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Etiqueta: democracia participativa

¿Hacia cuál República?

Por Arnoldo Mora

Obedeciendo a las normas constitucionales, nuestro país ha iniciado un nuevo período de gobierno para los próximos cuatro años, pero que, en este caso, de “nuevo” sólo tiene algunas caras. El dúo que estuvo al mando en el cuatrienio anterior, Pilar Cisneros en la Asamblea Legislativa y Rodrigo Chaves al frente del poder ejecutivo, se mantiene incólume, pero ahora con un poder mayor, ya que controla la Asamblea Legislativa, pues la fracción mayoritaria es dirigida por personas que tuvieron altos puestos de poder muy cercanos al entonces presidente Chaves. En consecuencia, hoy tenemos un gobierno que es la continuación del anterior, pero gozando de un mayor poder; lo que hace soñar a sus dirigentes con convertirse en un movimiento que trascienda el, hasta ahora, indiscutible liderazgo de su fundador, lo cual equivale a pasar del caudillismo de Rodrigo Chaves a un movimiento chavista, esto es, de Chaves al chavismo, lo cual le daría permanencia en la historia política de nuestro país. La diferencia no radica en las personas que gobiernan sino en el proyecto político que los motiva a ejercer ese poder. Más aún, si llegan a controlar el tercer poder, el Judicial, entonces ese poder se vuelve absoluto.

Lo único verdaderamente rescatable y que reviste carácter de auténtico programa del gobierno de Doña Laura Fernández, es que, en su desabrido discurso de toma de posesión, en una ceremonia aderezada por el populismo religioso (nuestros prohombres liberales del pasado deben estar revolcándose de rabia en sus tumbas), anunciara el advenimiento de la TERCERA REPÚBLICA. Pero para realizar esa ambiciosa meta necesita el control total de la institucionalidad republicana, esto es, no sólo los tres poderes constitucionales, sino también otras instituciones no menos importantes, como el Tribunal Supremo de Elecciones, la Contraloría General de la República y, por supuesto, el aparato represivo. Pero, como postula la filosofía política, para que haya democracia se requiere que se haya creado anteriormente el Estado Nación. Por lo que la creación de éste no se hace democráticamente, sino despóticamente, como lo hizo Braulio Carrillo, el arquitecto del Estado Nación. Otro tanto sucedió con la creación de la Segunda República, obra de un Gobierno de facto con rasgos dictatoriales, como fue la Junta de Gobierno presidida por José Figueres Ferrer durante 18 meses (1948-1949) y que dejó como legado la promulgación de la Constitución que actualmente rige el quehacer político de la nación.

El equipo que ahora asume la dirección de los dos primeros poderes constitucionales de la República, considera que el orden político que actualmente nos rige desde 1949, ha periclitado. Esta obsolescencia se muestra de manera patente en la crisis de los partidos políticos despectivamente calificados como “tradicionales”. Frente a tal dolencia, la propuesta de la señora Presidente es radical: forjar una Tercera República; con lo que Costa Rica iniciaría una nueva e inédita etapa de nuestra historia republicana. Más que una propuesta, estaríamos ante una verdadera ¡revolución!, aunque el término no se pronuncia porque asusta. Lo novedoso es que esta “revolución” no se haría como fruto de una sangrienta guerra civil, sino mediante procedimientos pacíficos pero con el mismo fin: erradicar el decadente orden constitucional vigente en las últimas décadas. Lo que comenzó con el fin del bipartidismo y el triunfo del PAC, se convierte ahora en el intento de suprimir la democracia basada en los partidos, vigente en Costa Rica luego de los eventos violentos de Octubre de 1889, dando como resultado el dominio total de un solo partido: el gobernante. Los otros partidos, actualmente representados en la Asamblea Legislativa, Liberación Nacional y el Frente Amplio, serian reducidos a una simple presencia testimonial, como le está pasando a los otros partidos “tradicionales”, el PUSC y el PAC. En otras palabras, sería el fin de la democracia pluralista… ¿Es eso el fin de la democracia sin más?

Pienso que hay que tomar muy en serio lo proclamado por la Presidente Fernández. Sería una ceguera, que las nuevas generaciones no nos perdonarían, si creemos que para preservar los valores democráticos de que tanto blasonan los costarricenses, nos empeñáramos en mantener las cosas como están. No es preservando el statu quo como se logrará eso. Hay que asumir el reto, pero no con los métodos y propuestas de quienes hoy lideran el gobierno como son el tándem Pilar Cisneros-Rodrigo Chaves, cuya cabeza visible pero con un poder real muy limitado, al menos hasta el presente, son Laura Fernández en Zapote y Nogui Acosta en Cuesta de Moras. Ellos mantendrán el poder en forma casi omnímoda durante los próximos meses considerados “la luna de miel” que a todo nuevo gobierno le concede la tradición política nacional. Pero con el normal deterioro del ejercicio del poder, el movimiento político chavista, que no es un partido, se podría resquebrajar; con lo que este ambicioso proyecto, se vería seriamente comprometido y correría el riesgo de naufragar.

Esto no obstante, hay que tomar muy en serio este desafío a la democracia tal como ha venido dándose en nuestro país. Ciertamente la propuesta de la creación de una Tercera República tal como la propone la presidente, constituye una medicina peor que la enfermedad que pretende sanar; pero no por ello el mal desaparece. Si los partidos de oposición se limitan a combatir al chavismo, mucho me temo que no se logrará el objetivo de preservar y acrecentar nuestra herencia democrática. Es necesario ir forjando una alternativa al malestar generalizado, que amplias capas de nuestra población vienen mostrando en las dos últimas décadas de manera reiterativa. Si queremos evitar el colapso de nuestra institucionalidad democrática, debemos ir creando las condiciones para forjar otra forma de democracia que no sea la basada preponderantemente en los partidos. Se requiere de una democracia directa y participativa. Para ello, se debe comenzar, como hicieron nuestros próceres liberales del siglo XIX, por fortalecer y modernizar la educación pública en todos los niveles. Se deben fortalecer las instituciones, base de nuestra democracia, como el Poder Judicial, la CCSS, el ICE, el AyA, así como las instituciones que tienen como objetivo la defensa de la niñez, la juventud, los adultos mayores, la vivienda popular y a los pueblos originarios. Es necesario organizar las comunidades para combatir el crimen organizado, promover el bienestar comunal y hacer que nuestro interés en los asuntos públicos no se limite a la participación en las campañas electores, cada vez más insípidas, sino que sea permanente y bien informada. Para ello, los medios de comunicación, tanto nacionales como locales, la prensa bien informada y las redes sociales, deben convertirse en escuelas de civismo. Si hablamos de educación permanente, ésta debe darse ante todo en el cultivo de los valores cívicos. Los partidos políticos deben dejar de ser meras maquinarias electorales y convertirse en escuelas de formación de cuadros políticos. En fin, la tarea que deben asumir las actuales generaciones es inmensamente importante, pues se trata de forjar la Patria que han de disfrutar nuestros hijos y nietos en las próximas décadas. Por eso, cuando doña Laura Fernández habla de una Tercera República, debemos preguntarnos cuál: ¿una Tercera República o una república de tercera?

Aplaudimos el desastre o buscamos el cambio

Abelardo Morales Gamboa

Termina mayo florido y comienzan las lluvias. Se ha vuelto una costumbre para mí que esa transición me anime a escribir sobre la coyuntura nacional. Esta vez coincide con el inicio de un nuevo gobierno, uno que ha decidido presentarse como el gobierno de la continuidad.

Y, en efecto, la continuidad más visible es la crisis. No una crisis cualquiera, sino una que atraviesa prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional: la desastrosa gestión del Estado y de la institucionalidad pública, la crisis fiscal latente, el estancamiento económico, el deterioro social y la inseguridad ciudadana.

Otro rasgo de continuidad es la permanencia del mismo grupo político en el poder. Con algunas variantes, claro. Ministros convertidos en diputados, diputados trasladados al gabinete, otros enviados a puestos diplomáticos. A ello se suma la incorporación de varios tránsfugas de los viejos partidos políticos. No hay aquí cambio alguno, sino continuidad: figuras que heredan los estilos clientelares, el intercambio de favores, el oportunismo y la corrupción del viejo modelo aparecen ahora como los nuevos reclutas de quienes controlan el gobierno.

Un tercer rasgo de continuidad es la retórica antiinstitucional, acompañada de poses agresivas y pulsiones autoritarias. La semiótica del escándalo sigue siendo la identidad corporativa del gobierno. El grupo en el poder parece invertir más energía en repartir adjetivos que en construir objetivos.

Pero son las tendencias estructurales las que terminan marcando la coyuntura. Omitiré, por consideración a ustedes, lectores y lectoras, otras referencias a la escasa prestancia política de quienes nos gobiernan.

Todas las señales de una grave crisis fiscal amenazan las condiciones de vida de la población costarricense en el futuro inmediato. Sin excepción. Ya lo habían advertido diversos analistas económicos y lo ha reconocido el propio Banco Central. El resultado previsible será más desigualdad y más pobreza, recortes en programas sociales y el desfinanciamiento de actividades estratégicas consideradas prescindibles por la lógica simplificadora de una narrativa pseudopopulista.

La economía no crece, pero la moneda local permanece sobrevaluada. Sin embargo, lejos de encender alarmas, el problema es reducido a meros tecnicismos. Los elevados niveles de consumo de algunos grupos sociales, en particular de altos ingresos, evidencian no solo una distribución profundamente desigual de riqueza, sino también, en ciertos casos, lo que parece ser el endeudamiento, estilos de vida ostentosos y, en muchos otros, la circulación de capitales al margen de las economías legales. La economía se aproxima a una situación crítica, pero seguimos flotando sobre una burbuja. El mercado laboral ha perdido dinamismo, expulsa fuerza de trabajo y ha clausurado posibilidades de ascenso social para trabajadores y trabajadoras, especialmente entre los jóvenes.

El economista agrícola que presidió el país durante los cuatro años anteriores y que ahora se posesiona como superministro, así como su flamante ministro de Hacienda, hoy jefe de fracción oficialista, no supieron cómo —o no quisieron— resolver esa crisis.

Por su parte, una escalada de violencia criminal galopante, impulsada por el crimen organizado, continúa ensañándose con el costarricense común y corriente, aquel que no dispone de escoltas pagados por el presupuesto público. Los ciudadanos seguirán siendo víctimas de aquella sentencia inescrupulosa: “se matan entre ellos”. Víctimas inocentes de una guerra que durante cuatro años no supieron resolver.

La crisis educativa amenaza con sembrar la ignorancia en un pueblo que durante décadas se distinguió por ser uno de los más educados de América Latina. Este gobierno contó con una ministra que se suponía experta internacional en materia educativa; sin embargo, su currículum nunca se tradujo en una ruta capaz de enfrentar la crisis de la educación.

Además, los programas sociales se han estancado porque el gobierno central les retiene el financiamiento. Las familias que dependen de becas, subsidios y pensiones quedan amenazadas por el abandono y la incertidumbre. Nunca hubo jerarcas verdaderamente comprometidos con la defensa del Estado social de derecho; prevalecieron el miedo y la sumisión.

En pocas palabras, esta crisis estructural se amplió y profundizó bajo una mezcla de incapacidad política y falta de voluntad. Más allá de las explicaciones oficiales, el efecto acumulado de las decisiones adoptadas ha sido el debilitamiento de las capacidades públicas del Estado y la apertura de espacios para que instituciones estratégicas —como el ICE, la Caja Costarricense de Seguro Social y los bancos estatales— queden sujetas a crecientes presiones privatizadoras y a los intereses del capital transnacional.

Ni qué decir de la política exterior y de su desatinada gestión. Para mal del país, bajo la amenaza de convertir el servicio diplomático en una especie de trofeo político para pagar favores a financistas, incluso para compensar la complicidad política para el ocultamiento de casos de corrupción y otros posibles graves delitos. Seguiremos siendo -quizás en el menor de los casos- motivo de burla en el sistema internacional, ahora representados diplomáticamente por figuras que no reúnen las capacidades para el ejercicio de las funciones propias del servicio exterior, mucho menos la estatura requerida para representar al país en el cargo de embajadores. No se trata solo de posible corrupción sino de poner en riesgo la imagen internacional del país.

Y, sin embargo, en la continuidad, el gobierno sigue encabezado por un grupo que goza de aplauso popular. Al menos, de una porción significativa de los costarricenses. Ello se explica, entre otras cosas, porque el malestar social no ha sido conducido en búsqueda de cambios estructurales, sino que ha sido capturado emocionalmente por narrativas, escenografías mediáticas y símbolos propios de los neopopulismos del siglo XXI. También porque no ha habido capacidad ni voluntad para entrar seriamente en la disputa del control del campo mediático. Algunos medios de comunicación -y que fueron llamados canallas por ser en apariencia críticos al grupo en el poder- han comenzado a alinearse: eso les depara el pago de parte de la pauta publicitaria del gobierno.

Los grupos vinculados a ciertas iglesias, al neoconservadurismo protestante y a sectores del catolicismo llenan con discursos moralizantes y seudorreligiosos los vacíos de contenido cívico y cultural que hoy dificultan la construcción de proyectos políticos transformadores, al menos en el corto plazo. También su oportunismo es evidente: sacan réditos políticos de la crisis de la política social y del recorte de financiamiento a programas sociales. La alianza con el grupo en el gobierno no es solo por interés político u oportunismo religioso, también responde a cálculos clientelares.

También el empresariado ha decidido apostar sus cartas al grupo gobernante y poco parece importarle el oscuro panorama económico y fiscal, la ruina de la producción nacional, la quiebra de empresas o su fuga hacia otros destinos. Su silencio no parece explicarse únicamente por miedo; también da la impresión de responder a un cálculo político.

Todas estas crisis, así como los nuevos e inevitables riesgos políticos que ella entraña, evidencian la declinación del viejo modelo de hegemonía, una reconfiguración de las relaciones de poder y la pérdida de capacidad de dirección por parte de los viejos partidos, sus élites y sus cuadros dirigentes.

Este grupo, carente de dirección, sin proyecto político y aún menos capacidad para responder a los problemas aquí enumerados, apenas ocupa ese vacío. Pero lo hace con materiales tan precarios que el suelo sobre el que todos caminamos se vuelve cada vez más inestable.

La capacidad de resistencia política y social ha comenzado a manifestarse. Esa es una buena señal. Sin embargo, como ocurrió durante los cuatro años anteriores, aparece de forma intermitente, con compromisos limitados y entusiasmo insuficiente. Su conducción sigue siendo débil debido, especialmente, a la escasa voluntad de construir acuerdos y avanzar hacia una unidad estratégica que no se limite a las corporaciones sindicales o académicas, sino que incorpore de manera más amplia a la sociedad civil.

La esperanza debe seguir puesta en un despertar cívico, en esa identidad costarricense arraigada en el valor de las instituciones, los acuerdos y el respeto a las leyes. Pero eso no surge por arte de magia: hay que construirlo y requiere esfuerzo, constancia y trabajo. Así fue como este país logró sobrevivir frente a las dictaduras y los autoritarismos que históricamente lo amenazaron.

Será por ese camino, mediante una identidad costarricense que debe ser reinventada, y nunca por los acantilados del fascismo y las autocracias, que los costarricenses podremos conversar, negociar y concertar soluciones cívicas a nuestros problemas comunes. Con democracia participativa y no con autoritarismos verticales.

Nota editorial: La ilustración corresponde a una obra del pintor costarricense Ricardo Ávila.

Convergencia Ética y Humanista para una Tercera República

Álvaro Vega Sánchez, sociólogo

El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca más lo que une que lo que separa.
Papa León XIV, Encíclica Magnifica Humanitas

La llamada Tercera República, de la que venía hablando desde hace rato la Asociación de Empleados Públicos (ANEP), en la persona de su dirigente Albino Vargas, y ahora el nuevo gobierno, en la persona de la presidenta Laura Fernández, es una necesidad exigida por un país donde se han venido socavando los pilares fundamentales que lo han sostenido hasta ahora: salud, educación, infraestructura y energía. Pero que también ha dado muestras, a través de su historia republicana, que ha tenido la inteligencia política para abrirse nuevos y mejores horizontes cuando las circunstancias lo han exigido.

Un proyecto de una Tercera República no debe ser una consigna política para atraer clientela electoral. Es asumir el desafío de reconstruir los nuevos cimientos políticos, económicos, sociales y culturales del país, para consolidar la Costa Rica democrática de la justicia social, la paz y la sostenibilidad. Implica, principalmente, concertar voluntades, más allá de los intereses partidarios e ideológicos. Para ello, se requiere, ante todo, de una verdadera convergencia ética y humanista como la que unió a un comunista, un socialcristiano y un líder católico de gran sensibilidad social, para crear los cimientos sociales de la Segunda República.

La agenda para avanzar hacia una Tercera República, que incluye una nueva visión de país, exige una estrategia política para el desarrollo económico sostenible, la profundización de una democracia participativa y el bienestar social, que se tiene que construir desde el diálogo y la concertación. La llamada Segunda República, producto de una concertación que recuperó y profundizó la reforma social de los años 1940, no fue una consigna político-electoral y no obedeció a cálculos ideológico-partidistas; fue el resultado del ejercicio de la sabiduría política de un liderazgo que se sentó a dialogar y a trabajar por el país. Un liderazgo que supo leer los signos de su tiempo y se abocó, con profundo sentido patriótico y visión de largo plazo, a construir una legislación e institucionalidad que garantizaran bienestar y prosperidad para las mayorías.

Actualizar aquella valiosa iniciativa, atendiendo a los signos de los nuevos tiempos, requiere una sabiduría política similar. Una capacidad de escucha para conjuntar las mejores ideas y propuestas, abriendo el corazón al otro, como señala el papa León XIV. En aspectos fundamentales, como el energético entre otros, la salida no es seguir acicateando el pulso político entre fracciones en la Asamblea Legislativa, tampoco convocar a un referéndum cuando no se logra el consenso necesario. Por esa vía continuamos con la vieja política que profundiza la polarización y el distanciamiento, un clima que calienta los ánimos y que necesitamos superar cuanto antes, si es que pretendemos avanzar al ritmo que exigen las actuales circunstancias.

El pueblo eligió a una fracción mayoritaria del partido gobernante, pero con un contrapeso que no le permite aprobar los proyectos que requieren 38 votos, sin la debida negociación con la oposición. Por lo tanto, en esos y en todos los proyectos, se requiere construir consensos máximos antes de llevarlos al plenario a votación. Y en este sentido, tiene que prevalecer la buena voluntad política para concertar tanto por parte del gobierno como de la oposición. Sin ese espíritu y talante políticos continuaremos profundizando la polarización y, con ello, postergando los cambios profundos que demanda el país.

El pueblo apostó por el cambio una vez más. Cifra sus esperanzas, hasta ahora frustradas, en la construcción de una posible Tercera República. Sin embargo, no dio un cheque en blanco al gobierno para que impusiera su agenda, tampoco a la oposición. Invitó a ambos a sentarse reposadamente a solucionar los álgidos problemas del país por la vía del diálogo y el entendimiento. En este sentido, actúo con sensatez e inteligencia política. Las fuerzas políticas deberían valorar el mensaje que la ciudadanía les está enviando. Una oportunidad para conjuntar esfuerzos y abrir horizontes más esperanzadores. Queda por verse quiénes realmente están apostando por el bien común del país y quiénes solo por sus intereses de mantenerse en el poder o acceder al mismo.

Para asumir el desafío que significa construir una Tercera República hay que atender al llamado del papa para ejercitar la voluntad que une y emular a los gestores de la Segunda República, quienes supieron legar a las generaciones venideras una patria más justa y prospera, buscando convergencias desde una plataforma de profundo contenido ético y humanista.

 

 

Ana Cecilia Jiménez: las etiquetas ideológicas funcionan como mecanismos de descalificación y “macartización” política

En el marco del programa Alternativas, realizado recientemente bajo el tema “Más allá de las etiquetas: el lenguaje ideológico que oculta la desigualdad y la acumulación de riqueza en el sistema capitalista”, la socióloga, trabajadora social y presidenta de ACODEHU Ana Cecilia Jiménez Arce presentó una reflexión crítica sobre el uso de etiquetas ideológicas como instrumentos de descalificación política y construcción de discursos de odio.

El texto desarrollado por la autora, titulado “Estereotipos, etiquetas, el macartismo ideológico”, analiza cómo determinados conceptos y símbolos políticos son utilizados desde estructuras de poder mediático, político e ideológico para simplificar, estigmatizar y desacreditar a personas, movimientos sociales y corrientes de pensamiento.

Jiménez parte de una referencia al discurso del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, durante una cumbre de líderes progresistas realizada en Barcelona el 18 de abril de 2026. Allí, Sánchez reivindicó públicamente términos utilizados históricamente de forma peyorativa contra sectores progresistas, feministas, ecologistas o de izquierda.

La autora rescata especialmente la frase:

“Nunca te avergüences de tus ideales… el mundo necesita más gente como tú”.

A partir de ese punto, sostiene que las etiquetas ideológicas funcionan frecuentemente como mecanismos de “desdibujamiento del otro”, orientados a desacreditar adversarios políticos y construir imaginarios de amenaza social.

El documento plantea que expresiones como “zurdo”, “rojo”, “progre”, “verde” o “comunista” adquieren significados específicos dependiendo del contexto histórico y cultural donde son utilizadas. Según Jiménez, estas palabras dejan de ser simples categorías descriptivas y pasan a convertirse en instrumentos de confrontación política y exclusión simbólica.

En su análisis, la autora afirma que la prensa mediática y los sectores de ultraderecha utilizan frecuentemente discursos de odio y estrategias de simplificación ideológica para generar confrontación social y legitimar posiciones autoritarias.

Como ejemplo, menciona declaraciones y discursos políticos recientes en Costa Rica y América Latina, vinculados con la idea de “limpiar de comunistas” determinados espacios sociales o institucionales.

Jiménez sostiene que las etiquetas operan como “mapas simbólicos” cargados de contenido histórico, religioso, cultural e ideológico. Bajo ciertas condiciones políticas, afirma, esas etiquetas son utilizadas para menospreciar, deslegitimar y generar ambientes de agresividad irracional contra personas o colectivos.

El texto también analiza ejemplos históricos relacionados con el color rojo asociado al comunismo, la revolución y la amenaza durante la Guerra Fría, así como el uso del color verde para referirse a movimientos ecologistas, frecuentemente descalificados desde posiciones desarrollistas o extractivistas.

En esa línea, la autora cita al lingüista y analista político Noam Chomsky, señalando que el problema surge cuando las etiquetas “congelan significados” y reducen realidades políticas complejas a categorías simplificadas.

Jiménez concluye que las etiquetas, utilizadas desde grupos de poder en contextos históricos determinados, suelen asociarse a memorias de violencia política y mecanismos de persecución ideológica.

El documento cierra con una reflexión sobre las funciones simbólicas y prácticas de las etiquetas políticas, entre ellas la identificación rápida, la construcción de identidad colectiva, la simplificación mediática y la movilización emocional.

Como anexo, la autora incorpora además un comentario crítico sobre las tensiones entre el expresidente Miguel Ángel Rodríguez y el expresidente Rodrigo Chaves respecto al Poder Judicial, utilizando ambos casos para contrastar actitudes frente a la institucionalidad democrática y la rendición de cuentas.

La participación de Ana Cecilia Jiménez formó parte del espacio de análisis impulsado por Alternativas, dedicado a discutir el lenguaje ideológico y las formas discursivas utilizadas para ocultar desigualdades estructurales y procesos de acumulación de riqueza en el sistema capitalista.

Comunismo y democracia (4)

Manuel Delgado
Parte 1:
https://wp.me/p6rfbZ-yQy
Parte 2:
https://wp.me/p6rfbZ-yRo

Parte 3: https://wp.me/p6rfbZ-yRE

Jean Jacques Rousseau, el gran mentor de la revolución burguesa, soñaba en una democracia directa, ejercida en pequeñas comunidades similares a las ciudades-estado atenienses, soberanas de pequeños territorios y conformadas por pequeñas poblaciones. Iguales a la griega, esas democracias eran directas, sin intermediarios.

Platón creía que las ideas de nuestras cabezas individuales estaban misteriosamente unidas a las Ideas, que vivían en una especie de mundo aparte. Esa unidad nuestra con esas Ideas verdaderas era los que le daba sentido de realidad al mundo. En Rousseau la voluntad del ciudadano estaba también misteriosamente ligada a una Voluntad General, que nos rodeaba de la misma forma que el Éter, esa misteriosa sustancia que según los antiguos físicos llenaba el universo entero, permitiendo su actuación, permitiendo, entre otras cosas, la trasmisión de la luz. El ciudadano, según el filósofo francés, votaba las leyes haciendo ejercicio de su voluntad particular y de esta manera haciendo realidad la Voluntad General, que nunca se equivoca. Esas leyes votadas de esa manera eran puestas en práctica por los diputados y los gobernantes, que eran los Mandatarios, no porque mandaban, sino porque eran mandados. Porque quien los mandaba era el Soberano, el pueblo reunido, ejerciendo su derecho a participar en la decisión colectiva.

Los clásicos son muy hermosos precisamente por su utopía, que se conforman de sueños irreales, pero que alumbran el camino en las cuestiones de a diario, en las sí realizables. Es la utopía que, como dice Serrat, “alumbra los candiles del nuevo día”.

La debilidad de la utopía rousseauniana es que hace abstracción de las diferencias sociales: en ella los ciudadanos son todos iguales, todos propietarios igualmente libres. Pero aun así esa utopía nos dice mucho de la realidad de nuestro mundo desigual, donde la Voluntad General alumbra solo a los ricos y no se digna a recordar a los que menos tienen.

Una de las cosas más evocadoras de Rousseau es ese mundo suyo de democracia directa, que constituye hoy un mandato cuando pensamos en nuestras tareas políticas ulteriores. Nosotros estamos condenados a vivir en un mundo donde la voluntad del ciudadano solo puede expresarse a través de los partidos. Esos entes extraños, los partidos, todos, nos piden el voto cada cierto tiempo, y después de eso no volvemos a tener contacto con ellos. Ellos hablan por nosotros, deciden por nosotros, dicen representarnos sin pedirnos permiso. Los ciudadanos no tenemos voz y nadie nos consulta. Ellos, por el contrario, son los Mandatarios, y lo son porque mandan y no porque son mandados.

La segunda gran tarea de nuestra democracia debe ser la de dejar de ser una democracia representativa y pasar a convertirse en una democracia participativa, descentralizada y directa en los asuntos fundamentales, los cuales deben discutirse en comunidad y votarse en plebiscitos que sean norma y no raras excepciones.

Digo que esta es la segunda tarea, porque la primera es cambiar el carácter de clase de la estructura estatal, desplazando del poder a Los-De-Siempre y poniendo en su lugar a Los-De-Nunca. Esa transformación del Estado de un entre represor de una minoría en un ente representante de la mayoría no es una tarea de la reforma parlamentaria sino de la revolución social y, sin ofender a nadie, de la Revolución Socialista, entendiendo por esta la primera etapa del comunismo.

No tome el ascensor, tome el poder”, gritaban los estudiantes franceses durante las revueltas de 1968. Años antes, los rusos habían levantado una consigna similar o, al menos, con el mismo sentido: “Todo el poder a los sóviets”. Estos sóviets eran los organismos de poder directo de las comunidades trabajadoras, donde estaban no representados sino presentes de cuerpo y alma los trabajadores y las trabajadoras mismas. Eso debemos decirles a nuestras comunidades: “No tomen el bus, tomen el poder”.

En Cuba el proceso político se asienta en los organismos del Poder Popular, adonde son propuestos candidatos de las organizaciones sociales, los sindicatos las universidades o los mismos ciudadanos y donde el partido gobernante tiene prohíbo por ley proponer o impulsar candidaturas.

Venezuela venía avanzando en la instauración de la Democracia Corporativa, un modelo basado en la organización del pueblo en sus territorios a través de consejos comunales, órgano de la democracia participativa, que sustituiría a la obsoleta Asamblea Nacional, expresión de la democracia representativa heredada del pasado. Es una línea de conducta que empuja hacia la democracia directa y participativa en un país que, no está de más decirlo, ha tenido una veintena de plebiscitos, casi uno por año. No hay que olvidar tampoco que, en lo que va del siglo, Venezuela ha celebrado más elecciones populares en este siglo que ninguna otra nación en el mundo).

Ejercer el poder desde abajo, de manera directa, significa descentralizar al máximo las decisiones del Estado, eliminar la burocracia y pasar las decisiones en materia de salud, educación, tránsito, construcción de vivienda, cuidado de los bosques y tantas otras, pasar esas funciones, digo, al ejercicio de las comunidades. Hay que, hacer que los órganos estatales dejen de ser medio de enriquecimiento de unos pocos, democratizar la prensa y el derecho de cada uno a expresarse.

En estas labores descentralizadoras hay que incluir la seguridad: el cuido de la paz pública y del Estado mismo debe estar en manos de las comunidades. Esto se ha expresado muchas veces como la tarea de darle las armas al pueblo.

Hay mucho que soñar precisamente porque hay mucho que hacer. Pero no logramos nada haciendo panegíricos generales y abstractos de la democracia, esta democracia burguesa en que vivimos, ni separando a los demócratas de los comunistas. Esa separación ayuda a la unidad con las fuerzas de la reacción, pero divide a los sectores del pueblo. Hace unidad por arriba, pero divide por abajo, hace unidad por la derecha, pero divide por la izquierda. Hay que disponerse de verdad a defender nuestros derechos democráticos y a luchar por una verdadera democracia, pero alertando al pueblo que esta nunca será realidad mientras el poder del Estado y, de paso también, la riqueza social, estén en pocas manos, es decir, mientras los trabajadores seamos excluidos de la riqueza material y de la posibilidad de gobernar. Y esto una política flexible, que busca las formas de unidad, más amplia, aunque seas momentáneas, es muy loable. Pero esas unidades por lo inmediato no deben significar divisiones hacia el futuro. Ese culto por lo pragmático no debe nunca echar al bote de la basura la utopía para el futuro, porque es ella las nos alumbra como un punto omega desde adelante, la que da sentido y dirección a nuestra pequeñas acciones de hoy.

Hacia una nueva Costa Rica

Por Arnoldo Mora

Como bien sabemos, la campaña electoral recién pasada culminó con el triunfo arrollador (en las urnas, es decir, en los votos emitidos, pero no así en el padrón electoral, que nos da el número de ciudadanos con derecho a votar, ejerzan o no ese derecho) de la candidata oficial y su partido. Esta campaña debe ser analizada con especial atención, pues no es una campaña más como las que se sucedieron ininterrumpidamente desde que la Constitución Política de 1949 rige la marcha de la política nacional. Esta campaña representa un salto cualitativo en nuestra historia política, lo cual significa que, a partir de ahora, viviremos una Costa Rica inédita, una Costa Rica que no tiene marcha atrás, nos guste o no nos guste. Habitualmente hemos hablado de que el Estado Social de Derecho está en juego, por lo que las fuerzas sociales y políticas del país se dividen entre quienes lo defienden e, incluso, desean ampliarlo y quienes lo combaten. Estos últimos emplean para lograr sus objetivos, en no pocas ocasiones, métodos autoritarios que rozan la Constitución, como en esta campaña, en que se incrementó el choque entre los dos polos ideológicos; por lo que se desarrolló con una confrontación en que, en no pocas ocasiones, afloraron los insultos y amenazas de agresión física, sobre todo, a través de las redes sociales.

En mi opinión, esta polarización tiene una raíz nueva que va más allá de la anteriormente mencionada. Es el contrato social básico en que se funda nuestra vida republicana, el que se ha roto tan hondamente que alcanza los orígenes mismos de la creación del Estado Nación, desde los ya los lejanos días de Don Braulio Carrillo y la Guerra de la Liga (1835), la segunda guerra civil de nuestra historia patria. Esta guerra civil que enfrentó a San José con las otras provincias vecinas y les infligió una derrota de la cual nunca se repusieron, trajo como consecuencia que la creación del Estado Nación convirtió al ganador en epicentro de la vida política, cultural y económica de la naciente nación. Poco a poco y de manera inexorable San José se fue engullendo a las ciudades vecinas, hasta el punto de que la GAM no es hoy más que un vecindario de San José. Pero ahora lo que debemos preguntarnos es qué tipo de nación queremos ser en la nueva era, en cuyos dinteles los más recientes eventos políticos nos han puesto. Comencemos por indagar qué pasó en el resto del país, ese que yo llamo LA OTRA COSTA RICA, esa Costa Rica que no gozó en el mismo grado de los beneficios que implica la concentración prácticamente omnímoda y, con ello, el disfrute del poder estatal.

Sin embargo, no deja de ser paradójico que la élite gobernante haya entregado las provincias costeñas al capital extranjero, especialmente de origen anglosajón. En concreto, con los liberales como D. Bernardo Soto, gran parte de la, hasta entonces inhóspita región del Caribe, fue entregada en las codiciosas manos del empresario inglés Minor Keith. Posteriormente, la situación se agravó con la construcción del ferrocarril, que indujo a los ingleses a traer trabajadores chinos, italianos y, particularmente, jamaiquinos en condiciones que rayaban en la esclavitud. Posteriormente se instaló la Compañía Bananera que, luego de la huelga de 1934, se trasladó a las regiones del Sur de Puntarenas (popularmente conocida como “Zona Bananera”). Todo el país que no fuera lo que hoy es la GAM se convirtió en la periferia de ésta, se entregó a las empresas transnacionales y la jurisdicción del Estado Nacional se redujo – y con ello la democracia real – a un mero formalismo. Porque sin soberanía no hay democracia real. El vacío dejado por el Estado Nación está siendo hoy en día llenado por la penetración de las mafias del narcotráfico. Éste se lleva a cabo actualmente por vía marítima. En concreto, en aguas del Océano Pacífico va hacia los Estados Unidos un 85% de la droga proveniente de los países de Sur América, porque el país del Norte, albergando tan sólo el 5% de la población mundial, consume un 30% de ese maléfico producto. Por su parte, desde nuestras costas del Caribe se trafica la droga hacia Europa, que consume 20% de la droga del mundo entero.

Lo dicho constituye el trasfondo de lo que ha pasado en la campaña recién pasada en las provincias costeñas. Como el chavismo no se ha organizado como un partido que merezca el calificativo de tal, sino que no pasa de ser un conglomerado heterogéneo unido tan sólo por el culto a un caudillo, el actual presidente Rodrigo Chaves, su candidata Laura Fernández buscó y logró concretar un acuerdo político con los pastores evangélicos de la región, dado que en las dos provincias porteñas ya los católicos son minoría. Esa alianza, coyuntural por el momento, nos recuerda el régimen político imperante durante los siglos de la Colonia entre el clero católico y la Corona Española, llamado en sociología de la religión “régimen de cristiandad”; según el cual el clero recibía privilegios del Estado a cambio de una lealtad acrítica. El gran perdedor de este pacto fue Fabricio Alvarado, quien había sido un furgón de cola del gobierno, hasta el punto de que en la nueva configuración de la Asamblea Legislativa su partido ni siquiera logró sacar un diputado. Esto explica el triunfo arrollador logrado por el chavismo que llevó como candidata, hasta hace poco una figura anodina en el ámbito político, que fue impuesta a dedo por el propio presidente Chaves. Quienes votaron por el Partido Pueblo Soberano no lo hicieron por Laura Fernández sino por Rodrigo Chaves, el gran triunfador de esta campaña. Por lo cual mucho me temo que nos estemos encaminando hacia un régimen caudillista, que tratará de impulsar aquellas reformas a la Constitución que lo faculten a gobernar a su gusto y talante. Lo que está en juego no es sólo la democracia, sino el régimen republicano forjado por nuestros próceres en el siglo XIX.

Frente a tan amenazante perspectiva, sólo cabe como alternativa patriótica el forjar la unión de todos aquellos que creemos que, en una crisis como la actual, no basta con defender el estado social de derecho que reproduzca tan sólo nuestra actual democracia representativa; hay que ir más allá en vistas a lograr poner las bases políticas para crear una democracia directa, popular y participativa. Para ello se debe comenzar por hacer un trabajo político en las zonas donde el chavismo se ha arraigado. No se trata solamente de que el Estado central asuma un papel protagónico para resolver a corto plazo los graves problemas que, dado el atraso en que con sistemática negligencia los han tenido los gobiernos anteriores, incluido el actual. Como primer paso se debe promover una organización desde las bases populares. En esto los partidos políticos deben jugar un papel protagónico; por lo que deben dejar de ser tan sólo aparatos burocráticos que consumen los descomunales recursos de la deuda política en hacer una contienda electoral que tiene más de “marketing” que de campaña masiva de formación cívica. Es en la sociedad civil donde se juega el futuro de la democracia. Sólo con una organización que desarrolle la conciencia cívica de toda la población y la implique en sus luchas, se logrará la construcción de una democracia viva. Sólo así será posible superar el clientelismo. Los dirigentes políticos de las zonas periféricas, especialmente de las municipalidades, no deben comportarse como mendigos pidiendo limosnas a quienes gobiernan desde la GAM, sino como ciudadanos que ejercen sus derechos constitucionales en igualdad de condiciones. Los derechos no se mendigan, sólo se logran mediante organización y luchas comunales. La democracia comienza desde abajo. La democracia real debe llegar hasta el último rincón de la Patria.

Organización comunal: el reto del trabajo territorial – En Alternativas

El fortalecimiento de la organización comunal y su papel en el trabajo territorial será el eje del conversatorio “Organización comunal: el reto del trabajo territorial”, un espacio de reflexión y diálogo que reunirá a personas con amplia experiencia en procesos organizativos locales y comunitarios.

El conversatorio contará con la participación de Ileana Aguilar, técnica de Dinadeco a cargo de diez cantones de la Región Occidental; Darwin Mendoza, presidente de la Unión Cantonal de Asociaciones de Desarrollo de Grecia; y Mauricio Álvarez, dirigente comunal e integrante de la Asociación de Desarrollo de Tacares Norte. Las personas panelistas abordarán los desafíos actuales del trabajo territorial, el papel de las asociaciones de desarrollo y la importancia de la articulación comunitaria para incidir en la construcción de bienestar colectivo.

Esta actividad forma parte del programa AlterNativas, un espacio de reflexión y acción orientado a pensar alternativas para la construcción de un país más justo, participativo y solidario. El conversatorio se realizará en vivo el 6 de febrero de 2026, a las 18:00 horas (-6 UTC), y será transmitido a través de Facebook Live, YouTube y Spotify.

El programa cuenta además con el acompañamiento de emisoras amigas como Radio Guanacaste 106.1 FM, Radio Soberanía, Radio Revolución, 506 Ondas Alajuelita Radio y 97.3 FM Voces Libertarias, que contribuyen a ampliar el alcance de estos espacios de análisis y debate público.

A un tico lo dejaron sin patria

Rafael A. Ugalde Q.*

En los 176 años del natalicio de José Martí, amigo, gigante y luz de los pueblos.

Tratando de encontrar una respuesta sobre por qué hubo en estas elecciones costarricenses una especie del síndrome de “huerfanidad” histórica, política y económica – éste viene, aunque nos duela aceptarlo, desde hace más de cuatro décadas – por eso no me perdí la mayoría de los “monólogos” sostenidos por nuestros representantes de la estirpe socioeconómica, prometiendo ser el mejor presidente o diputados, si eran electos.

Pero debo decir que todavía estoy azurumbado y con mayores preguntas y dudas qué harán después de 2030 con los recursos del país y sí, las generaciones venideras, podrán disfrutar todavía de una nación de ellos, o serán extranjeros en su propia tierra, como ya ocurren con las mejores playas, los aeropuertos, las carreteras etc.

Cada cuatro años vemos como votantes con su cara quemada por el sol, gente humilde de todas las provincias tratan de arrimarse al árbol que les ofrece mejor sombra, frente a la ausencia real de un “proyecto país viable” por parte de otras fuerzas capaces de dinamizar la democracia para sean las bases que dan y no esperar recibir.

Ni siquiera hubo en dichos “monólogos un “mea culpa” sincero por el desbarajuste ocasionado en toda nuestra sociedad a partir de los Ajustes Estructurales de la Economía, ni por las imposiciones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, con excepción en estos últimos años del expresidente Rodrigo Carazo, a quien salió caro echar de la casa de gobierno a una delegación fondista.

A partir de 1986 las semillas sembradas en el almácigo ordenado por esos organismos germinaron de maravilla y echaron raíces profundas, hasta llegar a tener una especie de nuevos filibusteros “calidad ultra”, para exportación.

Tampoco hubo entre ellos un balance a conciencia en torno a los efectos negativos del famoso Tratado de Libre Comercio (TLC) con Norteamérica y República Dominicana, en cuanto a nuestros pequeños y medianos agricultores, el auge del proceso de transnacionalización a costa de nuestros trabajadores, empleados públicos, comerciantes, pequeños y medianos emprendedores.

Así, por ejemplo, a pesar de las duras condiciones de financiamiento, tecnología, desarrollo de las cadenas de suministros, entre otras, las pequeñas y medianas empresas locales, frente a una economía cada vez más transnacionalizada, generaban en 2023 cerca de 647 mil empleos (Periódico La República 24 /6 / 2023).

Tampoco hubo excusa alguna por el negocio Caja-Fischel, el dinerillo de Alcatel, los mordiscones que dieron a la seguridad social con las mascarillas, mientras estuvimos encerrados, etc. Rarísimo, porque muchos de los comparecientes a los tales debates quedaron con la mente en blanco con estos asuntos, en tanto sus compinches optaron por no amargar la “fiesta democrática” a quienes estaban a la par con cartón lleno.

Perdí el tiempo oyendo, hablando en plata, sobre nuevos memorandos del miedo en torno el peligro de terminar en una “dictadura” al estilo de Venezuela o Nicaragua, así como ustedes lo escucharon y vieron. Todos los candidatos coincidieron en estas barrabasadas, como para que Marco Rubio y Donald Trump, siguieran tranquilos con ellos.

La cuestión esta del injerencismo rabioso introducido para ver quién ganaba más votos, dejó de ser una posición de afinidad ideológica con el que ocupa la Casa Blanca, para pasar a un plano ético – moral ligado estrechamente con la dignidad y el decoro de los participantes de dichos “monólogos”. Con las pruebas dadas a conocer por la prensa internacional, ya no hay dudas que Trump figura como uno de los pedófilos mas grande en la historia estadounidense.

Volviendo a la amenaza de una “dictadura” en caso que un partido tenga 38 o más diputados en la Asamblea Legislativa, ignoro si frente a las cámaras televisivas tenía una sarta de mentirosos o un equipo seleccionado de ignorantes. Después de 1949 nunca he visto en nuestra Asamblea Legislativa constituirse de obreros, campesinos y trabajadores en general.

Dicen que en este tipo de campañas los políticos mienten, tienen que ilusionar a su público meta, etc., pero otra cosa diametralmente opuesta es el cinismo como arma electoralista. Después del golpe de estado de 1948, quienes controlan los partidos han sido muy cuidados con la escogencia de su gente y así, nuestra Asamblea Legislativa no pierda nunca ese maravilloso aroma a Paco Rabanne o Carolina Herrera.

Por el contrario, cuando el campechano Juan Guillermo Brenes de Cartago, sirvió en la Asamblea Legislativa en cuatro ocasiones, colegas suyos de un partido que se aseguraba el voto en proyectos claves, chantajeaban a este agricultor cambio de las famosas “partidas específicas” para asociaciones de desarrollo comunal.

Algunos de estos “padres de la patria” miraban el ingreso del llamado “Cachimbal” al salón de sesiones y de inmediato se arrimaban a la “barra de prensa” para convertirlo en hazmerreir con afirmaciones como “qué tirada, se trajo a la curul la hediondez del apio”, “véanlo bien ya está sentado y va a llenar de barro el plenario “.

El Consejo Universitario de la UCR condenó la criminalización de la protesta social, consignó la periodista Zaida Siles.

¿Y por qué, en estos monólogos, una parte importante de los participantes, consciente o inconscientemente, cerraron filas con el “chavismo” y el “oficialismo” en torno a la supuesta dictadura en Venezuela, Cuba o Nicaragua? Por algunas razones que no se pueden dejar pasar: 1) sus coeficientes intelectuales llegaron a los “monólogos” destiempados como para poner en su correcta dimensión el significado crudo de la Doctrina Monroe y el agotamiento mundial de la llamada “democracia liberal”.

El elemento 2) tiene que ver directamente con su franquicia electoralista, pues sí se aparta del relato de Zapote, de Milei o Trump etc., corre el riesgo de perder el financiamiento bancario. Para esta gente pareciera que viendo el payaso sueltan la risa.

El factor 3) fue el más evidente. No tienen el menor interés de preguntarse qué diablos es eso del injerencismo y, por qué sí, es tan dañino optar por la independencia de los pueblos, ¿por qué secuestraron al presidente Nicolás Maduro, redoblan en este momento la asfixia contra los cubanos y amenazan a los nicaragüenses por sus relaciones con China?

En todo caso, queda para la historia y los futuros análisis, como estos candidatos desde ya infectaron para siempre cualquier intento de “proyecto país” unitario y viable, surgido de las bases empoderadas y alcanzado gracias a un crudo debate de ideas, conforme a nuestra verdad histórica, esa que nos forjó Juan Rafael Mora Porras y el General Cañas.

Por dicha a Mora y Cañas los siguieron muchos hombres y mujeres que en el pasado sintieron el ácido del destierro, sus familias lloraron el fusilamiento de seres queridos, pero no los doblegaron para que las presente y futuras generaciones no callen frente a quienes nos hipotecaron la patria, contra el aplastamiento de nuestros campesinos, los desfalcos sostenidamente habidos durante más de 40 año y desafíen la ingrata judicialización de la protesta social en la bicentenaria democracia.(Ver Consejo Universitario… https://www.cu.ucr.ac.cr/inicio/noticias/noticia/Articulo/ucr-defiende-derecho-a-la-protesta-social-pacifica.html).

La experiencia con esta gente, que confunde el decoro con los relatos filtrados y brochares coloreados quién sabe desde dónde, es que, a la hora de desarrollar una democracia protagónica, directamente vinculada con los campesinos, los empleados públicos, mujeres, profesionales, intelectuales trabajadores, jóvenes y pensionados, entre otros, se convierten en peligrosísimos boicoteadores desde adentro. Es algo así como dormir con el enemigo.

Así ocurrió con la Revolución Ciudadana en Ecuador. En reiteradas ocasiones fue advertida del grupo de traidores encabezados desde adentro por el exvicepresidente, Lenin Moreno, cayendo a cuentas hasta que sucedió. Pero ya era tarde: el nazisionismo ya se había instalado.

Quienes creyeron en falsos liderazgos, vanidades y recurrieron desde adentro a coqueteos con la democracia, donde sacaban al pueblo boliviano como dueño de su destino, ya ahora conocen las consecuencias, por más explicaciones teóricas que nos quieran dar.

Es imposible que una persona o un grupo de ellas, que hacen suyo el grito de quienes no han perdido una sola elección presidencial o una curul durante 76 años seguidos, a costa de la cercada Cuba, la amenazada Nicaragua y la bombardeada Venezuela, se labre un futuro politiquero para servir a un amo. Pero cuidado con la historia y su basurero que nunca se llena.

Si ni siquiera tuvieron valor de llamar a cuentas a quienes cuentearon a los costarricenses con los PAES, la reelección presidencial para que fuéramos el “ primer país desarrollado de América” y cada cual tuviéramos un carrito popular, tendrán acaso dignidad en un proyecto político país que nos dé patria a todos, nos devuelva la soberanía que nos dejó Mora y Cañas, tengamos justicia social, los trabajadores no se les castigue congelándoles su salario para pagar a otros sus deudas nacionalizadas.

Si por la víspera sacamos el día y esta gente, en un evento coyuntural como son unas elecciones, echaron mano a recursos tan infames, si mañana me los encontrara por la misma acera, prometo cruzar la calle. No hay rencor, todos tienen derecho a reivindicarse. Cambio e acera por seguridad política.

*Periodista, abogado y notario por la U.C.R.

Después de un largo debate: “Declaración de hombres y mujeres nuevas”

Trino Barrantes Araya
camilosantamaria775@gmail.com

La mujer nueva, el hombre nuevo -ese que soñó Camilo Torres-, como un hecho real y concreto; seres humanos más libres, más plenos, llenos de sentido de amor por la humanidad, contra toda forma injustificada de pobreza, frente a las formas más rabiosas de la discriminación y contra la explotación capitalista; no estuvo presente en ninguna de las candidatas, como tampoco de los hombres que disputaban el espacio de legitimación electoral, frente a la masa amorfa y borracha de lecturas falsas.

Desde el Partido Vanguardia Popular, el partido que tuvo, tiene y tendrá en su horizonte político-ideológico la resistencia de Juanito Mora y el antimperialismo de Julián José Martí Pérez (“con los pobres de mi tierra”), como instrumentos básicos de la ruta país, la práctica de la solidaridad en favor de la lucha por la autodeterminación y el amor profundo a los excluidos.

Definitivamente nuestra fe, nuestra espiritualidad, nuestro compromiso y nuestra acción se sintetizan en una sola consigna: “el amor a la humanidad, la lucha por la paz, la solidaridad contra la guerra,” y por hacer realidad la integración de la democracia participativa y popular en donde todos quepamos. Definitivamente ese debe ser el sur, sí el sur, como punto de la rosa náutica en la cual el eje de la política debe orientarse. En la solidaridad y el amor, aplaudimos con el pueblo, cualquier acción de lucha donde quiera que se dé a favor de las masas populares que aspiran a su autodeterminación, soberanía y libertad. Sí, ahí estará incuestionablemente el aporte del proyecto del PVP.

De cada parte, de cada una y uno de nosotros, esperamos que se nazcan los instrumentos necesarios a favor de los principios generales que hemos esbozado en los párrafos iniciales.

Reclamamos para la juventud un papel protagónico, porque en ella se inscribe la generación del cambio. Serán ellos y ellas las que afirmen un rol decidido a favor de un mundo inclusivo, con el equilibrio absoluto de un reparto de la riqueza de manera equitativa.

Que su responsabilidad histórica sea consecuente con la renovación de las aspiraciones más honestas y sentidas de las clases populares, los trabajadores(as) y en particular la clase obrera y campesina.

Sí, somos soñadores, creemos que es posible forjar un mundo nuevo, crear un contexto histórico diferente. La gran tarea con todas y todos los excluidos es humanizadora, profética, utópica y revolucionaria.

Si es necesario una gran alianza, sin renunciar a principios y cuyo eje central sea la justicia social, la democracia participativa, la lucha abierta contra todas las formas de deshumanización, el apartheid, el supremacismo, el fascismo, el militarismo rampante, la guerra termonuclear, el irrespeto a la soberanía y la autodeterminación. Si comulgan con nosotros, en una agenda que tenga como principio la lucha frontal contra el cambio climático, la protección del agua, la gentrificación y en defensa de nuestros recursos naturales. Entonces digamos que ese horizonte utópico y revolucionario está caminando en la misma ruta, a la par del proyecto de vida y de la carta país que sueñan las grandes mayorías.

Como dice el analista Max Neef, seamos los nuevos hechiceros de “el desarrollo a escala humana”. Seamos capaces de creer, rompamos con la perplejidad que nos produce la “deshumanización” del siglo XXI. Recuperemos el asombro. Es la hora de la socialización, la hora de redescubrir el origen de la crisis, y posibilitar nuestra respuestas desde el amor, lo popular, la solidaridad y la esencia del hombre y la mujer nueva que soñamos.