado así por surgir a la vera del Río que cruza debajo de sus viviendas.

Recordé al talabartero en estos días de fútbol global. Lo recordé como artesano y obrero en su oficio, como tantos otros que históricamente han sostenido la actividad a pesar de la globalización, los emporios económicos y la producción en masa de los productos de cuero como zapatos, carteras y bolsos.

Lo recordé porque está asociado a mi memoria como aquel que nos llevó a nuestro primer mundial. Porque si, Jimmy también era entrenador de fútbol y nos juntó a una generación de chavalos en un equipo de ensueño (lo digo con toda la humildad del caso) que entrenábamos entre polvo y charrales ahí, donde ahora lucen imponentes las instalaciones de una institución universitaria privada.

No retengo nuestro estilo de juego (que por entonces debió ser la máxima de “todos para adelante”) ni cuántos partidos jugamos. Pero lo que si atesoro es que Jimmy solicitara a sus jugadores camisetas blancas porque él se encargaría de “lo demás”.

Y lo demás fueron los números de cuero que cuidadosamente cortó y cosió en el dorso. Eran números rojos enormes, como enorme nuestra devoción por el fútbol que seguimos amando.

Ya mi barrio se ha trasformado en un corredor de ingreso sin mucha posibilidad para la permanencia y el encuentro como los de aquellos años. Atrás quedaron los días interminables de exploración y juego, pero sigue intacto aquel momento en que el mundial, el verdadero, empezó en nuestros corazones.

Que la exploración y el juego nos sigan sorprendiendo.

¿Cómo sacar un balón que se ha ido al fondo del corazón?

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Era frecuente encontrárselo en la vieja avenida central en San José enfundado en un pantalón buzo y camiseta de tirantes. Sudaba copiosamente en su presentación, que consistía en manejar como verdadero malabarista una pequeña bola de tenis.

Su capacidad para controlar como artista las pequeñas proporciones de la pelota, le hacía ganar audiencias que celebraban sus rápidas hazañas.

También eran frecuentes sus presentaciones en el antiguo Estadio Nacional, en La Sabana, donde era invitado a los intermedios de los partidos internacionales a repetir su acto circense con la breve pelota de tenis rodando por todo su cuerpo menudo y musculado por la vida. Todos lo adoraban.

Le decían “Tango”.

Como si de una metáfora sobre los malabares de la vida y el cuerpo se tratara, el personaje bien podría haber sido una poesía sobre la capacidad de asombro, la emoción del equilibrio, el arte con los pies.

En estos días de tanta complejidad social y civilizatoria, hablar sobre fútbol desde un lugar implicado resulta una invitación a una disputa segura.

Dejando por fuera a quien por diversas razones (todas válidas) no se encanta por las maravillas de este deporte arte (el gol de Eder con Brasil en España 1982 es considerado el segundo mejor gol de la historia de los mundiales solo superado por la joya de Manuel Negrete en México 1986, el mismo mundial en el que se anotaría el mejor gol de la historia fuera de categoría por el mismísimo Maradona) surgen siempre voces ubicadas desde la seguridad intelectual y académica que les lleva a inferiorizar el gusto y el sentido social de este juego.

Recurro, como no, a Eduardo Galeano, el mismo a quien varios de estos sesudos intelectuales citan en sus trabajos sobre la realidad latinoamericana.

El uruguayo les dice, palabras más palabras menos, que le bajen dos rayitas a sus aires intelectuales sobre el fútbol-arte. A esta gente, que nunca vio a Tango bailar con su pequeña bola de tenis, Galeano les recuerda el potencial social y trasformador del fútbol, sin dejar de considerar sus contradicciones y paradojas, como cualquier actividad humana en estos tiempos.

En 1962 la selección rusa pasaba por San José en preparación para participar en el mundial chileno de 1962. En sus filas venía el mítico Lev Yashin, considerado a pesar de la posmodernidad y todavía, el mejor portero del mundo de la historia por encima de Curtois, Casillas y Navas.

A ese mito mi padre, con el que tantas veces vi a Tango en San José y en ese mismo estadio nacional, le empalmó un gol que todavía resuena en toda Mata Redonda. Esa pelota, un poquito más grande que la de Tango, entró lentamente “Al fondo del corazón”.

Eso es poesía.

Con este nombre publicamos hace unos años un libro a dos voces sobre esa gesta en Metáfora Editores (Guatemala), donde se incluye el siguiente texto con el que rindo homenaje sentido a esta particular forma de transformación de la realidad que resulta el fútbol:

XXXVIII

Tengo veinte años y no sé
si esto es el futuro.
Tengo veinte años
y la espalda
no deja de temblarme como voz
y sus tristes declaraciones de amor.
Tengo veinte años
y agarro tu mano
para enseñarte
esta película con el final que ya conoces:
Un portero vencido
un hombre condecorado
con tus ojos
y tus palabras
que vuelan.

Disfruten el arte de ver rodar un balón. Solamente eso. Déjense llevar. Otro mundo así también es posible.

Insistir en la poesía como militancia

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

Durante la celebración del 18 Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango realizado entre el 23 y 26 de noviembre, se desarrollaron varias actividades alrededor del ritual de la palabra, pero que tenían como objetivo recordar la lucha que libran las madres de aquellas personas desaparecidas, antes y ahora.

Durante el conflicto armado en Guatemala, 45.000 personas fueron desaparecidas y sus familiares todavía los buscan. Para ellos, el horror de la guerra no ha terminado y buscan incansablemente, con su alma y su corazón como recursos.

Al iniciar cada actividad en comunidades, bibliotecas, centros culturales se hacía lectura de un manifiesto cuyo primer párrafo definía el sentido del Festival:

“Todo está profundamente conectado, el milagro, el consuelo, el terror y la belleza, una apuesta vital con la vida, la columna vertebral de este universo lleno de preguntas que nunca tendrán respuestas, “para qué poetas en tiempos de miseria” dijo alguna vez Holderling y esta podría ser nuestra respuesta, porque no pretendemos huir del horror, ni de lo desgarrante ni de lo doloroso, queremos con toda la certeza que la vida merezca ser vivida a pesar de todo, por eso creemos en la poesía y en la articulación comunitaria como una forma de resistencia que dará muchas posibilidades, por eso creemos en la pulsión de la palabra y sus colores. Planteamos la esperanza desde la diversidad de lenguajes que nos han servido para comunicarnos y explicar la realidad y también desde la poética: respuesta a una pregunta que no ha sido formulada, tenemos el cielo, la tierra, las piedras, el agua, todo lo que sucede tiene una razón, la noche, el día, el tiempo y a eso nos aferramos”.

En una mañana fría nos trasladamos a San Marcos Sacatepéquez, que significa tierra del Verde Valle. En un municipio de la localidad llamado San Antonio leeríamos en la biblioteca comunitaria.

En la imagen Wuilber Cifuentes, “El poeta de la Montaña”. San Antonio, Sacatepéquez.

Antes de la actividad sostuvimos una conversación con don César, vicepresidente del Comité de Cultura y don Wuilber, coordinador de la Casa de la Cultura y a quien se le conoce en redes sociales como “El poeta de la Montaña”.

Nos explicaron cómo fue que desapareció el idioma Mam de sus comunidades: las autoridades coloniales mandaban a borrar todo vestigio de la cultura originaria cuando llegaban a la comunidad. Mujeres y hombres eran despojados de sus trajes y era prohibido hablar el idioma originario en frente de las autoridades, so pena de sufrir castigo.

Se trata entonces de una forma, otra, de desaparición, eso que en las teorías decoloniales se denomina epistemicidio.

Por ello la palabra cobra fuerza en la poesía, el acto más político del habla y del lenguaje.

Nuestros pueblos siguen resistiendo y lo seguirán haciendo mientras haya poder y se use para avasallar, desaparecer. Nosotros seguiremos insistiendo con ellos en esta militancia, porque es desde allí que procuramos dar sentido a lo que hacemos. Ese es nuestro camino.