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Etiqueta: salud mental

Percepción ciudadana: hospitales y clínicas fallan en capacidades de atención a personas adultas mayores

UNA Comunica. Existen problemas para la atención de necesidades de salud mental y enfermedades físicas en personas adultas mayores, tanto en clínicas como en hospitales de la Caja Costarricense de Seguros Social (CCSS), a pesar de que se señalan fortalezas en cuanto a infraestructura física adecuada.

Las opiniones están más divididas al analizar aspectos como la disponibilidad de equipo médico y el trato respetuoso. No obstante, en términos generales, es mejor la percepción obtenida por los servicios en los Equipos Básicos de Atención Integral en Salud (Ebais) que con respecto a clínicas y hospitales.

Estos son parte de los resultados del estudio Percepción de la población sobre accesibilidad y calidad de los servicios que reciben las personas adultas mayores en Costa Rica, a cargo del programa Envejecimiento: cambios poblacionales y retos sociales del Instituto de Estudios Sociales en Población (IDESPO) de la Universidad Nacional (UNA).

Atención en salud

Ocho de cada diez personas califican como “nada” o “poca” la capacidad de atender las situaciones de salud mental de las personas adultas mayores. Un 64.3% opina lo mismo si se trata de padecimientos físicos.

Casi la mitad de las personas encuestadas (50.6%) estima que el personal está poco capacitado para atender a esta población. Un 37.7% dice que le da un valor de “mucho” a su grado de formación y un 13.7% indica que “nada”.

En su mayoría (58.3%) consideran como “poco o nada” la disponibilidad de equipo médico suficiente y de calidad destinado a este grupo etario.

Sobre el respeto que se brinda en las consultas, las opiniones están repartidas: 50.3% da una opinión favorable, mientras que el restante 49.7% le otorga un valor de “poco” o “nada”.

Donde las clínicas y hospitales públicos sí obtienen una buena nota es en infraestructura física, que contempla ascensores, rampas, señalización, barandas en las escaleras, pisos antideslizantes y baños adecuados, que permiten una adecuada accesibilidad y movilidad. En este ámbito, seis de cada 10 personas opinaron de manera positiva.

Si se trata de analizar los servicios médicos especializados, existe, en términos generales, una buena percepción. Un 68.8% está “muy de acuerdo y de acuerdo” con la atención en geriatría. Opina igual un 67.4%, cuando se incluyen áreas como odontología, oftalmología, audiología, geriatría y nutrición. El porcentaje de apoyo baja a un 51.7% si se trata de calificar los servicios de emergencia.

El IDESPO-UNA indagó si, desde la perspectiva ciudadana, algunos servicios han mejorado, empeorado o si se mantienen igual. De manera predominante, las notas sobre aspectos como los tiempos de espera, cobertura y capacidad hospitalaria, fueron, confirman que no han existido cambios.

Pero, al distinguir cuáles son los principales problemas que enfrentan las personas adultas mayores en temas de salud, un 28.3% ubica en primer lugar los “tiempos de espera prolongados”, seguido de “trato inadecuado del personal de salud, falta de empatía y discriminación” con un 26% y “falta de capacitación del personal y atención especializada” con un 15.9%.

Infraestructura y transporte

La ciudadanía le da una de las calificaciones más negativas al acceso que tienen las personas adultas mayores a sitios públicos. Un 64% está “muy en desacuerdo y en desacuerdo” con la pregunta de si las aceras son aptas (lisas, niveladas y anchas).

El desacuerdo es similar cuando opinaron sobre la seguridad de las calles (cruces de semáforos, con tiempo suficiente e iluminación adecuada, con un 63.7%. Siempre en orden descendente, le siguen la ausencia de parques adecuados (61.5%), de calles accesibles (53.8%) y de espacios que les permitan compartir sus experiencias de vida con otras generaciones (50.8%).

Mejor valoración se otorga al indicar si en las ventanillas de las instituciones públicas se respeta el uso de espacios preferenciales (ocho de cada diez está de acuerdo y muy de acuerdo). Así piensan también en un 60% al determinar si los edificios (locales comerciales, oficinas) son accesibles.

También, un 52.4% coincide en que los espacios públicos tienen zonas verdes. Un 62.3% opina de la misma manera al señalar que están libres de malos olores y un 45.1% dice que están libres de ruidos.

En cuanto al transporte público, un 52.1% está “muy de acuerdo y de acuerdo” en que es apto para las personas adultas mayores y un 56.6% afirma que los choferes son respetuosos.

En el 2026, el Ministerio de Salud contabilizaba a 51 cantones como “ciudades amigables con los adultos mayores”. El Idespo-UNA quiso indagar cuánto conocen este concepto los ciudadanos. La respuesta no fue alentadora: ocho de cada 10 lo desconoce, mientras que un 18% relacionan el término con “accesibilidad física e infraestructura” y un 8.2% con “empatía, respeto y trato digno”.

Pensiones

En otro apartado del estudio, se identificó que casi nueve de cada 10 entrevistados estiman como “muy importante” cotizar para una pensión en la vejez. “Las principales razones por las cuales las personas consideran que es muy importante cotizar para la vejez se relacionan, en primer lugar, con la necesidad de garantizar su subsistencia durante esta etapa de la vida (40.5%); en segundo lugar, la búsqueda de seguridad y tranquilidad futura (22.3%) y en tercer lugar, la posibilidad de mantener la independencia y la dignidad personal”, afirma el estudio.

En momentos en que se discuten reformas a los regímenes de pensiones, como el de Invalidez, Vejez y Muerte (IVM), con propuestas como la edad de retiro, los costarricenses consideran que el rango de edad ideal para pensionarse es entre los 60 y 64 años. Así opina un 54.6% de la muestra; un 23.5% está favor de que sea a los 65 años o más y un 15.4% se ubica entre 51 a 59 años.

La encuesta se realizó entre el 11 y el 19 de junio de 2025. En total, se realizaron 701 entrevistas con un error de muestreo de 3.7% hacia arriba o hacia abajo y un nivel de confianza del 95%.

Enlace a la conferencia:
https://www.facebook.com/unacomunica.una/videos/2857404897930728

Más de 117 mil denuncias por violación de derechos de la niñez se registraron en 2025

Costa Rica registró 117.316 casos de presuntas violaciones a los derechos de niñas, niños y adolescentes durante 2025, según datos del Patronato Nacional de la Infancia (PANI). Esta cifra refleja los desafíos que enfrentan miles de familias en el país, pues las denuncias se relacionan principalmente con negligencia, maltrato físico y psicológico, conflictos familiares y violencia sexual.

Los datos se dieron a conocer en el contexto del Día Internacional de las Familias, cuya conmemoración en 2026 se centra en el tema Familias, inequidades y bienestar infantil, que promueve la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para visibilizar las condiciones que afectan el desarrollo de la niñez.

De acuerdo con los registros del PANI, la negligencia concentra el 50% de los casos reportados, seguida por maltrato físico y psicológico con un 13%, conflictos familiares con 11%, situaciones vinculadas con consumo problemático de progenitores o conflictos con la ley con 11%, y violencia sexual con un 5%. Las cifras reflejan situaciones que impactan directamente el entorno familiar y el desarrollo de la niñez en el país.

A estas condiciones se suman factores estructurales que afectan a miles de hogares. Datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) indican que en 2025 existían 186.541 hogares en pobreza multidimensional, lo que representa 674.254 personas que enfrentan carencias simultáneas en educación, vivienda, acceso a internet, salud, empleo y protección social.

La pobreza multidimensional también incluye situaciones como niñas y niños sin acceso a servicios de cuido, personas adultas mayores sin pensión y personas con discapacidad sin transferencias económicas, condiciones que limitan la capacidad de muchas familias para garantizar bienestar y protección a sus integrantes.

Los indicadores de violencia también muestran un impacto directo en los hogares. Entre 2022 y 2025 se registraron 3.311 homicidios en nuestro país, cifra que asciende a 3.559 casos al incluir los reportados en 2026. Cada uno de estos hechos afecta a familias que enfrentan la pérdida violenta de uno de sus miembros.

La salud mental representa otro desafío. Entre 2022 y 2024 se registraron 1.260 suicidios en el país, mientras que hasta agosto de 2025 se contabilizaban 2.493 intentos de suicidio, según registros oficiales.

Para Luis Diego Conejo Bolaños, académico del Instituto de Estudios Interdisciplinarios de la Niñez y la Adolescencia (INEINA- UNA), estas cifras muestran la necesidad de fortalecer las acciones de apoyo a las familias y la protección de la niñez. “El Día Internacional de las Familias invita a reconocer que muchas personas viven en contextos de pobreza, violencia y vulneración de derechos. Comprender estas realidades resulta fundamental para promover políticas públicas y acciones comunitarias que fortalezcan el bienestar de niñas, niños y adolescentes”, recordó.

El INEINA desarrolla investigaciones sobre las condiciones que afectan a las familias costarricenses y promueve espacios de formación y acompañamiento dirigidos a madres, padres y personas cuidadoras.

Como parte de estas acciones, el 12 de mayo a las 5:30 p.m. se realizará el encuentro Generaciones de cristal, un espacio de reflexión sobre los retos actuales de la crianza. La actividad tendrá lugar en el Centro Cultural Herediano Omar Dengo y se organiza en coordinación con la Municipalidad de Heredia.

Otra de las actividades programadas es la de acompañamiento a familias, que incluye siete sesiones semanales en la UNA, orientadas a fortalecer habilidades de crianza y convivencia familiar.

En el ámbito académico, el 21 de mayo a las 10 a.m. se realizará el foro “Las familias en Costa Rica: transformaciones, tensiones y desafíos, en el Auditorio Marco Tulio Salazar del Centro de Investigación y Docencia en Educación (CIDE), Campus Omar Dengo, con la participación de los psicólogos e investigadores Mariano Rosabal Coto y Diego Conejo Bolaños.

Oficina de Comunicación
Universidad Nacional, Costa Rica

Cultiva plantas como terapia para reforzar su rehabilitación de aneurisma

Por Uriel Rojas

En el contexto del Día de la Persona Indígena Costarricense, publicamos la historia de una mujer indígena que ha demostrado su enorme capacidad de resiliencia ante tantas adversidades que ha superado.

Es una historia llena de inspiración a quienes en este momento se encuentran viviendo etapas muy difíciles en su vida.

Ella ha enfrentado una secuencia de tragedias e infortunios extremos, demostrando en todos los casos una capacidad enorme de resiliencia.

Esta heroína se llama María Victoria Lázaro Ortíz y sus estudios de secundaria los hizo sin tener transporte para llegar al colegio y regresar a su casa, situada en Rey Curré de Buenos Aires.

En 1992, a sus 25 años de edad empezó a trabajar como docente en una escuela rural indígena unidocente, donde tenía que caminar hasta tres horas a pie por la montaña, sorteando peligros para llegar a la escuela del lugar.

Por treinta años sirvió a la educación y se pensiona en el 2023, trabajando por 27 años en la Escuela Indígena Curré.

Sin embargo, en el 2014, sufrió la muerte de uno de sus hijos, quien falleció en un accidente de tránsito.

Esto le generó un enorme impacto emocional y el trabajar largas jornadas con grupos de estudiantes le fue desgastando su capacidad física y mental.

En el 2019, los doctores le detectaron que padecía de aneurisma cerebral, el cual es causado por el debilitamiento de la pared de una arteria en el cerebro, formando un abultamiento o «globo», que cuando se rompe, causa una hemorragia, liberando sangre en el espacio alrededor del cerebro, provocando daños en el tejido cerebral.

Tras estar un año internada en rehabilitación en el Hospital Escalante Pradilla de Pérez Zeledón, usó luego un bastón por 8 meses para ayudar a estabilizar sus pasos y es en este contexto donde también surge la idea de cultivar las primeras plantas para estimular su recuperación de la motricidad fina y estimular áreas cerebrales relacionadas con la memoria y la resolución de problemas.

Y no es para menos, después de ir superando poco a poco la aneurisma cerebral en el 2021, va a enfrentar otro momento difícil: en diciembre de 2020 muere su madre y eso le vuelve a generar un impacto a su proceso de estabilidad emocional.

Cuando ya parecía volver a recuperarse de este impacto, muere su esposo, en noviembre de 2022 y de nuevo, sufre el dolor de perder a uno de sus seres queridos.

No obstante, su valentía, fe en Dios y resiliencia volvieron a ser los aliados de esta gran mujer para seguir adelante.

Pero la sombra de las tragedias continuó…

En diciembre de 2023, muere su padre y ocho días después fallece su hija menor en un accidente de tránsito.

A pesar de las secuencias de estos sucesos tan fatídicos, ella continuó cultivando más plantas florísticas y ornamentales, y las cuida cada una como si fueran sus propios seres que ha perdido.

En la actualidad posee más de 400 plantas, un jardín que transpira vida y esperanzas.

Cada día, doña María Victoria riega y chinea sus plantas, lo cual sirve como terapia permanente para reducir el estrés, la ansiedad y la depresión, fortaleciendo de paso su proceso de rehabilitación física, emocional y cognitiva.

Niñez con depresión: cómo detectarla y qué hacer

UNA Comunica. Se suele asociar la imagen de la niñez con los juegos, las risas y el aprendizaje de un mundo por descubrir. Sin embargo, la realidad esconde una faceta de la cual poco se habla: la depresión en edades infantiles, incluso a partir de los dos años.

El tema resurge ante la crítica situación que experimenta un país como Corea del Sur: en cuestión de cuatro años, los casos de depresión en esta población aumentaron un 70%. En esta nación, la “presión por el éxito” impulsa a personas adultas responsables a mantener a la niñez en jornadas escolares y extracurriculares que superan las 40 horas semanales, lo que ha generado preocupación en personas expertas.

Tradicionalmente, los cuadros depresivos se han asociado con etapas como la adolescencia o la adultez. Sin embargo, la académica Tamara Fuster, de la Escuela de Psicología de la Universidad Nacional (UNA), señala que “la depresión puede suceder en todas las etapas de la vida, lo que ocurre es que va a tener manifestaciones distintas, según la etapa en la que nos encontremos”.

Una de las diferencias más marcadas en la niñez es que los síntomas no siempre se manifiestan como tristeza, sino como irritabilidad. “Son personas menores de edad que, de repente, van a tener rabietas fuertes o que van a explotar por cualquier cosa”, explicó Fuster.

También se debe prestar atención a cambios en el comportamiento, como la pérdida de interés en actividades que antes resultaban atractivas, falta de energía, disminución del deseo de socializar o tendencia al aislamiento.

Otros signos pueden incluir alteraciones en los patrones de sueño y alimentación, como dormir en exceso o muy poco.

Diferencias entre tristeza y depresión

La depresión en la niñez presenta particularidades relacionadas con la capacidad de expresar emociones. Según Fuster, las personas adultas tienen mayores herramientas para comunicar lo que sienten, mientras que en la niñez esta capacidad está en desarrollo.

La especialista subraya la importancia de distinguir entre tristeza y depresión. La tristeza es una emoción básica y pasajera, asociada a situaciones como la pérdida de un ser querido o de una mascota. En cambio, cuando los síntomas se prolongan por más de dos semanas y se acompañan de irritabilidad, enojo o falta de energía, podría tratarse de un cuadro depresivo.

Factores asociados

Las causas de la depresión en la niñez pueden ser diversas. Entre ellas se encuentran predisposiciones genéticas, condiciones de crianza y la ausencia de vínculos seguros con personas adultas responsables.

También influyen factores como la presión académica, cargas excesivas, acoso escolar y entornos sociales que limitan la interacción o el desarrollo emocional.

Asimismo, se mencionan factores externos como la inseguridad ciudadana, que reduce los espacios de recreación, y la exposición a contenidos violentos que pueden afectar la estabilidad emocional de la niñez.

¿Qué hacer ante señales de alerta?

La académica de la UNA recomienda a las personas adultas responsables permitir que la niñez exprese sus emociones sin juicio, así como demostrar afecto mediante el contacto físico y el acompañamiento cercano.

También se sugiere:

  • mantener rutinas adecuadas de sueño y alimentación,

  • promover actividades físicas y recreativas,

  • fomentar el contacto con la naturaleza,

  • aplicar rutinas relajantes antes de dormir.

“El tiempo de contacto con la naturaleza ayuda ante estados de ansiedad o depresión”, indicó Fuster.

En casos donde los síntomas se prolongan o se agravan, se recomienda acudir a atención profesional, especialmente si la persona menor de edad expresa ideas relacionadas con la muerte, se autolesiona o manifiesta conductas de alarma.

Oficina de Comunicación
Universidad Nacional, Costa Rica

¡No juzgues: comprende y ayuda!

MSc.Lic.Bach. Anais Patricia Quirós Fernández
Académica UniversitariaEspecialista en la Enseñanza del Idioma Inglés
Universidad Técnica Nacional, Sede El Roble
Estudios en Género, Diversidad y Derechos Humanos,
Conciencia digital y fundamentos de la IA,
Diplomada Internacional en Cambio Climático y
Gestión Integral del Riesgo de Desastres Naturales
Estudiante Carrera Derecho

No importa la edad, la clase social o el nivel educativo; no importa la religión, los valores familiares ni la opinión social. Al final, lo que prevalece es la decisión, el anhelo y la acción ejecutada. Todo se desvanece en cuestión de minutos.

Relato un hecho verídico, aunque he modificado nombres y detalles de aquel acto atroz que impulsó a una niña a interrumpir su existencia en las primeras primaveras de su vida. Ella era la octava hija de una familia numerosa, de padres sencillos y escasa escolaridad; un hogar de clase baja. Siempre fue señalada como la «niña problema»: a los cinco años padecía sonambulismo; a los siete, pesadillas y llanto constante; luego llegaron los ataques de ira y la agresividad escolar. La tildaron de «loca», «desubicada» e «incontrolable», a pesar de su buen rendimiento académico. El entorno simplemente se resignó: creían que, entre tantos partos, era «normal» que uno no resultara bien.

Con el paso del tiempo, ella intentaba descifrar qué la hacía sentirse cada día más sucia, confundida y cargada de autodesprecio. Hasta que alcanzó su límite, envuelta en una manta de soledad. El silencio la aisló de cualquier deseo de vivir, sepultándola bajo el odio y el dolor de comprender, finalmente, lo ocurrido en su infancia. Una tarde gélida, con apenas 14 años, comprendió que aquel fantasma con el rostro de su padre no la había abandonado durante nueve años. Pese a estar rodeada de gente, su aislamiento era absoluto; el silencio permitía que el estruendo de los demonios internos invadiera su corazón.

Esa tarde hallaron su cuerpo sin vida, indefensa, sin posibilidad de retorno. En su velatorio, el murmullo general fue: «era rara, nunca fue normal». Nadie cuestionó el trasfondo; simplemente sucedió. Sin embargo, su victimario sigue vivo, quizás mirando al cielo y suplicando un perdón divino que mantenga su secreto a salvo. Así podrá continuar fingiendo que nada pasó y que es un «buen padre».

Reflexión sobre la ética, la moral y la conducta suicida

Según el artículo “Ética y conductas suicidas” de la Revista Colombiana de Psiquiatría (Vol. 30, No. 4), el suicidio ha estado presente en todas las esferas de la humanidad: desde filósofos como Sócrates y Séneca, hasta figuras históricas como Cleopatra o genios como Turing y Gödel. A lo largo de la historia, las motivaciones han sido diversas: obediencia a mandatos superiores, el deseo de evitar una situación indigna o una resolución estrictamente personal.

A pesar de los vastos aportes de la sociología, la antropología y el psicoanálisis, persisten vacíos de información. Muchas muertes quedan reducidas a especulaciones populares y expedientes cerrados. El propósito de estas líneas es invitar a la reflexión sin emitir juicios sobre un acto tan devastador. Debemos considerar el cambio social acelerado, donde los valores se vuelven «líquidos», debilitando el tejido social y penetrando la estructura familiar, lo que genera nuevas formas de crisis moral que golpean la estructura de los grupos humanos.

Tras un suicidio, surgen múltiples interrogantes: ¿es este un análisis ético, moral, filosófico o quizás sociológico-legal? Lo cierto es que, independientemente de la opinión, el acto es irreversible y deja tras de sí un rastro de desesperación y preguntas sin respuesta.

Podría argumentarse que quien decide terminar con su vida hace uso de la «autonomía de la voluntad» que Immanuel Kant menciona en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres. No obstante, el mismo Kant sostiene que el ser humano no posee la facultad de quitarse la vida, calificando el suicidio como irracional y contradictorio: es una actitud «egoísta» que busca escapar del sufrimiento, pero que termina destruyendo la propia autonomía al eliminar al sujeto que la posee.

Ante esto, cabe preguntarnos: ¿conocía estas premisas quien decide autolesionarse? Probablemente no. La verdadera cuestión es cuánto tiempo permaneció esa persona invisible para su familia, su iglesia o su comunidad. ¿Cómo se silenció su voz hasta volverla inaudible? Es desconcertante cómo alguien pasa de la angustia existencial al desapego absoluto, perdiendo el valor intrínseco de su vida —ese valor inherente que no depende de la utilidad o productividad— sin que nadie perciba su desesperación.

El límite de la autonomía

Beauchamp y Childress, en su obra Principios de ética biomédica, definen la autonomía como autogobierno y libertad de elección. Sin embargo, una persona con un déficit de autonomía es aquella incapaz de reflexionar o que está controlada por influencias externas. Aquí surge la duda: ¿es la autoeliminación un ejercicio de autonomía o es el resultado de la ausencia de ayuda para recuperar el sentido de la existencia?

Para que un individuo sea considerado autónomo, debe poseer libertad (actuar sin ser una marioneta) y agencia (ser el autor intencional de su acción). El cerebro debe ser capaz de comprender, razonar y reflexionar. No obstante, esta capacidad se pierde en cuadros de depresión severa o trastornos mentales. En estos casos, la autonomía se suspende; el control de las facultades se desvanece. Es aquí donde la intervención médica es vital, pues la pérdida del autogobierno es muchas veces temporal. Salvar esa vida es un imperativo ético que precede a cualquier juicio.

El imperativo de la prevención: Del silencio a la acción

Más allá de las corrientes filosóficas que debaten si el suicidio es aceptable en ciertas circunstancias, debemos enfocarnos en la urgencia de la intervención. Factores como la edad, la madurez y el entorno determinan la posibilidad de brindar auxilio a tiempo. La verdadera autonomía solo puede ejercerse cuando el individuo está libre de la coacción del trauma y la enfermedad mental.

Por ello, la prevención no debe ser solo una respuesta médica, sino un compromiso social profundo. Necesitamos:

  • Alfabetización emocional: Aprender a leer el aislamiento y la desesperanza no como «rarezas», sino como gritos de auxilio.

  • Espacios de seguridad: Transformar las escuelas y familias en entornos donde la salud mental sea prioritaria y donde las víctimas de abuso encuentren una voz antes de que el silencio las consuma.

  • Intervención compasiva: Reconocer que cuando la autonomía se nubla por el dolor, intervenir no es una invasión a la libertad, sino un acto de custodia sobre la vida de quien, momentáneamente, ha perdido su propio valor.

En conclusión, más allá de determinar si la decisión fue buena o mala, justa o injusta, la única certeza es que llegamos tarde. Ella se volvió invisible ante todo grupo social. Aunque hubo señales, no se avistaron; se mantuvo la distancia y nunca se preguntó por qué callaba, por qué lloraba o por qué se desconectaba del mundo. Se omitieron demasiadas interpretaciones antes del desenlace. La verdadera justicia no está en el juicio póstumo, sino en nuestra capacidad de no permitir que la invisibilidad cobre otra vida.

¡No juzgues, no critiques: ayuda!

Antivoto, conflicto social y salud mental

Por Vilma Leandro Zúñiga
Psicóloga

Como si no estuviéramos en tiempos difíciles ya de por sí, encima hay «eruditos» que salen a decir en qué estado de ánimo hay que ir a votar y con qué lógica: que la razón, que la esperanza, que la alegría, que la fiesta electoral, que el miedo, que no hay que votar en contra sino a favor… y un largo etcétera.

Las recomendaciones no tienen nada de malo, pero los juicios e imposiciones morales estilo «cátedra política» no nos lucen mucho en este escenario tan dramáticamente difícil y peligroso.

Que lo ideal sería ir «feliz de la vida» a votar por la opción decidida, pues sí. Pero hace mucho rato dejamos de estar ahí, y, como en otras elecciones lo he dicho, estamos «padeciendo» el voto.

En psicología sabemos que el conflicto es parte inherente a la naturaleza humana. Y que el primer paso para resolverlo es reconocerlo y tratar de descifrar adonde está el núcleo. También sabemos que se da en todas las esferas: a nivel interno, de pareja, familiar, laboral, comunitario y, por supuesto, social/nacional.

Podríamos decir que en este momento nuestro país está atravesando una alta conflictividad social. Si en el 2007, con el TLC y, en el 2018, con las elecciones de los Alvarados estuvimos “como agua para chocolate”, ahora, me temo, sí es cierto que el país se quebró, sobre todo, porque tenemos casi 4 años de estar vivenciando discursos y acciones en las altas esferas políticas que no solo promueven el odio, la división y el irrespeto, sino que además predican con el ejemplo. Y encima, esa ha sido su estrategia imparable de campaña. De manera que era imposible que no llegáramos a esta parte bastante fracturados.

Hay investigaciones de psicología social y política que indican que, en este tipo de escenarios, las personas suelen sentirse mal, con miedo, con mucho enojo, con tristeza, con cansancio emocional, con sobre pensamiento (tener ideas fijas a cada rato que se vienen a la mente) con angustia que deriva en crisis de ansiedad y todo su correlato con síntomas físicos: dolores de cabeza, insomnio, afectaciones estomacales, incluso con episodios de llanto, etc. En general, se puede generar un gran malestar que hace que la gente no ande bien y no pueda funcionar como siempre, ni en el plano emocional, ni en el del pensamiento.

Digo todo esto porque si se han sentido mal en estos días y, especialmente, cuanto más cerca están las elecciones, pues están reaccionando de la forma más natural y esperada, ya que, como ya dije antes, la situación que enfrentamos es tremendamente delicada.

Se trata de definir qué país queremos en una coyuntura donde tenemos la vida amenazada de muchas formas y como nunca antes: desde la violencia en las calles desatada por el narco, hasta las listas de espera interminables de la Caja ( si alguien se enferma grave sabe que le toca un largo viacrucis), pasando por las «geniales» propuestas recientes de suspender las garantías individuales, lo cual es absolutamente grave y ya colocarnos sin tapujos en el camino de cualquier dictadura promedio de la región.

Yo quiero decirles que si ustedes son de las personas que no desean el continuismo y están abrumados, con estado de ánimo cambiante (de tristeza a miedo, de miedo a esperanza, de esperanza a enojo, etc.) ni están «mal de la cabeza», ni tienen problemas psicológicos, ni nada por el estilo. Son ciudadanía responsable, con un alto compromiso cívico, que aman esta patria, conocen y valoran la historia del país sabiendo cuánto pesa en lo que hemos sido como nación.

También se vale el antivoto, es decir, ir a votar en contra de algo, en contra de un proyecto de país considerado como amenaza a lo deseado. Lo fundamental es ejercer ese sagrado derecho al sufragio. Sería lindísimo que todo el mundo fuera a votar a favor de una candidatura que siente que le representa, pero eso no siempre va a ocurrir. La gente hace sus valoraciones y hay que respetarlas. Todos los votos cuentan: los emitidos con una gran convicción y los que se hacen con la lógica para evitar el mal mayor. Que ahora tiene un rostro prosaico de populismo con altos niveles de autoritarismo y de engaño.

Lo personal es político. Por eso las elecciones nos pueden descolocar, y eso no es necesariamente negativo, habla bien de nosotros, de nuestra humanidad, de que aun somos gente que nos preocupa e interesa el bien común y la reserva democrática que todavía tenemos y que es, ni más ni menos, lo que está en juego.

Noche de paz… bienvenida la veda electoral

Vilma Leandro Zúñiga

Ha sido un año difícil, con pocas alegrías comunes, ni siquiera al Mundial clasificamos, con el agravante del papelón en la eliminatoria. Así que no ha sido un tiempo satisfactorio para nuestro país.

El hecho de que este sea un periodo preelectoral, en momentos de tanta crispación, es otro factor que aumenta la pesadez. No vale la pena hacer la lista de aspectos que nos afectan el ánimo, pues sería interminable.

Sin embargo, hay un factor que quiero destacar: los ánimos exaltados de diversos actores políticos. Los permanentes señalamientos, algunos de ellos incluso cruzan el nivel del respeto básico, han sido el “mantra” de cada día y nos han aturdido en un nivel que ya está generando un gran cansancio y desgaste mental y emocional entre una buena parte de la población.

Dimensión emocional de la política

Señalo esto porque trabajo en el ámbito de la salud mental y me preocupan profundamente los efectos que esta forma de hacer política en el país pueda tener en el estado de ánimo de las personas y, por lo tanto, en la vida familiar, comunitaria y nacional.

El síntoma más evidente es que los conflictos están a flor de piel, además de que los actos de violencia, casi de cualquier tipo, son cada vez más frecuentes, graves y crueles.

Partamos del principio de que la política hace la diferencia en la vida de la gente. Eso ha sido siempre así y en todos los países. Por ejemplo, en Finlandia la educación desde el preescolar hasta la secundaria es mayoritariamente pública, gratuita y financiada por el Estado. De sobra es conocido ese país por sus altos niveles de educación.

O, en el caso negativo, Perú tiene leyes que promueven la impunidad de crímenes de lesa humanidad cometidos por militares y terroristas durante sus conflictos armados internos, creando en ese país una continua crisis política. La política, en cuanto tiene que ver con toma de decisiones sobre la vida pública, nos afecta a todas las personas, nos involucremos o no en ella.

Salud mental como fenómeno social y político

La salud mental de una población no solo tiene que ver con ir a terapia, con tomar medicamentos o con hacer ejercicio. El asunto es más amplio y, si se quiere, más complicado que eso.

Diversos organismos internacionales, así como estudios científicos, revelan que existe lo que se llama “determinantes sociales de la salud mental”, entre los que están: la pobreza y la desigualdad social, el acceso a servicios de salud, los estilos de vida, el acceso a vivienda digna, la estabilidad laboral y lo que se conoce como “factores psicosociales”, que se relacionan con el tipo de relaciones interpersonales que se den en el contexto, los niveles de apoyo y cohesión social, entre otros.

Es decir, está comprobado que la salud mental de las personas no depende solo de los esfuerzos individuales de cada quien para mantenerse a flote a nivel mental y emocional, sino que existen aspectos más amplios y relacionados con las políticas públicas que se generen (o no) y que cumplen un papel decisivo.

El riesgo del odio como lógica política

Vuelvo al año difícil del inicio. Parece que no nos está yendo muy bien en cuanto a esos determinantes, especialmente, en lo que tiene que ver con el apoyo y la cohesión social.

Da la impresión de que hemos optado como sociedad por la política del odio y de la venganza (¿revanchismo político quizá?), porque, aunque nos parezca difícil de creer, el odio puede ser un proyecto político. A lo largo de la historia hemos visto como se han sostenido por muchos años regímenes políticos a punta de odio. El nazismo es un ejemplo emblemático.

El problema del odio como proyecto político es que no solo es un afecto o una emoción a nivel individual, sino que se generaliza y se convierte en un sentimiento social que termina, más tarde o más temprano, destruyendo todo el tejido social, a todo un país.

El odio es una especie de aire nocivo que impregna toda la vida social, donde todos perdemos, porque el “otro” ya no es visto como un adversario político que está en igualdad de condiciones, sino como un enemigo al que hay que destruir y eliminar.

Ese el principio del fin de la paz social, uno de nuestros sellos más preciados.

Apostar por la reconciliación para salvar el futuro

La Organización Mundial de la Salud sostiene que la fragmentación social debilita los lazos comunitarios y aísla a las personas. El clima cambiante y agitado de la polarización social produce estrés emocional y termina afectando hasta la vida económica de las sociedades.

Se sabe que es más difícil la paz que la guerra, la armonía que la bronca, pero es urgente que cambiemos el proyecto de venganza por el proyecto del futuro.

Necesitamos ofrecerle a nuestra niñez y juventud opciones potables no solo para su futuro, sino para su presente. Necesitamos recuperar nuestra calma, nuestra seguridad básica, nuestro equilibrio interno, capearnos las oleadas de “echar carbón” que intentan meternos, pues se sabe que cuando las personas están alteradas, pierden su capacidad de razonamiento, actuando de forma impulsiva. Nada positivo sale de eso.

“No hay pueblos condenados”, eso dice Diana Uribe, una destacada filósofa colombiana estudiosa de la historia de la humanidad. Apostemos, entonces, por la reconciliación, por la reparación del daño y por la esperanza. Vamos a necesitar muchas agallas, diálogo, humildad y compasión para eso.

Tal vez un buen inicio para atemperarnos sea respetar la veda electoral que inició el 16 de diciembre, según el Código Electoral, de manera que podamos tener una verdadera noche de paz y dejar el odio… porque llegó Navidad y porque el tiempo sigue y nos toca compartir un país al que la mayoría amamos y deseamos verlo prosperar.

Imagen: https://sociograma.net/cohesion/

Lanzamiento del documento “Una propuesta para pensar, analizar y trabajar la violencia que agobia nuestros días”

El Núcleo de Investigación y Acción en Psicología y Violencia invita al lanzamiento de su más reciente documento de trabajo, titulado “Una propuesta para pensar, analizar y trabajar la violencia que agobia nuestros días”, el cual busca abrir un espacio de reflexión crítica y acción frente a las múltiples expresiones de violencia que afectan la vida cotidiana de las personas y comunidades en Costa Rica.

El documento parte del compromiso ético y profesional de la psicología con la transformación social, proponiendo herramientas conceptuales y metodológicas que permitan abordar la violencia desde una perspectiva integral. La propuesta incluye ejes para el análisis de la violencia estructural, simbólica, de género y comunitaria, con el fin de aportar insumos para la acción profesional, institucional y colectiva.

🗓 Fecha: Lunes 17 de noviembre de 2025
💻 Modalidad: Virtual (Zoom)
📲 El código QR del afiche permite acceder directamente al enlace de la reunión.

Carta abierta a la institucionalidad universitaria: Hablemos de salud mental, la precarización laboral y la violencia simbólica

MSc. Luis Rojas Herra*

Me dirijo a la institucionalidad universitaria no desde la comodidad del aula ni desde la neutralidad de los informes técnicos con el fin de llenar requisitos del POA, sino desde el cansancio acumulado de quienes sostienen con su cuerpo, su deseo y su precariedad los engranajes del sistema educativo. Desde quienes aman la docencia y la investigación, pero se encuentran ahogadxs en un océano de tareas mal remuneradas, evaluaciones continuas, burocracia interminable y una cultura institucional que glorifica la autoexplotación como si fuera sinónimo de compromiso académico.

La salud mental en la universidad se ha convertido en una bomba de tiempo silenciada. El discurso del bienestar circula como política de imagen, pero no como práctica estructural. Se organizan semanas de salud mental, talleres de mindfulness (así en lenguaje liberal) y charlas de autocuidado, mientras en la práctica los ritmos de trabajo y los niveles de exigencia se intensifican.

Largas jornadas frente a la pantalla, la multitarea permanente y la competencia entre colegas por fondos o reconocimientos institucionales han instalado el cansancio crónico como norma. La universidad, que debería ser espacio de pensamiento crítico y emancipador, se ha transformado en una máquina de productividad emocional que devora la subjetividad de quienes la habitan.

La autoexplotación se ha naturalizado. Se aplaude al docente o investigador que trabaja fines de semana, que responde correos a medianoche, que asume más carga académica “por compromiso con el estudiantado” o “la persona que se pone la camisa de la institución”.

Pero detrás de esa mística del sacrificio del ¨buen empleado¨ hay un sistema que se sostiene en la vulnerabilidad emocional y económica del personal. Los salarios fraccionados (1/4 y 1/2 tiempos), especialmente en los rangos más bajos, son insuficientes para cubrir el costo real de vida. En contextos donde el alquiler, los alimentos y los servicios básicos aumentan cada mes, la perdia de garantias laborales como las anualidades congeladas, la imposibilidad de aumentar la jorda laboral por meio de un 16 bis1, la fata de trnasparencia institusional en estos procesos y el desinteres de las autoridades equivalen a una forma de violencia institucional: una que erosiona lentamente la salud física, la estabilidad emocional y la dignidad profesional.

La precarización no es solo económica, es también simbólica. Se espera que la academia sea un espacio meritocrático donde el conocimiento y el esfuerzo bastan para abrir caminos, pero la realidad es otra: los cuerpos y las identidades disidentes siguen enfrentando barreras invisibles. Las personas LGBTIQ+, especialmente quienes habitamos corporalidades cuir, seguimos cargando con la sospecha institucional. Nuestras existencias son toleradas en tanto no incomoden el orden normativo; nuestras investigaciones son aceptadas mientras se mantengan en el margen del “tema especial” y no cuestionen de raíz las estructuras cisheteronormativas de la producción del saber.

Esta violencia simbólica tiene efectos concretos en la salud mental. Vivir permanentemente en un entorno que exige disimular, traducir o justificar la propia existencia produce un desgaste profundo.

La universidad debería ser un refugio frente a estas violencias, pero muchas veces las reproduce con una sutileza institucionalizada. Se promueve la diversidad como valor, pero sin transformar los mecanismos estructurales de exclusión. Se firman políticas de igualdad, mientras los protocolos de atención siguen sin reconocer la complejidad interseccional de las diversas condiciones de vida de sus empleadxs. Se habla de inclusión, pero los espacios de decisión continúan ocupados por persons previlegiadas que no muestran empatia por las condiciones laborales precarias y violentas.

En ese contexto, la salud mental no puede abordarse como un asunto individual. No se trata de aprender a respirar mejor ni de asistir a talleres de resiliencia. Se trata de reconocer que la precarización material y simbólica mata lentamente. Que la ansiedad y la depresión no son solo diagnósticos clínicos, sino síntomas de un sistema que prioriza los indicadores de desempeño sobre el bienestar humano. Que la autoexplotación no es un acto de amor al trabajo, sino una estrategia de supervivencia frente a la inseguridad laboral.

El bajo salario, la sobrecarga de tareas y la exigencia constante de resultados no solo afectan el cuerpo, sino también el deseo de crear, investigar y acompañar procesos educativos transformadores. Nos encontramos en un punto donde la vocación se convierte en trampa: se nos pide pasión, pero se nos niegan las condiciones para vivirla dignamente. La pasión sin justicia social se transforma en explotación emocional.

Frente a esto, exigimos una transformación estructural, no paliativos simbólicos. Queremos universidades que no midan su excelencia por la cantidad de publicaciones, sino por la calidad de los vínculos que promueven. Queremos que la salud mental sea reconocida como una cuestión política y colectiva. Que se hable de bienestar junto con redistribución, de inclusión junto con justicia económica, de diversidad junto con descolonización del saber.

Las universidades deben dejar de ser espacios de sufrimiento normalizado. No queremos más docentes agotadxs, estudiantes medicadxs por ansiedad o funcionaries que sobreviven a punta de café y precariedad. Queremos espacios donde el pensamiento crítico no se quede en el discurso, sino que atraviese las prácticas institucionales, los presupuestos, las jerarquías y las políticas laborales.

Exigimos respeto, redistribución y reconocimiento. Queremos seguir produciendo conocimiento, pero sin que ello implique enfermarnos. Queremos enseñar, pero también vivir. Queremos que el amor por el trabajo académico no sea el disfraz de la explotación.

La universidad tiene la oportunidad —y la obligación— de repensarse como espacio de cuidado mutuo, de dignidad y de justicia. Pero eso solo será posible si escucha las voces que históricamente ha silenciado: las de quienes hemos sostenido el sistema desde la marginalidad, desde el deseo, desde la precariedad y desde el agotamiento.

La salud mental universitaria no se cura con pausas activas ni con campañas motivacionales. Se cura con justicia laboral, con sueldos dignos, con políticas reales de inclusión y con una pedagogía del cuidado que no tema incomodar la norma. Hasta que eso ocurra, seguiremos insistiendo: nuestra existencia, nuestro cuerpo y nuestra salud no son negociables.

*Artista seropositivo e investigador académico.

Imagen: Cartel del Frente Gremial UNED, colocado en las gradas de acceso frente a la Vicerrectoría en el edificio C, Sabanilla Montes de Oca.

1 Desde mediados de los 2025 recursos humanos de la UNED, no acepta solicitudes de 16 Bis para aumento de jornadas laborales por la crisis financiera para la educación superior.

Hablemos de salud mental en tiempo de cáncer, más allá del diagnóstico

Programa Alternativas – Colectivo Reflexión y Acción

El programa Alternativas, producido por el Colectivo Reflexión y Acción, invita al conversatorio “Hablemos de la salud mental en tiempo de cáncer: más allá del diagnóstico”, un espacio para dialogar sobre los retos emocionales, sociales y espirituales que enfrentan las personas con cáncer y sus familias.

La transmisión será el viernes 7 de noviembre de 2025 a las 6:00 p.m. (hora Costa Rica), en vivo por las plataformas Facebook Live, YouTube y Spotify del programa.

Panel invitado

Laboratorio LADIPAP®
Referencia diagnóstica con más de 21 años de experiencia en pruebas genéticas y moleculares, histología, patología, servicios de citología y biopsia.

FUNCAVIDA
Participa Juan Carlos Solano, en representación de la Fundación Calidad de Vida para las Personas con Cáncer.
FUNCAVIDA, con sede en San Ramón, Alajuela, tiene alcance nacional e internacional. Su fundadora comparte un testimonio vivo de lucha contra la enfermedad.

Luis Chacón Mora y María del Rosario Castro Castro
Motivados por la necesidad de acompañamiento tras un diagnóstico de cáncer, colaboran con FUNCAVIDA y la Asociación Acompáñame, que brinda servicios de apoyo y atención desde la clínica del dolor del Hospital de San Ramón.

La reflexión pondrá en el centro la importancia del acompañamiento integral y la solidaridad frente a la enfermedad, reconociendo que la salud mental es parte esencial del proceso de vida y recuperación.

El espacio se transmitirá también por Radio Guanacaste 106.1 FM, Radio Soberanía, Radio Revolución, 506 Ondas Alajuelita Radio, y Radio Voces Libertarias 97.3 FM.