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Los Símbolos Nacionales de la República de Tercera

Vladimir de la Cruz

Con gran emoción la presidenta Laura Fernández Delgado anunció en el acto de su asunción al Olimpo Político costarricense, que estaba a las puertas de entrar a la Tercera República.

Lo hizo al aceptar y tomar la responsabilidad de dirigir el Gobierno que le fue traspasado y casi, en el campo religioso, hizo lo mismo con la publicidad del caso, cuando fue a depositar, a Cartago, la tela que le dieron como “Banda Presidencial” en la Basílica de los Ángeles.

A la Basílica de los Ángeles las personas agradecidas con las peticiones que le hacen a la Virgencita de los Ángeles, a la Patrona Nacional, por los favores que recibieron a sus peticiones, llegan a entregar sus exvotos, como ofrendas religiosas, que son conocidos también como “retablitos” o “milagritos”.

Hasta ese momento no sabíamos que la presidenta le había solicitado a la Negrita de los Ángeles que le diera, como petición, o que le materializara, su Ferviente Deseo y pasión por ser la presidenta de todos los costarricenses.

Ese acto de fe de la presidenta, testimonio de su fe muy popular católica, manifestó o puso en evidencia que en la campaña electoral se sentía enferma, accidentada o en peligro de no ser presidenta, lo justificó con su ida a la Basílica, demostrando que superados esos trances, ¿electorales?, se había encomendado a la Virgen de los Ángeles, para que le resolviera sus problemas de candidata y, ¡cataplúm!, solicitud concedida… ¡Presidenta! Según ella la número 50, de la Segunda República.

Las personas en esos estados quebrantados de salud o necesitados de resolver algún grave problema son los que cumplen con los exvotos cuando son superados. Generalmente los exvotos son figuritas u objetos que refieren al favor concedido… un brazo, una pierna, una mano, un objeto alusivo al favor recibido.

Fue a la Basílica sin la comparsa de cristianos no católicos que la apoyaron en la campaña política, y de los que blasfemaron de la Virgencita en campañas anteriores, que son sus aliados políticos…, que la deben estar detestando por haber ido allí.

Pero, ¡oh milagro espiritual!, en ese instante, la terrenal Laura Fernández, entrando a la Basílica, tuvo el arrebato, la manifestación súbita, sublime, intensa, violenta de la emoción que allí la tenía, que la hizo perder temporalmente el control o el juicio, de la expresión suprema de sentirse extasiada, embelesada, fuera de sí, como si fuera llevada al Cielo, al lado de la Virgen, siendo ella, supongo, una devota “mariana”, seguidora de la Virgen María.

La Virgencita de los Ángeles es también un Símbolo Nacional costarricense. Es el valor espiritual religioso más sagrado de los costarricenses. Está declarada Patrona Nacional.

Sus entrañas en ese momento se agitaron, entre la peregrina que pretendía aparentar, buscando una transformación interior, en una experiencia de conversión y encuentro con Dios, con la Virgen o con ella misma. ¡Oh!, entre la seguidora de la Virgen y las seguidoras de la Mariana Francesa, de Marianne, la figura alegórica y símbolo de la República Francesa, que exalta, que identifica la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, lo que ofreció que en su gobierno se iba a respetar.

En esa agitación interna, resultado de sus estudios humanísticos en la Universidad de Costa Rica, si es que pasaron por ella, Laura, la terrenal, la política, la presidenta, se vio en el éxtasis que estaba viviendo, como la representación popular de la Libertad y de la Razón, sintiéndose como la Diosa de la Libertad, no símbolo ni imagen de la República, sino apenas presentándose a la puerta de la que llamó la Tercera República.

Le faltó en ese sentido, presentarse ante la Virgen de los Ángeles, con el gorro frigio rojo, que era el usado por los esclavos emancipados en la antigua Roma, que fue adoptado por los revolucionarios franceses para representar la Libertad.

Y para la foto en ese hermoso acto espiritual político que protagonizó solo faltó también que siguiendo a la Marianne revolucionaria francesa, se hubiera hecho presente ante la Virgencita a pecho descubierto, desnudo, para simbolizar que ella es o va a ser la madre protectora que cuida a todos los hijos de la Patria, que pelea por todos ellos, como dijo que lo iba a hacer, para una mejor representación simbólica de la nutrición de la Patria que va a tener bajo su cuidado.

La tela con los colores de la bandera de la Revolución Francesa que llevó a la Iglesia pudo haberla acompañado con una reproducción de la pintura de Eugene Delacroix, “La Libertad guiando al Pueblo”. Marianne en la tradición revolucionaria francesa y popular es también el símbolo femenino opuesto a la figura del monarca, o de la reina francesa que fue llevada a la guillotina. Marianne es la representación del pueblo.

¿Así quiso presentarse y representarse Laura Fernández Delgado, el 8 de mayo y el día de la visita a la Basílica?

Los colores de la Bandera que usaban los revolucionarios franceses era el azul, el blanco y el rojo, colocados en forma vertical, como están representados en la Bandera oficial de Francia. En el caso francés, las franjas son de igual tamaño y anchura. El azul y el rojo eran usados también por la milicia revolucionaria francesa de París en 1789. E En Francia esos colores también representan los valores de la República, la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. El orden de los colores, azul, blanco rojo fue establecido desde 1794, el 27 de mes Pluvioso del Año II, del calendario revolucionario francés, que corresponde el 15 de febrero de 1794.

Cuando el Dr. José María Castro Madriz declaró y estableció, el 31 de agosto de 1848 la República de Costa Rica, superando el Estado de Costa Rica, que tenían con anterioridad, elaboró sus primeros Símbolos patrióticos, inspirado en la Revolución Francesa, usando los mismos colores de la Bandera de Francia, pero de manera horizontal, y duplicó los colores blanco y azul en, haciendo que la Bandera Nacional tuviera cinco franjas y no tres como la francesa. El ancho de las franjas es la sexta parte del ancho del total de la andera, siendo la del centro la que tiene dos sextas partes. Por eso, se estableció que oficialmente la franja roja del centro era el doble de la azul o a la blanca. Esa es la Bandera Nacional costarricense. Así se ha tenido desde 1848 hasta hoy. El Dr. José María Castro Madriz también elaboró el Escudo Nacional, que desde entonces nos acompaña. El Escudo sí ha sufrido variaciones.

La integración del Escudo con la Bandera es lo que se llama Pabellón Nacional. En el uso de la Bandera y el Pabellón Nacional se establece, en esencia, que el Pabellón Nacional solo puede ser usado por los presidentes de los Supremos Poderes de la República o debe colocarse cuando alguno de ellos está presente en un acto. Lo usan también los Embajadores en sus Embajadas en el exterior, allí donde está representada Costa Rica.

La Bandera Nacional, el Escudo Nacional y el Pabellón Nacional, junto con la Música del Himno Nacional y la Letra del Himno Nacional, son los Símbolos Mayores de la Patria, de la República y de los costarricenses.

Culturalmente hemos creado otros Símbolos Nacionales que son Símbolos Menores, alusivos a particularidades de nuestra naturaleza, biodiversidad, tradiciones culturales entre otros aspectos.

Los Símbolos Patrios Mayores tienen protocolo de su uso y del respeto que debe seguirse con ellos, que no se puede alterar, ni disminuir en su valor de uso y de respeto.

En los actos oficiales de Gobierno, con representantes de los Poderes del Estado solo pueden exhibirse y colocarse Pabellones Nacionales.

Se ha usado por tradición un banda de tela, que combinada con los colores de la Bandera Nacional, se usa para simbolizar los traspasos de Gobierno, de un gobierno a otro, de un presidente a otro.

Cuando esta banda se elabora simbólicamente para portarla el presidente saliente y entregarla al presidente entrante, con los colores de la Bandera Nacional, se le llama Banda Presidencial, a la que también se le coloca el Escudo Nacional, para simbolizar la fuerza que tiene el Pabellón Nacional, que solo puede ser usado, en este caso del Poder Ejecutivo, solo por el presidente o presidenta de la Republica.

En este sentido, la Banda Presidencial debe tener toda la rigurosidad que se da en su confección a la Bandera Nacional y al Pabellón Nacional. Las franjas exteriores del azul y el blanco deben ser, cada una de ellas, de una sexta parte del ancho de la Banda, en tanto la franja roja es el doble de ellas, es decir de dos sextas partes. Si no es así, no es una Banda Presidencial de uso protocolario correcta.

Si se le coloca el Escudo Nacional para simbolizar el Pabellón Nacional, también debe hacerse de forma que en el conjunto de las franjas el Escudo no quede torcido, ni casi acostado con una o dos de las franjas. Debe colocarse en caída perpendicular sobre las cinco franjas que constituyen la Bandera Nacional.

En el acto de traspaso de gobierno de Rodrigo Chaves Robles a Laura Fernández Delgado, no se traspasó una Banda Presidencial. Se traspasó una tela, que tenía en franjas de igual ancho los colores de la Bandera Nacional, que pretendía ser la Banda Presidencial, que no lo era. Podía ser más una caricatura, el en el mejor de los casos de la Banda Presidencial, en tanto como representación gráfica distorsionó y deformó los rasgos físicos y las características del Símbolo Patrio que se quiso entregar. En ese sentido Rodrigo Chaves Robles quiso ser humorístico, satírico, crítico, resaltó ridiculizando aspectos de la Banda para generar, como lo provocó, el impacto social de los comentarios que se han desatado. O lo peor de su actuación, donde lo traicionó su vanidad, su ego y su falsa conciencia patriótica, mandó el mensaje del país, nación, Patria, República, que traspasaba a manos de su escogida para continuar el mandato presidencial. Le estaba entregando simbólicamente un país sin Símbolos Nacionales, porque quienes los representan no creen en ellos y actúan para acabarlos en todo su sentido.

Eso solo puso en evidencia la carencia de valores patrios, que tuvo su Gobierno, la carencia de respeto por esos valores, que en su administración se pisotearon.

Puso de relieve el desprecio que tiene, el grupo gobernante, la nueva casta gobernante, por la Patria, la República como sistema político administrativo.

Puso en evidencia lo poco que le importa su ejercicio presidencial en correspondencia al cargo que le tocó administrar.

Dejó claro que poco le importan estos símbolos nacionales, que para él seguramente son los de la Segunda República, que poco le importa, que niega, que aborrece y de la cual reniega, sin tener claro que eso símbolos vienen desde la fundación de la República de Costa Rica, en 1848, del período que podría considerarse la Primera República, que llegó hasta el 8 de mayo de 1948, cuando se declaró la fundación de la Segunda República, que fueron heredados y acogidos con pasión patriótica y verdadera idiosincrasia nacional costarricense, destacando los rasgos, comportamientos, ideas, actitudes que definen al pueblo costarricense en su totalidad.

Laura Fernández Delgado no tiene la culpa de haber recibido un harapo, un andrajo, de lo que figuraba ser el Pabellón Nacional, en la tela que recibió, que se la dieron como Banda Presidencial. Con ella estaba recibiendo el país desaliñado, indigente y de extrema pobreza que le estaba dejando su amado líder, Rodrigo Chaves Robles.

Las críticas que se hicieron por todo lado de inmediato, por el impacto que produjo ese adefesio de Banda que le dieron, provocó que Laura Fernández se deshiciera de ella lo más rápido que pudo. Así, la fue a dejar a la Virgen de los Ángeles, como quien le entrega un país hecho leña…, para no decir que le llevó basura…

Así empezó Laura Fernández Delgado su gobierno, como el viaje a Itaca que describe el poeta Kabalis:

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

El gobierno de Laura Fernández puede simbolizar el viaje de Ulises, en la Odisea, de regreso a Itaca, después de una intensa guerra de diez años, donde derrotaron a los Troyanos.

Para Laura no han sido diez años. Su viaje se remonta a cuatro años, cuando derrotaron, como han afirmado, ella y su predecesor, que lo sigue teniendo como gran guerrero en su Gabinete, a las castas, a los dictadores y tiranos, a las élites que han gobernado Costa Rica desde 1949.

Solo recordemos, que en Costa Rica, ningún partido político ha gobernado hasta ahora, tres gobiernos seguidos.

El viaje de Laura a Itaca inicia su continuo segundo gobierno. Ella misma viene del primero de este periplo político. ¿Será el último de la nueva casta de corruptos, como han sido llamados lo anteriores gobernantes, que llegó al poder en el 2022?

Cajas chinas, élites y el manual para nuestra defensa ciudadana

Por JoseSo (José Solano-Saborío) / Entre Verdades y Opiniones

A mis 58 años, en esta etapa de madurez que la vida me ha regalado, el anhelo de heredar un país y un mundo mejor a mis hijos, Catalina y Christian, y a mis nietos, me ha impulsado a asumir con profunda responsabilidad este rol de analista político y generador de contenido. Mi objetivo central es uno: combatir la posverdad, desenmascarar la manipulación en redes sociales y devolverles el valor a los hechos. Este compromiso me ha obligado a volver a los libros, a actualizarme y a reaprender como investigador social; profundizando de forma autodidacta aquellos conocimientos que, en mi época universitaria, apenas eran el cimiento. Hoy, con la mirada más clara, quiero compartirles cómo nos están jugando la vuelta frente a nuestros propios ojos.

La “Caja China” y el arte de distraer al tico

Imaginen que hay un incendio en la cocina de su casa, pero alguien entra gritando que hay un perro rabioso en el patio. Todos corren al patio, se olvidan del fuego, y la casa se quema. Eso es, en un lenguaje sencillo y directo, la “Caja China” o la Estrategia de la Distracción.

Académicamente se le conoce bajo otros nombres: la teoría del Agenda-Setting (los que tienen el poder deciden de qué tema vamos a hablar hoy) o la táctica del “Gato Muerto” (tirar un escándalo morboso en la mesa para que dejemos de hablar del problema real).

¿Por qué nos debe interesar esto a los ticos? Porque nuestro activo más valioso en una democracia es nuestra atención, y nos la están robando. Mientras discutimos acaloradamente en redes sociales sobre el último exabrupto, el chisme político de turno o la polémica de la semana, se están tomando decisiones estructurales sobre nuestro costo de vida, nuestra seguridad y nuestras instituciones. Nos ponen a pelear entre nosotros en la gradería, para que no miremos lo que está pasando en la cancha.

Cuatro décadas de humo y la élite detrás del poder actual

Esta manipulación de nuestra atención no es un invento reciente. Durante las últimas cuatro décadas, las élites de poder tradicional en Costa Rica han utilizado estas tácticas de forma muy refinada. Nos han vendido crisis a la medida y han ocultado debates urgentes sobre la desigualdad o la ineficiencia estatal detrás de cortinas de humo muy bien diseñadas.

Sin embargo, hay que decirlo con claridad y, sobre todo, con profundo respeto y empatía hacia quienes, impulsados por una genuina esperanza de cambio, apoyan a la actual administración: la élite de poder que opera detrás del gobierno actual ha perfeccionado esta táctica y la está utilizando sin ningún tipo de escrúpulos.

Ya no usan guantes de seda. Cada vez que surge un cuestionamiento serio, un fracaso en la gestión o una crisis de seguridad, surge de inmediato un escándalo mediático, un ataque directo a un adversario o una polémica prefabricada. Esto no ocurre por torpeza ni por casualidad; es un diseño estratégico fríamente calculado. El objetivo es mantenernos polarizados, divididos y emocionalmente agotados. Tanto a los que critican como a los que aplauden, los estrategas detrás del telón los están utilizando como peones en un tablero de ajedrez.

Las Leyes del Poder: Cómo prevalecer como pueblo

Aquí es donde la obra Las 48 leyes del poder de Robert Greene deja de ser un libro sobre manipuladores y se convierte en nuestro manual de defensa ciudadana. Greene nos enseña una verdad inquebrantable: el poder del manipulador se alimenta de tu reacción emocional. Si te enojas, si te indignas y caes en la provocación, le estás entregando el control.

¿Qué nos enseña esta obra para combatir estas estrategias y prevalecer?

Exigir acciones, ignorar los pleitos (Ley 9): Greene dice que se debe ganar a través de las acciones, no de los argumentos. Como ciudadanos, debemos dejar de morder el anzuelo de los debates estériles. Si el gobierno o la oposición lanzan un ataque verbal, nuestra respuesta debe ser: “Muy bien el discurso, pero ¿dónde están los resultados en seguridad, en las listas de espera, en el empleo?”. Desarmemos el circo exigiendo gestión.

El poder de ignorar el escándalo (Ley 36): La mejor venganza contra quien busca distraerte es menospreciar su carnada. Si ignoramos el ruido mediático prefabricado y nos negamos a replicarlo en nuestros chats y redes sociales, la Caja China pierde todo su efecto.

Los costarricenses tenemos ventajas históricas inmensas: nuestra vocación civilista, nuestra historia de paz y nuestra capacidad innata para el diálogo. Si logramos apagar el ruido emocional de las redes, si dejamos de vernos como enemigos por pensar distinto y nos unimos para observar el juego con mente fría, ninguna estrategia de distracción podrá ocultarnos la verdad. El verdadero poder, al final del día, es negarse a ser manipulado.

Territorios locales y algoritmos en la disputa por el poder

Los territorios locales siguen siendo decisivos en la política, pero hoy la disputa también se juega en la percepción social de la realidad a través de los algoritmos.

Abelardo Morales Gamboa

Costa Rica enfrenta actualmente un desafío más complejo que la mera economía o la defensa formal de la institucionalidad democrática. Como ya lo he señalado en anteriores publicaciones (La política también se decide en los territorios locales), la cuestión de fondo consiste en reconstruir nuevas formas de articulación social y política capaces de responder a una realidad marcada por la transnacionalización de la vida social, las desigualdades territoriales, la fragmentación subjetiva y las profundas transformaciones tecnológicas que reorganizan contemporáneamente las formas de convivencia, poder y representación política.

El territorio nunca ha dejado de ser el ámbito de la contienda política, ni aquí ni en ninguna otra parte del mundo. Lo que sí se ha transformado profundamente son las formas mediante las cuales la vida territorial —es decir, la experiencia social del lugar— es narrada, interpretada e incluso emocionalizada. Aunque esto pueda parecer abstracto, sus efectos se manifiestan diariamente en la vida cotidiana.

Las personas siempre viven individual y colectivamente la experiencia del lugar. Esa experiencia está mediada por estructuras sociales, históricas+ y culturales que le otorgan significado. Así, un barrio periférico o una comunidad de pescadores continúan experimentando territorialmente el desempleo, la violencia o servicios públicos de mala calidad. La vida humana continúa teniendo una expresión espacial y las desigualdades territoriales continúan siendo una de las expresiones más visibles de la crisis contemporánea. El territorio donde esos problemas se producen no cambió; lo que cambió fue la manera en que quienes habitan esos espacios interpretan políticamente esa experiencia.

Antes, las percepciones sobre esa realidad podían construirse desde la escuela, las iglesias tradicionales, las organizaciones comunales, los sindicatos o los liderazgos locales. Hoy, plataformas digitales, influenciadores, cadenas de redes sociales y discursos algorítmicos —muchas veces articulados con narrativas neorreligiosas— reorganizan emocionalmente los modos de ver y pensar la realidad. El territorio sigue produciendo el malestar, pero estas nuevas mediaciones transforman la manera en que ese malestar adquiere significado político, movilizando miedo, frustración o resentimiento antes que vínculos de solidaridad, esperanza o acción colectiva. Todo ello gracias a los teléfonos móviles, las plataformas digitales y las grandes corporaciones tecnológicas que reorganizan crecientemente la producción cotidiana de sentido común y alteran las mediaciones tradicionales de la vida pública.

Las experiencias locales se reflejan cada vez menos en las antiguas identidades territoriales que daban cohesión a las culturas comunitarias. Tales identidades se construían a partir de vínculos socializadores relativamente estables: familias, espacios comunitarios, organizaciones sociales, instituciones y sistemas simbólicos que proporcionaban marcos comunes de interpretación y pertenencia.

Hoy, buena parte de la interpretación política de esas experiencias es procesada por ecosistemas mediáticos y emocionales capaces de redirigir simbólicamente el malestar social y, muchas veces, desfigurar su naturaleza y significado. No solo cambia la manera de interpretar la experiencia política; también se debilita progresivamente el sentido de identidad colectiva.

Lo que aparenta ocurrir únicamente en espacios mediáticos abstractos o en los “no lugares” digitales tiene, en realidad, efectos profundamente territoriales. Las plataformas digitales amplifican emociones, pero sobre todo las modulan bajo intereses particulares antes que colectivos. Simplifican antagonismos e introducen formas rápidas de identificación política que muchas veces sustituyen la construcción orgánica de vínculos colectivos y su sentido cívico. El territorio sigue produciendo el malestar; pero los algoritmos reorganizan crecientemente la manera en que ese malestar adquiere significado político y se convierte en herramienta para disputar y reorganizar el poder.

Esto ayuda a explicar por qué liderazgos con estructuras territoriales débiles logran construir rápidamente amplias adhesiones emocionales. A medida que se debilitan las lealtades ideológicas y las formas tradicionales de organización colectiva, tienden a expandirse vínculos políticos más personalistas y emocionalizados, donde la adhesión al líder opera como sustituto precario de certezas, pertenencias y mecanismos de protección social. En contextos de incertidumbre y fragmentación, estas formas de dependencia afectiva pueden adquirir rasgos cercanos a una suerte de vasallaje emocional. Su eficacia no proviene únicamente de su capacidad comunicacional a gran escala, sino también de su capacidad para penetrar y reorganizar emocionalmente los ecosistemas locales de interacción social.

Sin embargo, allí también aparece uno de los límites históricos de estas nuevas formas de hegemonía. Las articulaciones basadas casi exclusivamente en emocionalidad, comunicación digital y liderazgo mediático pueden resultar eficaces para conquistar adhesiones rápidas, pero suelen ser más frágiles para construir legitimidad duradera, cohesión social y proyectos políticos estables. Al menos mientras esas fuerzas no logren establecer vínculos orgánicos con movimientos sociales, estructuras corporativas u otras formas de organización colectiva, algo que no deja de ser una posibilidad futura.

Estos procesos tampoco se despliegan homogéneamente. Algunos territorios muestran mayores niveles de adhesión a discursos anti-institucionales, punitivos o personalistas, mientras otros conservan formas más tradicionales e institucionalizadas de mediación política. La eficacia de las nuevas narrativas populistas y autoritarias depende precisamente de su capacidad para conectar con economías emocionales territorialmente situadas. La capilaridad de las iglesias evangélicas y ciertas formas de fanatismo religioso, como ha ocurrido en otros países, facilita un mayor anclaje territorial de esas interpelaciones. No puede descartarse que los dispositivos político-religiosos impulsados por sectores neoconservadores terminen reconstruyendo parte de las antiguas bases organizativas y comunitarias. Por ello, lo que está en juego es una transformación más amplia de las relaciones entre territorio, subjetividad y poder en el capitalismo contemporáneo.

La reconstrucción democrática exige volver a territorializar la política. No como retorno nostálgico a las antiguas estructuras partidarias, sino como construcción de nuevas formas de articulación social y movilización política capaces de conectar experiencias locales, demandas sociales y horizontes colectivos en una sociedad profundamente transformada por la digitalización y la fragmentación del trabajo, la cultura y la comunicación.

Esto implica fortalecer liderazgos comunitarios atravesados por la cultura cívica y el respeto a las normas democráticas, revitalizar espacios de organización y participación social con mayor equidad y reconstruir formas de inclusión que permitan a las personas recuperar capacidad de incidencia sobre las condiciones concretas de su existencia. Allí donde las desigualdades, la exclusión y el abandono estatal se experimentan cotidianamente, también debe reconstruirse la capacidad de producir solidaridad, deliberación y proyectos comunes.

Pero, además, el desafío contemporáneo exige disputar el sentido mismo de la modernidad democrática frente a las nuevas formas de control emocional y colonización algorítmica de la vida social. La política del futuro no puede limitarse a administrar el miedo ni a amplificar resentimientos. Necesita recuperar capacidad ética, pedagógica y cultural para producir esperanza democrática en medio de sociedades atravesadas por la incertidumbre global.

Imagen: Dibujo de William Sánchez Coto, cedido amablemente para la publicación.

¿Desde cuándo crear dejó de ser trabajo?

Glenm Gómez Álvarez, Pbro

Hay declaraciones públicas que preocupan no solamente por lo que dicen, sino por la visión de sociedad que revelan. Que el ministro de Justicia afirme que las actividades artísticas, literarias o artesanales no constituyen un trabajo, particularmente en el contexto de personas privadas de libertad que buscan descontar pena mediante esas labores, resulta profundamente cuestionable.

Y preocupa más todavía porque no se trata de una discusión técnica. Lo que está en juego es la comprensión misma de la dignidad humana, del valor de la cultura y de la capacidad transformadora del trabajo creativo.

¿Desde cuándo escribir no es trabajar? ¿Desde cuándo pintar, hacer música, elaborar artesanías o desarrollar actividades culturales dejaron de exigir disciplina, tiempo, talento y esfuerzo? Quien haya escrito un artículo, compuesto una canción, producido una pieza artesanal o dedicado horas a una expresión artística sabe perfectamente que detrás de ello existe trabajo real. Trabajo intelectual, emocional y muchas veces físico.

Como periodista, me cuesta entender ese razonamiento. Porque buena parte de mi vida ha girado precisamente alrededor de la palabra, de la observación, de la construcción de contenidos y del ejercicio crítico. Y nadie podría afirmar seriamente que eso no es trabajo. Sería absurdo. Pero además sería ofensivo para miles de personas que viven de actividades creativas y culturales.

Hay una tendencia peligrosa a reducir el concepto de trabajo únicamente a aquello que produce un bien material inmediato o que encaja en ciertos moldes tradicionales. Como si el valor de una persona dependiera exclusivamente de cargar bloques, mover maquinaria o ejecutar tareas manuales visibles. Pero las sociedades modernas también se construyen desde las ideas, desde la cultura, desde el arte y desde la capacidad humana de crear sentido.

En el caso de las cárceles, el tema es todavía más delicado. La reinserción social no puede entenderse únicamente desde la lógica del castigo. Precisamente las actividades artísticas, literarias y artesanales han demostrado en muchísimos contextos ser herramientas poderosas de rehabilitación. Ayudan a canalizar emociones, desarrollar disciplina, descubrir talentos y reconstruir autoestima. Negarles valor es desconocer incluso experiencias internacionales exitosas.

Además, resulta contradictorio que una sociedad celebre a escritores, músicos, periodistas o artistas cuando alcanzan reconocimiento, pero desprecie esas mismas actividades cuando las realiza alguien privado de libertad. Como si la creatividad tuviera valor solamente en determinados sectores sociales.

El problema de fondo quizá no sea jurídico, sino cultural. Seguimos arrastrando una visión muy limitada del trabajo y una enorme dificultad para reconocer el valor de lo intelectual y lo artístico. Y eso termina empobreciendo la discusión pública.

Porque sí: escribir es trabajar. Crear es trabajar. Hacer arte es trabajar. Y, muchas veces, también es una forma profundamente humana de reconstruirse.

Personas indígenas y población vulnerable de la Región Brunca podrán estudiar Administración en Coto Brus mediante programa de la UNA

Personas indígenas y población con condición socioeconómica vulnerable de los cantones de Buenos Aires, Corredores, Coto Brus y Golfito podrán acceder a estudios universitarios en Administración mediante una carrera itinerante que ofrecerá la Universidad Nacional (UNA) en Coto Brus. El proceso de admisión se realizará el 13 de mayo de 2026 en el Jardín Botánico Wilson, donde también se impartirán las lecciones a partir de julio.

La iniciativa forma parte de la oferta académica de la Sede Regional Brunca de la UNA y busca ampliar el acceso a la educación superior en comunidades del sur del país que enfrentan barreras económicas y geográficas para ingresar a la universidad.

El programa se desarrollará bajo un modelo de carrera itinerante, que permite llevar la formación universitaria a comunidades fuera de los principales centros educativos.

La convocatoria está dirigida a personas indígenas y a población que cuente con condición socioeconómica vulnerable certificada por el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS).

Angie Gómez Mora, directora académica del Campus Coto, explicó que la apertura de esta carrera busca ampliar las oportunidades de formación universitaria en el cantón de Coto Brus y responder a las necesidades de desarrollo de la zona.

“Para la Sede Regional Brunca, es satisfactorio contribuir con la apertura de un grupo de Bachillerato en Administración como carrera itinerante en el cantón de Coto Brus. La ubicación geográfica de esta oferta se realiza debido a que esta iniciativa busca brindar oportunidades para poblaciones con condiciones socioeconómicas vulnerables y personas indígenas, en pro de la mejora de los Índices de Desarrollo Humano Cantonal y en concordancia con los objetivos de desarrollo sostenible y el derecho a la educación.

Adicionalmente, esta zona se dedica en gran parte al desarrollo de emprendimientos agrícolas y de agroindustria (como la producción de miel, café o cacao), actualmente, con un impulso hacia el sector de servicios, por lo que la apertura de esta carrera representa una herramienta sólida para el fortalecimiento de diferentes áreas como contabilidad, finanzas, talento humano, mercadeo y gestión de proyectos que permitan escalar operaciones, competir en mercados formales y ser sostenibles a largo plazo” , mencionó.

El proceso de admisión se realizará mediante inscripción presencial, recepción de documentos y entrevistas el miércoles 13 de mayo de 2026. La recepción de documentos se realizará en tres horarios: 9:00 a.m., 11:00 a.m. y 1:00 p.m.

Las personas interesadas deberán presentar:

  • Bachillerato en educación media (original y copia)

  • Certificación de notas de educación diversificada

  • Documento de identidad vigente

  • Constancia del Sistema Nacional de Información y Registro Único de Beneficiarios del Estado (SINIRUBE) firmada por el IMAS

El proceso también exige que las personas aspirantes no sean estudiantes regulares de la UNA ni participen en el proceso de admisión 2026-2027.

En el caso de postulantes provenientes de territorios indígenas, se solicitará además el certificado indígena correspondiente. Las personas que resulten admitidas iniciarán lecciones el 20 de julio de 2026.

Para consultas, pueden comunicarse al número 2562-6322, que también cuenta con servicio de WhatsApp.

Oficina de Comunicación
Universidad Nacional, Costa Rica 

Programa Alternativas analizará el lenguaje ideológico que oculta la desigualdad y la acumulación de riqueza

El programa Alternativas realizará una transmisión especial el próximo 15 de mayo de 2026 a las 18:00 horas (-6 UTC), dedicada a reflexionar sobre el papel del lenguaje ideológico en la legitimación de la desigualdad y la acumulación de riqueza en el sistema capitalista.

La actividad llevará como eje de discusión la idea de que términos como “socialista”, “comunista” o “izquierdista” son utilizados con frecuencia para desacreditar acciones o propuestas críticas del sistema capitalista, funcionando además como una “cortina de humo” que invisibiliza las desigualdades estructurales y el afán permanente de acumulación de ganancia.

El panel invitado estará integrado por:

  • Cecilia Jiménez Arce, máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, licenciada en Sociología y Trabajo Social por la Universidad de Costa Rica, presidenta y fundadora de ACODEHU. Ha formado parte de la inscripción del Frente Popular.

  • Alexander Cortés Campos, profesor universitario, máster en Antropología por la UCR, licenciado en Administración Educativa y en Teología, con énfasis en Enseñanza de la Religión y Filosofía. Cuenta con estudios universitarios en Sociología, Historia y Comunicación.

  • Luis Paulino Vargas Solís, economista, profesor universitario jubilado e investigador, autor de libros y artículos.

  • Oscar Madrigal Jiménez, abogado y analista político.

La transmisión se realizará en vivo a través de Facebook Live, YouTube y Spotify.

Asimismo, el programa cuenta con el respaldo de emisoras amigas como Guanacaste 106.1 FM, Radio Soberanía, Radio Revolución y Radio 97.3 FM Voces Libertarias. También se indicó que las retransmisiones por 506 Ondas de Alajuelita se realizan los sábados a las 18:00 horas (-6 UTC).

El riesgo de un clero sin profundidad

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

Se habla muchísimo —y con razón— sobre los peligros del clericalismo. Es decir, sobre esa comprensión deformada del ministerio ordenado donde el sacerdote termina apareciendo como una figura distante, intocable y excesivamente sacralizada. El problema es evidente: el pastor queda separado de la vida concreta de la gente y refugiado en una autoridad más jurídica, ceremonial y simbólica que humana y cristiana.

Sin embargo, quizá hoy estamos ante otro riesgo menos discutido, pero igualmente delicado: “el populismo clerical”.

Conviene entender bien el término. El populismo, en sentido amplio, es una forma de construcción de liderazgo que busca legitimidad a partir de la conexión emocional inmediata con “el pueblo”. Simplifica problemas complejos, privilegia la simpatía y necesita aprobación constante. El líder populista vive de la adhesión emocional, de la visibilidad permanente y del impacto inmediato.

El populismo clerical no consiste simplemente en que un sacerdote sea cercano, amable o incluso popular. La cercanía pertenece al corazón mismo del Evangelio. Cristo compartió la mesa, caminó entre los pobres y habló el lenguaje de la gente. El problema aparece cuando la “simpatía” se convierte en criterio pastoral y cuando la necesidad de aprobación termina desplazando silenciosamente el centro del ministerio.

El sacerdote está llamado a interpretar espiritualmente la realidad, incluso cuando eso incomoda. A veces deberá consolar; otras veces deberá confrontar. A veces será querido; otras veces inevitablemente cuestionado. Pero cuando la aceptación se convierte en necesidad psicológica o estrategia pastoral, el ministerio empieza a deformarse.

Las redes sociales aceleran enormemente este fenómeno. Premian lo inmediato, lo emotivo y lo espectacular, mientras castigan el silencio, la complejidad, el pensamiento largo y la profundidad. En ese ecosistema, el sacerdote puede terminar sintiendo que debe sostener permanentemente la atención del público, casi como cualquier figura mediática contemporánea.

Entonces el ministerio corre el riesgo de convertirse en una marca personal. Y ahí comienza una mutación muy peligrosa: el pastor deja de preguntarse qué necesita espiritualmente el pueblo y empieza, casi sin darse cuenta, a preguntarse qué acciones y contenido genera más interacción y atención.

Por eso aparecen escenas cada vez más frecuentes: sacerdotes cuya presencia pública gira alrededor de cocinar, bailar, producir contenido constantemente simpático o convertir toda actividad pastoral en espectáculo. Incluso algunos obispos parecen sentirse obligados a construir una imagen emocionalmente accesible y mediáticamente rentable.

Conviene aclararlo inmediatamente: el problema no es cocinar un día con la comunidad, hacer humor ocasionalmente o participar en un momento festivo. El problema es la desproporción. Cuando un sacerdote termina siendo más reconocido por sus excentricidades que por su predicación; más por sus reels que por su capacidad de discernimiento espiritual; más por sus coreografías que por su pensamiento pastoral, algo importante se ha desplazado.

Y lo más preocupante es que muchas veces esto ocurre en paralelo con una creciente ausencia de profundidad intelectual y capacidad de lectura de la realidad.

Mientras tanto, quedan relegadas tareas mucho más difíciles y esenciales: la formación seria, el estudio constante, la reflexión teológica madura, la lectura crítica de la realidad social, el acompañamiento espiritual profundo y la capacidad de iluminar culturalmente las crisis humanas de nuestro tiempo.

No deja de ser sintomático que, en una época marcada por enormes tensiones antropológicas, familiares, políticas y culturales, muchos discursos eclesiales parezcan desplazarse hacia contenidos cada vez más ligeros, emocionalmente seguros y cuidadosamente inofensivos.

Además, el populismo surge normalmente cuando las instituciones pierden credibilidad. Y precisamente por eso el populismo clerical aparece con más fuerza allí donde la Iglesia institucional, desde su jerarquía, ha perdido capacidad de orientación, liderazgo intelectual y presencia cultural.

En Costa Rica esto resulta particularmente evidente. Existen conflictos sociales, culturales y humanos que son verdaderas bombas de tiempo y que merecerían una palabra iluminadora y pastoral. Pero muchas veces predominan la autoreferencialidad, el silencio administrativo, la prudencia excesiva, el cálculo institucional o el temor permanente al conflicto.

Esto no es nostalgia por una Iglesia fría, distante o autoritaria. Tampoco es desprecio por los nuevos lenguajes o las herramientas de comunicación contemporáneas. El verdadero desafío es mucho más profundo: cómo preservar la densidad espiritual, intelectual y simbólica del sacerdocio en una cultura que trivializa todo, convierte la realidad en espectáculo y confunde constantemente cercanía con superficialidad.

A 81 años del Día de la Victoria

Mauricio Ramírez

Mauricio Ramírez Núñez
Académico

Cada 9 de mayo se conmemora uno de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX: la victoria sobre la Alemania nazi y el fin de la guerra más devastadora de la historia humana en el continente europeo. Han pasado ya 81 años desde aquel momento en que la bandera soviética fue izada sobre Berlín y el Tercer Reich capituló finalmente ante el avance del Ejército Rojo. Recordar esta fecha no es un simple ejercicio ceremonial; es un acto de memoria histórica indispensable para comprender el mundo contemporáneo y los sacrificios inmensos que hicieron posibles la derrota del fascismo y la supervivencia misma de Europa.

La Unión Soviética, con Rusia como núcleo central de aquel esfuerzo histórico, cargó sobre sus hombros el peso principal de la guerra contra el nazismo. El costo fue brutal: alrededor de 27 millones de soviéticos murieron durante el conflicto, entre soldados y civiles. Ningún otro pueblo pagó un precio tan alto en la lucha contra la maquinaria de exterminio nazi. Ciudades enteras quedaron reducidas a escombros, millones de familias fueron destruidas y generaciones completas quedaron marcadas por el horror de una guerra existencial.

Fue precisamente ese sacrificio colosal el que permitió detener y derrotar una ideología basada en la supremacía racial, el exterminio de pueblos enteros y la destrucción sistemática de toda identidad considerada “inferior” o incompatible con el proyecto totalitario nazi. La victoria soviética en batallas decisivas como Stalingrado o Kursk cambió el curso de la guerra y abrió el camino para la liberación de Europa del fascismo alemán. Sin ese esfuerzo militar, humano y civilizatorio, el destino del continente habría sido radicalmente distinto.

Por eso resulta profundamente peligroso intentar relativizar o minimizar el papel histórico de Rusia y de la Unión Soviética en la derrota del nazismo. La memoria histórica no puede quedar subordinada a disputas políticas coyunturales ni a narrativas ideológicas contemporáneas. Los hechos históricos son claros: fue el Ejército Rojo quien llegó a Berlín, fue el pueblo soviético quien resistió el peso principal de la invasión nazi y fue ese sacrificio el que contribuyó decisivamente al final de uno de los conflictos más sangrientos de la humanidad.

Hoy esta conmemoración adquiere además un significado especial. Vivimos tiempos donde resurgen discursos de odio, donde múltiples actores buscan borrar la memoria histórica de los pueblos, desarraigarlos de sus tradiciones, relativizar sus identidades nacionales y fragmentar toda noción de continuidad cultural. En medio de esas turbulencias, recordar el heroísmo del pueblo ruso y soviético durante la Segunda Guerra Mundial es también recordar que las civilizaciones sobreviven cuando sus pueblos están dispuestos a defender aquello que consideran sagrado: su tierra, su historia, sus símbolos, sus familias y su derecho a existir.

Es importante aclarar además algo fundamental: conmemorar el Día de la Victoria no implica necesariamente hacer una apología ideológica de la Unión Soviética o del comunismo, como algunos intentan caricaturizar para deslegitimar esta fecha histórica. El hecho concreto es que, en aquel momento, fue la URSS, bajo su sistema político y su organización estatal específica, quien encabezó la liberación de Europa del fascismo nazi. Negar eso sería simplemente negar la realidad histórica.

Pero la raíz profunda de aquella resistencia no fue exclusivamente ideológica. La lucha del pueblo ruso contra la invasión nazi trascendió el comunismo como doctrina política. Fue, ante todo, una lucha patriótica, civilizatoria y geopolítica. Del mismo modo que Rusia enfrentó en el pasado la invasión napoleónica, cualquier pueblo con conciencia histórica y sentido de pertenencia habría luchado ferozmente contra un proyecto que buscaba destruirlo física y culturalmente.

Ahí convergen todas las fuerzas que movilizan a las naciones en sus momentos decisivos: el amor por la patria, la defensa de la tradición, la memoria de los antepasados y la voluntad de preservar el futuro de su pueblo. El soldado soviético que defendía Stalingrado no combatía únicamente por una doctrina abstracta; combatía también por su hogar, por su familia, por su cultura y por la supervivencia misma de su nación frente a una amenaza existencial.

A 81 años del Día de la Victoria, la lección continúa vigente. La memoria histórica no debe utilizarse selectivamente ni convertirse en rehén de intereses ideológicos contemporáneos. Recordar el sacrificio del pueblo ruso y soviético es reconocer una verdad histórica fundamental: que hubo generaciones enteras que entregaron su vida para detener una maquinaria de odio y muerte que amenazaba con sumir al mundo en la barbarie absoluta.

Olvidar eso sería perder no solo perspectiva histórica, sino también la capacidad de reconocer los peligros que vuelven a emerger cuando las sociedades abandonan su memoria, sus raíces y su sentido profundo de identidad colectiva.

¿Qué significa realmente una “Tercera República”?

Rodrigo Campos Hernández

Por MSc. Rodrigo Campos Hernández

En tiempos de cansancio institucional, inseguridad ciudadana y frustración democrática, las propuestas de transformación profunda encuentran terreno fértil. Costa Rica no escapa a esa realidad. El deterioro de servicios públicos, la lentitud administrativa, la crisis de confianza en la política y la percepción de agotamiento del aparato estatal han abierto paso a discursos que prometen eficiencia, orden, autoridad y refundación.

En ese contexto comienza a instalarse con fuerza una idea particularmente poderosa: la necesidad de una “Tercera República”.

La expresión posee enorme potencia simbólica. Sugiere ruptura histórica, renovación nacional y superación de un modelo aparentemente agotado. Sin embargo, precisamente por la magnitud de lo que implica, conviene detenerse antes de asumirla como una verdad evidente o un destino inevitable.

Porque una república no es únicamente un aparato administrativo susceptible de rediseñarse según criterios de eficiencia. También es un pacto histórico, social y constitucional construido alrededor de ciertos principios fundamentales.

La Segunda República costarricense no surgió solamente de una reorganización institucional posterior a 1948. Surgió también de una concepción específica de ciudadanía, de Estado y de democracia. De ella nacieron —con todas sus contradicciones y limitaciones— las garantías sociales, la expansión educativa, la consolidación de la seguridad social, el fortalecimiento institucional y una determinada idea de movilidad social y bienestar colectivo.

Eso no significa afirmar que dicho modelo permanezca intacto ni que esté exento de crisis profundas. Sería absurdo negarlo. Costa Rica enfrenta problemas reales de burocratización, desigualdad, mora institucional, inseguridad, deterioro educativo y desconfianza ciudadana. Muchas instituciones requieren revisión, modernización y reforma. La discusión no puede reducirse a una defensa nostálgica del pasado.

Pero justamente por eso resulta necesario formular algunas preguntas incómodas.

¿Existe realmente un consenso nacional sobre la necesidad de inaugurar una “Tercera República”? ¿Conocemos con claridad cuáles serían sus principios fundacionales? ¿Qué elementos del pacto social construido durante décadas se consideran agotados y cuáles deberían preservarse? ¿Qué papel ocuparían los derechos sociales, la seguridad social, la educación pública y los límites al poder dentro de ese nuevo proyecto republicano?

Porque toda refundación implica siempre una selección política e ideológica. Toda transformación profunda redefine ganadores, perdedores, prioridades y formas de ciudadanía.

Y aquí surge un aspecto particularmente delicado. Buena parte de los discursos contemporáneos de reforma estatal se presentan bajo conceptos aparentemente neutros: eficiencia, modernización, gobernanza, productividad, resultados o competitividad. Sin embargo, detrás de esos términos también pueden esconderse procesos de concentración de poder, debilitamiento de controles institucionales, reducción progresiva de capacidades públicas y sustitución de la ciudadanía social por una lógica puramente administrativa o mercantil.

La pregunta de fondo no es si Costa Rica necesita cambios. Probablemente sí los necesita. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué tipo de país se está construyendo a través de esos cambios?

En una época marcada por el avance global de liderazgos fuertes, el desgaste de las democracias liberales, la expansión de discursos anti institucionales y el crecimiento de nuevas derechas políticas y culturales, conviene actuar con cautela histórica. Las repúblicas no solo se deterioran por inmovilismo; también pueden erosionarse cuando la promesa de eficacia convierte los límites democráticos en obstáculos y la complejidad institucional en enemiga de la voluntad popular.

Quizá la discusión nacional no debería centrarse únicamente en si queremos o no una “Tercera República”. Tal vez la verdadera discusión consista en preguntarnos qué entendemos por democracia, qué queremos conservar de nuestra tradición republicana y cuáles principios no estamos dispuestos a sacrificar en nombre de la eficiencia o la velocidad política.

Porque reformar una república es relativamente sencillo. Lo difícil es evitar perder, en el proceso, aquello que la hacía digna de ser preservada.

Sin embargo, toda transformación republicana también termina expresándose en el terreno educativo. Toda república forma un determinado tipo de ciudadanía. Ningún modelo de Estado puede sostenerse sin una concepción implícita de ser humano, de libertad y de sociedad. Por eso las discusiones educativas nunca son técnicamente neutrales. Detrás de cada reforma curricular existe siempre una pregunta política más profunda: ¿qué tipo de sujeto necesita el país que se intenta construir?

En los últimos años empieza a consolidarse un discurso que concibe la educación principalmente como herramienta de productividad, capacitación tecnológica y adaptación al mercado laboral. El énfasis en habilidades técnicas, innovación y formación para el trabajo responde, sin duda, a desafíos reales de un mundo atravesado por transformaciones tecnológicas aceleradas. Negar esa necesidad sería irresponsable.

El problema aparece cuando esa visión desplaza progresivamente otras dimensiones fundamentales de la educación democrática. Una sociedad no educa solamente para producir. También educa para comprender críticamente el mundo, deliberar públicamente, convivir con la diferencia, interpretar la realidad histórica y ejercer ciudadanía más allá del consumo o la productividad.

Por eso resulta preocupante el creciente desprecio hacia las humanidades, la teoría educativa, la reflexión pedagógica y la formación crítica, frecuentemente caricaturizadas como “mamotretos teóricos” alejados de la realidad. Reducir la educación a entrenamiento técnico implica empobrecer el horizonte mismo de la democracia.

Las democracias constitucionales no sobreviven únicamente con trabajadores eficientes. Necesitan ciudadanos capaces de pensar, cuestionar, interpretar información, reconocer discursos de poder y participar críticamente en la vida pública.

La pregunta entonces vuelve a aparecer con fuerza: ¿la eventual “Tercera República” busca modernizar el país preservando una ciudadanía democrática integral o está impulsando, consciente o inconscientemente, una transición hacia un modelo de sociedad donde la eficiencia productiva termine desplazando progresivamente la formación humanística y el pensamiento crítico?

Porque toda transformación institucional profunda termina reflejándose también en las aulas. Y quizá sea allí —más que en los discursos políticos— donde realmente se define el tipo de país que una generación heredará a la siguiente.

Un nuevo futuro humano requiere un nuevo lenguaje enraizado en la coherencia

Por David Andersson y Dennis Redmond / pressenza

En la música, la pintura y la danza, siempre hay una búsqueda de un nuevo lenguaje, uno que exprese las formas, estilos y tendencias del momento presente mientras insinúa lo que está por venir.

Todos somos comunicadores. Y como los artistas, necesitamos disciplina en la forma en que nos expresamos. Necesitamos buscar un lenguaje nuevo y universal, uno que refleje nuestro tiempo y nuestra visión del futuro.

En su charla de 1993 “Las condiciones del diálogo”, Silo sostiene que el diálogo genuino va mucho más allá del mero intercambio de palabras o argumentos lógicos. Si bien las condiciones formales, como acordar un tema compartido, asignarle una importancia similar y usar definiciones comunes son necesarias, no son suficientes. El verdadero diálogo depende de elementos “pre-dialogales” más profundos, a menudo invisibles: las intenciones, creencias, valores e intereses que cada participante trae antes de que se hablen palabras. Estos marcos subyacentes dan forma no solo a lo que se dice, sino a lo que se escucha, a menudo explicando por qué las personas pueden entender las palabras de los demás, pero aún así no se conectan realmente.

Silo enfatiza que estas condiciones pre-dialogales están enraizadas en contextos históricos y sociales más amplios, lo que dificulta particularmente el diálogo cuando los participantes operan dentro de diferentes visiones o sensibilidades. Señala que muchas ideas, especialmente las que se adelantan a su tiempo, inicialmente se encuentran con la incomprensión o el rechazo porque chocan con las creencias prevalecientes. En la crisis global actual, los enfoques superficiales o fragmentados impiden un diálogo significativo sobre cuestiones fundamentales, ya que los sistemas y supuestos dominantes siguen siendo en gran medida incuestionables. En última instancia, dice Silo, el diálogo auténtico es un proceso vivo y humano basado en la transformación compartida: solo puede profundizarse cuando los individuos y las sociedades comienzan a ir más allá de las ilusiones heredadas y abrirse a nuevas formas de comprensión.

Hoy vivimos en un mundo fragmentado y desestructurado, donde el diálogo genuino lucha por emerger. Podemos ver esto a nivel internacional: en los conflictos que involucran a Ucrania y Rusia, Irán e Israel, Israel y Palestina, China y los Estados Unidos. En muchos casos, como se ha visto en las recientes negociaciones de cesación del fuego que se derrumbaron antes de que se establecieran las condiciones para un diálogo genuino, no podemos buscar resultados sin crear primero esas condiciones. La guerra, el genocidio o las sanciones no pueden generarlas. A veces, ni siquiera está claro si los objetivos de las conversaciones son compartidos o comprendidos.

Pero esta fragmentación no se limita a la geopolítica. También aparece en nuestra vida diaria y en las relaciones interpersonales. La inmediatez de la comunicación ha debilitado, en muchos sentidos, nuestra capacidad de diálogo. Se ha vuelto tan fácil reaccionar, sin tiempo para la reflexión, el estudio o la comprensión. Las video-llamadas, las redes sociales, los correos electrónicos y los mensajes instantáneos han reemplazado las cartas, las reuniones públicas y los informes cuidadosamente construidos.

El lenguaje no es neutral. La forma en que hablamos da forma a cómo percibimos a los demás, interpretamos los eventos e imaginamos lo que es posible. En este sentido, el lenguaje es en sí mismo una condición pre-dialogal, una que realmente podemos influir. Una sociedad cuyo lenguaje dominante está saturado de miedo, cinismo y conflicto permanente tenderá a reproducir esas mismas condiciones. Pero cuando la gente comienza a hablar de reconciliación, futuros compartidos y unidad humana, nuevas posibilidades comienzan a ser imaginables. Antes de que una nueva realidad pueda construirse socialmente, primero debe encontrar las palabras.

Es por eso que la coherencia, el alineamiento entre lo que sentimos, pensamos y hacemos, no solo da forma a lo que somos, sino a cómo se nos escucha. Es lo que le da credibilidad y fuerza al lenguaje. Gran parte de la profunda desconfianza de hoy fluye desde lo contrario: la gente dice una cosa, piensa otra y actúa en una tercera dirección por completo diferente. Hablamos de paz y de violencia. Declaramos valores compartidos y vivimos su contradicción. Cuando esta brecha se vuelve crónica, el lenguaje mismo pierde poder: las palabras dejan de construir nada porque nadie cree que corresponden a la realidad.

La coherencia, entonces, es fundamental para el trabajo pre-dialogal. No puede ser realizado o proclamado. Hay que vivirlo, en cómo hablamos con nuestros vecinos, nuestras familias, nuestros colegas; en si “no tengo tiempo” significa una restricción genuina o simplemente una falta de interés. Estas pequeñas deshonestidades se acumulan. Son las micro-condiciones que hacen o rompen la posibilidad de un encuentro genuino.

Esto replantea cómo se ve la acción responsable hoy. Muchos de los que se preocupan profundamente por las crisis del mundo, moldeados por marcos más antiguos, todavía nos llaman a tomar partido, para que nos unamos a un bando contra otro. Pero esto es a menudo menos una opción estratégica que un fracaso de la imaginación: cuando la gente no puede imaginar un mundo más allá de las facciones existentes, el refuerzo de esas facciones se siente como el único movimiento disponible. La creencia de que la fragmentación se puede superar, que los puentes se pueden construir realmente, que el diálogo genuino es posible, no es un optimismo ingenuo. Es una condición previa para actuar de manera diferente. Sin ella, incluso las personas más comprometidas se encuentran reproduciendo las mismas divisiones que esperaban disolver. La tarea más urgente, entonces, es recuperar y sostener esa creencia, y desde ese punto, crear las condiciones en las que el diálogo genuino, y en última instancia la reconciliación, se vuelva posible.

El plan es el siguiente: que la gente que comienza a creer que un mundo diferente es posible, comience a examinar, honestamente, las intenciones, suposiciones y visiones del mundo que llevan a cada encuentro. Es un trabajo pre-dialogal. Sin ello, el diálogo no puede echar raíces. Y sin diálogo, no hay camino hacia la reconciliación, ni hacia una civilización que merezca ser llamada humana.

Nuestra responsabilidad, entonces, es participar en esta construcción, no esperar a que aparezcan las condiciones, sino convertirnos en personas que ayudan a hacerlo posibles.

Fuente: https://www.pressenza.com/es/2026/05/un-nuevo-futuro-humano-requiere-un-nuevo-lenguaje-enraizado-en-la-coherencia/