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Etiqueta: José A. Amesty Rivera

Cuba, los drones y la fábrica mediática imperial

José A. Amesty Rivera

La reciente publicación del medio estadounidense Axios en su artículo, Exclusiva: Estados Unidos analiza la amenaza de drones de ataque procedentes de Cuba, sobre una supuesta “amenaza de drones cubanos” contra intereses de EEUU, no puede analizarse como una noticia aislada. No estamos frente a un simple reportaje de seguridad internacional, sino ante una operación comunicacional cuidadosamente diseñada para instalar miedo, fabricar consenso y preparar psicológicamente a la opinión pública ante posibles acciones más agresivas contra Cuba.

La historia es vieja en América Latina, cada vez que Washington necesita justificar sanciones, bloqueos, invasiones o golpes blandos, primero construye un enemigo; y para construirlo, necesita medios de comunicación obedientes, amplificadores de rumores, filtraciones “clasificadas”, expertos alineados y titulares alarmistas. Esta vez le tocó nuevamente a Cuba.

El artículo de Axios intenta presentar a Cuba como una especie de plataforma militar ofensiva apoyada por Irán, Rusia y China. Habla de drones, espionaje, asesores militares iraníes, soldados cubanos en Ucrania y hasta posibles ataques a Florida, todo mezclado en una narrativa de tensión permanente.

Pero el mismo texto termina contradiciéndose; después de encender las alarmas durante varios párrafos, reconoce finalmente que los funcionarios estadounidenses “no creen que Cuba represente una amenaza inminente”, es decir, el gran titular se derrumba por sí mismo.

Entonces surge la pregunta elemental, si no existe amenaza inmediata, ¿por qué fabricar semejante escándalo mediático?

Porque el imperialismo estadounidense necesita mantener viva la imagen de Cuba como enemigo, necesita justificar el bloqueo criminal que asfixia al pueblo cubano desde hace más de seis décadas, necesita convencer a la opinión pública estadounidense de que la isla no es una víctima de agresión económica, sino un “peligro regional”. Y aquí entra la maquinaria mediática.

Durante años, muchos sectores progresistas latinoamericanos denunciaron cómo grandes corporaciones mediáticas actuaban como verdaderos partidos políticos de derecha; hoy el fenómeno es más profundo, los medios no solo manipulan elecciones o destruyen dirigentes populares, también ayudan a construir escenarios de guerra.

Axios no actúa aquí como prensa independiente, funciona como canal de filtración de sectores del aparato de seguridad estadounidense. La propia nota admite que la información proviene de inteligencia clasificada, es decir, alguien dentro del poder estadounidense decidió entregar ese relato al medio para que fuera difundido masivamente.

Y el problema no es solo la filtración, el problema es la ausencia total de contraste periodístico. No hay pruebas verificables sobre esos supuestos planes cubanos de ataque, no aparecen documentos públicos, no se muestran imágenes satelitales, no se presentan fuentes independientes, todo descansa sobre “altos funcionarios estadounidenses”.

En otras palabras, el lector debe creerle ciegamente al Pentágono, a la CIA y al Departamento de Estado. Esto no es periodismo serio, es propaganda imperial con apariencia de noticia.

Lo ocurrido recuerda demasiados episodios históricos. EEUU tiene larga experiencia inventando amenazas para justificar agresiones: ocurrió con el hundimiento del Maine en 1898 para intervenir en Cuba, aconteció con el Golfo de Tonkín para escalar la guerra en Vietnam, pasó con las inexistentes armas de destrucción masiva en Irak, ocurrió con las falsas acusaciones sobre Libia, Siria y Venezuela.

Ahora el esquema se recicla contra Cuba utilizando un elemento moderno, los drones. La narrativa es casi de película, una isla pequeña, empobrecida y bloqueada aparece presentada como una amenaza tecnológica regional vinculada a Irán y Rusia; es el clásico mecanismo de miedo geopolítico, y mientras tanto, se oculta la verdadera realidad.

La realidad es que Cuba vive una crisis económica brutal agravada por el bloqueo estadounidense, es que millones de cubanos sufren apagones, escasez y dificultades cotidianas, es que Washington mantiene medidas de asfixia económica destinadas explícitamente a provocar desesperación social, pero nada de esto ocupa los grandes titulares.

Hay además una hipocresía monumental en toda esta campaña. EEUU posee cientos de bases militares alrededor del mundo, mantiene flotas navales cerca de múltiples países, financia guerras indirectas, utiliza drones armados en distintos continentes, invade, sanciona y amenaza constantemente. Sin embargo, cuando Cuba habla de defensa nacional, inmediatamente se convierte en “amenaza”.

La Habana respondió correctamente recordando un principio básico del derecho internacional, todo país tiene derecho a defenderse, y eso es cierto. Cuba conoce demasiado bien la historia de agresiones estadounidenses, como: invasiones, sabotajes, terrorismo, bloqueo económico, atentados y operaciones encubiertas forman parte de más de sesenta años de hostilidad permanente.

¿O acaso ya olvidaron Playa Girón? ¿La Operación Mangosta? ¿Los cientos de intentos contra Fidel Castro?

Cuando un país vive bajo amenaza constante, prepararse defensivamente no es agresión; es supervivencia. Hoy las guerras ya no comienzan solamente con bombas, comienzan con narrativas.

Primero se demoniza al adversario, luego se exagera el peligro, después se habla de “seguridad nacional”, “amenaza regional” o “protección de la democracia”, finalmente llegan las sanciones, las operaciones encubiertas o la intervención directa.

La batalla mediática es parte esencial del conflicto contemporáneo; por esto la política comunicacional de muchos grandes medios occidentales resulta tan peligrosa, no informan para comprender la realidad, informan para moldearla según intereses de poder.

Y en el caso cubano, existe además un objetivo psicológico, aislar internacionalmente a la isla y desgastar moralmente a los pueblos latinoamericanos solidarios con la revolución cubana.

Se busca instalar la idea de que Cuba es inviable, peligrosa, fracasada y aislada, que toda resistencia al imperialismo termina derrotada, que no existe alternativa posible al dominio estadounidense. Es una guerra ideológica permanente.

Desde una perspectiva seria de izquierda latinoamericana, defender a Cuba no significa negar sus problemas internos, económicos o dificultades políticas, significa comprender el contexto histórico real.

No se puede analizar la situación cubana ignorando el bloqueo económico más largo de la historia moderna, no se puede hablar honestamente de crisis cubana sin mencionar las sanciones financieras, el cerco comercial y la persecución económica extraterritorial impulsada por Washington.

Muchos medios internacionales presentan la realidad cubana como si el bloqueo no existiera o fuera un detalle secundario, esto también es manipulación. La izquierda latinoamericana tiene el deber de desmontar esas operaciones comunicacionales, no desde el fanatismo, sino desde el análisis crítico y antiimperialista.

Porque cuando atacan a Cuba, no atacan solamente a un gobierno, arremeten contra el símbolo histórico de soberanía latinoamericana que la revolución cubana representa desde 1959. Acometen la idea misma de que un pequeño país pueda resistir al poder imperial más grande del planeta.

Lo más grave del artículo de Axios, es que normaliza la posibilidad de una acción militar estadounidense; el propio texto reconoce que esa información “podría convertirse en un pretexto para una acción militar”, y aun así publica el material sin cuestionarlo.

Esto demuestra hasta qué punto ciertos medios ya ni siquiera esconden su alineamiento con los intereses geopolíticos de Washington. Se intenta crear una atmósfera donde futuras agresiones parezcan “preventivas”, “necesarias” o incluso “defensivas”, exactamente igual que ocurrió antes de Irak en 2003.

La fórmula se repite: fabricar miedo; exagerar amenazas; demonizar al adversario; preparar psicológicamente a la población; justificar medidas agresivas. Nada nuevo bajo el sol imperial.

Pese a todas las dificultades, Cuba sigue siendo un símbolo incómodo para el poder estadounidense, porque demuestra que un país pequeño puede resistir durante décadas sin rendirse completamente, que sigue defendiendo su soberanía, que aún conserva una profunda legitimidad histórica en amplios sectores populares del continente.

Por esto la ofensiva no es solamente económica, también es mediática, cultural e ideológica. Se busca quebrar la moral colectiva, convencer a las nuevas generaciones de que toda experiencia antiimperialista está condenada al fracaso.

Sin embargo, la historia latinoamericana enseña otra cosa, los pueblos resisten incluso en las condiciones más difíciles. Y hoy más que nunca resulta necesario denunciar cómo ciertos medios corporativos, actúan como instrumentos de guerra psicológica al servicio de intereses imperiales.

La campaña contra Cuba no trata realmente sobre drones, trata sobre soberanía, sobre control geopolítico, sobre el miedo de Washington a cualquier experiencia que desafíe su dominio histórico sobre América Latina.

Por esto, frente a las mentiras mediáticas, frente a las operaciones psicológicas y frente a la manipulación imperial, la tarea sigue siendo la misma, defender la verdad de nuestros pueblos, ejercer pensamiento crítico y mantener viva la solidaridad latinoamericana.

Porque cuando el imperialismo fabrica enemigos, normalmente está preparando agresiones, y porque Cuba, con todos sus ataques y dificultades, sigue siendo una trinchera simbólica de dignidad para Nuestra América.

La presencia de China en América Latina

José A. Amesty Rivera

La gente común de nuestros pueblos latinoamericanos ya no habla de China solamente como un país lejano que compra petróleo, hierro o soya, ahora se habla de una potencia que se está metiendo “hasta la cocina” en América Latina, y no solo en comercio, también en tecnología, puertos, carreteras, energía, telecomunicaciones, inteligencia artificial, vigilancia digital y hasta en el juego político de la región.

En 2026, China dejó de ser simplemente “un cliente grande”, hoy es uno de los actores más poderosos dentro de América Latina y está peleando cara a cara con EEUU y Europa por el control económico y estratégico del continente.

Y la verdad es que esto no pasa de la noche a la mañana; mientras América Latina se hunde entre deuda, crisis económicas, corrupción, industrias quebradas y gobiernos desesperados buscando financiamiento, Beijing llega ofreciendo plata rápida, obras gigantescas y tecnología sin sermones políticos ni condiciones incómodas.

Ahí fue donde China encuentra la puerta abierta, lo que hace veinte años parecía un simple negocio comercial, hoy es una transformación completa del mapa de poder latinoamericano.

China ya controla o participa en puertos, redes eléctricas, minas, telecomunicaciones, proyectos energéticos, satélites y sistemas tecnológicos sensibles; su influencia se mete desde las calles de Bogotá hasta las minas de litio en Bolivia, pasando por el petróleo venezolano y los puertos gigantes del Pacífico.

Y mientras muchos gobiernos celebran inversiones y acuerdos, otros advierten que la región podría estar entrando en una nueva forma de dependencia extranjera; porque sí, cambió el jugador, pero el riesgo de subordinación sigue allí.

El comercio es probablemente la cara más visible de esta expansión, china ya es el principal socio comercial de varios países sudamericanos, compra cantidades cuantiosas de soya, cobre, hierro, petróleo, carne y litio, mientras inunda la región con maquinaria, tecnología, paneles solares, productos industriales y vehículos eléctricos.

Hoy el comercio entre China y América Latina supera el medio billón de dólares al año, una cifra que hace dos décadas parecía pura ciencia ficción.

Pero detrás de estos números bonitos aparece una realidad incómoda; América Latina sigue exportando materia prima barata e importando productos industrializados, o sea, seguimos jugando el viejo papel de proveedores de recursos mientras otros se quedan con la tecnología, la industria y las ganancias grandes.

Brasil es uno de los mejores ejemplos. China se convirtió en el principal comprador de soya brasileña y también absorbe enormes cantidades de hierro, petróleo y carne; hay regiones enteras del agro brasileño que dependen directamente de lo que decida Beijing. Si China compra más, la economía rural respira, si China baja las compras, miles de productores tiemblan. Este nivel de dependencia ya preocupa dentro de sectores industriales brasileños, especialmente porque productos chinos mucho más baratos están golpeando fábricas locales y aumentando la vulnerabilidad económica.

Mientras tanto, empresas chinas avanzan sobre redes eléctricas, energía, puertos y telecomunicaciones. Huawei prácticamente se volvió protagonista del despliegue tecnológico brasileño y juega fuerte en las redes 5G.

Además, marcas chinas de vehículos eléctricos están entrando agresivamente al mercado latinoamericano, desplazando poco a poco a fabricantes occidentales. Y aquí es donde la pelea geopolítica se pone seria, porque el 5G no es solamente internet rápido, aquí también se juega inteligencia artificial, automatización industrial, vigilancia urbana y control de infraestructura crítica.

Washington lo sabe perfectamente, por esto Estados Unidos lleva años presionando a gobiernos latinoamericanos para frenar el avance tecnológico chino.

Argentina enfrenta otro escenario delicado. El país tiene una de las mayores reservas de litio del planeta, un recurso fundamental para baterías, autos eléctricos y toda la transición energética mundial. China ya se está posicionando fuerte dentro del llamado “triángulo del litio”, compartido con Bolivia y Chile. Pero además del litio, Beijing financió represas, ferrocarriles y proyectos energéticos argentinos. Y el punto más sensible sigue siendo la estación espacial china instalada en Neuquén, en plena Patagonia. Oficialmente es una base científica.

Extraoficialmente, muchos en Washington sospechan posibles usos militares o de inteligencia. Esto demuestra que la competencia entre China y EEUU ya no ocurre solamente en Asia o en el Mar del Sur de China, la batalla también se está jugando en territorio latinoamericano.

Chile ocupa otro lugar clave porque controla algunos de los minerales más importantes para el futuro energético global. El cobre chileno es vital para industrias tecnológicas y eléctricas, mientras el litio se vuelve prácticamente oro moderno; China ya participa en minería, energía y telecomunicaciones chilenas.

Y EEUU mira con preocupación proyectos relacionados con cables submarinos, centros de datos y redes digitales estratégicas, porque quien controle los minerales críticos y la infraestructura digital del futuro tendrá una ventaja brutal sobre la economía mundial.

Perú se ha convertido en uno de los principales laboratorios de expansión china en infraestructura; empresas chinas tienen enorme presencia en minas de cobre y oro, pero el proyecto que más preocupa a Washington es el megapuerto de Chancay. Este puerto, financiado con capital chino, podría cambiar completamente las rutas comerciales entre Sudamérica y Asia. Para Beijing, es una pieza estratégica dentro de su expansión marítima global, para EEUU, es otro punto de influencia china creciendo en el Pacífico latinoamericano.

Bolivia también entró de lleno en el tablero geopolítico gracias al litio. Durante años el país tuvo dificultades para industrializar sus reservas, y ahí apareció China ofreciendo financiamiento, tecnología y acuerdos industriales. Además, crecieron convenios relacionados con satélites, telecomunicaciones y vigilancia digital. Muchos ya llaman al litio “el petróleo del siglo XXI”, y no es exageración. El país o bloque que domine ese recurso tendrá poder enorme sobre la economía energética del futuro.

Venezuela representa probablemente uno de los vínculos más profundos entre China y América Latina. Durante años, Beijing prestó miles de millones de dólares respaldados con petróleo venezolano, incluso después del colapso económico, China mantuvo apoyo financiero, tecnológico y diplomático al gobierno venezolano. Empresas chinas participaron en telecomunicaciones, sistemas de monitoreo estatal y vigilancia digital, y esto encendió todas las alarmas en Washington. Porque para EEUU no se trata solamente de negocios, también ven una expansión de modelos de control político apoyados en tecnología china.

Colombia muestra otro fenómeno interesante, aunque históricamente fue uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos en Sudamérica, China logró avanzar fuerte en infraestructura y tecnología. El metro de Bogotá, construido por un consorcio chino, es uno de los símbolos más visibles de ese avance. Incluso empresarios colombianos comenzaron a mirar más hacia Asia mientras algunos mercados occidentales se desaceleran; esto manda un mensaje clarísimo, hasta los aliados tradicionales de Washington están buscando diversificar relaciones.

México vive quizás el equilibrio más complicado de todos, su economía depende profundamente de EEUU, pero China ya se volvió clave en manufactura, electrónica y vehículos eléctricos. Washington acusa constantemente a empresas chinas de usar territorio mexicano para esquivar aranceles y entrar indirectamente al mercado norteamericano. Mientras tanto, fabricantes chinos siguen creciendo gracias a precios más baratos y producción masiva; México intenta jugar en ambos bandos sin romper con ninguno.

Panamá sigue siendo una joya geopolítica por el canal interoceánico; China entendió hace años que controlar rutas logísticas globales vale tanto como controlar petróleo o minerales. Empresas chinas participaron en puertos, infraestructura marítima y proyectos estratégicos vinculados al comercio internacional, y claro, EEUU no piensa quedarse tranquilo viendo cómo Beijing gana terreno en uno de los puntos más sensibles del continente.

Ecuador también recibió una ola fuerte de capital chino en hidroeléctricas, minería y petróleo, pero varios proyectos terminaron cuestionados por sobrecostos, fallas técnicas y dependencia financiera. Ahí nace otra discusión cada vez más fuerte en América Latina; ¿China realmente ayuda al desarrollo o simplemente está construyendo una nueva forma de dependencia?

Uruguay intenta mantener el equilibrio, comercia cada vez más con China, vende productos agrícolas y fortalece acuerdos tecnológicos, pero sin romper totalmente con Occidente.

Costa Rica tiene un peso simbólico importante porque fue uno de los primeros países centroamericanos en romper relaciones con Taiwán para reconocer oficialmente a China, desde entonces crecieron inversiones, cooperación tecnológica e infraestructura. Pero también aparecieron investigaciones sobre minería ilegal y tráfico de oro vinculadas a cadenas internacionales conectadas, supuestamente con el mercado chino. Esto demuestra la posibilidad que la expansión económica también puede mezclarse con redes criminales, corrupción y destrucción ambiental.

En Cuba y Nicaragua, la relación con China tiene además un componente político clarísimo, ambos gobiernos ven en Beijing un aliado frente a sanciones y presiones occidentales; China participa en telecomunicaciones, infraestructura y financiamiento estatal.

En Nicaragua, el acercamiento explotó después de romper relaciones diplomáticas con Taiwán. Y mientras eso ocurre, países como Paraguay enfrentan presiones económicas internas para acercarse también a Beijing.

La pelea diplomática entre China y Taiwán ya aterrizó de lleno en América Latina.

Uno de los sectores donde China avanza más rápido es el de vehículos eléctricos, marcas como BYD, Chery, Geely y MG están entrando con fuerza gracias a modelos más baratos y agresivos que muchos competidores occidentales, en este sentido, Brasil, México, Chile y Colombia son mercados prioritarios.

Esto acelera la transición energética, sí, pero también aumenta la dependencia tecnológica de cadenas industriales controladas por China. Huawei sigue dominando buena parte de las telecomunicaciones latinoamericanas pese a toda la presión de Washington, y aquí ya no estamos hablando solamente de celulares o internet, estamos hablando de inteligencia artificial, automatización, vigilancia urbana y seguridad nacional.

EEUU teme que China termine obteniendo acceso privilegiado a infraestructura crítica latinoamericana mediante estas tecnologías.

El espacio también entró en la pelea. China desarrolla cooperación espacial con Argentina, Bolivia, Venezuela y Brasil, oficialmente son proyectos científicos, pero Washington sospecha posibles usos militares duales. La competencia espacial ya dejó de ser cosa exclusiva de las superpotencias tradicionales.

América Latina ahora forma parte del tablero geopolítico; las críticas al avance chino son cada vez más fuertes. Muchos economistas creen que la región corre el riesgo de hundirse otra vez en el viejo modelo extractivista, que es, exportar recursos baratos mientras otros desarrollan industria y tecnología. Otros alertan sobre deuda, pérdida de soberanía y dependencia tecnológica.

Además, comunidades indígenas y grupos ambientalistas denuncian contaminación, destrucción ecológica y conflictos sociales relacionados con proyectos extractivos impulsados por empresas extranjeras, incluidas compañías chinas.

Pero al mismo tiempo, muchos gobiernos responden con un argumento sencillo, occidente nunca ofreció el nivel de financiamiento e infraestructura que ahora ofrece China, y aquí está la gran contradicción del asunto; para algunos, Beijing representa una oportunidad histórica de crecimiento, desarrollo, modernización y diversificación económica. Para otros, representa el nacimiento de una nueva dependencia extranjera disfrazada de cooperación.

Lo cierto es que en 2026 América Latina ya no es un simple espectador del conflicto global, ahora es uno de los campos de batalla más importantes de la disputa entre China y EEUU por recursos, tecnología, energía y control económico. China ya no es solamente un comprador de materias primas, se convierte en un actor profundamente metido en sectores clave de la región, como el litio, cobre, puertos, telecomunicaciones, inteligencia artificial, minería, energía, vigilancia digital y movilidad eléctrica.

La gran pregunta es si América Latina logrará usar esta relación para fortalecer industrias propias y ganar soberanía económica y desarrollo, o si terminará atrapada en un modelo de dependencia, deuda y control tecnológico extranjero. Porque la pelea por América Latina ya inició, y lo que pase en esta región durante las próximas décadas, podría definir buena parte del nuevo equilibrio mundial.

Halcones de RAND: Cuba y Venezuela como objetivos

José A. Amesty Rivera

En mayo del presente año 2026, la organización estadounidense RAND Corporation publicó un informe que prendió las alarmas en América Latina. El documento, llamado “Multiplicadores de poder en las Américas”, dice que Estados Unidos debe aumentar su presencia militar, política y de inteligencia en la región para frenar el avance de China, Rusia e Irán.

Aunque el texto habla de apoyo a fuerzas de seguridad, lucha contra el narcotráfico y combate a la corrupción, el mensaje de fondo parece otro, Washington quiere recuperar más control e influencia sobre América Latina.

RAND no es cualquier centro de estudios; desde la Guerra Fría ha trabajado muy cerca del Pentágono y de la política exterior de EEUU. Muchas de sus ideas terminan convertidas en decisiones reales del gobierno norteamericano. Por eso, cuando RAND habla de fortalecer operaciones militares, ampliar la cooperación de seguridad y aplicar estrategias de “guerra irregular”, no se siente como simple teoría, suena más bien como una advertencia política.

Además, el informe aparece en un momento delicado; el gobierno de Donald Trump ha endurecido nuevamente su discurso hacia América Latina, retomando ideas muy parecidas a la vieja Doctrina Monroe, América bajo la influencia de Washington.

En discursos recientes, funcionarios estadounidenses han dicho que China representa una amenaza para el continente y que América Latina debería volver a alinearse con EEUU.

Aunque el informe menciona varios países, Cuba y Venezuela aparecen otra vez como objetivos principales, no es casualidad, ambos gobiernos han mantenido relaciones cercanas con Rusia y China, además de buscar mecanismos económicos alternativos al sistema financiero dominado por EEUU.

RAND señala directamente que Rusia mantiene presencia política y militar en Cuba, Nicaragua y Venezuela, mientras China sigue creciendo mediante inversiones, infraestructura y acuerdos estratégicos.

Pero aquí aparece una contradicción clara; mientras Washington acusa a China de expandir su influencia, EEUU lleva décadas teniendo una presencia mucho más grande en la región, bases militares, cooperación militar, presión económica y acuerdos políticos.

En el caso de Cuba, el tema tiene un peso simbólico enorme; desde 1959, la isla ha sido uno de los pocos proyectos políticos latinoamericanos que ha resistido abiertamente la influencia estadounidense. El bloqueo económico ha golpeado fuerte a la población cubana, especialmente en los últimos años, pero aun así Cuba sigue siendo una referencia política para sectores de izquierda en América Latina.

En marzo de 2026, crecieron rumores sobre posibles acciones militares estadounidenses alrededor de la isla, aunque el Comando Sur negó planes de invasión, reconoció que mantiene capacidad militar activa cerca de Cuba y en la base de Guantánamo.

Eso deja claro que, aunque Washington no hable abiertamente de intervención, la presión militar sigue presente.

El caso venezolano es todavía más complicado; durante años, Venezuela fortaleció sus relaciones con China y Rusia en áreas como petróleo, defensa e infraestructura, esto convirtió al país en un punto clave de la disputa global entre Washington y sus rivales.

Medios internacionales reportaron que, después de operaciones estadounidenses realizadas a comienzos de 2026, contra el liderazgo venezolano, aumentó la presión política y militar sobre el país.

El informe de RAND encaja perfectamente en este escenario; el documento dice que hoy las diferencias entre amenazas estatales y grupos criminales son “difusas”, y esta idea preocupa, porque históricamente ese tipo de discurso ha servido para justificar sanciones, operaciones encubiertas e incluso intervenciones militares.

Esto ya pasó antes en América Latina; durante décadas, EEUU utilizó el argumento de la “seguridad nacional” para intervenir directa o indirectamente en países considerados contrarios a sus intereses. Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973, Panamá en 1989 y las guerras en Centroamérica durante los años 80 son ejemplos claros.

Hoy el lenguaje cambió, ya no se habla tanto de comunismo, sino de narcotráfico, terrorismo, corrupción o influencia china o rusa; pero la lógica política se parece bastante, presentar una amenaza para justificar más control y presencia militar.

Otro de los temas centrales del informe es China; RAND deja claro que para EEUU el problema ya no es solamente el narcotráfico, sino también el crecimiento económico chino en América Latina.

Según declaraciones recientes del Comando Sur, Washington vigila puertos, proyectos espaciales e infraestructuras ligadas a empresas chinas en varios países latinoamericanos.

Estados Unidos dice que muchas de esas inversiones podrían tener uso civil y militar al mismo tiempo; este discurso recuerda bastante al que se utilizaba durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética.

Pero para muchos gobiernos latinoamericanos, China representa otra cosa, financiamiento, comercio e inversiones sin las condiciones políticas tradicionales de Washington o del Fondo Monetario Internacional. Países como Brasil, Perú, Argentina, Bolivia y Venezuela han aumentado mucho sus relaciones con Beijing en los últimos años.

Obvio que China busca influencia, recursos y mercados, pero varios gobiernos de la región consideran que tener relaciones con distintas potencias les da más independencia y reduce la dependencia histórica de EEUU.

Aquí aparece otro tema sensible, la desdolarización. El crecimiento de mecanismos comerciales fuera del dólar preocupa mucho a Washington. Los BRICS y otros espacios internacionales impulsan alternativas financieras que podrían reducir el peso mundial de la moneda estadounidense.

Por eso RAND, insiste tanto en que el Pentágono debe responder también frente a la “presión económica” china y rusa. El problema es que esa lógica puede abrir la puerta a justificar acciones políticas o militares por motivos económicos.

Quizás lo más preocupante del informe es su tono; RAND dice que EEUU debe prepararse para actuar en escenarios de competencia, crisis y “guerra irregular”. También propone aumentar el uso de fuerzas especiales, cooperación militar y mecanismos de seguridad regional.

Al mismo tiempo, funcionarios estadounidenses han dicho recientemente que los carteles del narcotráfico solo pueden enfrentarse con fuerza militar.

Este discurso genera preocupación porque América Latina conoce muy bien las consecuencias de la militarización. La llamada “guerra contra las drogas”, impulsada durante décadas, dejó miles de muertos en países como México y Colombia sin resolver realmente el problema del narcotráfico.

Además, usar el crimen organizado como argumento para aumentar presencia militar extranjera puede terminar debilitando la soberanía de los países de la región.

Muchos analistas creen que detrás de todo esto hay una pelea mucho más grande, el control político y estratégico del continente en medio de la competencia mundial entre Estados Unidos y China.

Lo que está pasando se parece cada vez más a una nueva Guerra Fría, ya no entre capitalismo y socialismo, sino entre un mundo dominado por EEUU y otro más multipolar.

En esta disputa, América Latina vuelve a convertirse en una región estratégica; petróleo, minerales, rutas comerciales, telecomunicaciones y mercados hacen que el continente tenga un valor enorme para las grandes potencias.

Cuba y Venezuela aparecen como símbolos de resistencia frente a la influencia estadounidense, mientras China y Rusia aprovechan las tensiones históricas entre Washington y varios gobiernos latinoamericanos para ganar espacio.

La gran pregunta es si América Latina podrá mantener cierta independencia o terminará atrapada otra vez entre potencias mundiales.

El informe de RAND deja claro que sectores del poder estadounidense creen que llegó el momento de recuperar influencia política y estratégica en el continente, pero América Latina ya no es la misma de hace décadas, hoy existen gobiernos, movimientos sociales y alianzas internacionales que buscan más autonomía.

Por eso, cualquier intento de imponer presión extrema o soluciones militares podría aumentar todavía más la tensión y la inestabilidad en la región.

Al final, detrás de términos técnicos como “asistencia de seguridad”, “guerra irregular” o “multiplicadores de poder”, aparece una realidad vieja y conocida, la pelea por el control político y económico de América Latina sigue viva, y Cuba y Venezuela continúan estando en el centro de esa disputa.

Israel contra Gaza: La brutalidad como política

José A. Amesty Rivera

Desde hace años, Gaza vive bajo castigo permanente, pero después de octubre de 2023 la situación entró en otro nivel de destrucción y crueldad. Lo que el mundo ha visto desde entonces no es solamente una guerra, porque una guerra supone al menos algún límite, alguna regla mínima, algún reconocimiento de la vida humana. Lo que ocurre en Gaza es otra cosa, una operación de devastación contra una población atrapada, cercada y bombardeada sin descanso. Millones de personas viven encerradas en una franja pequeña, sin posibilidad de escapar, mientras aviones, drones y tanques convierten barrios enteros en montañas de cemento roto y cuerpos enterrados.

Lo más duro no es solamente la cantidad de muertos, sino la manera como se ha normalizado el sufrimiento palestino. Las imágenes de niños sin piernas, madres cargando cadáveres envueltos en sábanas, hospitales convertidos en ruinas y personas buscando comida entre escombros aparecen todos los días en redes y noticieros, pero gran parte de los gobiernos occidentales sigue actuando como si nada grave estuviera pasando. EEUU continúa enviando armas y dinero, mientras la Unión Europea habla de “derecho a defenderse”, aunque las víctimas principales sean civiles desarmados.

La relatora especial de Naciones Unidas, Francesca Albanese, afirmó que existen razones suficientes para hablar de actos de genocidio en Gaza y denunció que el objetivo parece ser destruir las condiciones de vida del pueblo palestino. Su informe describe bombardeos masivos sobre zonas civiles, desplazamientos forzados, hambre provocada y destrucción sistemática de hospitales, escuelas y sistemas de agua. La propia ONU señaló que Gaza se convirtió en “el primer genocidio transmitido en directo”.

Uno de los casos que más indignó al mundo fue el de Hind Rajab, una niña palestina de seis años que quedó atrapada dentro de un carro rodeada por los cadáveres de su familia. Durante horas pidió ayuda por teléfono a los rescatistas de la Media Luna Roja. La niña lloraba, decía que tenía miedo y preguntaba cuándo llegarían a salvarla. La ambulancia enviada para rescatarla también fue atacada. Días después encontraron el cuerpo de Hind junto al de los paramédicos. El horror de ese caso mostró algo terrible, en Gaza ni siquiera los niños pequeños logran escapar de la violencia.

Otro símbolo de la destrucción fue el hospital Al Shifa, el más importante de Gaza. Las fuerzas israelíes lo rodearon durante días, atacaron el lugar y dejaron fuera de funcionamiento áreas vitales para atender heridos y enfermos. Médicos denunciaron que bebés prematuros murieron porque se quedaron sin electricidad y sin incubadoras. Organismos internacionales advirtieron que destruir hospitales en medio de una emergencia humanitaria equivalía a condenar a miles de personas.

Los ataques contra personal médico y humanitario también se volvieron constantes. Informes denunciaron la desaparición y tortura de médicos palestinos detenidos por Israel. En otro hecho espantoso, trabajadores de rescate y paramédicos fueron encontrados en una fosa común, varios con señales de disparos y manos atadas. La guerra dejó de distinguir entre combatientes y civiles hace mucho tiempo, porque el castigo parece dirigido contra toda la población palestina.

En Gaza también se utiliza el hambre como arma. Israel ha bloqueado alimentos, combustible y medicinas, mientras millones de personas sobreviven apenas con algo de pan, agua sucia o ayuda humanitaria insuficiente. Organizaciones internacionales denunciaron que familias enteras pasaban días sin comer y que niños comenzaban a morir por desnutrición. La destrucción de panaderías, mercados, granjas y sistemas de agua agravó todavía más la situación. La ONU advirtió que esas medidas mostraban intención de destruir a la población mediante condiciones imposibles para vivir.

Todo esto ocurre frente a un mundo que parece acostumbrarse lentamente al horror. Renán Vega Cantor lo define como la normalización de la crueldad. Antes los imperios intentaban ocultar sus crímenes o maquillarlos. Ahora muchos dirigentes israelíes hablan públicamente de expulsar palestinos, borrar ciudades completas o impedir el ingreso de alimentos. Y lo hacen sin miedo, porque saben que cuentan con respaldo político y militar de las grandes potencias.

El problema no comenzó en 2023. Palestina lleva décadas viviendo ocupación, despojo y apartheid. Los asentamientos israelíes crecieron sobre tierras palestinas, las familias fueron expulsadas de sus casas y la población quedó fragmentada por muros, retenes militares y leyes discriminatorias.

Diversos organismos internacionales denunciaron desde hace años que existe un sistema de segregación contra los palestinos. Lo que pasa hoy en Gaza es la expresión más brutal de una política larga de ocupación y castigo.

Desde América Latina, todo esto recuerda demasiadas cosas. Recuerda pueblos arrasados en Guatemala, dictaduras apoyadas por Washington, desapariciones forzadas y masacres justificadas en nombre de la seguridad nacional. También recuerda cómo los medios poderosos llamaban “terroristas” a quienes resistían invasiones, dictaduras o despojos. Por eso mucha gente en esta parte del mundo mira hacia Palestina y reconoce una historia conocida, la de un pueblo pobre enfrentando una maquinaria militar gigantesca respaldada por los poderosos de siempre.

Lo más grave es que el sufrimiento palestino parece valer menos para Occidente. Si miles de niños europeos murieran bajo bombas durante meses, el escándalo mundial sería inmediato. Pero cuando las víctimas son árabes, musulmanes y pobres, muchos gobiernos hablan solamente de “conflicto” o “daños colaterales”. Esa doble moral deja al descubierto el racismo profundo que todavía marca la política internacional.

Israel ha convertido a Gaza en un territorio donde la vida humana parece no tener ningún valor. Escuelas bombardeadas, periodistas asesinados, familias completas desaparecidas, hospitales destruidos y personas obligadas a huir una y otra vez hacia supuestas “zonas seguras” que también terminan atacadas. La relatora Francesca Albanese advirtió que cuando el mundo comprenda completamente lo que ocurre en Gaza, probablemente sentirá vergüenza por no haber detenido antes tanta destrucción.

A pesar de todo, el pueblo palestino sigue resistiendo. Y esa resistencia explica también el nivel de violencia desatado contra Gaza. Porque Palestina representa algo que incomoda profundamente al poder mundial, un pueblo que se niega a desaparecer, aunque le destruyan las casas, los hospitales y hasta los cementerios. Cada familia que vuelve a levantar una carpa sobre las ruinas, cada médico que sigue operando sin luz, cada periodista que continúa grabando mientras caen bombas alrededor, demuestra que incluso bajo el horror más grande todavía existe dignidad humana.

Gaza ya quedó marcada como una de las grandes vergüenzas de nuestro tiempo. El mundo entero ve la destrucción en vivo, escucha las denuncias, observa a niños pedir ayuda bajo los escombros y aun así las bombas siguieron cayendo. Dentro de muchos años, cuando se estudie este período de la historia, probablemente la pregunta más dura será cómo fue posible que tantos gobiernos y corporaciones vieran todo esto y decidieran seguir apoyándolo.

León XIV y Trump: poder, legitimidad y conflicto

José A. Amesty Rivera

A propósito de la discusión entre Donald Trump y el Papa León XIV, lo que estamos viendo no es un simple intercambio de declaraciones ni un choque de personalidades. No, esto va mucho más allá, es una pelea política de alto nivel, donde se enfrentan dos formas muy distintas de entender el poder, el mundo y hasta lo que significa la humanidad.

Porque aquí no solo se habla de la guerra con Irán, lo que realmente está sobre la mesa es quién decide cuándo se hace una guerra, cómo se justifica y, sobre todo, quién tiene derecho a hablar en nombre del “ser humano”.

Trump representa una forma de hacer política que podríamos llamar la del garrote, el que tiene más fuerza, impone. Así de simple, presiones, sanciones, amenazas, discursos duros, y nada de esto es improvisado, es un mensaje claro: “yo mando aquí”.

El problema es que este estilo de liderazgo puede imponer miedo, pero no genera estabilidad; y el miedo no dura para siempre, tarde o temprano se convierte en resistencia, lo que parece control, termina en conflicto permanente.

En el caso de Irán, esta presión no ha logrado debilitar al adversario como se esperaba, más bien ha pasado lo contrario, se han endurecido las posiciones, se han reforzado los discursos más radicales y se ha instalado la idea de que el conflicto no es solo político, sino casi de vida o muerte, y cuando un conflicto llega a este punto, ya no es fácil de negociar.

Ahora hay otro tema clave, la legalidad, porque no todo es poder; también hay reglas, y cuando una potencia actúa por fuera de esas reglas, abre una puerta peligrosa.

Las acciones militares de Estados Unidos, justificadas como “preventivas” y basadas en amenazas que no siempre están claras, debilitan el derecho internacional, y si ese sistema se debilita, lo que queda es algo muy básico y peligroso, la ley del más fuerte.

De hecho, muchos analistas señalan que este tipo de guerra preventiva es muy discutible, tanto legal como estratégicamente. No hay pruebas sólidas de una amenaza inmediata que justifique la autodefensa, y eso hace que la intervención sea, como mínimo, polémica y frágil.

Y aquí entra una figura que en teoría no juega este juego del poder, el Papa León XIV. El Papa no tiene ejército, no tiene misiles, no tiene sanciones, pero tiene algo que en momentos de crisis pesa muchísimo, legitimidad política ética.

Y esta tensión entre poder y moral no es nueva. A lo largo de la historia, cuando la autoridad religiosa ha incomodado al poder político, la respuesta muchas veces ha sido la presión, la captura o el intento de control. Basta recordar el periodo del Papado de Aviñón, cuando los papas fueron trasladados a Francia bajo la influencia de la monarquía, en lo que muchos consideran un sometimiento político de la Iglesia.

Siglos después, esa lógica se repitió con Napoleón Bonaparte, quien no dudó en invadir Roma y mantener prisionero a Papa Pío VII, demostrando que incluso la máxima autoridad religiosa podía ser doblegada por el poder militar.

Y aún antes, en plena Edad Media, el conflicto entre Felipe IV de Francia y el Papa Bonifacio VIII, dejó claro hasta dónde podía llegar el choque entre Iglesia y Estado, incluyendo la captura del propio Papa.

Estas referencias no son solo historia; son advertencias. Muestran que cuando el poder político se siente desafiado por una autoridad ética, la tentación de imponer, controlar o silenciar ha sido constante.

Y esta autoridad no es neutral; cuando dice que Dios no bendice ninguna guerra, está desmontando la idea de que la violencia puede ser algo “necesario” o incluso “sagrado”.

Cuando habla del “delirio de omnipotencia”, está apuntando directo a una forma de hacer política basada en imponer, no en dialogar.

Y cuando insiste en que no tiene miedo de decirlo, está marcando una línea clara, la legitimidad ética no se somete al poder político.

En el fondo, este es el choque real, no es solo Trump contra el Papa, es dos formas de ver el orden del mundo.

Por un lado, una visión unilateral, decidir solo, actuar rápido, imponer condiciones. Por el otro, una visión más cercana al diálogo, a los acuerdos, a las reglas compartidas, no es un detalle menor, es una pelea por el modelo de orden internacional.

A esto se suma algo aún más delicado, la mezcla entre religión y política. Porque no es lo mismo decir “esto es por seguridad” que insinuar que una guerra tiene respaldo divino. Cuando se mete a Dios en una decisión militar, se le quita espacio a la crítica y se convierte una decisión política en algo casi intocable.

Esto ha sido muy cuestionado, no solo por el Papa, sino por muchas voces que ven ahí una forma de usar la religión como herramienta política.

Y aquí aparece otra batalla, quién tiene la autoridad para interpretar la fe en el espacio público, qué es “cristiano” y qué no lo es cuando se usa en política.

Mientras tanto, la pelea también está en otro terreno, el de la narrativa mediática. Hoy las guerras no solo se pelean con armas, también se pelean con historias, con discursos, con la forma en que la gente percibe lo que está pasando.

Y Trump domina muy bien este terreno mediático, es directo, emocional, rápido, sabe cómo llamar la atención y cómo convertir todo en espectáculo político.

El Papa, en cambio, juega distinto: su discurso es más lento, más reflexivo, menos explosivo, pero apunta a otra cosa, a valores, principios, ideas de humanidad que van más allá del momento. Y aquí se da un contraste fuerte, el ruido de la fuerza y la velocidad política, frente a la conciencia de los principios y la ética.

Todo esto ocurre además en un mundo que está cambiando; ya no vivimos en el mismo orden de hace 20 años. Las potencias se reacomodan, surgen nuevas alianzas, y la legitimidad no depende solo de la fuerza, sino también de cómo se perciben las cosas.

En este contexto, la guerra con Irán no es solo un conflicto regional, es (como dicen) casi un ensayo del nuevo orden mundial.

Un mundo donde se está decidiendo si la política seguirá basada en la imposición o si todavía habrá espacio para reglas, acuerdos y límites.

Por eso este choque entre Trump y el Papa va mucho más allá de ellos dos. La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria, ¿quién tiene realmente el poder hoy? ¿El que puede destruir o el que puede cuestionar?

Al final, más allá de quién gane esta confrontación puntual, lo que está en juego es algo más grande, la legitimidad del poder en el siglo XXI.

Porque una cosa es ganar una guerra, y otra muy distinta es perder la autoridad moral, y cuando se pierde eso, no queda orden, queda incertidumbre.

Y si lo miramos en conjunto, esto no es solo una disputa entre figuras visibles del poder mundial, es una especie de radiografía del momento histórico que estamos viviendo.

Un tiempo donde se intenta normalizar la guerra como herramienta política, incluso presentarla como algo “inevitable” o “justificado”. Pero no lo es.

Lo que queda claro es esto, el poder que se impone por la fuerza necesita justificarse todo el tiempo, en cambio, el poder que se sostiene en la ética, no necesita armas para hacerse escuchar.

Aquí no hay neutralidad posible, o se acepta una lógica donde el mundo se vuelve un tablero de guerra permanente, o se defiende la idea de que la política tiene límites, de que la vida humana no es un simple cálculo, y de que la paz no es debilidad, sino una decisión política.

Porque cuando se acepta que cualquier amenaza justifica una guerra, lo que se está aceptando en realidad es un mundo sin reglas, sin frenos y sin futuro.

Y frente a esto, la voz que incomoda (la que denuncia, la que cuestiona, la que no se calla), deja de ser solo una opinión, se convierte en una necesidad.

La verdadera batalla no es solo entre Irán, Trump o el Papa, es una batalla por el sentido mismo de la humanidad, y en esta batalla, quedarse callado también es tomar partido.

Tregua Bajo Sospecha

José A. Amesty Rivera

Cuando el imperio habla de “alto al fuego”, los pueblos no pueden darse el lujo de ser ingenuos, porque el imperialismo (ese viejo zorro) no se detiene, se reacomoda, no descansa, calcula; no negocia por debilidad, sino por conveniencia.

Recordemos que la historia ya nos ha enseñado (desde la Guerra de Vietnam hasta las invasiones en Irak), que muchas veces las pausas no son para la paz, sino para recargar los fusiles, reordenar tropas y afinar la maquinaria de muerte.

Hoy, en medio de la confrontación entre EEUU, Israel e Irán, nos venden un “alto al fuego” de dos semanas. Pero aquí nadie debe confundirse, esto no es paz, es pausa táctica. Dos semanas que, más que un respiro humanitario, huelen a cálculo militar. ¿Qué significa realmente este paréntesis? ¿Un camino hacia la negociación o un simple tiempo muerto para preparar el próximo golpe?

Dos semanas, tiempo suficiente para rearmarse, reorganizarse y volver a golpear, según una gran mayoría de las opiniones, hipótesis y cuestionamientos.

Porque, si algo ha quedado claro en este conflicto, es que Irán no es Irak, no es Libia, no es un país fácil de arrodillar, Irán es otra cosa.

Es un Estado con estructura, con ideología, con una base militar que, aunque golpeada, sigue operativa. Es un país que ha resistido décadas de sanciones, sabotajes, guerras indirectas y amenazas abiertas, y, aun así, no ha caído.

Incluso en medio de los bombardeos, la realidad muestra una contradicción poderosa, mientras la economía civil sufre duramente (con inflación por las nubes, desempleo y destrucción de infraestructura), su aparato militar y su capacidad de resistencia siguen funcionando.

Esto no es poca cosa. Eso significa que no estamos frente a un país derrotado, sino frente a un país golpeado, pero en pie.

Y ahí está el punto clave que el discurso occidental imperial intenta ocultar, porque, si Irán no está derrotado, entonces ¿qué significa este alto al fuego? ¿Un gesto de buena voluntad o una señal de que la ofensiva no logró quebrarlo?

Más aún, el propio contexto revela que este “descanso” no nace del humanismo, sino del miedo al descontrol. Porque el conflicto ya estaba comenzando a sacudir el corazón del sistema mundial, el petróleo.

Es obvio, el simple anuncio del alto al fuego hizo caer los precios energéticos a nivel global, mostrando hasta qué punto esta guerra amenaza la estabilidad económica del planeta, y esto no es casualidad.

Irán controla una de las arterias más sensibles del capitalismo global, el Estrecho de Ormuz. Desde ahí puede abrir o cerrar la llave energética del mundo, y ya lo ha demostrado, aplicando bloqueos selectivos y controlando el paso de buques según sus intereses.

Eso no lo hace un país débil; eso lo hace un actor estratégico de primer orden; por eso entra en escena otro jugador clave, China.

China se mueve por beneficios, y su mayor temor no es la guerra en sí, sino sus consecuencias, quedarse sin energía, ver frenado su crecimiento, perder su lugar en la disputa global.

Entonces, todo apunta a lo evidente, China empuja a Irán a negociar para salvarse a sí misma. Evitar una guerra total en el Golfo es, para Beijing, una cuestión de supervivencia estratégica.

En fin, China depende en gran medida del petróleo que llega desde esa región. Un conflicto prolongado habría significado perder casi la mitad de sus importaciones energéticas marítimas. En otras palabras, un golpe directo a su economía y a su proyecto de convertirse en la principal potencia global.

Entonces, ¿qué hizo China? Jugar al ajedrez.

Presionar a Irán para aceptar un alto al fuego no es rendirse; es evitar una guerra total que podría frenar su ascenso histórico, es decir, es estrategia.

Pero eso también revela otra verdad incómoda, Irán no negocia solo; Irán juega en bloque, y eso cambia todo.

Ahora bien, mientras unos presionan para negociar, otros se preparan para continuar la guerra, porque el imperialismo no acepta fácilmente condiciones.

Aceptar las “diez condiciones” de Irán (como se ha planteado) sería, en términos políticos, una bofetada al discurso de la supremacía imperial estadounidense. Sería reconocer que, después de sanciones, amenazas y bombardeos, no pudieron imponer su voluntad. ¿Esto es derrota? Para el relato imperial, sí.

Pero, en la práctica, el imperialismo no funciona en blanco y negro, retrocede hoy para avanzar mañana, negocia hoy para golpear después.

Por eso, este alto al fuego genera más dudas que certezas, porque, mientras se habla de negociación, la realidad interna de Irán también arde, crisis económica, tensiones sociales y medidas diversas que muestran que el país está bajo una presión brutal.

Es decir, Irán resiste hacia afuera, pero también enfrenta tensiones hacia adentro y, aun así, no se rinde, y esto es lo que más preocupa al poder global.

Porque un país que resiste sanciones, guerra y crisis interna sin colapsar es un mal ejemplo para el resto del mundo; es un mensaje peligroso para los pueblos, que el imperio no es invencible.

Por eso, este alto al fuego no debe leerse como el final del conflicto; debe leerse como lo que probablemente es, una pausa cargada de tensión, donde todos se preparan para el siguiente movimiento.

Esperando que ese “alto al fuego” no sea la antesala de una tormenta mayor; porque, si algo está claro, es esto, la paz verdadera no se construye en dos semanas, ni bajo amenazas ni bajo chantajes geopolíticos, se construye cuando los intereses de los pueblos pesan más que los negocios de la guerra.

EEUU e Israel reorganizando su maquinaria militar. China asegurando su suministro energético. Irán resistiendo, negociando, pero sin arrodillarse. Y no hemos hablado de Rusia e Israel.

Y los pueblos del mundo, una vez más, en medio del fuego cruzado de intereses que no son los suyos. Porque aquí no se está discutiendo solo un acuerdo, se está disputando algo más grande, quién manda en el mundo y hasta dónde puede resistir quien se atreve a decir que no.

Finalizando este escrito, las noticias no nos sorprenden al informarse que Israel viola el alto al fuego al bombardear lugares del Líbano; y, a la inversa, el Líbano viola supuestamente la tregua al atacar a Israel.

Y lo más inaudito, el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, afirmó este miércoles que el acuerdo del alto al fuego acordado con Irán la jornada anterior, no incluye el cese de ataques contra el Líbano, calificando la situación como “un malentendido legítimo”: “Ni nosotros ni los israelíes dijimos que el Líbano fuera a formar parte del alto al fuego”, insistió.

Lo cual revela lo voluble, lo inconstante y lo impredecible de esta llamada “tregua”.

Cuba y Venezuela: ¿sobrevivir, adaptarse o transformarse?

José A. Amesty Rivera

Compañeras y compañeros, cuando hablamos de Venezuela hoy, no estamos hablando solo de un país, estamos hablando de un momento histórico para América Latina.

Porque lo que ocurre en Venezuela hoy es el resultado de tres procesos que se cruzan al mismo tiempo: una crisis económica profunda, una disputa geopolítica internacional y un debate dentro de la propia izquierda latinoamericana.

Por eso, reducir lo que ocurre a una simple “crisis del socialismo” o a un “problema de gobierno” es una simplificación, lo que estamos viendo es algo mucho más complejo.

Estamos viendo la crisis y transformación de uno de los proyectos políticos más importantes de América Latina en el siglo XXI. Y la pregunta que hoy está abierta es clara: ¿qué está pasando realmente con el proceso bolivariano? ¿Está resistiendo? ¿Está transformándose? ¿O está entrando en una etapa completamente distinta? Para responder esto, primero tenemos que mirar de dónde viene este proceso.

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, planteó un proyecto político ambicioso. La llamada Revolución Bolivariana y tenía tres objetivos centrales:

Primero: recuperar el control del Estado sobre los recursos estratégicos, especialmente el petróleo.
Segundo: reducir la desigualdad social a través de grandes programas sociales.
Y tercero: construir una integración latinoamericana alternativa al neoliberalismo.

En ese momento surgieron iniciativas regionales como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América y la Unión de Naciones Suramericanas, entre otros mecanismos de integración.

Durante los primeros años del siglo XXI, Venezuela se convirtió en un símbolo del llamado “giro a la izquierda” en América Latina. Muchos pensaban que se estaba abriendo un nuevo ciclo político en la región, pero este proyecto tenía una debilidad estructural muy fuerte.

Una debilidad que venía desde mucho antes, la economía venezolana dependía casi totalmente del petróleo y esa dependencia iba a marcar el futuro del país.

Venezuela tiene una de las mayores reservas de petróleo del mundo, pero esa riqueza también generó una economía muy particular, una economía llamada rentista. ¿Eso qué significa? Que el Estado obtiene la mayor parte de sus ingresos vendiendo petróleo y, con ese dinero, financia el gasto público. Durante años, eso permitió financiar educación, salud, subsidios, programas sociales, entre muchos otros.

Pero también generó varios problemas: poca diversificación económica, baja producción industrial y dependencia de los precios internacionales del petróleo. El corazón de este modelo es la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA). Cuando los precios del petróleo bajaron y comenzaron las sanciones internacionales, principalmente de EEUU, este modelo empezó a entrar en crisis.

Y aquí aparece otro elemento clave: la dimensión geopolítica.

Durante años, Venezuela ha enfrentado sanciones económicas impulsadas principalmente por Estados Unidos. Estas sanciones afectaron, sobre todo, el sistema financiero, el comercio internacional y la industria petrolera. Incluso algunos analistas críticos del gobierno reconocen algo importante, las sanciones agravaron la crisis económica.

Pero, además, Venezuela se convirtió en una pieza dentro de una disputa internacional más amplia; en ese tablero también están actores como China, Rusia, entre otros. Es decir, la crisis venezolana no es solo interna; también forma parte de una competencia global por recursos, energía e influencia política.

La situación se volvió aún más incierta tras la captura y secuestro del presidente Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026. Después de ese hecho, el poder quedó temporalmente en manos de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, y esto abrió una etapa completamente nueva.

Hoy vemos, al mismo tiempo, negociaciones internacionales, cambios en la política petrolera, protestas sociales y tensiones dentro del propio chavismo.

El gobierno intenta atraer inversión extranjera para recuperar la economía, pero esto ha generado un debate muy fuerte dentro de la izquierda, tanto nacional como internacional.

En el caso actual de China y Rusia, la crisis venezolana también forma parte de una competencia global por energía, influencia política y recursos estratégicos. Y, en este sentido, con aire de vencedor, Trump había anunciado que el petróleo venezolano bajo control estadounidense se lo vendería a Rusia y a China. Pero resulta que Rusia y China se niegan a comprárselo, y no es un detalle menor, es el centro de toda la jugada.

China ha dado instrucciones a sus operadores para que no adquieran crudo venezolano bajo control estadounidense. Los envíos que antes cubrían la deuda de 15.000 millones de dólares que Venezuela mantiene con Pekín simplemente se han detenido.

Lo más revelador es que hay unos 40 millones de barriles de crudo sancionado (de Rusia, Irán y Venezuela) flotando en tanqueros frente a las costas de China, esperando; ese petróleo está ahí, inmóvil, como un ejército de barcos fantasmas que nadie descarga.

Es decir, hay un elemento nuevo que antes no teníamos: China y Rusia han contraatacado con una resistencia silenciosa pero efectiva. Al negarse a comprar el petróleo venezolano bajo control estadounidense, están estrangulando al imperio con su propio botín, los barcos flotan, el petróleo se acumula y el tiempo corre en contra de Washington.

A su vez, hoy no existe una sola interpretación sobre Venezuela. Dentro de la izquierda latinoamericana hay, por lo menos, tres grandes posiciones.

Primera posición: la izquierda chavista. Esta corriente defiende el proceso bolivariano y sostiene que la crisis se explica principalmente por las sanciones internacionales, la presión geopolítica y lo que llaman una “guerra económica”. Para ellos, Venezuela sigue siendo un símbolo de resistencia frente al poder de Estados Unidos.

Segunda posición: la izquierda progresista crítica. Esta corriente reconoce que el chavismo tuvo logros importantes, como la reducción de la pobreza, la expansión de políticas sociales y la inclusión política de sectores populares, pero sostiene que, con el tiempo, el sistema se deterioró. Sus críticas principales son las instituciones debilitadas, la polarización política y la dependencia del petróleo; por ello, proponen una transición democrática que preserve las conquistas sociales.

Tercera posición: la izquierda socialista crítica. Aquí aparecen sectores como el Partido Comunista de Venezuela. Estos sectores sostienen que el gobierno terminó reproduciendo estructuras capitalistas. Sus críticas incluyen la apertura económica al capital privado, el debilitamiento de los sindicatos y la concentración del poder en el Estado; para ellos, el proyecto bolivariano se alejó del socialismo original.

Este debate se resume hoy en una discusión muy importante dentro de la izquierda: la diferencia entre antiimperialismo ideológico y antiimperialismo pragmático.

El antiimperialismo ideológico dice: no se negocia con el imperialismo bajo ninguna circunstancia.
El antiimperialismo pragmático dice: un país puede negociar incluso con adversarios si eso permite sobrevivir económicamente.

Muchos analistas consideran que el gobierno actual de Venezuela está adoptando esta segunda estrategia, es decir, negociar para sobrevivir. Pero esta estrategia genera tensiones dentro del propio campo revolucionario.

Y plasmemos aquí algunas de las teorías más radicales:

La teoría del “golpe pactado”, que indica que EEUU. no tumbó al chavismo, sino que ayudó a reconfigurarlo con una figura más manejable.

La teoría del “chantaje judicial”, indicando que Washington tendría expedientes listos contra figuras del poder para presionar decisiones políticas.

La teoría del “cambio controlado”, señalando que no podían imponer a la oposición, así que prefirieron negociar con una élite chavista.

La teoría del “nuevo modelo tipo Bukele”, donde hay una autoridad fuerte, pero alineada con intereses económicos globales.

A la fecha de la publicación de este artículo, han surgido más teorías radicales, que rayan en hipótesis, especulaciones y probabilidades, muchas de ellas sin pruebas factibles.

La teoría del “pacto con EEUU.” plantea que sectores del poder negociaron la salida de Nicolás Maduro con Estados Unidos, e indica unos contactos previos entre actores venezolanos, donde es evidente que existen intereses energéticos claros de Estados Unidos en Venezuela. Ahora, no está demostrado un acuerdo directo documentado para “entregar” el poder.

Y algunos se preguntarán: ¿y el pueblo dónde queda en todo esto?

Señalamientos: el pueblo está en pausa; se apagó la calle, ya que hay menos movilización, menos discurso ideológico y más sobrevivencia. Líderes como Diosdado Cabello han apagado su verbo incendiario antiimperialista, por ahora, según se cree.

Otros indican que el pueblo sigue organizándose en consejos comunales, comunas y otros tipos de organizaciones, cumpliendo con el mandato del presidente Hugo Chávez, para resistir y sobrevivir.

Otros señalan que hay menor intensidad de movilización política y mayor foco en la supervivencia económica. Hay interpretaciones posibles como el cansancio social, el control político más centralizado y la pérdida de narrativa movilizadora.

Aquí aparece un ejemplo interesante en la región: el caso de Miguel Díaz-Canel en Cuba. El gobierno cubano ha confirmado conversaciones con Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, ha dejado claras varias condiciones: el respeto a la soberanía, la igualdad entre los Estados y la no intervención en asuntos internos. La lección política aquí es importante.

Negociar no significa rendirse. La pregunta clave siempre es desde qué posición se negocia y qué se está dispuesto a ceder.

El analista cubano José Carlos Vinasco señala que “en Venezuela, las concesiones llegaron primero. El petróleo fluyó, las leyes cambiaron, los presos fueron liberados. Luego vinieron las conversaciones. En Cuba, primero están las conversaciones. Las concesiones, si llegan, serán después y con condiciones”.

Ampliemos más sobre Cuba. ¿Es un espejo o una advertencia? Es ambas cosas. Cuba es como ese espejo que nadie quiere mirar demasiado tiempo, porque devuelve una pregunta incómoda: ¿hasta dónde aguanta un proyecto cuando vive bajo presión permanente?

Porque Cuba no es solo resistencia heroica; también es desgaste acumulado. Décadas de bloqueo, crisis internas, ajustes económicos y, aun así, el sistema no se cayó.

Pero tampoco está igual que antes. Cuba cambió, y eso hay que decirlo sin romanticismo. Hoy hay apertura económica, hay un sector privado en crecimiento y hay desigualdad que antes no se veía tanto, y eso genera tensiones internas fuertes.

Entonces aparece la misma discusión que en Venezuela: ¿esto es adaptación o es el inicio de otra cosa? ¿Y cuál es la diferencia clave entre ambos procesos?: El ritmo y el control. Cuba cambia lento, midiendo cada paso, tratando de no perder el timón. Venezuela, en cambio, está en una dinámica más brusca, más atravesada por crisis y presión externa directa.

Pero atención con esto, ambos están enfrentando las mismas preguntas de fondo: ¿cómo sobrevivir sin dejar de ser lo que son? ¿Y lo estarán logrando?

Porque resistir no es solo aguantar; también es saber hacia dónde se va. Y ahí es donde muchos empiezan a preguntarse si el rumbo sigue claro o si se está improvisando sobre la marcha.

Entonces, ¿Cuba es futuro o advertencia para Venezuela? Podríamos decir que es una advertencia con experiencia, muestra que se puede resistir décadas, pero también que cada concesión deja marca, y que los cambios, aunque sean necesarios, nunca son gratis.

Veamos otras experiencias históricas.

La idea que un proyecto político puede mantenerse intacto frente a condiciones extremas es, históricamente, difícil de sostener. En contextos de guerra, aislamiento o crisis profunda, los liderazgos revolucionarios han tenido que tomar decisiones que, en otro momento, habrían sido impensables.

Los casos de Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung y Fidel Castro no solo ilustran esto, sino que permiten entender cómo funciona la política bajo presión extrema.

Lenin: negociar para no desaparecer (Tratado de Brest-Litovsk, 1918)

Tras la Revolución de octubre de 1917, el nuevo gobierno bolchevique heredó un país devastado por la guerra, el hambre y el colapso del Estado zarista. Rusia seguía involucrada en la Primera Guerra Mundial, pero el ejército estaba desintegrándose.

Lenin enfrentaba una disyuntiva brutal, continuar la guerra, arriesgando el colapso total del nuevo gobierno, o firmar la paz con Alemania, aun en condiciones humillantes.

La decisión fue el Tratado de Brest-Litovsk. Las condiciones fueron extremadamente duras, Rusia perdió vastos territorios (Ucrania, Polonia, los países bálticos), cedió recursos estratégicos y población, y fue visto por muchos revolucionarios como una traición.

Dentro del propio partido bolchevique hubo una fuerte oposición; algunos proponían una “guerra revolucionaria” en lugar de negociar. Pero Lenin insistió en una idea clave, “sin Estado no hay revolución que defender”.

Su apuesta fue estratégica, sacrificar territorio para ganar tiempo, consolidar el poder interno y reorganizar el Estado y el Ejército Rojo.

A corto plazo, fue una concesión enorme. A mediano plazo, permitió que el gobierno sobreviviera a la guerra civil.

Aquí hay una lección histórica, la negociación no fue una renuncia ideológica, sino una decisión para evitar la derrota inmediata.

Mao Tse-Tung: alianzas con el enemigo (Frente Unido con el Kuomintang)

La trayectoria de Mao Tse-Tung muestra uno de los ejemplos más claros de flexibilidad estratégica. Durante la primera mitad del siglo XX, el Partido Comunista Chino enfrentaba dos amenazas simultáneas: la represión del Kuomintang (nacionalistas) y la invasión japonesa.

En ese contexto, Mao impulsó una decisión altamente controversial, formar una alianza con el mismo Kuomintang que había perseguido y masacrado a los comunistas. Este acuerdo dio lugar al llamado Segundo Frente Unido (1937–1945) en el marco de la guerra contra Japón.

¿Por qué fue una decisión tan contradictoria? Porque implicaba colaborar con un enemigo interno, suspender parcialmente el conflicto de clases y priorizar la lucha nacional sobre la revolución inmediata. Muchos dentro del movimiento comunista veían esto como una desviación.

Pero Mao interpretó la correlación de fuerzas de otra manera, sin derrotar a Japón, no habría condiciones para ninguna revolución. La supervivencia del movimiento requería replegarse, reorganizarse y ganar legitimidad nacional.

El resultado fue decisivo: el Partido Comunista se fortaleció durante la guerra, expandió su base social y llegó en mejores condiciones a la guerra civil posterior, que terminaría ganando en 1949.

Otra lección histórica: la alianza no fue una claudicación, sino una forma de cambiar el orden de las prioridades estratégicas.

Fidel Castro: resistir adaptando el modelo (Período Especial, años 90)

El caso de Fidel Castro es distinto, porque no se trata de una negociación puntual, sino de una adaptación prolongada. Durante décadas, Cuba dependió económicamente de la Unión Soviética. Cuando esta colapsó en 1991, la isla perdió su principal socio comercial, el suministro de petróleo subsidiado y el apoyo financiero clave. Esto dio inicio al llamado “Período Especial”.

Las consecuencias fueron dramáticas: la caída del PIB, la escasez de alimentos, energía y transporte, y el deterioro de las condiciones de vida.

En ese contexto, el gobierno cubano tomó medidas que antes habrían sido impensables dentro de su modelo, como: la apertura limitada al turismo internacional, la legalización del dólar en la economía, la autorización de pequeños emprendimientos privados y la búsqueda de inversión extranjera.

Estas decisiones generaron tensiones ideológicas importantes: ¿era esto una concesión al capitalismo? ¿Un retroceso del proyecto socialista? Sin embargo, la dirección política defendió estas medidas como necesarias para la supervivencia del sistema. La lógica fue clara, sin ajustes económicos, el colapso era probable; sin Estado, no habría proyecto socialista que sostener. Cuba no abandonó su modelo político, pero sí lo modificó en aspectos clave.

Lección histórica: adaptarse no significó rendirse, sino reconfigurar el proyecto para evitar su desaparición.

Estos tres casos muestran un patrón común, ninguno de estos líderes actuó en condiciones ideales; todos enfrentaron escenarios donde las opciones eran limitadas. En todos los casos, se tomaron decisiones que tensionaron la coherencia ideológica.

Pero también revelan algo más profundo: la “pureza política” es más fácil de sostener en el discurso que en la historia real.

Cuando un proyecto enfrenta amenazas existenciales, las decisiones dejan de ser entre “correcto” e “incorrecto” y pasan a ser entre sobrevivir o desaparecer, avanzar o replegarse, resistir o colapsar.

Lenin cedió territorio para salvar el Estado. Mao pactó con su enemigo para ganar tiempo. Fidel reformó su modelo para evitar el derrumbe.

En los tres casos, lo que estaba en juego no era solo la coherencia ideológica, sino la continuidad misma del proyecto político.

Y esa es, quizá, la enseñanza más incómoda de la historia, en momentos críticos, la política no premia la pureza; premia la capacidad de seguir existiendo.

Lo único claro es que el país sigue siendo un laboratorio político en tiempo real, donde se ensayan (con altos costos) distintas formas de resistir en un mundo en disputa. Y, mientras ese experimento continúe, el desenlace seguirá abierto. Porque, en política, como en la historia, lo decisivo no es lo que parece inevitable, sino lo que todavía puede cambiar.

Hoy Venezuela vive una coyuntura completamente abierta. Lo que vemos es una combinación de crisis económica estructural, presión geopolítica internacional y conflictos dentro de la propia izquierda. Por eso, el futuro del proceso bolivariano todavía no está definido, puede transformarse, puede adaptarse o puede entrar en una etapa completamente distinta.

Es decir, la gran pregunta no es si Venezuela va a cambiar, porque eso ya está pasando; la pregunta real es cómo cambia, quién gana con ese cambio y qué queda del proyecto original. Y esta es la discusión que hoy divide a toda la izquierda. ¿Qué nos dicen, además, los anteriores casos? Que la política real no se mueve en blanco y negro.

Pero algo es seguro, la historia de América Latina nos enseña que los procesos políticos no avanzan en línea recta; avanzan con progresos, retrocesos y contradicciones. Y, en medio de esas contradicciones, sigue abierta una disputa fundamental, la disputa por la soberanía, por la justicia social y por el futuro político de nuestra región. Y esa discusión, compañeras y compañeros, no ocurre solo en Venezuela; también nos interpela a todos nosotros en América Latina.

En fin, y reiteramos Venezuela esta en un momento coyuntural abierto.

Cuba: solidaridad bajo asedio

José A. Amesty Rivera

A propósito de la llegada reciente de varios buques con ayuda humanitaria a Cuba (buques que no han navegado aguas tranquilas precisamente, sino que han tenido que abrirse paso entre presiones políticas, amenazas y el cerco criminal del bloqueo), es necesario decirlo sin rodeos, lo que ha llegado a la isla no es solo ayuda material, es un acto de dignidad, es solidaridad militante, es la confirmación de que los pueblos no están dispuestos a dejar sola a Cuba.

Porque, como bien lo ha señalado el combatiente revolucionario cubano Joel Suárez, “la solidaridad es el nombre político que tiene el amor”; y en el caso cubano, ese amor no es abstracto, no es retórico, no es para discursos diplomáticos, es concreto, es combativo, es profundamente antiimperialista.

Conviene dejar algo claro desde el principio, la solidaridad no es caridad; la caridad es vertical, humillante en muchos casos, funcional al sistema que produce la desigualdad.

La solidaridad, en cambio, es horizontal, es entre iguales, es conciencia. Es entender que la lucha del otro es también la propia, es asumir que no hay neutralidad posible cuando un pueblo está siendo asediado.

En nuestra América, esa verdad no es nueva, la solidaridad aquí se ha forjado en la resistencia, en la lucha, en la necesidad; no es un concepto académico, es práctica cotidiana: es el barrio organizado, es la comunidad que resuelve, es el pueblo que no se rinde. Es, en definitiva, una conducta de combate frente a la injusticia.

Y es precisamente en Cuba donde este comportamiento alcanza hoy, una de sus expresiones más claras y, al mismo tiempo, más exigentes.

Porque cuando hablamos del bloqueo impuesto por EEUU, no estamos hablando de una figura discursiva, estamos hablando de una política sistemática, prolongada y deliberada de asfixia económica.

Un cerco que impacta directamente en la vida diaria del pueblo cubano, en la alimentación, en el transporte, en la energía, en el acceso a medicamentos; es una guerra no declarada, pero profundamente real.

Frente a esta agresión permanente, lo que sostiene a Cuba no es solo una estructura estatal, ni únicamente un discurso político, lo que sostiene a Cuba, en lo más profundo, es una red de solidaridad popular que se activa todos los días.

Es la familia que comparte lo poco que tiene, son los vecinos que no preguntan, sino que actúan, son los amigos que inventan soluciones donde no las hay; es el intercambio basado en la confianza, en la reciprocidad, en ese principio no escrito, pero profundamente arraigado, “hoy por ti, mañana por mí”.

Ahí, en esa práctica cotidiana, se expresa una verdad que el capitalismo intenta borrar, que la vida puede sostenerse desde lo colectivo, desde la cooperación, desde la conciencia social.

En el discurso político cubano, términos como unidad, resistencia y continuidad no son consignas vacías, son condiciones materiales de existencia; porque bajo asedio, la división social no es una opción, es el camino hacia la derrota.

De allí que el “nosotros” adquiera una dimensión central, no como negación del individuo, sino como afirmación de que sin lo colectivo no hay posibilidad de supervivencia; el sacrificio individual, en este contexto, no se idealiza, pero se comprende como parte de una lucha mayor.

Sin embargo, sería irresponsable presentar esta realidad sin reconocer sus tensiones internas. Porque la presión constante desgasta, las dificultades materiales generan fisuras; emergen desigualdades, se fortalecen estrategias individuales de supervivencia, la migración impacta las redes comunitarias, y el cansancio social comienza a hacerse sentir.

Y aquí radica uno de los principales desafíos, la solidaridad no es infinita, no es automática, no se sostiene por inercia, requiere condiciones, requiere cuidado, requiere conciencia.

El bloqueo no solo busca limitar recursos; busca también erosionar el tejido social, debilitar la confianza colectiva, instalar la lógica del “sálvese quien pueda”. En otras palabras, intenta destruir la base misma de la solidaridad.

Por eso, la defensa de la solidaridad en Cuba hoy es, en sí misma, un acto de resistencia política. Pero hay un elemento que no puede pasarse por alto, Cuba no solo resiste hacia adentro, también proyecta solidaridad hacia afuera, a pesar de sus limitaciones, mantiene una política activa de cooperación internacional, particularmente en el ámbito de la salud.

Este hecho, lejos de ser anecdótico, revela una coherencia profunda. Cuba no comparte desde la abundancia, sino desde la convicción, no da lo que le sobra, da lo que tiene; y en ello reafirma una concepción de la solidaridad como práctica liberadora, no como instrumento de dominación.

Así, en medio de las dificultades, Cuba se convierte en un espacio donde se juega algo más que una coyuntura nacional, se juega una forma de entender la vida social, se juega la posibilidad de sostener un proyecto colectivo frente a una presión externa sistemática.

Lo que está en disputa, en última instancia, es si prevalece la lógica del individualismo o la lógica de lo común. Y en ese escenario, la experiencia cubana ofrece una lección clara, aunque incómoda para muchos, cuando las condiciones se vuelven extremas, no hay equilibrios posibles, o se fortalece la solidaridad, o se impone la fragmentación.

En síntesis, no se trata de idealizar ni de negar las contradicciones, se trata de comprender que, en el caso cubano, la solidaridad no es un adorno moral, es una necesidad histórica. Es la línea que separa la resistencia de la rendición, es la base que sostiene el proyecto colectivo.

Es, en definitiva, la expresión concreta de que un pueblo, aún bajo asedio, puede decidir no dejarse derrotar. Porque, al final, la verdad es sencilla y contundente, la solidaridad no es un gesto, es una posición, es una práctica, y en Cuba, hoy más que nunca, es también una forma de lucha.

El “Conejo Malo” Rebelde

Mg. José A. Amesty Rivera

Al margen de las siguientes consideraciones, en torno a la figura del reguetonero puertorriqueño “Bad Bunny”: que no canta muy bien, que sus canciones son vulgares al igual que sus shows, que no se entienden sus palabras, es decir no vocaliza bien, que no sea del agrado de muchas personas, en este sentido, como decía el teólogo puertorriqueño Carmelo Álvarez: “esto es otro tema”, que no abordaremos aquí.

No obstante, vamos a resaltar algunos aspectos valiosos de sus últimas actuaciones. Veamos cuál fue su aparición y actuación en la entrega de los premios Grammy, cuando hace alrededor de una semana a “Bad Bunny” le fue entregado el premio, por vez primera, al mejor álbum totalmente en español, en la categoría del reguetón titulado: “Debí tirar más fotos”.

Al momento de la entrega y sus primeras palabras, una ceremonia marcada por mensajes en contra de las redadas del ICE y las medidas de mano dura promovidas por Donald Trump hacia los migrantes en EEUU, el cantante señalo: “Antes de darle las gracias a Dios, voy a decir: Fuera ICE”, enfatizando además que: “No somos salvajes, no somos animales, no somos extranjeros, somos humanos y somos estadounidenses”.

Luego, veamos que paso en el escenario del Super Bowl 2026 en el Estadio Levi’s. Tenemos que acentuar que el presidente Trump no deseaba que los organizadores del segundo tiempo en el juego entre los Seattle Seahawk y el New England Patriots, hubieran invitado al conejo malo de Puerto Rico y presionó para que no estuviera allí.

Ya mencionamos que Bad Bunny ya había hecho críticas y denuncias anteriores ante el actuar del ICE hacia los migrantes, además de otros artistas, así mencionamos que antes iniciar el juego, el jugador de New England Patriots, Mack Hollins, llegó descalzo y esposado al Super Bowl 2026, como protesta contra ICE y las agresiones criminales a migrantes y ciudadanos estadounidenses, que ya han dejado varios muertos.

Al llegar el segundo tiempo del juego, entra en escena Bad Bunny, que por cierto su verdadero nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio (un nombre muy común en los sectores populares de las barriadas y pueblos de América Latina); recuerdo que en un Municipio de Maracaibo-Estado Zulia, Venezuela, se venera un santo llamado San Benito, un santo negro.

La puesta en escena de Benito tomó por sorpresa a muchos; entra con un enjambre de personas con las banderas de los países de A.L., grita Dios bendiga a América en inglés y de inmediato, pasa a nombrar a todos los países del continente americano. Luego tira el balón que traía en sus manos que decía “Juntos somos América”, finalmente señala aquí estamos.

La escenografía resalta con dos elementos importantes, una recreación de su pueblo natal en Puerto Rico, con cañaverales, árboles de plátano, (que nos recuerda a Cuba, Haití, Venezuela) así como una representación casi idéntica con los elementos pueblerinos y urbanos, como parte de la identidad latina, tales como: un niño durmiendo en una boda con reguetón de fondo, tienditas, peluquerías, personas jugando dominó, una boda en pleno acontecimiento, los quinceañeros, el boxeo, el barrio, el tender la ropa, niños y niñas jugando, el pitorro (un ron aguardiente artesanal de alto grado alcohólico, tradicional de Puerto Rico, a menudo elaborado ilegalmente y conocido como “ron caña”, entre muchos otros. En fin, danzas, bailes y alegría.

El otro elemento importante fue como telón de fondo un aviso grande, escrito en inglés, que decía: “The only thing more powerful than hate is love” (“Lo único más poderoso que el odio es el amor”). Ya antes cuando recibía el Grammy había dicho: “El odio se hace más poderoso con más odio. Lo único más poderoso que el odio es el amor, así que, por favor, necesitamos ser diferentes. Si vamos a luchar, tenemos que hacerlo con amor”.

Estas palabras no sabemos si son propias de él, o de algún personaje histórico. Pero lo cierto es que cuando leemos o escuchamos estas palabras, pensamos que son familiares, suenan como un versículo bíblico, suena como una sentencia bíblica.

Hubo otros personajes en este relato, en este juego, en este escenario que muestran como Benito Antonio deseaba resaltar la identidad latina, la confluencia de países, que son un continente, no un país, a saber:

-La presencia de Cuba fue una de las naciones que se mencionó, no solo por el paseo de la bandera de la estrella solitaria en el estadio, sino por la invitación directa a un hijo de La Habana. Hablamos de Juan Carlos Piñeiro, basquetbolista profesional y dueño de un carrito de piraguas en San Juan, quien le sirvió un raspado (granizado para los cubanos) a Bad Bunny al inicio del show, cuando la estrella boricua cantaba “Tití me preguntó”.

-El esquinero de origen colombiano, Christian González, debutó en el Super Bowl LX con los New England Patriots. Se convirtió en el primer jugador de raíces colombianas en disputar el Super Bowl, siendo titular indiscutido en la defensiva.

-Además, el ala cerrada el novato Elijah Arroyo, formado en Cancún-México, también tuvo su debut con los Seattle Seahawks en esta misma edición.

-A su vez, Andrés Borregales hizo historia al convertirse en el primer venezolano en participar en el evento más grande del deporte estadounidense. El novato pateador de los New England Patriots es importante, ya que su presencia en el Super Bowl importa más allá del resultado deportivo, consolida la creciente representación latina en la NFL y coloca a la comunidad venezolana en el escenario más grande del futbol americano profesional.

Un hecho notorio e inusual es que la boda durante el show de medio tiempo de Benito fue real. Al parecer la pareja había invitado a Bad Bunny a su boda y en lugar él los invitó a casarse en el Super Bowl.

Otro momento muy comentado fue cuando conejo malo le hace entrega un Grammy en pleno escenario a un niño una escena cargada de simbolismo y emoción. Hay dos especulaciones de quien fue el niño galardonado. Una es que fue el niño Liam Conejo Ramos, el menor detenido por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en Minnesota; cuando en realidad era un actor de ascendencia argentina llamado Lincoln Fox, en las redes sociales del joven, su familia agradeció al cantante.

¿Cuáles fueron las reacciones de sectores políticos y religiosos?

Luego del show de Benito Antonio el presidente norteamericano Donald Trump escribe en su red social “El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, ¡uno de los peores de la historia! No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia. Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo, y el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven desde todo Estados Unidos y el mundo. Este espectáculo es una bofetada a nuestro país, que establece nuevos estándares y récords cada día, ¡incluyendo el mejor mercado de valores y los mejores planes de jubilación de la historia! No hay nada inspirador en este desastre de espectáculo de medio tiempo; recibirá excelentes críticas de los medios de comunicación falsos, porque no tienen ni idea de lo que está sucediendo en el mundo real. Y, por cierto, la NFL debería reemplazar de inmediato su ridícula nueva regla de inicio. HAGAMOS A ESTADOS UNIDOS GRANDE DE NUEVO”.

Resulta irónico que un presidente acusado por delitos sexuales con menores de edad, publicados en la lista Epstein, hable de ética.

Así mismo, está claro que Trump haya reaccionado de esta manera, ya que el espectáculo de Bad Bunny va en contra de su MAGA, que es el acrónimo de “Make America Great Again” (Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo), el lema de campaña y movimiento político de Donald Trump que representa un nacionalismo populista, proteccionista y conservador. Busca restaurar un pasado idealizado, con un enfoque en “America First” (América Primero), reduciendo regulaciones y promoviendo una lealtad absoluta a Trump.

Otra reacción fue la del excongresista de EEUU Anthony Sabatini, quien arremete contra Bud Bunny, y exige deportarlo “inmediatamente”.

En el campo religioso veamos las declaraciones del arzobispo católico José Manuel Guerrero Noyola quien señalo que “En los pueblos latinoamericanos, hay mucha riqueza cultural, y también, una profunda unidad familiar. Hay muchas personas dignas y trabajadoras, que migran desde sus lugares de origen, buscando un futuro mejor. Se llevan su fe y su esperanza para compartir; por eso, aunque no entienda lo que canta Bad Bunny, sin embargo, creo que me interpela la unidad latinoamericana, frente al capitalismo neoliberal, que está empobreciendo los pueblos, y quitándoles dignidad. Que siga creciendo entre nosotros la comunión latinoamericana, que nuestras lenguas traspasen fronteras, y que más allá de las diferencias religiosas y políticas, podamos encontrarnos como hermanas y hermanos, hijos de Dios, y habitantes del mundo”.

El Arzobispo Ronald Hicks, en su reciente instalación como arzobispo de Nueva York, sorprendió al citar la canción “NUEVAYoL” de Bad Bunny en la Catedral de San Patricio, usándola como un llamado a la unidad y la alegría en la diversidad.

El Obispo Ángel Luis Ríos Matos, el obispo de Aguadilla (Puerto Rico) elogió públicamente la canción “Lo que le pasó a Hawái” del álbum de Bad Bunny, destacando su mensaje sobre la defensa de la identidad puertorriqueña. El Padre Jorge Rodríguez, recordó en una entrevista que Bad Bunny fue monaguillo en su parroquia de Vega Baja-Puerto Rico cuando era niño.

En el campo protestante evangélico el sitio en Facebook llamado Mis tiliches teológicos indica: “El Medio Tiempo de Bad Bunny, ni hablar, fue un desplante de TEOLOGÍA POPULAR. Ni siquiera “teología de la liberación” en su sentido académico. Ya hay reacciones de Trump que no está soportando, pues se hizo un posicionamiento “latino” (como constructo político) en medio de una de las peores épocas de xenofobia y violencia migrante. Fue una exhibición simbólica, sí, bajo los esquemas económicos del multiculturalismo, pero que justo con ello amplifica el mensaje. Se utilizaron “estereotipos latinos” sobre el parrillado (un niño durmiendo en una boda con reguetón de fondo, tienditas, peluquerías) para afirmar una presencia. Lo musical queda a gusto de cada quien, pero el acto de reclamo territorial y visibilización social es innegable.

¿POR QUÉ ES “TEOLOGIA”? Porque son creencias, códigos sagrados y, vimos a gente compartiendo la mesa, el sillón, la pista de baile. Sí, los de Un Corazón van a celebrar la Santa Cena en el Auditorio (otro acto de reclamo identitario del espacio) Pero esto fue una Eucaristía Ecuménica Masiva, con pleno derecho: Un acto multitudinario de “acción de gracias” por las raíces”.

Para ir concluyendo este artículo, deseamos resaltar que el Super Bowl no es solo un juego. Es el ritual anual del capitalismo estadounidense, un megaproducto que fusiona deporte, publicidad (a US$10 millones por 30 segundos) y espectáculo para promover un estilo de vida basado en el consumo.

No en balde, este 2026 algo cambió, la audiencia ya no es un bloque unificado. Con Bad Bunny en el show oficial y un evento “patriótico” paralelo, vimos cómo el capitalismo de identidades reemplaza al de masas. La polarización no debilita el sistema; lo hace más astuto. Segmenta el mercado y nos vende, incluso, nuestra propia rebeldía.

Bad Bunny llevó su cultura y su mensaje a millones. Sin embargo, ese gesto de inclusión, dentro de este marco, termina legitimando la misma maquinaria que comercializa la identidad latina. Es la paradoja: una aparente transgresión que, al final, refuerza el statu quo mercantil. Solo preguntémonos ¿qué patrones de consumo nos están vendiendo? ¿Qué estilo de vida alienante nos hacen desear? ¿Y cómo se nos convence de que “pertenecer” significa, sobre todo, comprar?

Hubo un evento paralelo llamado “patriótico” que fue el All-American Halftime Show, un concierto alternativo de temática patriótica y conservadora organizado por la organización Turning Point USA.

Este show se realizó para contraprogramar la presentación de Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, bajo el argumento de ofrecer una opción “tradicional” frente al artista puertorriqueño.

Fue impulsado por el grupo conservador estadounidense Turning Point USA, afín a sectores de derecha. Contó con la participación de figuras como Kid Rock y Brantley Gilbert. Se centró en símbolos patrióticos de Estados Unidos y un mensaje político explícito como contrapropuesta cultural. La transmisión en YouTube alcanzó un pico de 6.1 millones de espectadores simultáneos.

No obstante, la figura de Benito Antonio le dio un Touchdown (anotación) a Donald Trump. El artista puertorriqueño puso a bailar al mundo entero en una actuación que fue mucho más que música, fue un homenaje a Puerto Rico, a Latinoamérica entera. Su mensaje fue claro, América es mucho más que la apropiación que hace el país más rico de todo un continente.

El gobernador de California, Gavin Newsom, declaró oficialmente el 9 de febrero como el “Día de Bad Bunny”, consagrando simbólicamente la irreverencia caribeña en el corazón del imperio.

Nos guste o no su música, “El Conejo Malo” mandó un mensaje al mundo de unidad y amor en el momento que el planeta más lo necesita. Y esa es su verdadera trascendencia. El mensaje fue claro, el futuro de los Estados Unidos ya no suena en inglés puro, sino en español con acento de resistencia, de rebeldía.

Y es que Benito Antonio es independentista, ya que alzar la bandera de Puerto Rico en palos de madera (como la usan los activistas puertorriqueños) fue un momento clave en el show de Bad Bunny en el Super Bowl.

Su canción “La Mudanza” recuerda que “mataron gente por sacar la bandera”, refiriéndose a los independentistas puertorriqueños que han muerto luchando. Y él la sacó. En un evento que, históricamente, ha presentado “valores estadounidenses”, Bad Bunny interpuso el valor de la independencia de su isla, aún colonizada.

En estos momentos la cultura latina está recibiendo la atención y el respeto que tanto se merece, y todo eso es gracias al conejo malo. Qué rebeldía. Rechaza la apropiación del término “América” para referirse solo a EEUU y reclama una identidad continental compartida, desde Alaska hasta la Patagonia.

En un momento donde se intenta aislar y asfixiar a Cuba, a Venezuela y a otros países, este mensaje de unidad continental resuena como un recordatorio político, América es una, plural y solidaria. La cultura, como la dignidad, no conoce bloqueos. Se amplifica un mensaje de integración y resistencia cultural, un acto de descolonización simbólica.

Las Encuestas en EEUU sobre Donald Trump

Mg. José A. Amesty Rivera

La popularidad del presidente norteamericano Donald Trump y su gestión de gobierno, en su segundo mandato, ha sufrido un duro revés, según dos encuestadoras norteamericanas.

La encuestadora Pew Research Center, (Centro de Investigación Pew) también conocido simplemente como Pew, según su página oficial es “un centro de estudios sin fines de lucro con sede en Washington, D. C., que se centra en temas, actitudes y tendencias actuales en Estados Unidos y el mundo. Pew realiza investigaciones en ciencias sociales, demografía, encuestas de opinión pública y análisis de datos, además de producir informes, estudios y recursos especializados. Pew busca informar al público y contribuir al diálogo público, manteniendo una postura imparcial y basada en datos”.

La otra encuestadora es la AP-NORC, que es una alianza de investigación entre la agencia de noticias Associated Press (AP) y el Centro de Investigación de Asuntos Públicos NORC (parte de la Universidad de Chicago). Esta colaboración realiza encuestas de opinión pública de alta calidad para analizar las tendencias sociales, políticas y económicas en Estados Unidos.

Según datos de finales del mes de enero 2026, de las dos encuestadoras, la administración Trump atraviesa un terremoto político evidenciado en los siguientes elementos.

En general, su aprobación es de un 37%, el punto más bajo de su actual presidencia, reflejado en los siguientes sectores:

  • Hispanos y Afroamericanos. Las cifras de desaprobación (especialmente ese 71.8% entre afroamericanos y 45.8% entre hispanos) sugieren que políticas radicales de este primer año, como las deportaciones masivas y las redadas del ICE, han revertido esos avances.
  • Género y Edad. La desaprobación del 32% entre mujeres y casi 40% entre jóvenes (18-29 años) indica una desconexión total con las nuevas generaciones. El hecho de que incluso en el segmento de mayores de 65 años (su base más fiel) solo tenga un margen moderado, es una señal de alarma para los republicanos de cara a las elecciones de medio término de 2026.
  • Costo de Vida. El principal motor de este desplome no es solo ideológico. Las encuestas muestran que un 61% de los estadounidenses cree que sus políticas arancelarias han empeorado el costo de vida, lo que ha alienado a los votantes independientes.

Específicamente con relación al presidente Trump, con una aprobación del 37%, Trump entra en una “zona de peligro” donde los legisladores de su propio partido (republicanos, especialmente los moderados) empiezan a distanciarse para proteger sus propios asientos en el Congreso.

Por primera vez, incluso dentro del Partido Republicano, la confianza en su “ética de trabajo” ha caído del 55% al 42%.

Ante estos números, la estrategia del presidente parece ser la de “atrincherarse” en su base MAGA “Make America Great Again” es un movimiento político y cultural populista centrado en la figura de Donald Trump, que aboga por el nacionalismo estadounidense, políticas proteccionistas “America First” y un retorno a valores tradicionales.

Se caracteriza por una lealtad incondicional al líder, un fuerte sentimiento antielitista y el deseo de transformar el Partido Republicano y el Estado, -donde mantiene un 93% de apoyo-, utilizando retórica de confrontación y amenazas legales contra medios como el New York Times por publicar estos mismos sondeos, de las encuestadoras citadas.

No se trata solo de números bajos en las encuestas, sino de una parálisis legislativa y un escándalo de corrupción que toca directamente la fibra del “América Primero”.

Veamos algunos casos muy particulares:

  1. Hay una investigación reciente sobre una cuenta en Qatar utilizada por la administración Trump, se alega que el gobierno de Trump ha estado moviendo cientos de millones de dólares a través de cuentas en Qatar para evitar auditorías del Congreso y sin ningún control del Estado ni del Gobierno. A su vez, se ha destapado que grandes sumas de esos fondos terminaron favoreciendo a empresas cuyos directivos fueron donantes clave de la campaña de Trump en 2024 (como el caso de la comercializadora Vitol). En fin, esto ha destruido el relato de transparencia y ha dado a los demócratas (y a algunos republicanos críticos) la munición necesaria para exigir auditorías externas al secretario del Tesoro, Scott Bessent.
  2. Un grupo bipartidista en el Senado (demócratas y republicanos), está intentando legislar para quitarle al presidente el poder de imponer aranceles unilaterales, argumentando que su “guerra comercial” está disparando el costo de vida. Mientras el entorno de Trump busca recortes de 1.5 billones de dólares, los senadores republicanos moderados se plantan en apenas 4.000 millones, temiendo que un recorte tan agresivo les cueste sus escaños en las elecciones de noviembre de 2026.

En general, aproximadamente siete de cada diez adultos (71%) afirman estar muy preocupados por el costo de la atención médica, mientras que el 66% opina lo mismo sobre el precio de los alimentos y los bienes de consumo. Casi la misma proporción (62%) afirma estar muy preocupada por el costo de la vivienda.

Hoy en día, el 34% de los estadounidenses afirma tener mucha o muy confianza en que Trump posee las habilidades de liderazgo necesarias para ser presidente. Un porcentaje mayor (51%) no tiene mucha o ninguna confianza. Otro 14% tiene algo de confianza.

De igual manera, aproximadamente la mitad afirma no tener mucha confianza, o ninguna, en que Trump tenga la aptitud mental (52%) o física (50%) para desempeñar el cargo. Aproximadamente tres de cada diez expresan confianza en estos indicadores.

Todo lo anterior, está dejando de lado la política exterior de la administración Trump, que está presentando múltiples problemas, solo hemos abordado la política doméstica al interior de EEUU.

En fin, el gobierno norteamericano se encuentra en un punto de desviación. Si no logra estabilizar la economía y aclarar el uso de fondos en el extranjero, las elecciones de medio término de 2026 podrían dejar a Trump dando traspiés a casi tres años de mandato por delante.