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«Cristofascismo»: cuando el Evangelio se arrodilla ante el poder

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

Hay una perversión del cristianismo que merece ser denunciada con franqueza: la utilización de Jesucristo para bendecir el autoritarismo, justificar la intolerancia y convertir la fe en instrumento de dominación política. Tiene un nombre tan incómodo como revelador: cristofascismo.

El término no es nuevo. La teóloga protestante alemana Dorothee Sölle lo utilizó en 1970 para denunciar la complicidad de sectores cristianos con el nazismo. Décadas después, el concepto cobró renovada fuerza en el Brasil de Jair Bolsonaro, donde el teólogo Fábio Py lo recuperó para describir la alianza entre sectores religiosos fundamentalistas y un proyecto político de rasgos autoritarios. Una vieja corrupción con nuevos protagonistas: utilizar el nombre de Dios para conquistar el poder y, después, utilizar el poder para imponer una determinada visión de Dios.

Basta observar ciertos escenarios políticos. Pastores convertidos en propagandistas, templos transformados en plataformas electorales, predicadores que confunden la voluntad de Dios con las ambiciones del gobernante de turno. Se invoca a Cristo para conquistar el poder y, una vez conquistado, se utiliza su nombre para exigir obediencia.

El negocio, además, resulta extraordinario. El político obtiene una legitimidad casi divina; el dirigente religioso consigue influencia, privilegios y acceso a los despachos donde se toman las decisiones. Ambos salen ganando. El Evangelio, en cambio, termina siendo pisoteado.

La contradicción es escandalosa. Jesús proclamó bienaventurados a los misericordiosos y a quienes trabajan por la paz, y algunos de sus supuestos representantes celebran la humillación del adversario, alimentan el desprecio hacia los migrantes y presentan la dureza como virtud suprema. Predican el amor al prójimo mientras confeccionan cuidadosamente la lista de quienes no merecen ser amados.

Y todavía tienen el descaro de llamarse provida y defensores de los valores cristianos…

No se trata de cuestionar la participación de los creyentes en política. Tienen pleno derecho a intervenir en la vida pública, defender sus convicciones y contribuir al debate democrático. El problema comienza cuando pretenden convertir sus creencias en imposición, cuando consideran enemigos de Dios a sus adversarios y cuando colocan la fidelidad a un caudillo por encima de cualquier exigencia ética.

Tampoco sería justo atribuir esta degradación exclusivamente a determinadas iglesias evangélicas, aunque es la moda. El catolicismo conoce demasiado bien las consecuencias de sus propias alianzas con los poderosos. Nuestra historia tiene suficientes altares próximos a los tronos como para repartir certificados de inocencia.

Lo verdaderamente peligroso del cristofascismo es que llega a vaciar la fe de su contenido más exigente. Conserva los himnos, las oraciones y las multitudes. Lo que desaparece es el Cristo que cuestiona al poderoso, acoge al extranjero y se identifica con los últimos.

Jesús fue categórico cuando advirtió a sus discípulos sobre la conducta de los gobernantes: «Los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre ustedes» (Mt 20,25-26). ¡No ha de ser así entre ustedes! Difícil encontrar una advertencia más contundente para quienes pretenden convertir el cristianismo en una plataforma de dominación. Jesús conocía perfectamente las tentaciones del poder y quiso impedir que se instalaran entre los suyos. No fundó una comunidad de cortesanos ni una asociación de aduladores del César. Propuso exactamente lo contrario: que la autoridad se ejerciera como servicio. Por eso resulta grotesco que algunos ministros religiosos terminen bendiciendo precisamente aquello que Jesús les prohibió imitar.

Una sociedad democrática debe desconfiar de cualquier gobernante que se presente como elegido de Dios. Y una comunidad cristiana debería desconfiar todavía más de sus pastores cuando parecen sentirse más cómodos junto al poder que junto a quienes sufren sus abusos. Cuando la religión deja de ser conciencia crítica para convertirse en maquinaria de obediencia, ya no estamos ante una expresión valiente de la fe, sino ante su lamentable prostitución.

Cristo no necesita guardaespaldas políticos. Mucho menos necesita que sus ministros le cambien las bienaventuranzas por un programa de gobierno.

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